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LA IGLESIA Y LAS UNIONES CIVILES: EN CAMINO HACIA UNA RENOVADA COMPRENSIÓN.

Por David Belt.

 

En los últimos años, ha habido un notable debate en el foro público, con respecto a los “valores familiares”. Esta frase ha servido para sustentar una base de supuesta alta moral para aquellos que formulan opiniones conservadoras, un punto focal para los que adoptan perspectivas centristas y un grito de guerra para los radicales. Para muchas de tales personas, los valores familiares están centrados alrededor del matrimonio heterosexual. Esto podría explicar por qué este criterio emergía en los últimos tiempos como la razón de ser de quienes han luchado contra las uniones entre personas del mismo sexo y  la legalización de derechos para las personas comprometidas en tales relaciones. Bajo el estandarte de “valores familiares” el debate público se ha desplazado de una discusión de “los derechos” y “la naturaleza de los pactos o compromisos” al género de los individuos involucrados en tales relaciones. En tanto que este desplazamiento es lamentable, el actual debate abre, por cierto, la posibilidad de examinar el significado de familia, matrimonio y uniones civiles.

            No se necesita ser política o religiosamente conservador, para afirmar que el matrimonio heterosexual se encuentra en serias dificultades. Sin embargo, es falaz la conclusión de que el matrimonio heterosexual está en dificultad debido a las uniones civiles entre personas del mismo sexo, o de que el matrimonio heterosexual estaría en más profunda dificultad debido al reconocimiento de uniones entre personas del mismo sexo. El matrimonio heterosexual está en dificultad como resultado de una compleja serie de circunstancias sociológicas y culturales y no se encuentra atacado por las uniones entre personas del mismo sexo. En realidad, el examen de qué significa para una persona estar en una unión civil con otra persona, sin considerar el género, puede ser un instrumento de ayuda para reparar el matrimonio heterosexual. Uno de los primeros pasos en tal examen es mirar más de cerca la imagen de “familia” en nuestra sociedad y preguntarse: “¿Es esta imagen realista, adecuada y sustentable?”

La imagen de la familia: una mirada retrospectiva.

Un viejo cliché describe a la familia tradicional como un hombre, una mujer - casados, por supuesto -, uno a ocho hijos, un perro, un gato y una “combi” Dodge en el garaje. A la vez que estereotípica, esta imagen es ilustrativa. Lo que, inmediatamente, se hace obvio es que esta descripción corresponde a una familia de clase media, blanca, idealizada - una versión actualizada de comedias televisivas de los años 50. En la vaguedad del conocimiento, pocos parecen recordar, quizá hasta saber, que esta familia estereotípica de la década de 1950, era un nuevo modelo de familia. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el modelo predominante era el de una familia extensa, con varias generaciones presentes en la misma casa, todos ellos esforzándose juntos para poder vivir de sus ingresos.

Después de la guerra, la economía gozó de una repentina prosperidad. Con el incremento de las oportunidades financieras, se estimuló a las familias recientemente formadas a mudarse de los ambientes multi-generacionales y a establecerse en viviendas independientes. Tales cambios eran estimulados por los generosos apoyos financieros de un gobierno federal profundamente reconocido de los esfuerzos de aquellos que habían ido a la guerra y de quienes habían sostenido los esfuerzos bélicos.

Conjuntamente con el aumento de las viviendas independientes, surgió una nueva serie de valores. Ya no satisfizo a las personas el mero arreglárselas. Stephanie Coontz sugiere que había interés en “producir todo un mundo de satisfacción, diversión e inventiva dentro del núcleo familiar…”. La radio o los periódicos fueron reemplazados por la televisión, y el pasatiempo del show de viajes fue reemplazado por el viaje a Disneylandia. El automóvil viró de ser un lujo a convertirse en una necesidad, un medio de expresión. Los barrios periféricos emergieron en respuesta a una libertad de reciente origen y como un resultado de los cambios sociológicos en las ciudades. Los valores que se estaban desarrollando a causa de los cambios económicos y de las realidades sociológicas, no tenían precedente en nuestra historia y producían un significativo impacto en el desarrollo de la familia.

