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CUENCA: 1º Encuentro Ecuménico IGLESIA y VIH
LA IGLESIA CATÓLICA FRENTE AL SIDA
 
Por: Padre Alberto Redaelli
 

Así como esta nueva y peculiar enfermedad provoca un impacto en la sociedad en general, sucede lo mismo en la Iglesia, para la cual, la aparición del Sida no ha sido un acontecimiento indiferente, La Iglesia se ha sentido interpelada y ha dado una respuesta en distintas direcciones. Con sus pronunciamientos, mediante la solicitud asistencial y pastoral. 
 

Para la Iglesia todos los días del año son días del enfermo de SIDA, porque más allá de fechas y lazos rojos en el calendario, la Iglesia se ocupa a diario de las personas que sufren. El 26.7% de los centros para el cuidado de enfermos de SIDA en el mundo son católicos”, afirmó en un artículo publicado por el diario El Mundo, titulado “La Iglesia y el Sida. La solución y el problema”, el director de la Oficina de información de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Isidro Catela (Diciembre 01/ 2005). 
 

“Yo he venido para tengan la vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10)

¿Cuales son las necesidades que se plantean a la Iglesia como reto, de modo especial a la teología pastoral de ayuda? 
 

  1. ESCUCHAR LAS NECESIDADES

 
 

  1. La caridad como tarea de la Iglesia.

 
 

         A lo largo de la historia, la Iglesia ha estado atenta a las nuevas necesidades en el campo de la salud y de las enfermedades, realizando así su misión evangelizadora y su anuncio y realización del Reino de Dios. En algunos momentos particulares de la historia, en los que han azotado a la humanidad calamidades nuevas, la Iglesia ha dado señal de especial solicitud ante tales necesidades, acudiendo con recursos humanos y materiales, creando instituciones específicas, asociaciones, Ordenes Religiosas.  
     

         De hecho “ el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado”(DCE,20). 
     

         Desde el principio, a ejemplo de Jesús, los apóstoles se ocuparon de la atención a los enfermos, como nos narran los Hechos. Asimismo los obispos, que se rodearon de diáconos para ser ayudados especialmente en esta tarea. 
     

         “La Didascalia Apostolorum (siglo II) divide el territorio de los obispos por zonas y designa para cada una un diácono que sea «el oído, el ojo, el corazón y el alma del propio obispo» para los enfermos y los pobres. Teniendo constantemente el modelo de Cristo, «que vino no para ser servido sino para servir», los diáconos tenían que hacer eso mismo con los enfermos y los pobres, visitar a todos los indigentes e informar al obispo sobre quienes se encontraban en necesidad”. 1 
     

         “Al lado de los despachos del obispo había locales llamados diaconías, verdaderas instituciones de asistencia pública, con un evidente carácter médico asistencial. Es lícito ver en estas diaconías a los primitivos hospitales cristianos, encargados del socorro caritativo de los enfermos. Anexa a las diaconías existía una especie de escuela para adiestrar a los diáconos a sus tareas sanitarias y hacerles técnicamente capaces de desempeñar su oficio”.2 Podemos resaltar como desde los primeros siglos la acción caritativa se acompañaba siempre con la formación de sus ministros y consejeros.  
     

         “La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra” (DCE,22) 
     

         En tiempos de la peste de Cartago (251) el obispo Cipriano desplegó y movilizó fuerzas para la asistencia a los apestados. El concilio de Nicea (325) estableció que en cada ciudad hubiera un lugar para los peregrinos y los pobres bajo la dirección de un monje. Posteriormente fueron las cofradías las que construyeron hospitales y más tarde surgieron en torno a las catedrales y a los barrios cristianos, algunos de los cuales se llamaron “Hotel-Dieu”. Surgieron órdenes y asociaciones, fruto de esta sensibilidad eclesial, dedicadas al servicio a los enfermos. 
     

         Personas de gran relieve en la historia de la salud contribuyeron en el Renacimiento a la constante reforma de la misma, movidos por el espíritu evangélico, como S. Juan de Dios, S. Camilo de Lelis, S. Vicente de Paúl, en el siglo XVI y XVII. 
     

