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Introducción

Igualmente somos concientes que los materiales aquí incorporados no tienen por finalidad cerrar el debate, tan rico y constructivo, sino que es una simple visión del estado actual de los aportes y logros como para motivar a todos y todas a continuar la construcción de respuestas e iniciativas que enriquecen tanto a la comunidad cristiana en su amplio campo ecuménico, al diálogo con las distintas organizaciones de la sociedad civil, y muy especialmente, a la escucha y acompañamiento de las personas que viven o han sido afectadas por la epidemia del vih o del sida.

Los materiales que aquí compartimos son el producto del esfuerzo del pueblo de Dios de romper el silencio que desde hace 25 años rodea la realidad de la epidemia del vih y del sida. Silencio que ha causado mucho dolor a personas, a instituciones, a la iglesia y a la sociedad. La voluntad de romper ese silencio se nutre de nuestra comprensión de la sorprendente gracia de Dios que se nos revela en Jesucristo. Poder anunciar palabras de consuelo y de justicia nace de nuestra comprensión de la acción liberadora e incluyente de Dios. Es una acción que se nos impone desde nuestra misma identidad confesional y de nuestra siempre renovada comprensión de la Palabra de Dios.

Sabemos muy bien que en Jesús de Nazaret, el Dios encarnado y escondido en las realidades humanas, también es el Dios que se revela. La epidemia del vih y del sida es una realidad que no escapa a la encarnación y revelación de Dios, y nuestra acción pastoral, reflexión teológica y acción de promoción de derechos y dignidad pertenece a esa nueva creación de un mundo y una iglesia posible a la cual somos convocados y convocadas.

En las entrañas de la epidemia del vih y sida se nos revela el hecho de que todos los seres humanos, en tanto formamos aún parte de la vieja creación, vivimos bajo el signo de la cruz y no estamos totalmente liberados de nuestros miedos que fundamentan todas las exclusiones. El pecado en que todos y todas vivios ha destruido la intención primera de la creación y ha creado un mundo alienado, culpable y fragmentado. Todos y todas, sin excepción, necesitamos reconstruir la armonía de la creación, de nuestras relaciones con Dios, con nuestros hermanos y hermanas y todas nuestras relaciones sociales.

La misión de Dios[1], de reconciliación y humanización, se realiza en un mundo en el cual está presente y actúa la epidemia del vih y del sida. Esa misión tiene en su núcleo más fuerte y significativo el amor incondicional de Dios por toda criatura. Dios ama a este mundo que sufre las exclusiones y los sufrimientos producidos por la epidemia del vih. La misión de la comunidad de fe es anunciar la gracia sorprendente de Dios que supera las consecuencias del pecado que se manifiesta en: estigma, alineación, discriminación y muerte civil y física. Estas consecuencias del pecado se ubican más allá de las realidades individuales para proyectarse en la dimensión social y reflejada en toda la creación.

La dimensión trinitaria de Dios nos revela a un Dios siempre en apertura hacia los demás, hacia la diversidad, hacia los otros y otras que son mi alteridad, aquel y aquella que es diferente a mi. Esta dimensión de la misión que transforma, reconcilia y empodera al mundo tan amado por Dios. Esta misión que entra en una amorosa escucha del otro y la otra, que se abre a la dimensión que nos presenta la epidemia del vih, nos hace en amor vulnerables a nosotros mismos, tanto como individuos como instituciones.

La misión de Dios en el contexto de la epidemia del vih y del sida.

El amor por la creación de Dios se ubica en el corazón del evangelio y en el ilimitado amor de Dios y en su bondad que se manifiesta en esa misma creación. Es parte de nuestra vocación como comunidad cristiana que confiesa a Dios como el Señor de la creación y de la historia, trabajar en estrecha relación con todas las personas, pueblos y grupos con el objetivo de realizar el propósito de Dios de paz y calidad de vida. Esto incluye el promover la justicia y la confianza entre los diversos grupos afectados por la epidemia del vih.