Muchas de las características de la familia idealizada se pueden rastrear en el siglo XIX. Tal como Coontz lo describe en “The Way We Never Were” (“El estilo de vida que nunca tuvimos”), el modelo de la familia victoriana de clase media, contenía el papel de la mujer como una consentida custodia de la casa. El nivel social lo determinaba la capacidad de tener sirvientes que hicieran las tareas domésticas, mientras que el hombre trabajaba afuera del hogar. En la década de 1950, los roles de género se mantuvieron básicamente los mismos, con el hombre trabajando fuera del hogar y la mujer, ahora sin sirvientes, sirviendo de encargada para llevar a cabo las tareas domésticas. Se entendía que las familias blancas de clase media eran centros de tranquilidad doméstica y estabilidad familiar, mientras que se consideraba a las familias de las minorías étnicas o de las clases obreras como caóticas e inestables. (2) Estas imágenes de las apacibles familias blancas de clase media se mantienen nostálgica y tenazmente en muchos de aquellos que adoptan los “valores familiares”. Sin embargo, para muchas personas, la realidad no es tan placentera como la imagen. Muchos de los problemas que enfrentan las familias, incluyendo violencia, divorcio, pobreza y abandono, se podían encontrar latentes apenas un poco más abajo de la serena superficie.

La imagen de la Iglesia: una mirada retrospectiva.

Mientras que la década de 1950 puede no haber sido un tiempo idílico como lo pintan los recuerdos, constituía una época en la cual la clase media invirtió su tiempo y su dinero en la Iglesia. Florecieron congregaciones oficiales con  familias de clase media, que servían como trabajadores voluntarios y como motores económicos. La membresía alcanzó su pico más alto en las iglesias oficiales de la década de 1950 y principios de la de 1960. Se empezaron a construir nuevas iglesias en los barrios periféricos, a medida que las familias abandonaban sus hogares paternos y se hacían independientes por su propia cuenta. De estas filas se extrajeron los líderes eclesiásticos y sólo recientemente - y a menudo a regañadientes - se empezó a ceder la batuta del liderazgo. Aun cuando este cambio en el liderazgo marcha por buen camino, los valores según los cuales estas personas vivieron y las imágenes de la iglesia y la familia que predominaron entre ellos, se hallan profundamente incrustadas en la memoria colectiva y en la estructura de las congregaciones. Sin embargo, el mundo en el cual floreció esta generación ya no prevalece y, es posible que , no se vuelva a crear. A una nueva generación de liderazgo eclesiástico, se le ha dejado la tarea de establecer sus propias prioridades de liderazgo, lo cual incluye el examen de estas imágenes y ver si son aplicables a la realidad de hoy en día. Este es un proceso que bien podría desatar el temor de abandonar los patrones éticos y morales, entendidos como tradicionales y/o eternos. Es importante que un nuevo liderazgo defina valores y descubra modelos que sean pertinentes al día de hoy y que representen un panorama más completo de la familia y las uniones civiles.

Reconsideración del matrimonio.

Además de volver a evaluar los modelos de la familia, el matrimonio, como institución, está en necesidad de ser reconsiderado. Rara vez, ha habido una opinión unánime sobre la relación de la iglesia con el matrimonio. El pensamiento escatológico de la iglesia de los primeros tiempos, fue tan lejos como para sugerir que el matrimonio no era particularmente beneficioso - quizá hasta peligroso - a la fe de los individuos involucrados en él (Véase: 1ª Corintios: 7). Por muchos siglos, en Europa Occidental, se entendía el matrimonio como un arreglo civil en el cual la iglesia representaba un papel mínimo. Las “ceremonias” matrimoniales eran jurisdicción de las autoridades seculares locales e implicaban relaciones contractuales entre las familias, tratándose principalmente de la propiedad. Las autoridades seculares romanas administraban las ceremonias de casamiento para los cristianos en los primeros siglos de nuestra Era. Tales ceremonias producían poco impacto en las comunidades de la fe. Aun después que la iglesia se involucrara más en las ceremonias matrimoniales, estas últimas continuaron reflejando las prácticas del estado romano

El atenerse a las prácticas seculares para las ceremonias de matrimonio dio por resultado una “curiosa amalgama de elementos cristianos y paganos”, aún hasta hoy. Según James F. White, los elementos paganos abarcan algunos de los más familiares elementos de las ceremonias matrimoniales modernas, incluyendo: la unión de las manos y la entrega de anillos; el banquete matrimonial con una torta de bodas; arrojar arroz - símbolo de fertilidad - ; entregar la novia al novio ; las damas de honor de la novia vestidas análogamente para confundir a los malos espíritus; el uso de un velo nupcial para confundir a los malos espíritus; y la ofrenda de dinero.