         En este periodo de particulares calamidades, por ejemplo, es interesante que la Orden de Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos (Religiosos Camilos), asuma el servicio a los enfermos como carisma específico, pero emitiendo un cuarto voto solemne que se convierte en “única razón de vida de la Comunidad”3 y que, surgiendo en un momento de pestilencia, “compromete totalmente al Ministro de los Enfermos, incluso con peligro de la propia vida”.4 
     

         Se trata de un importante elemento característico de este Instituto, que surge como contraposición a los mercenarios, proponiendo una modalidad de servicio a los enfermos “no por paga, sino voluntariamente y por amor de Dios… con el amor y el afecto que suelen tener las madres con sus hijos enfermos”. 5  
     

         Después de la crisis que supuso la Revolución francesa para la asistencia sanitaria fueron numerosas las congregaciones religiosas surgidas en el siglo XIX para la asistencia sanitaria. 
     

         El Sida, como nueva epidemia, en un nuevo contexto socio-cultural y eclesial, no deja indiferente a la comunidad de los creyentes en Cristo, sino que desencadena una respuesta múltiple de naturaleza moral, social, económica, jurídica y organizativa, al sentirse interpelada por el fenómeno y sus características concretas. 
     

  1. La comunidad cristiana es interpelada hoy por el Sida.

    Somos testigos en nuestros días de la propaganda de unas intervenciones iluminadas por la cultura dominante: la consideración del SIDA como una estricta cuestión sanitaria, las monotemáticas campañas informativas que mantienen la tesis de que el preservativo es la solución, y la presentación, ante la opinión pública, de la Iglesia como problema. 
     

      Los motivos por los cuales el Sida interpela a la Iglesia son numerosos:

       
          1. Es fenómeno nuevo de los últimos 25 años que azota y asusta a la humanidad.

          2. Se corre el riego de evocar latentes actitudes estigmatizantes.

          3. El Sida alcanza a la persona en su “desnudez” e “impotencia”.

          4. Presenta problemas de fondo: la muerte, la vivencia de la propia sexualidad, los derechos del hombre.

          5. Pone en discusión la imagen de Dios y el sentido de la relación religiosa.

          6. Interpela a la Iglesia en su ministerio de reconciliación entre los hombres y en su servicio a los últimos.

          7. “La juventud es la que más está afectada por el SIDA. La amenaza que se cierne sobre las jóvenes generaciones debe llamar la atención y comprometer la atención de todos, pues humanamente hablando, el futuro del mundo está fundado en los jóvenes” (Juan Pablo II, 1989).

          8. El Sida en su última connotación preocupante está involucrando siempre más a mujeres y a víctimas inocentes sobretodo en los niños

       

    En la respuesta que la Iglesia dé a tal fenómeno está en juego su misma identidad como “pueblo de la vida y para la vida” que ama y sirve a ejemplo de Cristo, aportando a una visión constructiva de la dignidad de la persona humana y de su destino trascendente 
     

    Son diversos los retos que se le plantean  a la Iglesia ante el Sida: “Una de las necesidades más urgentes es un programa educativo de mayor alcance y más ambicioso que haga accesible al público las investigaciones médicas. La Iglesia tiene al respecto una tarea especialmente importante que hacer. En primer lugar, los miembros de las comunidades eclesiales, adecuadamente informados, deberían desarrollar una función de mediación en sus comunidades. Esto puede significar oponerse a una información equivocada, formular una respuesta global a la crisis en oposición al clima prevalente de incomprensión y de histeria y ofrecer un servicio pastoral a personas que están asustadas y airadas a causa de la transmisión del virus, y ayudar a quienes están ya luchando con la realidad del Sida. 
     

    En segundo lugar, el pueblo de Dios está llamado a ser un pueblo ‘único’ en la sociedad. Su tarea se caracteriza en términos de comunidad, de servicio y de seguimiento, de encarnación de la buena nueva del amor de Dios y de la primicia del reino de Dios, así como de la finalidad de reconciliación en el amor de Dios. Cuando la Iglesia cumple estas funciones, existe, según los términos de algunas imágenes bíblicas, como signo, como luz que brilla en las tinieblas, como sabor que da gusto a la vida, como anticipo del reino. 
     

