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Sermón en el Culto de Apertura, en ocasión del

Taller de Teólogos de ONUSIDA, sobre VIH/SIDA.

Windhoek, Namibia, 6-12 de diciembre de 2003.

Presentado por la Dra. Musimbi Kanyoro

Secretaria General, Asociación Cristiana Femenina Mundial

Texto: La mujer cananea: Mateo 15:21-28 (Véase también Marcos 7:24-37)

 

Amigos, hermanas y hermanos:

            ¿Pudo ésta haber sido la experiencia de Jesús y de sus discípulos? ¿Aun durante sus horas de retiro, las personas necesitadas interferían en su programa? Las mujeres y hombres que ustedes han visto aquí, en este estrado, nos ayudan a entender la profundidad del texto que leíamos, así como también la realidad del sufrimiento y de la muerte en nuestras comunidades. Padres, hijos, nietos, - todos - están desesperados buscando un remedio para los demonios de hoy: el VIH y el SIDA.

            La desesperada mujer cananea, a la que el texto de Mateo rememora, vive todavía hoy. Ella es tú o yo, o nuestra hija, hijo, madre, hermana, vecino, esposo, o nuestro pastor, o un miembro del Parlamento. Las necesidades de la vida, la misericordia de la salvación, ¿suscitan la atención de la diplomacia y del ceremonial? La mujer cananea irrumpe en un retiro privado de Jesús y sus discípulos, y motiva un cambio en su programa. Ella explica su necesidad y plantea su caso. Espera una curación. Entonces, sigue un agudo cambio de palabras entre ella y Jesús. En el primer momento, Jesús no le responde en absoluto. Después, le dice que ella no es prioritaria, “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Entonces, la mujer le responde inmediatamente: “¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños!”. La mujer es aguda, es rápida, y es tenaz. No se la podrá despedir fácilmente. Su necesidad es tan grande que no aceptará no ser atendida.

            La cosa notable en esta historia es que es una reunión intercultural, a través de las fronteras y de los límites. Jesús y la mujer son diferentes y extraños el uno a la otra. Son diferentes en género, raza, nacionalidad, estado civil, religión y – posiblemente – política y economía. Ambos, Jesús y la mujer, son apasionadamente devotos a lo que están haciendo. La mujer se ve a sí misma en una misión a favor de su hija, para salvarla de la ruina, de la enfermedad y de ser despreciada por los otros. Ella está comprometida al

cuidado de una niña enferma, cuya enfermedad está rodeada de muchos estigmas; y Jesús se ve a sí mismo como enviado a salvar a los hijos de Israel, y se aflige por ellos. También, Jesús tiene una misión para todas las personas que sufren y están marginadas. La misión de ellos, los reúne en una estratégica asociación. Deben trabajar juntos para lograr otra cosa.

            En el texto que leíamos, podemos elegir ver a la mujer a través de diferentes cristales. Por un lado, parece ser la audaz mujer de coraje, que corre peligrosos riesgos por aquello en lo que cree. Primero, cruza la frontera inmigratoria; luego, desobedece a las pautas culturales que le prohíben ir al encuentro de hombres, en lugares reservados. Después, traspone las fronteras religiosas, ya que esos hombres son judíos y ella es pagana: una cananea. Ella representa a tantas personas anónimas. Algunas están tratando de cruzar las fronteras de la pobreza, y así interfieren en los planes de los estados, y de personas que no tienen tales necesidades. Esta mujer nos habla de una enfermedad que está atormentando a su hija, justamente como las madres de todo el mundo continúan viendo a sus hijas e hijos atormentados por la pandemia del VIH y del SIDA.

            Por otro lado, la historia nos da a conocer a una mujer sumergida en vulnerabilidades. La mujer se presenta a sí misma, postrándose a los pies de Jesús y rogándole que expulse de su hija al demonio. Se presenta a sí misma como alguien idigna, pero que está en necesidad; como alguien que no tiene derechos, pero que pide de entre una verdadera necesidad. Pide compasión. Es una mendicante, que tanto puede ser ayudada, como explotada. Ésta es la realidad que conduce, a algunas personas, al uso de drogas, a la venta de sus cuerpos y a involucrarse en un sexo peligroso. Hay más de una cosa que nos molesta en esta historia. Vemos una imagen distinta de Jesús, y estamos forzados a habérnosla con ella. ¿Tiene Jesús prejuicios, tendencias nacionalistas, y problemas con aquellos que no son judíos? ¿Es Jesús, ese hombre? ¿Tenemos que habérnosla con esa clase de cosas tal como lo hacemos? ¿Influía sobre Jesús, el haber nacido en un lugar, una época, un trasfondo histórico y cultural, específicos?