Sólo lentamente, fue como la iglesia asumió la responsabilidad fundamental de la realización de ceremonias matrimoniales. Este cambio tuvo lugar a causa de una necesidad en el desarrollo de los sistemas legales de los documentos escritos que autenticaban el matrimonio. En muchos lugares, una de las pocas personas que podían leer y escribir era el sacerdote. A fin de que el matrimonio fuera autenticado, el sacerdote tenía que estar presente para atestiguar la ceremonia y escribir la documentación necesaria. En un principio, estas ceremonias sucedían en lugares seculares, y eventualmente se trasladaron a las escalinatas de las iglesias, a fin de que pudieran estar bajo la mirada de Dios. El traslado al interior de la iglesia resultó a partir de que el sacerdote empezó a ofrecer una misa para la pareja, a continuación del matrimonio, con la ceremonia matrimonial fuera de la iglesia y la misa en el interior de la misma.

Durante la Reforma del Siglo XVI en Inglaterra, finalmente toda la ceremonia matrimonial se trasladó al interior de la iglesia. Durante este tiempo, el rito del matrimonio era  completamente explícito sobre el propósito del matrimonio como una institución. Por ejemplo,  el rito de la Iglesia de Inglaterra, aún en uso, tiene la línea “con este anillo te tomo por esposa (por marido)”. La línea siguiente “con mi cuerpo te reverencio”, indica claramente la naturaleza sexual del propósito del matrimonio. Para la Reforma, era claro que el matrimonio implicaba sexo, que daría como resultado los hijos. Los propósitos del matrimonio, según los líderes de la Reforma eran: 1.) generar hijos; 2.) evitar la fornicación; y 3.) proporcionar mutua ayuda y solaz. Los puritanos ingleses invirtieron el orden, ubicando primero “mutua ayuda y solaz”. Hoy en día hay personas que cuestionarían el orden de estos propósitos.

            El moralista James B. Nelson, acota que: “… hay una pequeña duda de que la actual confusión sobre el matrimonio ( y la moralidad sexual en general) esté íntimamente vinculada a las cambiantes funciones y percepciones de la familia en nuestra sociedad”. Algunos segmentos de la sociedad han empezado a darse cuenta de la eficacia de ampliar las definiciones de familia y, por lo tanto, de la naturaleza del matrimonio, para incluir unidades familiares no-tradicionales. La ampliación de las definiciones ha conducido a un reconocimiento de la importancia y legitimidad de las personas que eligen permanecer solteras. Ahora se empieza a aceptar la familia como comprendida por adultos solteros con hijos, parejas del mismo sexo, y parejas del mismo sexo con hijos. Sin embargo, si Nelson está en lo cierto, tales cambios serán más que suficientes para crear confusión y consternación en los tradicionalistas.

            El cambio en las definiciones ha originado, también, una nueva evaluación del significado y del contenido de los ritos matrimoniales. Muchos clérigos han empezado a cuestionar la naturaleza de la relación que existe entre el estado y la iglesia, en lo que respecta al matrimonio. El estado, sin duda, tiene interés en establecer las líneas de relaciones legales y contractuales. Sin embargo, con la declinación numérica de los funcionarios seculares con autoridad o interés en administrar matrimonios, se podría argumentar que los clérigos se han convertido en funcionarios del estado. En la mayoría de los lugares, el país provee documentación legal para las parejas heterosexuales que buscan casarse y se pide a los clérigos que firmen esos documentos para que se declare “legal” el matrimonio. (Por supuesto, una pareja todavía puede acudir a un “juez de paz” civil, si es que se encuentra uno). Sin estos documentos firmados, una pareja no se considera “legalmente” casada, sin considerar lo que haya sucedido en el rito sagrado. En situaciones de apuro, las personas pueden testificar la validez de estar casados a juicio de la iglesia, aunque rara vez eso se entenderá como “suficiente”. Esto ha facultado a las autoridades seculares a examinar las credenciales de los clérigos, a fin de autorizar su realización de matrimonios “legales”, y ha hecho confusa la relación entre iglesia y estado.