    En tercer lugar, la crisis creada por el Sida supone para la Iglesia un desafío especial que brota de la naturaleza misma de la enfermedad y de la naturaleza de la población que vive a nivel de riesgo. La Iglesia no puede legítimamente descuidar su mandato divino de amar y defender a los oprimidos y los marginados”.6  
     

    Otro reto específico que el Sida significa para la Iglesia es el de la prevención. Un enfermo expresa este reto interpelando de modo directo y simbólico a la vez:  “La Iglesia  podría ayudar a las personas con Sida si quisiera. Bob querría que la Iglesia educara a la gente sobre el problema del Sida, que formara la opinión pública, que ayudara a las familias que tienen estas dificultades y ayudara a los pacientes a afrontar la enfermedad y la muerte. (…) Este es exactamente el momento de no cerrar la puerta a la gente. Abrid las puertas. Abrazad a la gente, no solamente en sentido físico. Quien es abrazado tiene necesidad de ello y lo merece. Y al mismo tiempo los que abrazan aprenderán que significa ser humanos”.7  
     

          La Iglesia es interpelada para dar una respuesta a distintos niveles: Teórico y practico, verbal y asistencial y para integrar los aspectos positivos y crecer y desarrollarse en su humanidad. Y es la comunidad entera, el “pueblo de Dios” el que está llamado a dar una respuesta, desde la jerarquía con sus pronunciamientos a las instituciones religiosas mediante la creación de estructuras para estos enfermos, a los agentes de pastoral, a todo cristiano. El mayor reto pues, es que cada cristiano considere a los enfermos de sida como hermanos, dignos de respeto y atención como todos los demás y en especial por su condición de sufrientes.8  
     

  1. DISCERNIR LA SITUACIÓN

Los pueblos de América Latina y de El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas. Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los ‘signos de los tiempos’, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y para que la tengan en plenitud” (Jn 10,10).9  
 

Veamos el fenómeno del Sida tal y como puede ser leído desde la reflexión teológico-pastoral. Nos preguntamos en qué sentido puede ser un signo de los tiempos y en qué medida constituye un reto para la teología pastoral sanitaria. 
 

  1. El Sida, ¿un signo de los tiempos?

    La expresión “signo de los tiempos” procedente del evangelio (Mt 16,1-4) y retomada en la constitución Gaudium et Spes se presta para interpretar el Sida en un contexto teológico-pastoral. En el documento “Llamados a la compasión” de la Conferencia Nacional de los obispos católicos de los EEUU leemos: “Según vamos entrando más profundamente en el debate público sobre el SIDA, nos damos cuenta de la responsabilidad social de todos los miembros de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II nos habla en estos términos en la encíclica «Sollicitudo rei socialis»: Merecen subrayarse: la conciencia del deber que tiene la Iglesia, ‘experta en humanidad’ de escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio; la conciencia, igualmente profunda, de su misión de servicio”.10  
     

    Entendidos en sentido teológico, los signos de los tiempos revelan los caminos que Dios abre a la Iglesia, manifestando lo que Dios quiere aquí y ahora para ella. Este criterio se verifica para el caso del Sida. El fenómeno es suficientemente provocatorio, significativo, revelador de una cultura que vive consecuencias de la crisis de valores y a la vez la solidaridad con los afectados; y por último manifiesta con suficiente vigor el rostro de Cristo que sigue sufriendo hoy en cada afectado. Así se descubre el Sida como “lugar” de la presencia de Dios. 
     

    Cuando se afirma que el Sida es un signo de los tiempos hay que liberarlo de posibles malas interpretaciones. Que han atribuido la enfermedad etiólogicamente a Dios, haciendo coincidir el surgir de la misma con la ira de Dios que se desencadena para castigar ciertos comportamientos morales favorables a la transmisión del virus. Angelini F. subraya: 
     

          “Como signo de los tiempos, el Sida puede tener, de hecho, un significado que lleva a una reacción negativa, pero también a una reacción positiva. Interpela especialmente a la sociedad del bienestar para advertir sobre los límites de una libertad degradada en lo licencioso; a su vez, la pesadilla generalizada por este mal y por sus causas inmediatas y conocidas de transmisión, puede por una parte solicitar nuevas formas de solidaridad humana y, por otra, exigir una conducta moral más severa”.11 De consecuencia diría que la principal señal de los tiempos se halla en la presencia entre nosotros de los enfermos de Sida, abandonados a la soledad de un desconsuelo que humanamente parece sin remedio. El amor al hermano debe hacerse creativo para percibir los numerosos sufrimientos causados por la enfermedad. Se trata de acoger una invitación a la solidaridad y al amor. El Sida puede ser una señal para descubrir a Dios en el sufrimiento y para descubrir al hombre en el sufrimiento. 
     

