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LAS IGLESIAS VENCEN EL ESTIGMA Y LA DISCRIMINACIÓN.

 

Durante las últimas dos décadas las iglesias han creado una tradición en cuanto a su pensamiento con relación a la epidemia del VIH-SIDA. No estamos en el comienzo sino que ya hay un camino recorrido que debemos conocer para poder comenzar a recorrer la segunda etapa, la segunda milla. Y esta tradición debe nutrir nuestra reflexión durante estos días como para poder proyectarnos con fuerza hacia el presente y el futuro.

El mundo científico toma conciencia de la existencia de esta enfermedad en 1981 cuando comienza a afectar a personas que viven en el hemisferio norte, pertenecen a un nivel económico relativamente elevado y en su mayoría son blancos. Por supuesto de este primer impacto los responsables de la enfermedad serán aquellos que vivimos en el hemisferio sur, somos pobre y en general nuestro color de piel no es exactamente blanco.

Las iglesias viven entre el año 1981 y 1986 su propio período ventana con relación a la epidemia. Las primeras voces que se escucharon y que muchas veces aún se escuchan, hablaban de un castigo de Dios y de una teología que relacionaba estrechamente pecado y enfermedad que en resumen sería considerar a todos los sanos como buenos y a los enfermos como pecadores. Esta teología tan pobre da lugar en el año 1986 a la primer y más importante reflexión surgida del contexto de las iglesias.

No debemos ni podemos olvidar al primer documento construido en un contexto ecuménico, elaborado por un equipo convocado por el Consejo Mundial de Iglesias y que se titulo: “El SIDA y las Iglesias como comunidad de sanación”. A mi entender este la más importante declaración emitida desde las iglesias y podemos considerar a todos los otros documentos como un comentario o una nota al pie de esta primera aproximación a la realidad y desafíos del SIDA. Este documento tiene como objetivo ayudar a las iglesias a responder con una sola voz y a pronunciar palabras de consuelo y de esperanza. Ya en aquel entonces tiene conciencia de la necesidad de desafiar a las iglesias para que asuman un accionar común.

Sorprendentemente esta declaración ataca rápidamente la tentación de soberbia que suele amenazar a las iglesias y confiesa abiertamente que las iglesias, en cuanto instituciones, han sido muy lentas en hablar y en actuar. Ya en ese entonces se preanuncia la necesidad de romper el silencio con relación a la realidad del VIH-SIDA y las personas que viven con VIH-SIDA porque el grupo redactor, es muy consciente de que el silencio favorece el temor y la difusión de la epidemia.

Asimismo y con valentía confiesa que los cristianos han sido, y a mi entender, continúan siendo, muy rápidos en juzgar y condenar y pide que Dios libere a los cristianos de una aproximación a la epidemia desde una moralización simplista.

En aquel año de 1986 el documento ya puntualiza los varios desafíos que el SIDA representa para las Iglesias. Afirman que la crisis del SIDA desafía, en primer lugar, a que seamos iglesia en obras y en verdad. El SIDA es un tema eminentemente eclesiológico, porque debemos definir claramente que entendemos por inclusividad incondicional. Para llegar a ser comunidad de sanación debemos romper el silencio sobre los muchos prejuicios que aún hoy excluyen a muchas personas que viven con VIH-SIDA. En forma sorprendente, el documento llama, no a la conversión de los demás, sino a la propia conversión de la iglesia que debe desgarrar su propio corazón si quiere ser comunidad de sanación, debe arrepentirse de su inactividad y de su rígido moralismo. Para terminar con una afirmación pastoralmente importante: “la iglesia necesita ella misma ser curada”. 

Para poder llegar a ser comunidad de sanación debemos reconocer con todas sus consecuencias teológicas y pastorales que en la Buena Nueva de Cristo, no hay extraños o marginados y que somos incondicionalmente uno porque la exclusión no es una opción cristiana.

En el año siguiente (1987) quienes hablan son los Obispos Católicos Romanos de los EE.UU. en un documento llamado: “Los muchos rostros del SIDA: una respuesta evangélica”. En este documento los obispos afirman algo muy claro: El SIDA es una enfermedad humana y debemos responder como respondemos con toda enfermedad humana: utilizando la información médica. Los obispos declaran que la discriminación o violencia contra personas que viven con VIH-SIDA “es injusta e inmoral” y que se debe educar para prevenir teniendo una autentica comprensión de la intimidad humand, de la sexualidad y del pluralismo de valores y actitudes”.  Este tema del pluralismo social de valores y actitudes se repite tres veces a lo largo del documento y es una de sus líneas fuerza muy clara.