            Los poderes del estado para declarar la legalidad, para legislar quién puede casar legalmente, y para controlar a los clérigos en su participación en los matrimonios, conjuntamente con el continuo uso de ritos paganos en el matrimonio, indica que el estado del matrimonio es más secular que sagrado. Como si fuera una llamada de advertencia, está el hecho de que la mayor parte de los clérigos han tenido la experiencia de personas que les han pedido ser casados en la iglesia, quienes nunca habían cruzado los umbrales de un santuario y que solamente es probable que lo hagan nuevamente cuando necesiten su propio funeral. La iglesia, al participar en este corriente y enmarañado arreglo, no sólo perpetúa la confusión, sino que funciona como un  agente del estado, gratuito,  en materias de propiedad. Creo que, sin duda, es tiempo de volver a establecer la prioridad de la sagrada comprensión del matrimonio como una relación formal, a pesar de los deseos del estado.

Consideraciones sobre la relación pactada

Las Sagradas Escrituras son claras en su opinión sobre la importancia de las relaciones pactadas. En la Escritura, tales relaciones se establecieron en primer lugar entre Dios y los seres humanos, y luego entre los seres humanos. Los pactos son centrales en el judaísmo, como aquellos establecidos entre Dios y Noé; Dios y Abraham, Isaac y Jacob; y dios e Israel, como ejemplos típicos. El Cristianismo también respeta los pactos tanto por la prolongación de los mismos entre Dios e Israel, como con el establecimiento de pacto a través de Jesucristo.

            La palabra “pacto”, en hebreo, significa originalmente “un pacto que liga” e implica a los grupos del pacto uniéndose entre sí, de uno a otro.Los pactos establecidos entre los seres humanos se consideran que se encuentran unidos por las condiciones aceptadas en el momento de la aprobación. Cuando el pacto se hace entre Dios y los seres humanos, las condiciones son aquellas estipuladas por Dios, restando a los seres humanos la opción de aceptar o rechazar esas condiciones, pero no de cambiarlas. La aceptación de las condiciones estipuladas por Dios, dará por resultado el ser bendecido, siempre que se mantengan las condiciones del pacto; mientras que la no aceptación o la ruptura de las condiciones, dará por resultado el ser condenado. Una interpretación similar de ser bendecido por fidelidad al pacto y ser condenado por la infidelidad, está presente, también, en los pactos entre los seres humanos.

            La centralidad del pacto en la comunidad de fe cristiana se ejemplifica con el uso del idioma propio del pacto, en sus fuentes litúrgicas. Los oficios religiosos de la Santa Eucaristía contenidos en el Himnario de la Iglesia Metodista Unida, usan, todos ellos, el idioma del pacto y está - tanto implícito como explícito - en la Acción de Gracias, la parte central del Culto. De un modo similar, los oficios religiosos de bautismo, se encuentran bajo el título El pacto bautismal y hacen varias referencias al pacto.

            Particularmente importante para este artículo, el actual Oficio religioso del Matrimonio Cristiano de la Iglesia Metodista Unida, incluye epígrafes que indican que el matrimonio cristiano debe entenderse como un “… pacto sagrado que refleje el pacto de Cristo con la Iglesia”. En su introducción a los oficios religiosos de matrimonio, el Manual de Culto de la Iglesia Metodista Unida, indica que “el matrimonio cristiano se proclama como un pacto sagrado que refleja el pacto bautismal”.Configurar este uso del lenguaje, de pacto,  es una comprensión teológica de mutuo reconocimiento de relaciones amorosas en las cuales los participantes se unen mutuamente de un modo que refleja la relación ideal entre Dios y los seres humanos. Esencialmente, tal afirmación, sustentadora de las relaciones amorosas, es la manifestación visible del amor de Dios hacia nosotros y sirve como un presagio de la consumación escatológica de esa relación.

… Yo no uno a los miembros del pacto,

ellos se unen a sí mismos.