  1. El Sida: un reto a la teología pastoral sanitaria

    ¿Cómo transmitir un mensaje de salvación a estas personas concretas en esta situación específica?

    Yo no soy un virus. No soy una infección: No soy una toxoplasmosis o un sarcoma de Kaposi. Ni siquiera soy un homosexual, un heterosexual, un bisexual, un hemofílico o un drogadicto. Yo soy mucho más de lo que tú puedas poner en cada una de estas palabras. Mira desde más cerca: ¡me verás a mí! Nací, impotente y lleno de promesas, un sol que nace al inicio de cada día, un proyecto de futuro como cualquier otro niño. He amado y he jugado. He trabajado y he tenido éxito. He luchado y me ha equivocado. He perdido y he llorado. He fracasado y he esperado. Mírame y verás el entero drama humano, representado sobre mi nombre y particularidad, así como se representa nuevamente en cada uno. Mírame desde más cerca: me verás a mí, te verás a ti mismo”.12 
     

          “La Iglesia debe reexaminar continuamente todos los aspectos de su vida (…) en esta única gran perspectiva: ¿Revela a Cristo, Sacramento de la Esperanza, a toda la humanidad teniendo en cuenta las esperanzas del género humano? ¿Es realmente un gran signo de esperanza para quienes el mundo querría proscribir como ‘casos sin esperanza’?”.13  
     

    Cada agente de pastoral tiene la oportunidad de descubrir, pues, que la historia de la Salvación sigue escribiéndose con la sangre enferma de los afectados por el Sida. 
     

          “En la sociedad del futuro, el Sida podrá además producir cambios profundos en dos aspectos centrales de la realidad antropológica: el amor y la muerte. Será preciso saber vivir con el sida. Y amar. El amor no se deja reducir a los expedientes técnicos del “sexo seguro”. La educación sexual que necesitamos tendrá que dejar desarrollar nuevas formas de ternura que concilien la aceptación de la corporeidad y del placer con el sentido de responsabilidad para la vida del partner. Y con el Sida habrá que saber morir. El convencimiento de la precariedad de la vida y de la amenaza que se cierne constantemente sobre ella nos hiere como un latigazo en el rostro, justamente cuando los progresos de la medicina tecnológica nos ofrecen casi la ilusión de la posible inmortalidad. La amenaza del final que acecha a una edad joven o madura nos obliga a recuperar el sentido de la muerte, algo que nuestra edad reprime tan pertinazmente. Y a atribuir a la vida el valor que le corresponde, independientemente de sus límites de tiempo” (Revista Jesús, Supplemento, Junio 1988). 
     

III.  LA IGLESIA SE PRONUNCIA

La Iglesia no ha permanecido impasible al reto del Sida. Su respuesta está siendo rica y en diversas formas: desde los pronunciamientos por parte del Magisterio eclesial sobre el tema, al servicio pastoral, a la creación de centros asistenciales acomodados a las necesidades de los enfermos de sida.

 
    • Mensaje de los obispos de Australia: La crisis del Sida, 20 de mayo de 1987.

    • Orientaciones pastorales de los obispos españoles: Pensamiento cristiano sobre el SIDA, 12 de junio de 1987.

    • Orientaciones de la Conferencia Episcopal Católica de Nueva Zelanda: 24 de mayo de 1987.

    • Comisión social de la Conferencia Episcopal Francesa: “Del miedo a la solidaridad”, 23 de junio de 1987.

    • Orientaciones de la comisión especial de los obispos americanos: Las muchas caras del SIDA: una respuesta evangélica, 11 de diciembre de 1987.