El mensaje y la realidad de la misión de la comunidad cristiana en el mundo con vih incluye la promesa y la esperanza que Dios hará todas las cosas nuevas (Apocalipsis 21:5). Transformación y justicia,  reconciliación e inclusión, calidad de vida y empoderamiento de la realidad que vivimos con la epidemia del vih son signos del Reino que queremos que venga.

Sabemos que la vida, acción, sufrimiento, muerte y resurrección de Jesús revela el amor incondicional de Dios por este mundo con vih y con sida (Juan 3:16). Esta misión de Dios y de su pueblo en este contexto se revela en el camino de su Hijo, camino de encarnación, camino de cruz y camino de resurrección.

En la encarnación Dios se hace presente en toda la realidad humana de forma integral. La epidemia del vih y del sida no escapa a esa encarnación. En Jesús de Nazaret, Dios se hace persona en un lugar, una época y en una cultura determinada. Esa encarnación hoy también se hace presente y asume nuestra condición de un mundo con sida. Esta encarnación es el fundamento de nuestro acompañamiento a toda persona afectada por la epidemia. La encarnación es el camino que Dios escoge para hacer visible su forma de transformar y reconciliar el mundo.

El camino de la cruz es la forma en que Dios nos habla de amor incondicional y de justicia para todos y todas en lugar de las persecuciones, de las sospechas y de las exclusiones. El camino de la cruz revela la forma en que Dios se solidariza con todas y todos los estigmatizados, excluidos y oprimidos y al mismo tiempo es una dramática protesta contra esa estigmatización, injusticia y opresión. El camino de la cruz no santifica el sufrimiento ni nos ofrece un modelo de sufrimiento sino que es el testimonio de la voluntad de Dios para que nadie sea crucificado, estigmatizado y oprimido.

El camino de la resurrección es el camino de la transformación y la promoción de dignidades, poner fin a las vulnerabilidades sociales y en el plano de los derechos humanos, para que en justicia todos y todas accedan a calidad de vida.

 

Una relación sin posesión.

Muchas veces nuestro vocabulario traiciona y revela nuestros pensamientos más profundos. Aquellos que trabajamos en el acompañamiento con las personas que viven con vih-sida tenemos la tendencia de colocar delante de nombres el adjetivo posesivo "mi" como si las personas se transformaran en objetos y en propiedad. Muchas veces necesitamos estar muy atentos a ciertas frases que utilizamos: "a mi paciente le han dado de alta", "se me murió mi paciente", etc. En este tiempo de Cuaresma será un buen ejercicio que nos permita vivir con plena libertad estas relaciones de ayuda y disfrutar del diálogo y del caminar junto a las personas que viven con vih-sida despojarnos de todo sentimiento de posesión. Las personas, aún estando enfermas y de depender de algún tipo de ayuda, continúan siendo adultos que piden se respete profundamente su autonomía e independencia.
No somos los dueños de la verdad sino sus servidores. No somos los propietarios de los hermanos y hermanas que caminan con nosotros sino compañeros de peregrinación que nos apoyamos unos a otros y nos alentamos en el camino hacia la liberación. El despojarnos del sentimiento de propiedad sobre objetos, personas y organizaciones nos permitirá disfrutar la vida y entregarnos al diálogo, a la amistad desde una perspectiva de acción de gracias, de gratitud porque todo es un regalo de Dios.

 

La misión de la Iglesia en el contexto de la epidemia del vih y del sida

La razón se ser de la comunidad cristiana, de la iglesia, es tomar parte en la misión de Dios. Fortalecida por el Espíritu de Dios se constituye en el espacio, con todas sus manchas y arrugas, vive el profundo y sorprendente amor de Dios y en ese amor ella misma se hace vulnerable al clamor de los excluidos de la fiesta de la vida. Es por ello, que la comunidad cristiana se construye en el tiempo y en el espacio, incluyendo diferentes niveles de fraternidad y diversidad de expresiones de comunión. La iglesia en misión es el Cuerpo de Cristo en un mundo con vih.

