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IDENTIDAD CRISTIANA Y LA EPIDEMIA DEL VIH Y SIDA.

Introducción.

 La epidemia del vih y del sida ha puesto de manifiesto conductas, identidades sexuales, prácticas sociales que muchas y muchos hubieran querido mantener en un espacio privado y confidencial. Esa revelación ha puesto en movimiento prejuicios y miedos que fundamentaron estigmas y exclusiones. Pero esta crisis del vih y del sida también ha puesto de manifiesto la identidad de las comunidades cristianas. Esta identidad se ha reflejado en la construcción de diversos mensajes, discursos y acciones pastorales en su relación con los grupos en situación de vulnerabilidad a la epidemia.

 Mirada bifocal

 El gran desafío que tienen hoy las comunidades de fe es relacionar las afirmaciones confesionales básicas con su diálogo con los diversos grupos vulnerables al vih. Cuando hablamos de grupos vulnerables estamos nombrando específicamente a poblaciones que han debido vivir en la invisibilidad dentro de las iglesias o que al manifestarse han escuchado mensajes de condena y exclusión. En el contexto de esta epidemia debemos hacer un esfuerzo de considerar cómo y de qué forma anunciamos esa identidad  confesional en este contexto.

 

Las iglesias de la comunión luterana tienen en su fundamento una mirada bifocal de Dios, de la naturaleza humana y de la convivencia social que hacen a su identidad. Somos esas iglesias que saben distinguir claramente sin separar. El gran problema es cuando no se tiene asumida esa metodología y volvemos a mezclar y confundir aquello que debe mantenerse diferenciado en su naturaleza y en sus objetivos.

 

Permanentemente en la reflexión teológica pero también pastoral distinguimos entre ley y las promesas del Evangelio; entre las personas plenamente justificadas por Dios pero aún radicalmente pecadoras; distinguimos aquello que hace al núcleo del Reino de Dios donde nos movemos a partir de la revelación separando de aquello que pertenece al Reino Secular donde utilizamos la razón como herramienta interpretativa. Hacemos una precisa distinción entre fe como centro de nuestro compromiso con Jesucristo y las obras humanas que nacen de la caridad y que buscan la justicia para todos y todas.

 

Ley y Evangelio en la acción pastoral

 

Muchas comunidades cristianas al inicio de la epidemia del vih y del sida y muchas de ellas aún hoy, continúan anunciando a las personas que viven con el virus la ley sin promesa. He escuchado a algunos pastores de nuestra comunión pedir que volvamos a predicar el sexto mandamiento, aquel relacionado con la fornicación, como si el cumplimiento de ese mandamiento nos reconciliara frente a Dios. La epidemia del vih ha demostrado que tenemos un problema hermenéutico, es decir, que aquello que estamos debatiendo en nuestras comunidades no es la situación de las `personas y de los grupos en situación de vulnerabilidad al vih y al sida, sino nuestra forma de comprender la naturaleza de Dios, de la acción redentora de Jesús de Nazaret y de la inclusividad de la mesa eucarística, que hace a la identidad de la comunidad cristiana. Estamos debatiendo la forma de leer las Escrituras.

 

Muchos y muchas se sentirán decepcionados de este escrito porque esperarían encontrar en él información médica que hable sobre la naturaleza del virus, las formas de transmisión de la enfermedad y las formas en que se puede prevenir. Esperarían que hablara de preservativos, monogamia y fidelidad de pareja. Pero la epidemia del vih nos ha mostrado que la crisis no está ubicada en esa información médica y de educación para la prevención sino que el problema está en nuestra forma de comprender nuestra identidad cristiana.

 

Al anunciar la ley tenemos un claro objetivo sumamente democrático. Los mandamientos y los consejos evangélicos tienen como meta que todas y todos por igual y de la misma forma. seamos concientes que hemos desobedecido la voluntad de Dios. El anuncio de la ley y los mandamientos no tiene finalidad alcanzar a un grupo destinatario específico sino el de ayudarnos a comprender nuestra propia e irremediable necesidad de la acción reconciliadora de Jesucristo. Al mirarnos nosotros mismos en el espejo que nos presentan los mandamientos y la ley descubrimos que todos y todas somos exactamente iguales ante Dios. Nadie tiene un poco más de meritos o de obediencia que otros y otras. Si alguien se jactara de su cumplimiento de uno solo de los mandamientos en voluntad y acción, estaría simple y llanamente haciendo que la misión de Jesús de Nazaret sea totalmente inútil e innecesaria,  porque entonces la reconciliación con Dios se haría por medio  del cumplimiento de un mandamiento y no por la fe en el único mediador entre todos nosotros y nosotras y nuestro Creador y Santificador.