    • Orientaciones de la Comisión Nacional Suiza “Iustitia et Pax”: El SIDA, desafío de todos, 9 de noviembre de 1987.

    • Alocución de S.S. Juan Pablo II a la IV Conferencia Internacional sobre SIDA “Vivir, ¿para qué?” propiciada por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, Vaticano 13-15 de noviembre de 1989.

    • CELAM, La Iglesia Católica latinoamericana y del Caribe frente a la ñpandemia del VIH y SIDA, Bogotá, Diciembre 01/2005.

    • V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Aparecida (13-31 mayo/2007).

 

Todos estos documentos tienen en común la preocupación de que la voz de la Iglesia se oiga sobre un problema que no se puede reducir a la simple intervención sanitaria sobre una enfermedad epidémica. En tos los pronunciamientos está presente el llamado a la solidaridad, a la atención a los afectados y a la prevención de la expansión de la pandemia. Esta enfermedad, por sus características, por las modalidades de transmisión y por las reacciones que provoca, tiene reflejos morales y religiosos de grande importancia. No cabe duda de que en el espíritu de las declaraciones realizadas puede intuirse también una tendencia a exhortar ante lo que Juan Pablo II ha llamado “una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores existenciales que no se puede dejar de reconocer como una verdadera patología del espíritu”.14  El horizonte específico de los pastores es eminentemente teológico, más allá de cualquiera polémica con las autoridades sanitarias sobre las estrategias que es necesario privilegiar. 
 

El SIDA no es un castigo de Dios.    Obispos francés

“El SIDA ataca al hombre en aquello que es la fuente de la vida: la sangre y la sexualidad. No es, sin embargo, un castigo de Dios. Es una enfermedad que tiene sus propias causas. Dios no es un ‘sádico’. Dios es amor. No quiere ni el sufrimiento ni la muerte del hombre”. 
 

“La sangre que permite vivir es susceptible de contaminación si es portadora del virus. Las abundantes y precisas precauciones que se deben tener en cuenta dependen de las decisiones humanas. El SIDA nos transmite una señal de alarma: cada uno compromete su propia libertad y responsabilidad en su modo de vida y cada persona tiene necesidad de puntos éticos de referencia. 
 

No acusar al enfermo de SIDA. Comisión suiza “Iustitia et Pax”

“El SIDA es una enfermedad infecciosa cuya transmisión puede ocurrir por relación sexual o a través de la sangre o de células de la sangre (…).

Con estas consideraciones no pretendemos ni dar una zancadilla al riesgo de transmisión ni minimizar la peligrosidad de la enfermedad. Queremos solamente recoger en sus propios límites las exageraciones de miedo al SIDA y del despliegue desmedido que se ha venido dando a los problemas que alimentan ese miedo.

Esto no quiere decir de ninguna manera que estamos discutiendo el deber ético de cada uno en la defensa de la propia salud y de la salud de los demás con relación al SIDA. Esta toma de conciencia de que es necesario defendernos del SIDA no debe, sin embargo, inducir sin más a acusar sumariamente a los portadores del virus y a los enfermos del SIDA de haber tenido conductas incorrectas o declararlos más propiamente culpables. Como lo muestra más claramente el ejemplo de niños enfermos de SIDA, hay la posibilidad de infección sin comportamientos éticamente negativos”. 
 

Ni segregaciones ni cuarentenas.   Obispos australianos 
 

“El SIDA no hay que presentarlo como un castigo de Dios a una sociedad permisiva en el campo sexual. Es equivocado juzgar a las personas que están enfermas. Cualquier criterio que se adopte en esto, hay muchos inocentes que sufren (…).

Los médicos especialistas sostienen que el SIDA no es contagioso si se toman las medidas sanitarias normales. Aceptamos esta afirmación. Rechazamos las sugerencias de segregación y de cuarentena para los enfermos de SIDA. Los padres no tienen que retirar a sus hijos de las escuelas en las que haya algún alumno con SIDA. Los médicos especialistas rechazan tales miedos como infundados. Una discriminación de este tipo podría fácilmente convertirse en la negación de una justicia fundamental y del amor cristiano, en un momento en el cual se tiene especial necesidad”. 
 