            Un pacto se establece entre dos o más partes; en el caso del matrimonio, entre dos personas. La presencia de un clérigo en los oficios religiosos de matrimonio/pacto, es para suministrar la bendición litúrgica formal de la Iglesia sobre la proclamación pública del pacto establecido, y para representar a la comunidad de fe en este momento sagrado. En los últimos años dije a las personas que afirmaban un pacto, y a aquellos que se reunían para testimoniar las promesas solemnes del pacto, que yo no unía a los miembros del pacto; ellos se unían a sí mismos. Mi función es participar en su celebración y ofrecerles las bendiciones de la Iglesia y las amonestaciones para la fidelidad. Yo no tengo poder para unirlos de una manera singular. Ningún ademán que haga con mis manos, ni determinadas palabras que pronuncie, establecerán un pacto que no exista, o prolongarán un pacto que haya terminado. Solamente el constante trabajo de ambas partes podrá cumplir la obra del pacto. Si bien yo creo que los pactos son para ser establecidos de por vida, cuando una o ambas personas ya no sostienen el pacto como fiel, de apoyo recíproco, sustentador y amoroso, entonces, ese pacto ya no existe más. La presencia de un documento secular firmado, no altera esa realidad. Ni tampoco lo hace el hecho de que el oficio religioso del pacto haya tenido lugar ante la presencia de un clérigo ni con su dirección. Hay muchos ejemplos de relaciones pactadas que se han transformado en relaciones destructivas, y cuyas relaciones pactadas están claramente rotas, aun cuando la entidad legal continúe existiendo. Como tales, estas relaciones ya no representan adecuadamente el pacto de Dios con la humanidad, aunque pueden representar muy adecuadamente la fragmentada naturaleza humana.

            Por estas razones, parecería que no hay justificación para negar a personas del mismo género, la oportunidad de que sean unidas en una unión santa. Un pacto establecido entre personas del mismo género, puede ser justamente tan satisfactorio como aquellos establecidos entre personas heterosexuales. Debieran reconocerse como justos y válidos. No parece apropiado que la Iglesia se comprometa en sostener el estado por denegar el derecho de las personas a establecer pactos. Si se prestara más atención en desarrollar una mayor valoración por la significación del pacto y su relación con el pacto entre Dios y la humanidad, tanto las uniones sagradas como los matrimonios heterosexuales se beneficiarían.

David Belt es pastor de la “Trinity United Methodist Church”, una congregación que pertenece al movimiento Reconciliada en Cristo, en la ciudad de Kansas, Missouri.

Cambiando la justificación del sexo.

…Una vez que las parejas del mismo sexo puedan casarse, las leyes del matrimonio y del divorcio, nunca más podrán definirse por la expectativa de generar hijos o por el género…

Los matrimonios legales de personas del mismo sexo ratificarían la … idea de que se justifica el sexo más bien por la felicidad personal de la pareja, que los intereses de estado, familia o propiedad no pueden usurpar los mandatos del corazón…

E.J.Graff

“Algo viejo… algo nuevo”

 Mayo/Junio 1996, pág. 94.

LA PREGUNTA PREVIA: UNA BASE TEOLÓGICA PARA BENDECIR PACTOS ENTRE PERSONAS DEL MISMO GÉNERO.

Por Miriam  H. Prichard.

Examinemos el contexto: aquí, en el siglo XX, hay un gran segmento de personas, quizá un 10% de la población, que reconocen tener una orientación sexual por personas del mismo género. A causa de ello, son acusados, difamados, discriminados y sometidos a violencia emocional y física, por la sociedad en general. ¿Cuál es una respuesta cristiana apropiada a esta realidad cultural?

            En lugar de ser exactos definiendo los términos legales estrictos, los límites y las  consecuencias punitorias de acciones específicas, nosotros, como cristianos, estamos obligados a considerar este tema dentro del contexto de la fe cristiana. Adoramos a Dios, más allá de las palabras y más allá del legalismo, un Dios con quien podemos comunicarnos y de quien podemos buscar ser guiados. Celebramos a un Dios que ha venido y que continúa viniendo… un Dios inmanente, un Dios que está con nosotros. Esta es la verdad que Cristo vino a demostrar, a enseñar y a ser.