Esta misión nos lleva a una relectura de las Escrituras que diferencia Palabra de Dios de lenguaje humano, ley y evangelio y el éxito de esta misión no se puede medir de acuerdo a expectativas estadísticas. La iglesia quiere seguir el camino de la vulnerabilidad de Dios en el amor incondicional por este mundo con vih y con sida tal como se revela en  la encarnación, la cruz y la resurrección y ser un testimonio vivo de la presencia real de Cristo en este lugar y en este tiempo histórico. Esta misión no es opcional sino que forma parte de la naturaleza de la comunidad cristiana.

Esta comunidad cristiana en misión en un mundo con vih y sida no es santa porque sea diferente al mundo sino porque esta en comunión con el amor incondicional de Dios y porque ha escogido los caminos de Dios como forma de participar en la historia humana. Esta comunidad siempre señala hacia la gracia sorprendente de Dios y de su amor incondicional, aún en un mundo con vih y con sida. Esta comunidad siempre pone de manifiesto el carácter sacro de la vida y de toda la creación aún en un mundo con vih. La apostolicidad de la iglesia se manifiesta en esta misión.

Frutos de la vulnerabilidad.

Muy a menudo cuando preparamos un proyecto se nos pide medir los resultados y los éxitos con números que indiquen eficacia, control, reconocimiento y respeto social. No nos permiten estar escondidos con Cristo en su cruz. Se nos empuja a alejarnos del Evangelio en nombre de una religiosa rentable y medible. Se nos pide logros y éxitos. Entrada triunfal en Jerusalén sin cruz. En cambio, aquellos y aquellas que trabajamos en el acompañamiento de personas que viven con vih y sida, vivimos una realidad totalmente opuesta y criterios diferentes que crean tensión crítica en cada situación. Los frutos que nacen de vivir a la sombra de la cruz y a la luz del evangelio revela que solamente en la medida que nos hagamos vulnerables junto con las y los vulnerables del mundo y de la iglesia, podremos construir comunidad y comunión. Solo cuando podamos colocar en los proyectos y en los informes nuestras propias heridas y debilidades, a partir de las cuales construimos la real sanidad, y cuando informemos que somos los sanadores heridos y que desde esas heridas logradas en nombre de la justicia y la dignidad de los demás (los estigmas verdaderos de la cruz impresos en nuestras acciones y en nuestros proyectos) seremos nosotros mismos curados. Soñemos en el día en que en los informes y proyectos pueda describir la forma en que nuestra sociedad, iglesia y personas son curada ella misma en sus heridas a través de las heridas y estigmas de hermanos y hermanas con los cuales caminamos. Entonces ese será el mundo paradojal de la cruz de Cristo que nace criterio del tocar con nuestras manos y corazones las heridas de nuestros hermanos y hermanas que viven con vih y con sida.

 

No quiero compasión, quiero justicia.

Desde hace ya tiempo las y los cristianos de América Latina, en el contexto de la epidemia del vih, nos sentimos tensionados entre dos conceptos: compasión o justicia. Para aquellos y aquellas que vivimos en la comunión luterana, la teología de la cruz, que nos revela al Dios paradójico que se manifiesta en comunión con los estigmatizados y excluidos, hace que esa tensión sea aún más manifiesta. La opción de Dios por los oprimidos forma parte de su naturaleza misma y no se fundamenta en una actitud caritativa o gratuita de Dios, sino que se basa en su Justicia. El compromiso cristiano con las personas que viven con vih no tiene que ver con la compasión sino que es un compromiso excluyente y exclusiva a causa de la injusticia que produce el estigma y la marginación.

El compromiso de la comunidad cristiana con las personas que viven con vih se fundamenta en la naturaleza y en el ser mismo de Dios, por lo tanto tiene un claro carácter teocéntrico. Dios es opción por los pobres en su manifestación en las personas que viven el estigma a causa de su condición de ser personas que viven con vih o con sida. Esta acción pastoral y esta presencia en esta Conferencia tenemos que leerla en la perspectiva del Amor que se hace Justicia. Esta justicia sustituye la gratuita compasión que, como concepto, podría diluir la radicalidad de la opción de Dios.