Momentos para cuestionamientos. Comisión Suiza “Iustitia et Pax”

“El SIDA nos amenaza, nos desencadena los miedos –miedo a la muerte- y cuestiona nuestra actitud ante las amistad, el amor, la sexualidad. Por eso, el SIDA puede ser el momento oportuno para reconsiderar de nuevo los caminos que demos a nuestra vida íntima.

¿Existe aún la conciencia de que la sexualidad no se compone exclusivamente de placer y éxtasis, sino también de amor, de fidelidad y de confianza, de renuncia y responsabilidad, y que en un contexto cristiano estos valores les son completamente irrenunciables?

El hecho de que el SIDA pueda transmitirse mediante la relación sexual no autoriza, ciertamente, a nadie para sacar la conclusión de que un determinado comportamiento sexual sea bueno o malo, justo o equivocado. La tendencia a imponer exigencias ético sexuales (fidelidad, renuncia), mediante el miedo a la infección no es correcta, porque la fidelidad es y fue siempre más que un simple medio de evitar enfermedades sexuales. Fidelidad y renuncia tienen que nacer del corazón y del sentido de responsabilidad. Diversamente, la necesidad de ser fieles y continentes desaparecería con la preparación de una vacuna eficaz o de una medicina segura”. 
 

Un comportamiento sexual responsable.  Conferencia Episcopal de Canadá

“Para que la información sea eficaz, se debe dar en un contexto de educación sobre el valor humano de la sexualidad y el ligamen íntimo entre salud y ética (…)

Si nuestro objetivo es velar por la salud pública tenemos que entregar mensajes que inviten a un comportamiento sexual responsable. Esto abarca el autocontrol, el respeto a la vida humana en su integralidad y el verdadero amor para con el partner único del propio matrimonio”. 
 

Adecuada educación sexual. Obispos australianos

“La única respuesta a este problema consiste en la renovación moral y en la educación adecuada. Comprobamos que este problema tiene dimensiones humanas. No existe curación y no hay la probabilidad para el futuro inmediato de encontrar una vacuna. La promiscuidad es la causa principal de nuestro problema. Lo que siempre fue un comportamiento pecaminoso ahora se ha convertido en un comportamiento suicida. 
 

A la base de todo programa educativo tiene que haber una visión exacta de la sexualidad humana. Una ‘cultura del preservativo’ no es una alternativa decorosa ni eficaz. Nuestra tradición judío-cristiana presenta el amor sexual en el matrimonio como un camino hacia Dios y una expresión de la vida y del amor de Dios. Cuando nuestras relaciones se construyen sobre el compromiso y la fidelidad, reflejamos la presencia de Dios en nuestras vidas. Cuando dos personas se comprometen la una con la otra en un matrimonio de vida, abierto al milagro de una nueva vida, su amor sexual encuentra su mejor expresión y su significado más rico. 
 

Tal concepción pide cambios radicales en los modelos sexuales de nuestra sociedad. No pensamos que esperar tales cambios sea ingenuo. Realmente son necesarios. Algunos sostienen que el miedo al SIDA obligó ya a varias personas del país, homosexuales como heterosexuales, a modificar sus prácticas sexuales, a buscar un compromiso mayor, inclusive la estabilidad en sus relaciones. Estos cambios son estimulantes pero no pueden constituir la defensa básica contra el SIDA. Tampoco están en grado de restablecer un acercamiento sano a las relaciones humanas y a la sexualidad, a menos que el amor y el compromiso tomen el puesto del miedo”. 
 

Relaciones sexuales sin amor.         Comisión Social del Episcopado Francés

“En los últimos años ha cambiado mucho el modo de ver el bienestar del cuerpo. Para muchos ha sido ventajoso. A otros, contrariamente, la llamada liberación sexual les ha hecho creer que se puede vivir la sexualidad sin amor verdadero. El ‘otro’, ¿no se ha convertido hoy en el gran ausente de las ‘relaciones interpersonales’? Hoy, la humanidad va caminando hacia su destrucción si las relaciones humanas se viven solo a nivel de encuentros pasajeros. El aumento de las soledades, de los fracasos afectivos y su secuela de agresividades, ¿no son acaso un signo? 
 