            Tal vez, esta historia nos habla de nuestras propias vulnerabilidades. Somos seguidores de Cristo, pero nos hemos encerrado en nuestras teologías, nuestras instituciones educativas, nuestras iglesias; y nos hemos aislado del clamor de aquellos enfermos de VIH/SIDA. No hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance, para educar a las personas sobre el estigma.

            Tal como el Jesús de esta historia parece extraño, así somos también nosotros de extraños. Es una buena cosa que este texto nos presente a un Jesús vulnerable y a una mujer vulnerable. Bien podríamos leer esta historia, desde el punto de vista de una mujer necesitada y de un Jesús necesitado. Ambos están lastimados, ambos buscan ayuda, discernimiento y un modo de sobrevivir en sus mundos. Es la necesidad mutua, la vulnerabilidad recíproca, lo que mantiene la tensión de la narración. Cualquier explicación que demos a esta historia de Jesús y la mujer cananea, el encuentro nos llamará – como individuos y como comunidad de Jesús – a una fe más profunda y a un cambio de actitud y de corazón.

            El reconocimiento de las necesidades – cualesquiera sean las formas en que nos lleguen – nos ayuda a comprender las vulnerabilidades, no como deficiencias o debilidades, sino como signos de esperanza. La esperanza es la contribución distintiva de la fe cristiana, a nuestro mundo, inmerso en medio de circunstancias ambiguas y hasta desesperanzadas que azotan la existencia humana.

            Hemos venido aquí, a Namibia, porque somos personas de esperanza. La esperanza es un tema central de la Biblia y una doctrina principal de la fe cristiana. Para los cristianos, la esperanza es una expectativa unida a la fe. No esperamos lo que ya tenemos, sino más bien lo que anhelamos. Pablo, escribiendo a la congregación que estaba en Roma, dice: “Cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia”. (Romanos 8:24).

            Vivimos en una época llena de condiciones para coquetear con la desesperanza. Las estadísticas sobre la muerte y la rápida infección y difusión del VIH/SIDA, componen – con seguridad – la palabra “desesperanza”. Tienen el potencial para traumatizarnos y conducirnos a la apatía. Para aquellas personas que conviven con el VIH y el SIDA, sin poder acceder a cuidados y tratamientos, la esperanza puede sonar como vana, a menos que se la traduzca en la ayuda visible y tangible, que es esencial para ellos. La esperanza es la negativa a aceptar la lectura de la realidad, de lo que es la opinión mayoritaria, y uno lo hace solamente ante un gran riesgo político y existencial.

            La esperanza cristiana está unida a un nuevo orden de prioridades. Conforme a la proclama de Jesús, que frecuentemente citamos y declamamos, de Lucas 4:16-19, la preocupación del Espíritu de Dios es ponerse al lado de los pobres, ponerse al lado de las víctimas de la crueldad y de la injusticia sistemáticas, ponerse al lado de las situaciones difíciles de los prisioneros, de los discapacitados, los enfermos, y de aquellos que tienen las puertas cerradas a una significativa participación en la sociedad, por las barreras de la ignorancia y de los prejuicios. La preocupación del Espíritu Santo era, particularmente, por las personas en las cuales toda esperanza se había estrellado, que se sentían entregadas a largos días y aun a largas noches de silenciosa desesperación. Según Jesús, la preocupación del Espíritu Santo era motivar a las personas a compartir la Buena Noticia con estos seres olvidados. El compromiso del Espíritu Santo era motivar a las personas a tener una pasión: estar preparados para luchar en solidaridad con ellos, para libertarlos de todas las fuerzas personales, sociales y políticas, que los debilitarían si quedaran abandonados a sí mismos. La meta de la compasión es liberarlos, para que puedan darse cuenta de sus potencialidades, para ser plenamente humanos y estar totalmente vivos, como miembros de la comunidad humana, personas que reflejen la imagen de Dios.

            La esencia de ser cristiano es vivir y actuar en armonía con el Espíritu de Dios, tal como Jesús lo hizo. Al igual que Jesús, se nos tiene que conocer por acompañar a los mendigos, ladrones, prostitutas, recaudadores de impuestos, usuarios de drogas y demás personas a las que nuestras sociedades y culturas rechazan. La iglesia tiene que estar donde está la necesidad. Hoy, la necesidad está donde el VIH y el SIDA están hiriendo y matando a las personas.

            La esperanza cristiana es, absolutamente, radical. Lo es así porque se funda en el acto de haber levantado a Jesús de la muerte y, por eso, “hace nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Para los cristianos, la Resurrección es la victoria sobre la muerte. Es la victoria de la cruz. Por lo tanto, la esperanza es resistencia. Así, la esperanza no es meramente un marco intelectual de la muerte. La esperanza es para ser vivida. Esperar justicia y paz, es trabajar para la eliminación de la injusticia y ser un pacificador. Esperar la democracia, significa practicar el ser democrático en nuestras relaciones personales. Esperar la integridad, significa afrontar nuestra propia falta de integridad, con coraje, y para estar preparado a pasar por el sufrimiento del auto-análisis que conduce al cambio.