            Dios estaba en Cristo. Cristo era la encarnación de Dios, cuando anduvo entre las personas, durante toda su vida terrenal, en su cuerpo físico y terrenal. Después de su muerte, la comunidad de creyentes se transformó en su “cuerpo actual” en el mundo, y fue encargada de continuar el testimonio y ministerio que Cristo había encarado durante su tiempo sobre la tierra en su “cuerpo de aquel entonces”. Por eso, para los cristianos, la pregunta básica, la pregunta previa con respecto de todas las decisiones y conductas es: “¿Qué haría Jesús?”

¿Qué haría Jesús?

Para ayudarnos a contestar esta pregunta, nos volvemos a los Evangelios, para sumergirnos en los relatos de la vida de Jesús y de sus palabras, orando que el Espíritu Santo sea nuestro intérprete a medida que leemos. Entendemos que esto será un viaje espiritual y no precisamente un ejercicio intelectual.

            ¿Qué vemos de Cristo en los Evangelios? Vemos a una persona que siempre va al encuentro de los privados de derechos civiles, los marginados, los despreciados, los pecadores. Su mensaje era, indefectiblemente, un mensaje de invitación - “Vengan” - y sus preeminentes advertencias eran contra la exclusión, el juicio, el legalismo, la autosuficiencia espiritual y el orgullo. Que sepamos, Jesús nunca habló de la homosexualidad.

            Los temas que implican las relaciones humanas, aparecen allí,  donde la iglesia actúa a partir de la proclamación del Evangelio, de que Cristo recibe igualmente a “toda clase y condición de personas”, no con una subrepticia intención de cambiar a esas personas o de someterlas a alguna fórmula que escudriñe si son, en verdad, “dignos”. La garantía de la aceptación de Jesús es que ésta es incondicional.

            Mirando la vida y el ministerio de Jesús, vemos que a la “gente buena” - los escribas y los fariseos -,  no parecía importarles mayormente cuando Jesús hablaba respecto de aquellos y aquellas y sobre el ir a buscar a la oveja perdida; pero cuando él, realmente, se sentó a comer a “asociarse”, con los desechados y pecadores, se introdujo una nueva dimensión. Era la dimensión del compromiso personal, de una actuación. Aquí, para que todos lo veamos, había una visible correlación de palabra y acción. Aquí “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, llena de gracia y de verdad”. Aquí había una demostración de la perfecta integración entre cómo Jesús hablaba y cómo vivía. Era la Palabra hecha comprensible. Y fue esta “actuación”, la que enfureció a los líderes religiosos de la historia.

            Aquellas comidas que Jesús compartía con “toda clase y condición de personas”, eran circunstancias sociales de un contenido altamente simbólico. Constituían un cuadro gráfico de genuina aceptación, que ponía la realidad y la vida en sus palabras de amor, inclusión y bienvenida… palabras que hubieran sonado huecas a los oídos de las masas rechazadas, de no haber tenido la demostración de su realidad. “Como actos de alegría y de mortal protesta contra el viejo orden, estas comidas se transformaron en parábolas de la reconciliadora presencia de Dios en medio de la humanidad”. (1)

Inquietudes y respuestas

Mientras que el 98% de la membresía votante de la Iglesia Bautista “Pullen Memorial” declaró formalmente que “todos están bienvenidos y aceptados en el culto y hermandad de la comunidad Pullen”, y mientras que el 93% sostuvo “la participación de personas gay y lesbianas conjuntamente en nuestra vida congregacional”, muchos no pudieron resignarse a “apoyar y sostener la bendición de la unión de personas del mismo género” y no pudieron apoyar la propuesta de que “no se negara ningún rito de la iglesia a ningún miembro de la comunidad Pullen, basándose únicamente en su orientación sexual”. A menudo se oían quejumbrosas preguntas: “¿Por qué ellos no pueden contentarse con los que se les ha ofrecido? ¿Por qué ellos nos empujaban hasta tan lejos? ¿No hemos hecho ya lo suficiente?” Para aquellos que se han esforzado en declarar la aceptación y la participación de personas de orientación homosexual, el pedido de que la iglesia bendiga las uniones entre personas del mismo género, les pareció una afrenta audaz.