Toda antropología bíblica sostiene que Dios quiere y ama a todos y todas por igual, con un amor tan especial que hace de cada persona un espacio sagrado y fundamenta toda dignidad humana. Amor que sobrepasa todo lo que podemos pensar y que fluye de su asombrosa gracia que no admite ninguna posibilidad de comparación o cuantificación. En este sentido no podemos hablar de amores preferenciales por parte de Dios.

Pero en el contexto del vih y del sida, como en otras situaciones de exclusión y de opresión, Dios opta por la justicia, no por compasión, sino en forma excluyente porque esa opción es parte de su ser mismo. En el área de la justicia Dios es necesariamente radical e inflexiblemente parcial. En la epidemia del vih y del sida Dios se pone de parte de la justicia en contra de la injusticia sin la menor concesión. El Dios que se revela en la Cruz, rompe toda neutralidad, y en forma paradójica a nuestros conceptos se coloca de parte de los estigmatizados y en esa misma cruz asume de una manera total la causa de los estigmatizados.

Esta opción en la cruz de Cristo de Dios por los excluidos y estigmatizados se fundamenta en el concepto de justicia que forma parte de la naturaleza misma de Dios porque Dios es amor que se hace justicia.

El concepto vulnerables al vih y al sida es igual al concepto pobres que utiliza las Escrituras y la teología. El termino vulnerables se relaciona con el tema de la injusticia, con el desconocimiento de los derechos humanos y de la condición de ciudadanos o ciudadanas de las personas estigmatizadas. Dios no opta por los vulnerables al vih y al sida por su condición biológica sino en tanto y en cuanto son injustamente estigmatizados. La vulnerabilidad biológica no es un concepto teológico pero si lo es el concepto de justicia. Teológica y pastoralmente, toda problemática de estigma y marginación tiene que ver primariamente con la opción por la justicia y no tanto por el tema de enfermedad. No optamos por una crisis de salud sino por una crisis de justicia.

Esta opción por la justicia es una opción de Dios. La compasión tiene que ver con la caridad, con la gratuitidad, con lo opcional o facultativo. En cambio, desde la perspectiva de la paradoja de la Cruz, esta opción tiene que ver con la misma opción de Dios por la justicia a favor de aquellos que son injustamente excluidos y descalificados.

Esta opción por las personas estigmatizadas por vivir con vih o con sida, en el contexto social, cultural e histórico de la epidemia, es una opción excluyente que nos impone, desde la cruz de Cristo tomar partido a favor de unos y en contra de otros. Por el contrario, la actitud de compasión, pertenece al ámbito de la caridad, de lo opcional, de lo gratuito que no es necesario explicar. La compasión mira la realidad desde la perspectiva de la beneficencia o del asistencialismo y se traduce en meros actos compensadores. En definitiva la compasión es funcional a cualquier sistema opresivo o injusto.

 En cambio si interpretamos nuestra presencia en el contexto del vih y del sida como emanando de la esencia de Dios, podemos interpretar todo estigma como una injusticia a erradicar mediante un amor político transformador, mediante una acción de servicio, de promoción social, de romper silencios que busca la eficacia de la justicia.

Esta tarea pastoral de acompañamiento a las personas que viven con vih o con sida, es una tarea realizada en obediencia a Dios mismo y es parte de un proceso espiritual de conversión al Dios de los estigmatizados, al Dios paradójico de la encarnación y de la cruz y es parte de las notas de la verdadera iglesia, que también es paradójica y por ello es la comunidad de aquellos y aquellas que son a la vez santos y pecadores.