            La esperanza cristiana está unida a la gracia. Es por la gracia, como tenemos este privilegio de proclamar al Cristo encarnado, como la esperanza del mundo, la esperanza de toda la creación y la esperanza de la iglesia. Debemos reconocer nuestras faltas, desilusión, frustración, ira, debilidades y, aun, desesperanza; pero debemos seguir andando en la fe, buscando la reconciliación con nuestro Dios y con nuestro prójimo. Tener fe y esperanza, significa comprometer cada hora de nuestra vida, de modo tal que nuestros hechos expresen lo que nosotros esperamos. El desafío que está ante nosotros en esta semana es: desafiar a la esperanza.

            Con la mujer cananea, atrevámonos a desafiar las tradiciones. Junto a mi madre, y con muchas mujeres del mundo, desafiemos el esperar y trabajar por el cambio, aun cuando se nos pudiera haber dicho que no tenemos derecho a ello. Con muchos afectados e infectados de VIH y SIDA, aprendamos a vivir con esta realidad, y a no ser condenados a morir con ella; atrevámonos a ser suficientemente temerarios para esperar en medio de la desesperación, y a trabajar por los cambios esperados . Que el Dios de la Vida, de la Misericordia y del Amor, nos dé coraje para hacer lo que tenemos que hacer. Amén.

Sermon at the Opening Worship on the occasion of the

UNAIDS Workshop of Theologians on HIV/ADIS

Windhoek, Namibia, December 6 – 12, 2003

Presented by Dr. Musimbi Kanyoro

General Secretary, World YWCA

Text:  Canaanite Woman:  Matthew 15:21‑28 (See also Mark 7: 24‑37) (versión en español)

Friends, sisters and brothers, could this have been the experience of Jesus and his disciples? Even during their retreat time people with needs kept interfering with their timetable? The women and men you have seen here on stage help us to understand the depth of the text we read as well as well as the reality of the pain and death in our communities. Parents, children, grandchildren are all desperate looking for a healing from to days demons HIV and AIDS.

The desperate Canaanite woman that Mathew text brings to our attention still lives today.  She is me or you or our daughter, son, mother, sister, neighbor, spouse, or our pastor or Member of Parliament. Needs for life saving mercies overtake attention to diplomacy and etiquette? The Canaanite woman interrupts a private retreat of Jesus and his disciples and gives them cause for changing their agenda. She explains her need and states her case. She expects healing.  Then there follows a sharp exchange of words between her and Jesus. Jesus at first does not respond at all to her. Then he tells her that she is not his priority, “Let the children be fed first, for it is not fair to take the children’s food and throw it to the dogs”.  The woman then answers immediately “But Sir, even the dogs under the table eat the children’s crumbs”. She is sharp, she is quick and she is persistent. She will not be dismissed easily. Her need is so great that she will not accept to be turned away.

The notable thing about this story is that it is a meeting of across cultures, across boundaries and borders. Jesus and the woman are different and strangers to one another. They are different in gender, race, nationality, marital status, religion and probably politics and economics.  Jesus and the woman, both are passionately devoted to what they are doing. The woman sees herself on a mission on behalf of her daughter, to save her from ruin, from illness, and from being discarded by others.  She is committed to the care of a sick girl whose illness is surrounded by much stigma and Jesus sees himself as sent to save the children of Israel, and he anguishes over them.  Jesus also has a mission to all people suffering and marginalized. Their mission bring then together into a strategic partnership. They must work together to make a difference.

In the text we read, we can choose to see the woman through different lenses. On the one hand, she seems to be the audacious woman of courage who takes dangerous risks for what she believes in. First of all she crosses the immigration border, then she disobeys the culture that prohibits her from going to meet men in secret places. Then she crosses the religious boarders for these men are Jews and she is a gentile, a Canaanite. She represents so many nameless people. Some are trying to cross the borders of poverty and so they interfere with the plans of States, and people who have no such needs. This woman talks to us about an illness that is tormenting her daughter, just as mothers all over the world continue to see their daughters and sons tormented by the HIV and AIDS pandemic.

On the other hand, the story reveals to us a woman engulfed by vulnerabilities. The woman presents herself, bowing and begging Jesus to cast the demon out of her daughter. She presents herself to him as one who is not worthy but is in need; as one who has no rights but is asking out of sheer necessity.  She asks for pity.  She is a beggar who can either be helped or exploited. This is the reality that drives some people to the use of drugs, the sale of their bodies and the involvement in unsafe sex.

