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Las Siete Palabras
de Nuestro Señor en Introducción:
1.
PRIMERA PALABRA: “Cuando llegaron al lugar llamado
“del Cráneo”, lo crucificaron con los malhechores, uno a su derecho
y el otro a su izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”
(Lucas
23, 33) La cruz de Cristo siempre es paradójica. Jesús de Nazaret es
crucificado por su coherencia de vida y de compromiso. Lo crucifican
los diferentes grupos de poder a los que desafió en palabras y hechos.
El imperio, los políticos locales, el poder religioso, el poder ideológico
y económico. Esos son los que no saben lo que hacen. Siempre Jesús se mueve entre malhechores, siempre tiene alguno
a su derecho y otros a su izquierda. Esa ha sido una realidad constante
en sus mesas y en su cruz. Esa es parte de su coherencia. No muere
entre puros y santos sino en medio de aquellos y aquellas que son
vulnerables a la discriminación de los que no saben lo que hacen.
Muere con ellos y ellas. “El Crucificado se hizo hermano de los despreciados,
abandonados y oprimidos. La fraternidad con sus “hermanas y hermanos
más pequeños” pertenece por ello necesariamente a la fraternidad de
Cristo y a la identificación con él. Por consiguiente la teología
cristiana tiene que ser pensada en y con este pueblo”. Entonces es
cuando se la podrá llamar teología “actual”, cuando piense en los
sufrimientos de este tiempo, concretamente hablando, en y con los
sufrientes de esta sociedad”
[2]
Aquellos y aquellas que estamos también al
pie de A lo largo de los años y a lo ancho de tantos caminos, las
personas con vih y sida han tenido que repetir estas palabras una
y otra vez. Una pésima comprensión de las escrituras, un modelo de
aquello que vivió Jesús totalmente incompleto, ha llevado a muchos
cristianos y cristianas a crucificar a personas y grupos. Ignorancia,
falta de información, prejuicios. Indudablemente no saben lo que hacen
pero esa ignorancia no quita la responsabilidad por dignidades heridas
y destruidas.
2.
SEGUNDA PALABRA: El le respondió: “Yo
te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,43) En este construir una acción pastoral y una reflexión teológica
desde los que son estigmatizados y discriminados por nuestras iglesias
y sociedad, estas palabras de Jesús de Nazaret en su cruz le abren
el presente y el futuro a aquellos y aquellas que son crucificados
con él. Estas palabras de inclusión permiten construir proyectos de
vida y de futuro. Es sorprendente que aquel primer ciudadano del Reino
sea un ladrón realista y muy conciente de su situación. Muchos hablan
de un arrepentido. Creo que es demasiado adorno. Estamos ante una
persona que reconoce la realidad de su vida, tal como todos y todas
estamos invitados a hacer y descubrir al Dios escondido en la debilidad
de aquel que muere de la misma manera a mi lado. El ladrón reconoce
la inocencia de Jesús de Nazaret, es decir, tiene conciencia de la
criminalidad del sistema que también lo ubico a él mismo en los márgenes. Este diálogo entre Jesús de Nazaret y los dos ladrones forma
parte del núcleo que lleva le lleva a la cruz. La mayor acusación
de blasfemia es porque justamente se coloco por encima de Moisés y
levantó todas las barreras interpretativas de la ley. Este diálogo
es una demostración práctica del anuncio evangélico que nos habla
de un reino al cual son convocados los que están fuera de la ley y
transgresores de los mandamientos y reglamentos. El perdón
de los pecados es la condición que los habilita para entrar en ese
reino. Este anuncio del Reino que va en contra de todo lo que se había
pensado y creído hasta entonces es parte de la coherencia que conduce
a la cruz. Según la tradición el ‘hijo del hombre’, ‘el mesias’ que
todos esperaban llegaría como juez de los pecadores y salvador de
los justos. Jesús de Nazaret no aparece como juez y para escándalo
se vuelve precisamente hacia los excluidos e impuros. El evangelio
que anuncia predica un reino que no llega como juicio sino que llega
como gracia y justificación e inclusión de los pecadores. Su comer
con ellos es parte del anuncio esencial de esta buena noticia. Jesús de Nazaret contradice las esperanzas basadas en la ley.