Si la vulnerabilidad de una persona o de un grupo es debida a que han sido victimas de situaciones de injusticias sociales, culturales o teológicas, Dios está de parte de esas personas y de esos grupos vulnerables, a los cuales les llama por su nombre. Esta junto a ellos y ellas en contra de la vulnerabilidad y en contra de los y las causantes de esa situación de estigmatización y de injusticia. En el área de las vulnerabilidades naturales, allí Dios no hace discriminación ni preferencias. En el horizonte natural no hay opción o preferencia. La opción radical y excluyente se produce en el área de las vulnerabilidades que tienen relación con la justicia. Ese es nuestro paradigma.

La dimensión teológica de la misión en el contexto de la epidemia del vih y del sida.

Las notas significativas de un trabajo pastoral en el contexto de la epidemia del vih son aquellas que llamamos de transformación, reconciliación y empoderamiento y que reflejan la acción de Dios como creador, redentor y santificador. Estas notas de la acción pastoral son las formas en que transitamos el camino de Cristo: el camino de la encarnación, el camino de la cruz y el camino de la resurrección.

Construir un estilo de vida más allá del prejuicio.

Muchos de aquellos y aquellas que trabajamos en el contexto de la epidemia del vih-sida sentimos que existe una profunda convicción con relación a no juzgar, superar prejuicios y a no discriminar a ninguna persona, pero al mismo tiempo sentimos la dificultad de sostener en el tiempo y en las acciones esas convicciones. La gran tentación y la gran debilidad que nos acecha en cada situación y en el encuentro con cada persona que pertenece a una cultura urbana diferente a la que nosotros hemos aceptado.

Vivir sin prejuicios es una de las tareas espirituales más difíciles y que exigen estar permanentemente atentos porque gestos, miradas, palabras y silencios ponen de manifiesto, una y otra vez nuestras debilidades y limites. El desafío es construir relaciones y comunidades donde todo extranjero y extranjera se sienta abiertamente seguro y acogido. Solamente en la medida que sintamos que frente a Dios nosotros mismos hemos sido extranjeros incondicionalmente amados podremos repetir y compartir ese gesto. Frente a Dios todos compartimos la misma situación de extraños amados y el arco iris de culturas, estilos de vidas, orientación sexual, es un signo visible que nos recuerda nuestra propia convicción. Nosotros y nosotras somos "los otros", "los extraños y raros amados por Dios. Ser conscientes de esa realidad hace que desaparezca de nuestro corazón y de nuestros labios expresionescomo "ellos y nosotros" para dar lugar a un único y variado nosotros y nosotras.

 

Transformación en el contexto de la epidemia del vih y del sida.

La transformación en un proceso continuo de total reorientación de la vida, valores y estructuras. La comunidad cristiana rechaza todo aquello que deshumaniza y ultraja la dignidad de la vida y de todas las vidas. El compromiso de defender la dignidad herida de hermanos y hermanas afectados por el vih y por el sida nace y se nutre de esta comunión con la acción creadora de Dios que transforma la realidad tanto de la sociedad como de la iglesia. Es por ello que afirmamos con claridad la santidad de toda vida y aceptamos el llamado para promover la justicia y la paz en la sociedad. Esta transformación refleja la voluntad gratuita de Dios, que llama a todos y todas, nos justifica, transforma y empodera y nos hace, como comunidad y como individuos, instrumentos de justificación.

Al caminar por los senderos de la encarnación, la comunidad cristiana se adentra en diversos contextos culturales, en la diversidad de culturas existentes aún dentro de una misma ciudad, y se identifica con todos aquellos y aquellos que son víctimas de todas las injusticias y de todas las estigmatizaciones y marginaciones, aún yendo en contra de la corriente de su propio contexto.

Reconciliación en el contexto de la epidemia del vih y del sida.

La reconciliación significa restaurar las relaciones entre Dios y todos los seres humanos. La certeza de la gracia inmerecida de Dios es el fundamento de toda acción de reconciliación que nos hace a todos y todas iguales. Esa reconciliación hace posible todas las reconciliaciones.

