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CONFESION DE AUGSBURGO

ARTICULO IV    LA JUSTIFICACIÓN

Pueden encontrar este texto en el sitio:http://www.ielprincipedepaz.org/La_Confesion_de_Augsburgo.htm

Además, se enseña que no podemos lograr el perdón y la justicia delante de Dios por nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que obtenemos  el perdón  del pecado y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe, si creemos que Cristo padeció por nosotros y que por su causa se nos perdona  el  pecado  y se nos conceden la justicia y la vida eterna. Pues Dios ha de considerar e imputar esta fe como justicia delante de sí mismo, como San Pablo dice a los Romanos en los capítulos 3 y 4.

Otra traducción:

Enseñamos también que no podemos obtener el perdón de los pecados y la justicia delante de Dios por nuestro propio mérito, por nuestras obras o por nuestra propia fuerza, sino que obtenemos el perdón de los pecados y la justificación por pura gracia por medio de Jesucristo y la fe. Pues creemos que Jesucristo ha sufrido por nosotros y que gracias a Él nos son dadas la Justicia y la vida eterna. Dios quiere que esta fe nos sea imputada por justicia delante de Él como lo explica pablo en los capítulos 3 y 4 de la carta a los Romanos.

Desde el mismo comienzo de la epidemia del vih y del sida se instaló en el debate dentro y entre las comunidades de fe y entre ellas y la sociedad civil la fundamentación de aquello que entendemos por inclusividad. Muchas veces esa fundamentación se la quiso realizar desde un vago, teórico  y nada comprometido concepto del amor cristiano que hablaba de todo sin llegar realmente a enfrentar temas críticos y situaciones reales. Ese romántico concepto del amor ha sido hasta ahora un elemento que no nos ha permitido dar un paso real en la dirección correcta. Indudablemente la inclusividad se ha sentido la necesidad de salir de este círculo de tolerancia para colocar el debate en la perspectiva de los derechos humanos, la defensa de todas las dignidades de todas las identidades y en el horizonte de la promoción de justicia que es la real consecuencia del amor cristiano.

Esta fundamentación del concepto de inclusividad en sus aspectos bíblicos, teológicos y pastorales tiene su fundamentación en la aplicación radical y sin concesiones de nuestra identidad confesional. En el corazón de la Confesión de Augsburgo, que es el documento y declaración que le da identidad a la comunión luterana, encontramos en el artículo cuarto, el que se refiere a la Justificación,  la llave hermenéutica tanto de las Escrituras, del quehacer teológico y de la acción pastoral si queremos que esa identidad sea transformadora, que empodere a las personas y establezca una real reconciliación.

En consecuencia, el artículo VI es el fundamento de toda inclusividad en las iglesias que sostienen y confiesan su fe de acuerdo a esta propuesta interpretativa de algunos aspectos de la comunidad cristiana y que queremos relacionar estrechamente con la propuesta de educación para la prevención, el acompañamiento, el cuidado y la promoción de derechos de las personas dentro del contexto de la epidemia del vih y del sida. Es en ese espacio y en estas circunstancias que se juega nuestra identidad luterana y la naturaleza inclusiva radicalmente incondicional de nuestras iglesias.

Enseñamos como comunidades, o es nuestro deber enseñar, que el perdón que justifica delante de Dios es ofrecido incondicionalmente y en forma totalmente libre. En esto radica el escándalo de nuestra identidad confesional. Es con relación a este artículo que siempre somos amenazados para entrar en negociaciones que debiliten la incondicionalidad y lo gratuito del perdón, reconciliación realizada o ofrecida solo por Dios. Esta es la buena noticia que hace a nuestra identidad. Nos cuesta mucho responder que frente a la incondicional gracia de Dios no tenemos nada que ofrecer ni hacer. Esa nada sigue siendo el punto crítico de nuestras propuestas de prevención, asistencia y acompañamiento en el contexto del vih y del sida. Nos cuesta proclamar que las personas que viven o están afectadas por el vih no tienen que hacer nada para ser amadas, aceptadas, empoderadas y reconciliadas frente a Dios y en su pertenencia a la comunidad de fe. Es necesario sostener ese nada como el centro de la sola fe en la sola gracia del solo Cristo. Cualquier propuesta de abstinencia, de monogamia o de fidelidad como condición a la pertenencia e inclusividad en la comunidad de fe destruye la radicalidad de este artículo central en nuestra identidad confesional.

La sola fe tiene una estrecha relación con esta nada escandalosa de la justificación actuada, realizada y ofrecida por Dios. Vivir en la fe es justamente el mostrarnos en toda nuestras vulnerabilidades frente al amor incondicional de Dios. Las promesas de Dios no tienen limites, exclusiones ni condiciones previas: son radical y extremadamente gratuitas. En esto consiste el problema porque nos cuesta creer en la incondicional inclusividad de Dios. Aparece siempre y constantemente la necesidad de salir de la total pasividad y pretender ofrecer algo que nos haga merecedores de esa gracia y de esa pertenencia. Y esa dificultad la trasladamos también a la inclusividad de otras personas sobre las que queremos poner condiciones para que puedan ser receptores de la gracia.

“Llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe” Este es el núcleo de toda inclusividad en la comunidad cristiana y en su cuidado pastoral. Esa fe anclada en lo que realiza Dios en Cristo, se enfrenta en la nada nuestra que sigue siendo controversial, explosiva, “queer”, indecente y contraria a todos los criterios de dignidad con los cuales habitualmente nos manejamos y construimos nuestras relaciones tanto en la sociedad como en la iglesia. Este es el artículo más “queer”, raro, extraño, escandaloso, desafiante, indecente de nuestra identidad confesional, según los criterios actuales de muchos sistemas sociales, teológicos y pastorales. En la epidemia del vih y en relación con las identidades de muchas personas vulnerables al estigma y la discriminación relacionadas con el vih y el sida, este es el núcleo escandaloso de nuestra confesión de fe. Si no sostenemos esa radicalidad toda la identidad de radical inclusividad de la comunidad de fe, de la iglesia misma, cae.

Delante de Dios llegamos a ser justos por nuestra total pasividad, falta de méritos total, la ausencia de cualquier dignidad o mérito. Es justamente por ello y en ello que se fundamenta el amor gratuito de Dios. A ese amor que representa la total reconciliación realizada, no por nosotros ni nosotras, sino por Dios en Jesús de Nazaret a quien confesamos como el Cristo del Dios del Reino, solo podemos apoderarnos y hacerlo nuestro a través de la sola fe en esa sola gracia. Cualquier otro camino, intento y propuesta destruirá esta escandalosa oferta de Dios en Cristo. No podemos negociar esta naturaleza “queer” de nuestra identidad confesional. No hay nada más “queer”, indecente, escandaloso que este artículo central de la hermenéutica luterana.

Es necesario con valentía sostener esta locura del evangelio y de nuestra confesión luterana. La sola fe, debemos reconocerlo, es una locura frente a los intentos de aquellos que quieren poner límites a la gratuita e incondicional gracia de Dios. Por causa de Cristo se nos perdona los pecados, tanto a ellas y ellos como a nosotros y nosotras. Ese perdón es total y radicalmente democrático. Nadie queda excluido y todas y todos necesitamos de ese perdón. La sola fe es el cotidiano ejercicio de aceptar que solo por causa de Cristo mediante la fe somos reconciliados, empoderados y transformados. No hay otro puerta, ningún otro camino ni otra fuente de vida.

El amor que justifica y que incluye es concedido en una radical libertad por Dios. Esa libertad de Dios es totalmente extraño, paradójica, queer, inmoral porque va más allá de todos nuestros códigos de santidad y moralidad. Esta es la buena noticia que tenemos para compartir con todas las personas estigmatizadas tanto por nuestra sociedad como por nuestras mismas comunidades de fe. Esta es la buena noticia que no podemos negociar ni condicionar.

Este lenguaje de incondicionalidad indudablemente es la fuente de muchos problemas. Nos cuesta aceptar esta justificación gratuita. La gran tentación y la gran traición es buscar alguna condición, como la heterosexualidad, o alguna acción como las diversas abstinencias, como para construir algún mérito que justifique la locura de Dios. Nuestra forma de pensar de acuerdo al modelo de Aristóteles se opone totalmente a la forma de pensar del evangelio. Esta oposición paradójica con todos nuestros sistemas necesita ser defendido en su escándalo radical y sin concesiones. La más mínima condición que se impongan destruirá el núcleo duro de nuestra sola fe, sola gracia y solo Cristo tal como lo revela el espíritu de la sola Escritura.

Esta paradójica y escandalosa reconciliación en la justificación se produce antes y sin relación a cualquier sentimiento de sincero arrepentimiento por opciones o estilos de vida. Ese arrepentimiento no es condición para la gracia que justifica. La fe es la única y solo respuesta a esta locura de Dios. Nada más y realmente nada más. Esta nada es la mayor dificultad de creer y aceptar. Este es el hermoso dilema que este Artículo de la Confesión de Augsburgo nos desafía entonces y ahora.

En consecuencia, el derecho evangélico de inclusividad en la comunidad cristiana se fundamenta en la justificación por la sola fe en la sola gracia ofrecida por solo Cristo, tal como la encontramos en la sola Escritura. Es importante considerar que estas cuatro solo actúan en forma articulada y no podemos separarlas sin destruirlas. Es relativamente sencillo comprender las tres primeras pero la sola Escritura necesita de una breve explicación. Indudablemente las y los luteranos no somos fundamentalistas y no nos apegamos a la letra de las Escrituras sino que las ponemos en tensión con el espíritu que subyace en esas letras. De hecho la sola

Escritura nos protege de introducir tradiciones humanas no sustentadas por esas Escrituras. Tal como lo estamos viendo en el debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, este concepto nos libera de considerar esa institución como de carácter divino. De hecho entre nosotros y nosotras no es un sacramento ya que no está claramente instituido por Jesús de Nazaret y no existe ninguna promesa de gracia en ese estado. El matrimonio o el celibato no aumenta la gracia libremente ofrecida en Cristo a través de la fe.  Asimismo la sola Escritura se articula con la sola fe, la sola gracia y solo Cristo como llaves hermenéuticas inclaudicables.

 

Por lo tanto la inclusividad y pertenencia a la comunidad de fe no depende de la orientación sexual. La heterosexualidad no es una ventaja así como la homosexualidad no es un obstáculo. Quien llegara a sostener esa posición destruye el núcleo de nuestra identidad y le agrega una condición a la gracia real y escandalosamente gratuita ofrecida en la sola fe en lo que ha hecho, hace y hará Jesucristo por nosotros y cuya puerta de acceso es justamente esa justificación construida sobre la sola fe. Punto.

 

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina

Mayo 2011

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