Ese reino que llega como gracia y no llega como juicio tampoco hay
que prepararlo con penitencia. Por ello la predicación de Jesús de
Nazaret es distinta de la predicación de Juan el Bautista. La gracia
no necesita de una anticipación, no exige penitencia, este ladrón
es el ejemplo práctico de ese Reino. La buena noticia es que la gracia
de Dios
[3]
, su amor incondicional que no exige como condición
previa penitencia y que busca a los excluidos, a los perdidos, a los
que no tienen derechos es la razón del porqué Jesús de Nazaret está
en la cruz. “El que proclamaba la
llegada del reino y la cercanía de Dios, como gracia que se anticipa
y no preparada, a aquellos y aquellas que eran rechazados conforme
a la ley, no pudiendo tener esperanza alguna, el que demostraba la
gracia que sale al encuentro mediante su entrega a gente sin ley y
hasta transgresores de ella, el que se colocaba sobre la autoridad
de Moisés, siendo, además, simplemente ‘hijo del carpintero de Nazaret’,
tenia que chocar irremisiblemente con los piadosos, los dominadores
y sus leyes, sucumbiendo, en lo humano, en este conflicto”
[4]
Esta es la razón última de la cruz de Cristo. Paraíso es una imagen tomada del vocabulario persa y es un
jardín amurallado y protector. Es el hogar futuro de los justos. Ese
paraíso es hoy y ese espacio de belleza y protección es ahora la comunidad
cristiana cuando abre sus puertas a la inclusividad y todos los pueblos,
todas las personas y todos los grupos vulnerables al vih y al sida
escuchan la misma promesa: “la
cruz no es algo tan natural en la iglesia como puede parecerle a la
costumbre cristiana. La cruz en la iglesia simboliza una contradicción
que se adentra en ella a partir del Dios que fue crucificado ‘afuera’.
Todo símbolo remite a otra cosa más allá de si mismo. Todo símbolo
invita a pensar. El símbolo de la cruz en la iglesia remite al Dios
que fe crucificado no entre dos candelabros sobre un altar, sino entre
dos ladrones en el Calvario de los perdidos, ante las puertas de la
ciudad. No solo invita a pensar, sino a convertirse, a cambiar de
modo de pensar. Es un símbolo que, por lo mismo, lleva fuera de la
iglesia y del anhelo religioso para adentrarse en la comunión de los
oprimidos y los perdidos”
[5]
. Esta acción pastoral también es un símbolo de
la iglesia que a los pies de la cruz se convierte, que no tiene miedo
en cambiar su modo de pensar, y que es llevada por esa cruz a entrar
en comunión con todas y cada una de las personas que viven con vih
y sida y con todos y cada uno de los grupos vulnerables a la epidemia.
3.
TERCERA PALABRA: Al ver a su madre y cerca de ella
al discípulo que amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu Hijo”. Luego
dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre” (Juan 19, 26-27) La confusión del diagnóstico medico transformado en un diagnostico
moral ha sido el motivo de ruptura de muchas de las redes de solidaridad
social, familiar y laboral. A la sombra de la cruz aparece esta preocupación simple y domestica
de reconstruir las redes de solidaridad familiar. Es la cruz la que
construye las familias alternativas que deben ser las comunidades
cristianas. Aquellos y aquellas que perdieron familias y espacios
de acogida encuentran a través de la cruz y por su mediación una nueva
comunidad, familia, hermanos y hermanas. Esa es la acción reparadora
de la cruz en la cual muere Jesús de Nazaret. Todos somos aquel discípulo
amado por él y por quienes Jesús se preocupa clavado en la cruz. “Mediante su propio abandono de Dios el Crucificado lleva a
Dios a los abandonados por Dios. Mediante su sufrimiento lleva la
salvación a los sufrientes. Por su muerte lleva la vida eterna a los
que mueren. A ello se debe el que el Cristo atacado, marginado, sufriente
y moribundo ocupara el centro de la religión de los oprimidos y de
la piedad de los que carecían de salvación”
[6]
En la medida que nos abandonemos al Dios del crucificado
y no tengamos miedo de perdernos en ese abandono es que podremos ser
sacramento de salvación como personas y como comunidades de fe.