El camino de la cruz  conduce a la comunidad cristiana a asumir plenamente los sufrimientos, el estigma y la exclusión que viven las personas con vih o con sida. Las y los bautizados se colocan frente a los hacedores de injusticias, les desafían y se purifican ellos mismos del pecado de la estigmatización y la exclusión. Es por ello que se transforma en instrumento de liberación, tanto para aquellos que estigmatizan como para aquellos y aquellas que son estigmatizados para ser excluidos. Todo proceso de reconciliación entendido como restauración de justicia y dignidad tiene como objetivo permitir que aquellas personas vulnerables al estigma recuperen el lugar de dignidad que en justicia le corresponde en la creación.

 

Reclamar nuestra identidad con Jesús

La tradición de Jesús siempre es un desafío para nuestra cultura, nuestra iglesia y nuestra persona. El centro de esta tradición es afirmar que toda persona es el Hijo y la Hija amada de Dios. Aquella voz que se escuchó durante el bautismo de Jesús resuena cada día sobre nuestra existencia. Esta relación de amor, el sabernos amados y queridos por Dios en forma incondicional es aquello que nos hace semejantes a Jesús.

¡Miren como nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos [e hijas] de Dios" (1º Juan 3:1) Este es el centro del mensaje que la tradición de Jesús conserva y proclama. En el contexto de nuestra tarea cotidiana de acompañar a las personas que viven con vih-sida es un anuncio que es central y esa es nuestra voz alternativa. Esa es nuestra identidad. Esa es la viva voz del Evangelio anunciada y vivida hoy.

 

Empoderamiento en el contexto de la epidemia del vih y del sida.

La comunidad cristiana es ella misma empoderado por el Espíritu Santo para que pueda implementar una acción pastoral en el contexto de la epidemia del vih y del sida que sea transformadora, reconciliadora y promotora de poder para aquellos y aquellas que han sido despojados de él por estructuras injustas.

La comunidad cristiana es empoderada por Dios a través de su Espíritu para que sea signo y espacio del amor incondicional de Jesús de Nazaret en un mundo en el que abundan las dignidades heridas. Es empoderada para que pueda proclamar y actuar la justificación por gracia en un contexto en el que predomina el valor de mercado de personas y   proclamar la esperanza profética de que otro mundo y otra iglesia son posibles.

La comunidad cristiana es empoderada por el Espíritu Santo para vivir otra dimensión del poder. Un poder que no ejerce sobre los demás sino que en el camino de la cruz, el poder es algo compartido gratuitamente y tiene como objetivo la construcción colectiva de una realidad transformada, y donde todos los valores individuales y personales son apreciados y desarrollados.

 

La Escucha como Hospitalidad y Acogida.

El escuchar siempre ha sido una tarea difícil y complicada. Nuestra naturaleza no se inclina fácilmente a escuchar sin juzgar y evaluar. Las palabras nos dan la seguridad de poder esconder con ella nuestras inseguridades y debilidades. Muchas veces las palabras sirven para adornar la realidad y confundir esa construcción verbal con la realidad misma. El escuchar exige de nosotros y nosotras la capacidad de ubicarnos en los márgenes para que la persona que queremos acompañar ocupe el centro. La escucha es un proceso de despojarnos de nuestros egoísmo y urgencias para poder recibir y acoger con libertad, calidad y calidez fraterna.
La escucha va más allá de simplemente darle tiempo al otro o la otra para que hable y luego continuar nosotros con nuestro discurso y nuestra respuesta. La escucha es contemplar la vida y la historia de los demás con consideración y en verdad. La escucha busca constituir a los demás realmente en personas e interlocutores que pueden cuestionar nuestros valores y aún tener el aporte creativo de mostrarnos nuevos caminos, posibilidades y recursos. La escucha se nutre de profundos silencios que permiten que lo extraño y extranjero se haga prójimo y próximo. Es siempre una invitación a que los demás también entren en nuestras vidas y desde juntos caminar otros caminos.

Identidad Luterana en la epidemia del vih y del sida.