            ¿No podría ser posible que esta “manifestación de amor”,  fuera un testimonio que nuestro mundo, veinte siglos más tarde, necesita urgentemente? ¿No podrían las palabras reconciliadoras y las declaraciones de bienvenida de una iglesia, hechas en el nombre de nuestro Creador, Redentor, Sostenedor y Amigo, hacerse visibles y autenticadas  a través de la total e inequívoca inclusión de personas de orientación homosexual en la hermandad?  Si anduviéramos la segunda milla, bendiciendo la unión de personas del mismo género, ¿no serviría al mismo fin para nuestros tiempos, al igual que aquello que sirvió para la socialización pública de Jesús con las personas marginadas de su tiempo? ¿No podría ser un signo para el mundo, que un determinado cuerpo de creyentes aceptara la responsabilidad de vivir en forma manifiesta las palabras redentoras de “buenas nuevas” (con frecuencia usadas indiferentemente)?

            Otras inquietudes de aquellos que discrepan con la decisión de la comunidad Pullen, se refieren al testimonio que esta congregación da al mundo. ¿Qué clase de mensaje envía esto?  ¿Cómo, la congregación, puede tener la desfachatez de burlar las normas culturales y tradicionales? ¿No es de crasa ignorancia pasar por alto los principios largamente sostenidos, consagrados por el tiempo, básicamente incuestionables?

            En un incidente, notablemente comparable, registrado en Marcos 7, Jesús trató este tema. Se lo reprendía por una infracción social que desechaba la tradición de los mayores. Cuando se le preguntó: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados…?”, Jesús contestó: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres… Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios “. (Marcos 7: 5, 8-9). Con toda claridad, Jesús está diciendo que el cristiano perspicaz, debe reemplazar la comodidad de las ideas tradicionales, por el arduo viaje hacia la revelación presente.

Una búsqueda compleja y arriesgada

Algunos sugieren que la pregunta: “¿Qué haría Jesús?” es demasiado simplista. Por el contrario, formular la pregunta con seriedad, nos lanza a una búsqueda compleja y arriesgada. Aquellos que formulan esta pregunta previa, deben tratar de aprender, de los registros de la vida y de las enseñanzas de Jesús existentes, qué haría hoy en cada situación problemática actual, tal como ella surge. Esta es una tarea intimidatoria y a la cual hay que aproximarse con un alto grado de fe, humildad y cautela. Esta es también una búsqueda solitaria, porque es una búsqueda fundada en una respuesta personal al Acontecimiento de Jesucristo. En este aspecto, es muy similar a la experiencia de conversión inicial. Ni la búsqueda ni el resultado pueden ser dirigidos o dirimidos por otro o por doctrinas, reglas o proclamas institucionales. Aquí, la doctrina del sacerdocio individual de los creyentes se hace profundamente personal.

            ¿Cómo se puede responder a esta pregunta? ¿No sería, cualquier respuesta, en el mejor de los casos, sino una conjetura... una confrontación de ópticas, tal como una multitud de personas llegan a conclusiones ampliamente diferentes? Tal vez; pero éste es el estilo cristiano... que cada persona responda según su época y situación particular a la aguda pregunta de búsqueda que Jesús planteó a sus discípulos. No meramente : “¿Quién dicen estas personas que soy?”, sino más importante: “¿Quién dices que soy? ¿Quién soy yo para ti?”

            Si los cristianos se aproximaran a cada decisión de la vida por el camino de “la pregunta previa”, tal vez habría una nueva pertinencia, vitalidad y despertar espiritual, dentro de la comunidad cristiana. El remanido y viejo modo de dirigirse a los temas desde el punto de vista de utilidad, conveniencia y aprobación pública, daría paso a la evaluación de la búsqueda del espíritu de qué se debe hacer en el cuerpo actual del Cristo Viviente y el testimonio en el mundo de hoy.    

Dirección específica

En resumen, ¿qué dirección específica se puede encontrar en el registro de la vida de Jesús que sea pertinente para los cristianos que luchan cuerpo a cuerpo con el tema de bendecir a las uniones de personas del mismo género?

1      Jesús siempre se situó en el lado opuesto de la mayoría poderosa y siempre al lado de los miembros despreciados de la sociedad.