4.
CUARTA PALABRA: Hacia las tres de la tarde, Jesús
exclamó en alta voz: “Eli, Elí, lema sabactani! que significa:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado” (Mateo 27, 46) Toda la acción pastoral, de servicio, de promoción social que
emprenden las comunidades cristianas no tienen otro objetivo que responder
a este grito desgarrado de Jesús de Nazaret en su identificación con
todos las y los estigmatizados de todos los tiempos y de todos los
lugares. Muchos comentaristas e intérpretes de este texto tratan de
explicar este profundo sentimiento de abandono y muchas veces intenta
decirnos que no fue tan así. Esas explicaciones le quitarían toda
la fuerza a este grito desesperado de comunión en el abandono. Justamente
en ese sentimiento de abandono es cuando se siente más fuerte la presencia
del Dios escondido en los misteriosos abismos de este sentimiento.
El abandono es real y los sentimientos son genuinos. No los podemos
ignorar y no tenemos derecho a hacerlo. Este es un profundo grito
que nace de la fe. Solo aquellos y aquellas que dependen totalmente
de Dios y que solamente en él han puesto su esperanza pueden comprender
la profundidad de este clamor. Este grito desde la fe no tiene nada de resignación o de aceptación
de una situación de injusticia. Cada vez que nos encontramos con situaciones
de exclusión o de estigmatización seguramente, en la fe y en el compromiso,
vendrán a nuestros labios este clamor revolucionario porque sentimos
que en nuestra debilidad es necesaria la actuación de Dios. No abandonamos
el terrero de la fe ya que tenemos la libertad de discutir con Dios
mismo. Nunca estamos ante una realidad de cumplimiento fatal. El Dios
en el cual confiamos nos permite libremente discutir con él y gritar
todas las veces que sean necesarias cuando sentimos que nuestras fuerzas
han fracasados en cambiar realidades de injusticias y necesitamos
de su presencia. Este es un grito clamando por la presencia de Dios
en medio de un crimen social. La muerte de Jesús de Nazaret no es un juego ni una representación
desde el poder. Es parte del compromiso de coherencia, es la culminación
de un proceso de identificación con ladrones, prostitutas y estafadores,
es decir, con la humanidad entera que se reconoce en falta frente
al inocente. Es parte de la revelación de Dios en la debilidad. Frente
a los abandonos sociales sabemos que podemos gritar para que irrumpa
en el hoy de todos nosotros y nosotras la acción de Dios. Este es
un grito desesperado para que venga el Reino y ponga punto final a
este sistema de exclusiones y opresión. “Es
entonces cuando se hace más comprensible el camino de Jesús: no fueron
los piadosos y piadosas, sino las y los pecadores, los que lo reconocieron,
no los justos, sino los injustos, porque lo que él revelo en ellos
fue el derecho divino de la gracia y el reino. Revelo su identidad
en aquellos que habían perdido la suya: en los indefensos, enfermos,
rechazados y despreciados, y se reconocen como hijo del hombre en
quienes ha sido privados de su humanidad”
[7]
Hagamos nuestro este clamor pidiendo que venga
su Reino ahora.
5.
QUINTA PALABRA: Después, sabiendo que todo se había
realizado, para que se cumpliera Estas palabras del Evangelio nos muestran que Jesús de Nazaret
es real y que sus sufrimientos son también reales. Igualmente cuando
nos aproximamos a una persona que vive con vih y con sida tenemos
que tomar muy en serio sus sentimientos y necesidades. Lo peor que
podemos hacer es minimizarlas o negarlas. Muchas veces nos cuesta
olvidarnos de nuestros sentimientos y de nuestras historias que interfieren
en la escucha y en el acompañamiento. Es necesario siempre partir
de las necesidades expresadas por el otro o la otra. No nos acercamos
ni acompañamos por nuestras necesidades, que también son reales y
tenemos que tener clara conciencia. Este acercarse es un despojarnos
de nuestras identidades para poder escuchar que el otro y la otra
tienen sed. Sed de vida y de dignidad, sed de ciudadanía y de pertenencia.