En todas y cada una de los documentos, declaraciones y planes de acción que han surgido dentro de la comunión luterana, desde un primer momento se tuvo muy en claro los desafíos que la epidemia del vih y del sida significaba para la identidad confesional. Siempre se tuvo conciencia de la necesidad de relacionar las principales afirmaciones de fe que sostienen la vida de las iglesias luteranas con la forma de proclamar el evangelio a las personas que estaban siendo afectadas o que ya viven con el vih o con sida.

El centro de la proclamación del Evangelio se construye alrededor de los testimonios sobre la vida, muerte y resurrección de una persona. Aquel que conocemos como Jesús de Nazaret es el centro de nuestra fe y su proyecto es el proyecto de cada una de las comunidades cristianas. Sabemos muy bien que creemos en una persona y en su mensaje de justicia, solidaridad e inclusividad.

La justificación por la fe, el núcleo del Evangelio y de nuestra predicación, es la clara afirmación que solo y únicamente en y con fe en su persona, Dios nos reconcilia,  perdona, justifica y  santifica. Solo la fe justifica y solo la fe santifica porque “se enseña que no podemos lograr el perdón del pecado y la justicia delante de Dios mediante nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que obtenemos el perdón del pecado y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe, si creemos que Cristo padeció por nosotros y nosotras, y que por su causa nos perdona el pecado y se nos conceden la justicia y la vida eterno[2][1]. Esta es la principal contenido de nuestra predicación en el contexto del vih y del sida. Estas son las palabras de consuelo y esperanza que estamos llamados a pronunciar.

Por supuesto este artículo de la Confesión de Augsburgo está profundamente enraizada en el Evangelio mismo y la función de este escrito es señalar aquello que hace a la esencia siempre renovada del mensaje del Nuevo Testamento: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos y discípulas, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y creyendo tengan Vida en su Nombre” (Juan 20:31). Aquí se nos convoca no a creer en un libro sino en la vida y persona de aquel a través de quien Dios reconcilia a toda la humanidad consigo. “La voz auténtica y propia del evangelio dice que el perdón de los pecados lo conseguimos no en virtud de obras, sino por causa de Cristo, por la fe” [3][2]. Esta necesidad de perdón y de mediación es para todos y todas sin distinción alguna. Es un anuncio universal y no específico para un determinado grupo, como si ese grupo fuera más vulnerable al pecado que otros y otras.

Es importante pensar como pueden resonar estas palabras en los oídos de las personas que viven con vih y con sida y como se puede construir una acción pastoral si nos centramos en este artículo central a la fe cristiana y a la comunión luterana. Esta es la mayor responsabilidad de nuestro ministerio cristiano. En definitiva tenemos que responder a la pregunta que Dios nos hace a través de la epidemia: ¿cómo utilizamos el Evangelio?.

La proclamación del Evangelio tiene como objetivo llevar consuelo y paz a la vida de todas las personas, sin importar a que grupo pertenezcan. La espiritualidad luterana en su obediencia evangélica tiene como propio ayudar a las personas a comprender y vivir de tal modo que tengan la seguridad que han encontrado ante los ojos de Dios compasión, amor, inclusión.

El Plan de Acción de la Federación Luterana Mundial: “Compasión, Conversión, Asistencia. Respuesta de las Iglesias a la pandemia del VIH-SIDA” intenta definir centrar nuestra comprensión de la realidad en la naturaleza de los seres humanos y no en determinados actos: “Según la teología luterana, la iglesia está integrada por aquellos y aquellas que son santos y pecadores a la vez (simul iustus et peccator). En lugar de centrarse primordialmente en determinados actos, como los relacionados con la sexualidad, el pecado es un estado de servidumbre que nos aleja de Dios y unos de otros”. Si el pecado fuera simplemente la trasgresión de un mandamiento o de una ley, simplemente bastaría para agradar a Dios y tener acceso a la vida eterna, cumplir con los reglamentos y las constituciones de la sociedad civil.  Este concepto pierde totalmente de vista la necesidad central y permanente de la mediación de Cristo Jesús. Este debate se ha vuelto a actualizar cuando predicamos a las personas que viven con vih y con sida la justificación por la sola fe: “nuestros adversarios nos condenan porque enseñamos que los seres humanos obtienen remisión de pecados, no por sus propios méritos, sin por gracia por la fe de Cristo[4][3]. Es necesario recuperar este anuncio y vivir esta afirmación como para construir sobre este fundamento toda nuestra acción pastoral junto a las personas que viven con vih y con sida.