En cuanto al fundamento teológico de una acción pastoral la fundamenta en la actuación de Jesús que nos revela un Dios compasivo, que no es vengativo, y que toda persona tiene una dignidad inestimable: “Toda vida es sagrada y su dignidad debe ser respetada y protegida” y que “El Evangelio reconoce que la enfermedad y el sufrimiento no están restringidas a un grupo o clase social”.  “Toda discusión sobre el SIDA debe ser situada dentro de un contexto más amplio que afirme la dignidad y destino de la persona humana”.

La Federación Luterana Mundial convoca una consulta realizada en Alemania en el año 1988 que produce una declaración titulada: “El Trabajo Pastoral con Relación al SIDA”. En este documento se afirma que: “La Iglesia debería abrir sus puestas a todos y todas” en forma incondicional. Y recuerda que la salvación es por gracia y no por comportamientos o conductas. Esta teología de la gracia lleva a afirmar que siendo la Palabra y Sacramentos medios de la vida nueva, “excluir de ellos es la más grave discriminación”.  Al igual que otros documentos reconoce que la difusión del SIDA depende de realidades culturales, sociales y económicas. Es necesario recordar que las conductas individuales son reflejo de conductas sociales. Existe una estrecha relación entre ellas y es necesario tener una aproximación que rompa con esquemas individualistas. La pobreza nos hace vulnerables al SIDA y cuando hablamos de prevención debemos hablar de la situación de injusta distribución de recursos a nivel mundial, de situaciones de analfabetismo que transforma a las personas en vulnerables al igual que todas las desigualdades sociales.

La iglesia debe examinar su propio papel que muchas veces facilitó con su silencio la difusión de la enfermedad porque hablar de SIDA significa hablar de temas que muchas veces son conflictivos para la misma iglesia: es necesario romper el silencio sobre sexualidad, homosexualidad, usuarios de drogas, personas en situación de prostitución, personas con identidad transgénero, etc. Ante esos desafíos la iglesia debe responder como una fraternidad inclusiva y con espacios de hospitalidad; con una asistencia práctica e integral; educando con información que libere del miedo y en defensa de los derechos humanos porque condenar no es una respuesta cristiana.

La Iglesia celebra la vida. No esta para ayudar a morir sino para ayudar a vivir una vida plena y abundante que lleva a descubrir  caminos nuevos.

El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios se reúne en 1989 y el Papa Juan Pablo II envía el mensaje: “La Iglesia ante el SIDA” en el que enfatiza la necesidad de que la iglesia resalte su compromiso con la vida. Al igual que otros documentos señala las importantes repercusiones que la epidemia tiene en las áreas de lo social, económico, jurídico, etc. El corazón del mensaje está en la afirmación de la preocupante crisis de valores: “inmunodeficiencia en la solidaridad y en la justicia”. Se hace una lectura de la epidemia desde la solidaridad y la justicia y afirma que toda prevención debe ser digna de la persona humana, que no ha de inspirarse en el miedo y que debe inspirarse en la elección de un estilo de vida san, libre y responsable.

La información para la prevención debe ser “correcta y completa”, “Solo una información y una educación que ayuden a encontrar, con claridad y alegría, el valor espiritual del amor que se dona como sentido fundamental de la existencia y que dar un valor prioritario a la vida. Llama a practicar formas siempre nuevas de solidaridad y rechazar toda forma de marginación para poder estar cerca de los menos afortunados, para cultivar amistad y comprensión.

En la segunda década de la epidemia del VIH-SIDA las declaraciones realizadas por las iglesias han sido mucho más abundante pero no siempre de tanta valentía como aquellos surgidos durante los primeros años.

La  Comisión de Ética de la Federación Protestante de Francia publica en el año 1991 y 1994 dos declaraciones: Responsabilidad Personal y Responsabilidad Pública frente al SIDA y El SIDA, Una condición Común,  que tratan de superar al aproximación de preservarse a uno mismo como una respuesta insuficiente. Comprende que es un error querer aplicar una información racional a conductas profundamente “no razonables” ligadas a la sexualidad o a la toxicomanía y que no se puede permitir que exista solo una solución técnica a todos los problemas, sin jamás integrar los limites de nuestra forma de vivir juntos: “El SIDA condensa y revela nuestra condición de mortales y amenaza nuestra capacidad de vivir juntos.

Igualmente en el año 1996 el Consejo Mundial de Iglesias aprueba y publica la Declaración preparada sobre la base del estudio del Grupo Consultivo y que se llama: “Los efectos VIH-SIDA y la Respuesta de las Iglesias”. Esta declaración retoma el tema ecuménico al alentar a aprender a encarar juntos y no separadamente el tema. Afirma que el sufrimiento no viene de Dios y que estamos llamados a compartir los sufrimientos de las personas que viven con el VIH-SIDA, abriéndonos nosotros mismos, en ese encuentro, a nuestra propia vulnerabilidad. “Como cuerpo de Cristo, la Iglesia tiene que hacer suyo el sufrimiento de los demás, tiene que estar a su lado contra todo sentimiento de rechazo y de desesperación”.