Una relación de amor se construye con la lentitud de los días que pasan. Son estas relaciones de amor que dan sentido al matrimonio y a la familia, relaciones de por vida y que consisten en dar la vida. Sin amor y sin fidelidad la existencia humana no se abre verdaderamente. Siempre será necesario aprender a amar”. 
 

Llamamiento a servir a los enfermos de SIDA. Obispos de Australia

“La comunidad católica hace un llamamiento a parientes y amigos de enfermos de SIDA a que participen en un servicio de asistencia espiritual y de orden práctico con estas personas… Los organismos católicos ya están desarrollando programas para ayudar a los padres que garanticen a los niños una cuidadosa y adecuada información sobre el SIDA, presentada en el contexto de una visión cristiana completa de la sexualidad humana. Los padres de familia católicos y nuestras escuelas tienen también una función de primera importancia en la lucha contra la ignorancia y los prejuicios al enseñar a los niños a ayudar y a simpatizar con las victimas y con sus familiares… 
 

A nivel personal cada ciudadano tiene la oportunidad de colaborar con este ministerio. Ya se han organizado asociaciones para entregar ayudas a los enfermos de SIDA. Se les pone en condiciones de vivir el mayor tiempo posible como personas activas, dándoles la ayuda necesaria para el aseo, los gastos, la cocina, el transporte. Por muy amplio que sea el compromiso financiero de los gobiernos siempre habrá necesidad de la contribución voluntaria para esta obra cristiana. 
 

Una actividad de esta índole requiere una competencia especial. Los voluntarios tienen que darse cuenta de las necesidades de aquellos que están bajo sus cuidados, especialmente de los homosexuales con SIDA. Cuando un homosexual se da cuenta que tiene SIDA o que es un portador del virus, él debe comunicar por primera vez su propia condición sexual a familiares y amigos. Esto le es muy difícil como le es muy difícil aceptar su condición. Algunos, a raíz de estas comunicaciones, han perdido su hogar y su trabajo, han sido repudiados por su familia, han sido abandonados por su partner. Por motivo de estas dificultades tienen que luchar contra la depresión y frecuentemente contra sentimientos de vergüenza y de culpa y alguna vez contra la tentación del suicidio. Desarrollar un ministerio en tales condiciones requiere tacto y sensibilidad y también un llamamiento a la reconciliación y a la sanación a través del reconocimiento de la presencia de Jesús en medio de sus sufrimientos. 
 

El sexo no es un “bien de consumo”. Comisión Suiza “Iustitia et Pax”

“Con su proximidad a la esfera sexual, el SIDA pone también problemas de índole sexual que tocan por eso mismo un sector importante de nuestro modo de vivir. No es suficiente, indudablemente, hacer propaganda de preservativos y de su uso riguroso en la solución de los problemas del SIDA. Desconocer el hecho de que cambiar frecuentemente de partner y tener contactos sexuales impersonales, es hoy un fenómeno frecuente, sería cerrar los ojos frente a la realidad en la luche contra el SIDA. Ni siquiera con la amenaza del SIDA se va a cambiar de modo esencial esta visión de la sexualidad como “bien de consumo”. Por eso es un deber moral no exponerse ni exponer a otros con comportamientos peligrosos.

Hay una responsabilidad grande con los niños a los que hay que proteger de los riesgos de perder prematuramente a sus padres y con los niños que aún no han nacido a los que hay que salvaguardar de la pesada herencia del SIDA. No es suficiente conocer los medios preservativos sino que es indispensables una conducta de preservación activa que brote del sentido de responsabilidad”.15 
 

No os aflijáis como los hombres sin esperanza”(1Ts 4, 13).

Hoy “se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”(Spe Salvi, 1) 
 

M E T O D O L O G I A 
 

“La obra de PREVENCIÓN, para que sea al mismo tiempo digna de la persona humana y verdaderamente eficaz, debe proponerse dos objetivos: informar y educar para la madurez responsable” (Juan Pablo II, 1989). 
 

La información debe ser correcta y completa. Sólo con una información y una educación que ayuden a encontrar con claridad y con alegría el valor espiritual del “amor que se dona” es posible que los jóvenes encuentren la fuerza necesaria para superar los comportamientos peligrosos. 
 