En nuestro diálogo con ellos y ellas debemos recordar que todos y todas hemos sido descalificados de la gracia de Dios. Esa es nuestra situación común y compartida. Nadie ha sido descalificada un poco más o un poco menos. Pecado es la falta de fe en Cristo Jesús. “Y cuando él venga probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio. El pecado está en no haber creído en mi” (Juan 16: 8-9) Este es el centro del debate entre aquellos y aquellas que queremos estar presentes en medio de la crisis creada por la epidemia del vih y del sida: “Nuestros adversarios se fijan sólo en los preceptos de la segunda tabla de la ley, los cuales se refieren a la justicia civil, que la razón entiende. Y contentándose con esta justicia piensan que cumplen la ley de Dios. Y entretanto no se fijan el la primera tabla, que nos manda amar a Dios[5][4].

En fidelidad a nuestra comprensión del Evangelio las iglesias luteranas están llamadas a anunciar con fuerza la primera tabla de la ley que nos manda amar a Dios, a tener la plena certeza  de que Dios escucha nuestras oraciones. Este anuncio echara fuera nuestro temor. Esta es nuestra razón de ser.

El evangelio es primariamente el anuncio de la buena noticia de que todos y todas somos justificados por la gracia de Dios y que la alcanzamos exclusivamente a través de la fe en Jesucristo. Este es el núcleo de aquello que la comunidad cristiana anuncia a todos y cada uno de los grupos vulnerables al vih y al sida. Vulnerables no por cuestiones biológicas o con relación al virus, sino que son vulnerables a nuestro estigma, discriminación y desconocimiento de sus derechos humanos y sus derechos evangélicos.

Esta acción pastoral no es meramente una acción de caridad o compasión. Es una acción transformadora, de reconciliación y de empoderamiento. Fundamentada en su teología de la cruz y dispuesta a transitar ese camino de cruz, la comunidad cristiana se identifica ella misma con todas y todos aquellos que a causa del vih y del sida son discriminados y excluidos. La justificación por la fe en Jesucristo trasciende todos nuestros conceptos de justicia, de meritos, de retribución. La justificación que construye todas las dignidades se fundamenta en aquello que ofrece Dios libre y gratuitamente a todos y todas por igual, sin distinción ni categorías. La justificación por gracia es una acción liberadora y creativa total e integral y nada ni nadie queda excluido de esa esperanza.

 

Pastor Lisandro Orlov

Iglesia Evangélica Luterana Unida

Pastoral Ecuménica VIH/SIDA

Coordinador Regional para América Latina y el Caribe del Plan de Acción de la FLM en VIH y SIDA.

Septiembre 2006

 

es líneas y se inspira en el Capítulo 2 de la publicación de la Federación Luterana Mundial titulada: “Mission in Context: Transformation, Reconciliation, Empowermente. An LWF Contribution to the Understanding and Practice of Mission”. Publicación del Departamento de Misión y Desarrollo. Ginebra. Suiza 2004.

[2][1] Libro de Concordia. Las Confesiones de la Iglesia Evangélica Luterana.  Editor Dr. A. Meléndez. Concordia. Publishing House. St. Louis. 1989. La Confesión de Augsburgo. Art. IV. La Justificación.

[3][2] Idem. La Apología de la Confesión de Augsburgo.  274. pág. 126.

[4][3] Idem. Apología.  Art.IV. La justificación. 1 pág. 77

[5][4] Idem. Apología. Art. IV. Justificación 34 pág. 83

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