Al igual que el documento del año 1986 y evitando todo triunfalismo, afirma: “Confesamos que otros cristianos han contribuido a estigmatizar y a discriminar a las personas afectadas por el SIDA, aumentando así su sufrimiento”. “Las iglesias están llamadas a formular y defender una clara política de no discriminación en contra de las personas que viven con VIH-SIDA.

En el año 1995 se da a conocer una Declaración de la Comisión Social de la Conferencia Episcopal Francesa llamada: “Ante el SIDA: relanzar la Esperanza” que tiene una serie de aportes muy interesantes ya que se propone encontrar una metodología que permita hablar de una manera liberadora. “La enfermedad no es solo el resultado de comportamientos privados: las personas enfermas pertenecen a un cuerpo social; los comportamientos reflejan las ideas que rigen a un grupo humano”; “en lugar de oponer vida privada a vida social debemos reconocer interacción”. Con relación al deseo y a la sexualidad tiene afirmaciones extraordinarias. Esta Comisión afirma que: “El gozo pleno de la vida sexual es también un bien en sí mismo”. “El ser humano no está hecho para la pobreza ni para la contención de su sexualidad”. “Cada uno camina hacia el amor”. El deseo aprende a pasar de la posesión al respeto”.

Asimismo la Comisión comprende que “el amor es más grande que el ser humano” y que el ser humano está llamado a amar. Tenemos que aprender a amar. No se responde al SIDA sólo en el nivel del SIDA. El SIDA nos plantea problemas esenciales.

En el año 2002  la Federación Luterana Mundial da a conocer su Plan de Acción. “Compasión, Conversión, Asistencia: Respuesta de las iglesias a la pandemia del VIH-SIDA” que tiene como finalidad motivar, reafirmar y prestar apoyo a las iglesias miembros para que respondan sin demora a la pandemia del VIH-SIDA porque la “propia iglesia tiene el VIH-SIDA”. Retoma aquella actitud del primer documento del Consejo Mundial de Iglesias porque afirma que: “Por gracia de Dios, somos capaces de arrepentirnos, de cambiar de posición y dar la cara a la realidad de nuestro prójimo aquejado por el VIH-SIDA y por el poder el Espíritu.

La fe es activa en el amor que busca justicia. Si somos el cuerpo de Cristo en el mundo, debemos hacer lo mismo que hizo Jesús, es decir, vivir el amor de Dios en nuestros hermanos y hermanas, reclamar y abogar por prácticas justas, y crear comunidades de apoyo y asistencia, de aceptación y seguridad, de amparo y reconciliación.

Como iglesias debemos encarar cuestiones que nos perturban y en torno a las cuales se han elaborado muchas interpretaciones teológicas y moralistas. Estas barreras alejan a la iglesia de quienes más necesitan de asistencia y aceptación en momentos de mucho temor y desazón y cuya dignidad se vulnera. Acoger a quienes viven con el VIH-SIDA significa aceptar el reto y superar las fronteras que nos han impedido amarnos unos a otros y reclamar justicia para todos aquellos y aquellas creados a imagen de Dios.

Un llamado profético a la iglesia proviene de quienes viven con VIH-SIDA, y cuya misma presencia lleva a la iglesia a responder con justicia. Cada ser humano es Cristo en medio de nosotros, y todos desde nuestras identidades y culturas necesitamos del apoyo incondicional de la iglesia.

Reconoce este Plan de Acción que lo más inquietante es que más de un lider de iglesia haya legitimado la exclusión con argumentos teológicos y morales. La iglesia esta llamada por Cristo al arrepentimiento, a rodear de amor a quienes ha evitado.

En el párrafo destino a mostrar los elementos del Plan de acción dice que: “El tema principal ha de ser lo que la iglesia está llamada a hacer como comunidad de amparo, reconciliación, basada en la dignidad inherente a cada ser humano creado a imagen de Dios”!. Es preciso impugnar las prácticas de disciplina eclesiástica que basan la exclusión en prácticas sexuales.  Las iglesias deben convertirse en lugares de discusión franca de todos estos temas difíciles y en generoso diálogo con las personas involucradas. Ya no podemos seguir planificando acciones pastorales destinadas a poblaciones vulnerables sin entrar en un diálogo abierto y franco. Es necesario incultural el evangelio en todas las culturas urbanas.

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Mayo 2003

Argentina

 

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