6.
SEXTA PALABRA: Después de beber el vinagre, dijo
Jesús: “Todo se ha cumplido” (Juan 19,30) La coherencia de vida y entrega conduce a través del camino
de la cruz a poder mirar hacia atrás y evaluar la tarea encomendad
y realizada. Siempre que queremos evaluar nuestra vida y compromiso
solo lo podremos hacer desde la cruz. Allí encontramos la verdadera
perspectiva y razón de un trabajo de compromiso con todas aquellas
personas y grupos que aún son extrañas a la comunidad cristiana. Solo
en la cruz podemos encontrar la fuerza para una renovación constante
y profunda. Toda tarea de promoción
social, de diaconía, de defensa de los derechos humanos de los grupos
más débiles en nuestra sociedad y en nuestras iglesias, forman siempre
parte de nuestra forma de vivir la cruz y de permitir que Jesús de
Nazaret nos comunique su cruz. El evangelio siempre nos conduce a señalar con nuestras vidas
y acciones la verdadera imagen de Dios que aparece en la forma del
varón de dolores, en la mujer de dolores: “’Quien dice humanización,
dice ya cruz’
[8]
Dios no se hizo ser humano según la medida de nuestras
ideas de la humanidad. Se hizo persona como nosotros no queremos serlo,
un rechazado, maldecido, crucificado. ¡Ecce homo! ¡Mirad al hombre!
no representa una sentencia que se deduzca de la confirmación de nuestra
humanidad, ni hecho sobre la base de “lo igual es conocido por lo
igual”, sino que se trata de una profesión de fe, que reconoce la
humanidad de Dios en el Cristo deshumanizado de la cruz”
[9]
Esta cruz se transforma y transfigura en un instrumento de
victoria. En ella todo llega a su plenitud. Aquello que estaba escondido
y olvidado es ahora iluminado por la cruz. La sangre derramada ya
no es símbolo de muerte sino de comunión y de vida. De igual forma,
la muerte de muchos hermanos y hermanas afectados por el SIDA, contempladas
desde la cruz también pueden ser signos de una nueva vida para todos
nosotros y nosotras y de una forma nueva de vivir nuestra fe, esperanza
y amor cristiano.
7.
SEPTIMA PALABRA: Jesús con un grito, exclamó: “Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46) Desde el inicio hasta el final de nuestra tarea es importante
encomendar nuestra acción entre las manos de Dios. Solo en la perspectiva
de saber que todo aquello que hacemos, pensamos y proponemos lo estamos
haciendo en la perspectiva de la cruz, puede brindarle aún a los momentos
más tristes o difíciles la perspectiva de la victoria. No será fácil
construir una iglesia y una sociedad más inclusiva. Ese proceso pasa
necesariamente por la cruz, pero sabemos que Dios no sólo no nos abandona
en el momento de nuestra muerte y de la muerte de todo ser humano,
sino que esas muertes pueden ser semillas de la nueva creación:
“Dios tomó sobre sí en la cruz del hijo no sólo la muerte,
para posibilitar al ser humano un poder morir consolado, con la certeza
de que ni siquiera la muerte puede separarlo de Dios, sino todavía
más, cargo con ella para hacer al Crucificado base de su nueva creación,
en la que la misma muerte desaparezca en la victoria de la vida y
donde ‘ya no habrá dolor, ni gritos ni lágrimas’”
[10]
Pastor Lisandro Orlov Buenos Aires, 6 de abril
2007
[1]
Jürgen Moltmann. “El Dios Crucificado.
[2]
Idem. Pág.43
[3]
Idem. Pág. 184
[4]
Idem. Pág. 185
[5]
Idem. Pág. 62
[6]
Idem. Pág. 72
[7]
Idem. Pág. 49
[8]
H. Urs von Baltasar, “El misterio pascual, en
Mysterium salutis III/2. Madrid. 1971. Pág. 152
[9]
Jürgen Moltmann. op.cit. pág. 284
[10]
idem. 304 |