There is much that bothers us in this story.  We see a different image of Jesus and are forced to deal with it. Does Jesus have prejudices, nationalistic tendencies, and problems with those who aren't Jews?  Is Jesus that human?  Does he have to deal with those kinds of things as we do?  Was Jesus affected by being born in a specific locality, time frame, history and cultural background?

Perhaps this story tells about our own vulnerabilities. We are followers of Christ, but we have locked ourselves in our theologies, our institutions of learning, our churches; and we have insulated ourselves from the cry of those ill from HIV/AIDS. We have not done everything in our power to educate people about stigma.

 

Just like the Jesus of this story seems out of character, we too are out character. It is a good thing that this text presents to us a vulnerable Jesus and a vulnerable woman. We do well to hear this story from the point of view of a woman in need and Jesus in need.  They are both hurting, both looking for help, insight, and for a way to survive in their worlds. It is this mutual need, this mutual vulnerability that holds the tension of the story. Whatever explanation we give to this story of Jesus and the Greek woman, the encounter calls us, as individuals and as community of Jesus, to a deeper belief and a change of heart and attitude.

Recognition of needs in whatever forms they come helps us not to see vulnerabilities as failures of weaknesses but as signs of hope. Hope is the distinctive contribution of Christian faith to our world in the midst of ambiguous and even hopeless circumstances that plague human existence.

We have come here to Namibia because we are people of hope. Hope is a central theme of the Bible and a major tenet of the Christian faith. For Christians, hope is an expectation linked to faith. We do not hope for what we have, but rather for what we long for. Paul writing to the assembly in Rome says: “Now, hope that is seen, is not hope.  For who hopes for what is seen?  But, if we hope for what we do not see, we wait for it with patience.” (Rom. 8: 24)

Our times are ripe with conditions for flirting with hopelessness. The statistics on the death and rapid infection and spread of HIV and AIDS surely spell hopelessness. They have the potential to traumatize us and to drive us into apathy. For people living with HIV AIDS without access to care and treatment, hope can sound like vanity unless it is translated into visible and tangible help that is essential for them. Hope is the refusal to accept the reading of reality, which is the majority opinion, and one does that only at great political and existential risk.

Christian hope is linked to a new order of priorities. According to Jesus’ manifesto which we often cite and recite from Luke 4: 16-19, the concern of the Spirit of God was to take sides on the plight of the poor, to take sides for the victims of cruelty and systematic injustices, to take sides on the predicament of the prisoners, the disabled, the sick and those locked out of any meaningful participation in society by bars of ignorance and prejudice. The concern of the Spirit of God was particularly for people in whom all hope had been crushed – who felt consigned to long days and even longer nights of quiet desperation. According to Jesus, the concern of the Spirit was to motivate people to share the good news with these forgotten ones. The commitment of the Spirit was to motivate people to have a passion – to be prepared to struggle in solidarity with them for release from all personal, social and political forces that would debilitate them if left and abandoned on their own. The goal of the compassion is to set them free to realize their potential, to be fully human and fully alive, as members of the human community, persons who reflect the image of God.

 

The essence of being a Christian is to live and act in sympathy with God’s Spirit as Jesus did. Like Jesus, we have to be known for keeping the company of beggars, thieves, prostitutes, tax collectors, drugs users and other people that our societies and cultures rejects. The church has to be where the need is. Today the need is where HIV and AIDS are hurting and killing people.

 

Christian hope is radical in nature. It is radical because it is grounded in the act of raising Jesus from the dead and thus ‘doing a new thing” (Rev. 21:5) Resurrection for Christians is victory over death.  It is victory of the cross. Hope therefore is resistance. Thus, hope is not merely an intellectual frame of mind. Hope is to be lived out. To hope for justice and peace is to work for elimination of injustice and to be a peacemaker. To hope for democracy means to practice being democratic in our personal relationships. To hope for wholeness means to face our own lack of wholeness with courage and to be prepared to go through the pain of self-examination, which leads to change.  

 

Christian hope is linked to grace. It is by grace that we have this privilege to proclaim Christ incarnate as the hope of the world, the hope of all creation and the hope of the church.  We must acknowledging our failures, disappointment, frustration, anger, brokenness, and even despair, but we must move on in faith seeking reconciliation with our God and each other. To have faith and to hope means to engage hour by hour with life in such a way that our deeds express that which we hope for. The challenge before us this week is to dare hope.

With the Canaanite woman, let’s dare to challenge the traditions. With my mother and many mothers in the world, let’s dare to hope and work for the change, even when we may be told that we have no right to it. With many affected and infected with HIV and AIDS, let’s learn to live with this reality and not be condemned to die with it, let’s dare to be bold enough to hope in the middle of hopelessness and to work for the expected changes. May the God of Life, Mercy and Love give us courage to do what we have to do? Amen.

 

 

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