2      Jesús no solamente habló a favor de los pecadores, despreciados y desatendidos, sino que demostró su aceptación brindándoles su amistad en circunstancias sociales.

3      Jesús era franco sobre sus prioridades, desechando aquellas costumbres convencionales de su tiempo, que Él interpretaba como opuestas a los “Mandamientos de Dios”.

4      Jesús recordó a sus discípulos que ellos debían darle una respuesta personal a Él . Efectivamente, dijo: “No importa lo que otras personas digan sobre mí. ¿Qué dices ?

            En una era de una religión insípida y comercializada, que normalmente se mira como siguiendo una serie de reglas y modelos, con los cuales la mayor parte de las personas “buenas” estarían de acuerdo, es un desafío, una oportunidad y una inspiración , ser parte de una congregación donde uno está francamente confrontado con la máxima pregunta ética: “¿Qué haría Jesús?”

Miriam H. Prichard es una antigua miembro de Pullen, quien llegó a Carolina del Norte procedente de Missisipi , a través del Southern Seminary, en Louisville, Kentucky. Hoy día se encuentra jubilada de  Wake County School System y está casada y es madre de dos hijos.

BAILANDO HACIA EL COMPROMISO: Betty Healy (izquierda) y Kathy Hopkins, bailan por la nave lateral, cuando empieza su ceremonia.

Votos del compromiso

Entre toda las personas de mi vida, te elijo a ti, (Betty/Kathy) para que seas mi pareja en esta relación de compromiso. Yo (Betty/Kathy) te comprometo a ti mi más profunda devoción, como pareja, amante y amiga. Prometo trabajar, jugar y soñar contigo, con pasión y honestidad y estar a tu lado en tiempos de dificultad y tristeza. Haré todo lo que esté a mi alcance para comprender y honrar lo esencial (Betty/Kathy) , para prestar tierna atención a lo que hace que tú seas tú, y para ayudar a discernir tu necesidad de prosperar y crecer. Te doy mi palabra de cuidarme. Es solamente cuando soy leal a mí misma y me amo a mí misma, que podré sostenerte y amarte del modo como tú mereces ser amada. Te prometo amarte, honrarte y soportarte (como se preveía, esto produjo risas…) Con la ayuda de la fuente de todo amor, trabajaré para cumplir este compromiso a lo largo de toda la vida.

Betty Healy y Kathy Hopkins

Fuente

Los votos han sido tomados de “Take My Life as My Vow” (“Toma tanto mi vida como mi compromiso”) , Crossbeams (Septiembre/Octubre 1996) pág. 3. Crossbeams es un boletín de noticias de “Gay, Lesbian and Affirmins Disciples Alliance. Usado con autorización.    

Nota

1      Joseph Weber, A Biblical Basis for Reconciling Ministries. (Base Bíblica para el ministerio de la Reconciliación”). Escribía este artículo el difunto Dr. Joseph C. Weber, Profesor de Teología Bíblica en el Seminario Teológico Wesley y se publicó originalmente en Manna for the Journey, Vol. 1 (1). Un ejemplar de este documento puede obtenerse de The Reconciling  Congregation Program, 3801 North Keeler, Chicago IL 60641.

Fuente

Este artículo es una reimpresión de Celebration of Same-Gender Covenants, (“ Celebración de uniones del mismo género”) Task Force Report of Pullen Memorial Baptist Church , Raleigh, North Carolina, presentado en Abril 1993. Usado con autorización.

Palabras finales.

Ahora no vas a sentir la lluvia,
ya que cada uno/una de ustedes será refugio del otro/ de la otra.
Ahora no vas a sentir el frío,
ya que cada uno/una de ustedes será abrigo del otro/de la otra.
Ahora no hay más soledad.
Ahora ustedes son dos personas,
pero hay solamente una vida ante ustedes.
Vayan ahora a su morada,
para iniciar  los días de sus vidas juntos/juntas.
Y sean sus días buenos y
largos sobre la tierra.
                       
Oración apache.

Fuente

“Sample Service IX” en Same-Gender Services of Union: A Planning Resource from the Office of Lesbian & Gay Concerns. Folleto publicado por la Unitarian Universalist Association.

 

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