 

Las personas no se justifican delante de Dios ni por la fidelidad conyugal, ni por la monogamia, que se ha transformado en un nuevo dogma salvador, ni por el uso del preservativo. Las personas se relacionan con Dios y con la acción de Jesucristo por la sola fe. Este es el núcleo de nuestro anuncio y para ello nos ayuda la ley. ¡Que importante es tener en mente este uso de la Ley con relación a Dios cuando caminamos junto a las personas que viven con vih y con sida! Es este anuncio el que nos permite compartir la misma mesa eucarística, partir el mismo pan y beber de la misma copa. Repito literalmente: ¡comer del mismo pan y beber de la misma copa! Nuestro Creador y Santificador nos llama a todas y a todos por igual a vivir democráticamente bajo la ley para comprender mejor la radicalidad y la inclusividad de las promesas y la magnitud del Evangelio.

 

La Inclusividad de la comunidad cristiana

 

En esta perspectiva bifocal siempre tenemos que distinguir la forma en que estamos llamados a mirarnos delante de Dios (la Ley) y la forma en que Dios nos mira a través de Jesucristo (la promesa del Evangelio) Ese es el fundamento de nuestra inclusividad porque todos estamos llamados a mirarnos con la perspectiva de la Ley que nos hace a todos y todas iguales delante de Dios, y a dejarnos mirar por Dios desde las promesas del Evangelio. Desde esta mirada del es como hoy podemos construir una acción pastoral, una promoción de derechos y una acción de inclusión de las personas que viven con vih y con sida. Esta inclusividad no se construye desde la tolerancia o de la benevolencia sino que forma parte del núcleo de nuestra identidad cristiana.

 

Es necesario recordar que Jesús de Nazaret llega a la cruz por su coherencia de comunión con todos los grupos en riesgo de estigma y exclusión. Frente a las normas de los grupos que se sentían dueño de las ortodoxias teológicas y pastorales, donde la el cumplimiento de la Ley creaba categorías de prestigio, santidad y pureza, las mesas de Jesús eran un desafío a esos criterios. Su comer con personas consideradas totalmente impuras litúrgicamente como los leprosos, impuras por sus conductas (las personas en situación de prostitución) marcaron el camino de la cruz. Hoy nuevamente nuestro compromiso con las personas que viven con vih y con sida se vive a la sombra de esa misma cruz y en el desafío a criterios de justificación, santidad y pureza que nada tienen que ver con la acción niveladora de la Ley ni con las promesas de inclusión del Evangelio

 

Frente a nuestros hermanos y hermanas:

 

Esa distinción forma parte del núcleo del Reino de Dios pero nosotros y nosotras nos movemos por ahora en el Reino Secular. Allí nos movemos desde el amor que nace de la fe y que siempre busca la justicia y el respeto que le devuelve a las personas que viven con vih y con sida las dignidades perdidas y heridas por la sociedad y por la iglesia. Con Dios nos relacionamos a través de la aceptación en fe del camino que nos revela Jesús de Nazaret y solamente por ese camino llegamos a la reconciliación con el Creador y Santificador. Con los hermanos y hermanas nos relacionamos a través del amor que busca justicia y calidad de vida. Es por ello que nuestra conducta en este espacio siempre se renueva de acuerdo a nuevas situaciones, nuevos datos aportados por las ciencias y la razón. Aquí no existe más que un dogma revelado: todos los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios y ese es el fundamento común de nuestro compromiso con los derechos humanos y en nuestra defensa total de las dignidades de todas y cada uno de las personas que viven con vih y con sida. Esa es nuestra identidad y esa es la naturaleza de nuestro Dios. Ese es nuestro bautismo y esa es nuestra mesa eucarística. La epidemia del vih y del sida nos llama a ser comunidad en verdad y en acción.

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina.

 

 

 

(English Translation)

 

 

CHRISTIAN IDENTITY AND THE HIV-AIDS EPIDEMIC.

 

Introduction.

 

The HIV-AIDS epidemic has manifest behaviors, sexual identities, and social practices that many would have liked to have kept confidential and private.  That revelation has put into motion prejudices and fears that serve as a basis for stigmas and exclusions.  But this crisis of HIV and AIDS has also manifested the identity of Christian communities.  This identity has been reflected in the construction of diverse messages, speeches, and pastoral actions in relation to the groups in a situation of vulnerability to the epidemic.

 

A BIFOCAL LOOK

 

The great challenge that communities of faith are faced with today is to relate basic confessional affirmations with their dialog with the various groups vulnerable to HIV.  When we talk about vulnerable groups, we are specifically naming peoples who have had to live in the invisibility within churches or who, upon protesting this, have heard messages of condemnation and exclusion.  In the context of this epidemic, we must make an effort to consider how and in what ways we proclaim that confessional identity in this context.

 

The churches of the Lutheran communion inherently have in their foundation a bifocal view of God, of human nature, and the social coexistence that make up their identity.  We are those churches who know how to distinguish clearly without separating.  The great problem is when that methodology isn’t assumed, and once again we mix and confuse that which must be kept differentiated in its nature and in its objectives.