La Iglesia “experta en humanidad” debe empeñarse a proponer un estilo de vida plenamente significativo para la persona. Ella indica con vigor y con gozo un ideal positivo. “A la luz de este ideal aparece profundamente lesivo de la dignidad de la persona (…) propugnar una prevención de la enfermedad del Sida basada en el recurso a medios y remedios que violan el sentido auténticamente humano de la sexualidad y son un paliativo para aquellos malestares profundos donde se halla comprometida la responsabilidad de los individuos y de la sociedad” (Juan Pablo II, 1989). 
 

COMPRENSIÓN y SOLIDARIDAD

La Iglesia ha considerado siempre la asistencia a quien sufre como parte fundamental de su misión; el hombre que sufre es un “camino especial” de su magisterio y ministerio (Juan Pablo II) 
 

DEFENSA DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA INFECTADA

UN ACOMPAÑAMIENTO HOLÍSTICO AL QUE TIENE SIDA

“Con vosotros está la Iglesia, sacramento de salvación, para sosteneros en vuestro difícil camino (…); está cerca de vosotros con el consuelo de la solidaridad activa de sus miembros, para que no perdáis nunca la esperanza”

“Venid a mí los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28). 
 

La lectura del tema nos permite constatar que las expectativas de los enfermos de sida en relación con los agentes de pastoral no van exclusivamente por la vía de la propuesta sacramental, sino que esperan también un acompañamiento que los consuele y que les ayude a encontrar significado. 
 

“No quiero ser tratado con piedad, no quiero que piensen que soy sólo un moribundo, no quiero limosna… quiero solo ser tratado como una persona, no abandonado en mi soledad que me hace sentirme triste a veces y soñar con algo que percibo como imposible”.

Ya el concilio Vaticano II subrayaba la importancia de una preparación específica de los futuros “pastores” en general. En el decreto sobre la formación dice: “Cultívense en los alumnos las cualidades convenientes que ayudan sobremanera al diálogo con los hombres, como son la capacidad para escuchar a los demás y para abrirse en espíritu de caridad a las diferentes circunstancias de la convivencia humana” (OT 19). Ya desde los orígenes de la Iglesia los agentes de pastoral han realizado funciones similares a lo que hoy llamamos “Relación Pastoral de Ayuda”. En otros tiempos se ha usado el término “cura animarum” o dirección espiritual para indicar este interés y ejercicio real de coloquios con la intención de ayudar al fiel a resolver problemas concretos de la propia existencia o vivir evangélicamente la propia situación conflictiva. 
 

FAMILIA:

      Escuela de vida para la responsabilidad personal

      Primera y más eficaz acción preventiva

      Comprensión por las familias afectadas

      Llamados a rodearlas de calor humano

      Solícitos cuidados y afectuosa compasión a sus seres queridos 
       

EDUCACIÓN SANITARIA para un correcto estilo de vida saludable. 
 

RESPETO DE LA MORALIDAD

            Al servicio de la persona humana

            Al servicio de sus derechos inalienables

         Al servicio de su bien verdadero e integral 
     

TESTIMONIO DE AMOR  solicito a imitación del Buen Samaritano

ANUNCIADORES DE ESPERANZA

      “¿qué podemos esperar?  y  ¿qué es lo que no podemos esperar?”

      La esperanza tiene la fuerza de proyectarnos en el futuro.

      “Nuestra esperanza no decepciona porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu” (Rm 5,5) 
       

ACTORES:

            Educadores - consejeros

                        Promotores de una idónea y seria formación

                        Educación sanitaria en las escuelas católicas

                        Educar para un estilo de vida saludable

            Jóvenes:

          “Vuestra fuerza a de ser la esperanza y vuestro ideal la afirmación universal del amor” ( Juan Pablo II) 
           

            Autoridades:

          Se hagan cargo con valor, con claridad, con iniciativas correctas del Plan Global de lucha contra el SIDA

          Reconocimiento y apoyo a las iniciativas de la comunidad

          Colaboración entre los pueblos 
           

            Científicos:

                         Incrementar y coordinar su trabajo

                        Fuente de esperanza para los enfermos de SIDA 

 

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