 

Permanently in theological reflection but also in the pastoral, we distinguish between the law and promises of the Gospel; between people fully justified by God but still radically sinners; we distinguish that which makes the nucleus of the Kingdom of God where we move starting from the revelation, separating ourselves from that which belongs to the Secular Kingdom where we use reason as an interpretive tool.  We make a precise distinction between faith as the center of our commitment to Jesus Christ and the human works that are born from charity and that seeks justice for everyone.

 

The Law and the Gospel in Pastoral Work

 

Many Christian communities, at the beginning of the HIV-AIDS epidemic and today, still continue to announce to people who live with the virus the law without promise.  I have heard a few pastors of our communion ask that we preach once again the sixth commandment, that which is related to fornication, as if the fulfillment of that commandment reconciled us before God.  The HIV epidemic has demonstrated that we have a hermeneutical problem.  In other words, that that which we are debating in our communities isn’t the situation of the people and groups in a situation of vulnerability to HIV and AIDS but instead our way of understanding the nature of God, the redemptive action of Jesus of Nazareth and the inclusiveness of the Eucharist table that makes the identity of the Christian community.  We are debating our way of reading Scripture.

 

Many will feel disappointed in this piece because they would have hoped to have found in it medical information that speaks about the nature of the virus, the methods of transmission of the illness and preventative methods.  They would have hoped that it would have talked about contraception, monogamy, and fidelity of a couple.  But the HIV epidemic has shown us that the crisis is not located in that medical information and education for prevention but instead the problem is in our way of understanding our Christian identity

 

When the law is announced, we have a clear, extremely democratic objective.  The commandments and the evangelical advice have as a goal that all, equally and in the same way, would be conscience that we have disobeyed the will of God.  The proclamation of the law and the commandments do not have an end of reaching a specific receiving group but instead that of helping us to understand our own irremediable need of reconciliatory action of Jesus Christ.  When we look at ourselves in the mirror that presents us with the commandments and the law, we discover that all of us are exactly the same before God.  No one has a little more merit or obedience than others.  If someone were to boast of her fulfillment of only one of the commandments in will and action, she would, plain and simple, be making the mission of Jesus of Nazareth totally useless and unnecessary because then the reconciliation with God would be done through the fulfillment of a commandment and not through faith in the only mediator between all of us and our Creator and Sanctifier. 

 

People are not justified before God by conjugal fidelity, by using a contraceptive, or by monogamy, which has been transformed into a new saving dogma.  People relate to God and to the action of Jesus Christ only through faith.  This is the nucleus of our proclamation and for this the law helps us.  How important it is to have in mind this use of the Law in relation to God when we walk together with the people who live with HIV and AIDS!  It is this proclamation which permits us to share the same Eucharist table, break the same bread and drink of the same cup.  I repeat (this statement) literally: Eat of the same bread and drink of the same cup!  Our creator and Sanctifier calls all of us to live democratically under the law in order to better understand the radicalism and inclusiveness of the promises and the magnitude of the Gospel.

 

 

The Inclusiveness of the Christian Community

 

In this bifocal perspective, we always have to distinguish the way in which we are called to see ourselves before God (the Law) and the way in which God sees us through Jesus Christ (the promise of the Gospel).  That is the foundation of our inclusiveness because all of us are called to see ourselves from the perspective of the Law that makes us all equals before God, and, through God, to allow ourselves to see from (the perspective of) the promises of the Gospel.  From this look of what it is like today, we can create a pastoral action (ministry), a promotion of rights, and an action of inclusion of people who live with HIV and with AIDS.  This inclusiveness is not created through tolerance or benevolence but instead is part of the nucleus of our Christian identity.

 

            It is necessary to remember that Jesus of Nazareth reaches the cross through his coherence of communion with all the groups in risk of being stigmatized and excluded.  Faced with the norms of the groups who feel they are masters of orthodox theologies and pastoral work, where the fulfillment of the Law used to create categories of prestige, holiness, and purity, the tables of Jesus were a challenge to these criteria.  His eating with people considered totally impure liturgically like lepers, impure for their conduct (people involved in prostitution) marked the path to the cross.  Once again today our commitment to the people who live with HIV and AIDS live in the shadow of that same cross and in the challenge to criteria of justification, holiness, and purity that don’t have anything to do with the leveling action of the Law or with the promises of inclusion of the Gospel.

 

Faced with Our Brothers and Sisters:

 

That distinction forms part of the nucleus of the Kingdom of God, but for right now, we move within the Secular Kingdom.  There we move out of the love that is born from faith and that always seeks justice and respect that returns to the people who live with HIV and AIDS the lost dignity and restores wounds from society and the church.  With God, we relate with each other through acceptance in faith of the path that Jesus of Nazareth reveals to us, and only through that path do we reach reconciliation with the Creator and Sanctifier.  With brothers and sisters, we relate with one another through the love that seeks justice and quality of life.  It is for this reason that our conduct in this area always is renewed according to new situations, new facts contributed by science, and reason.  Here, all that exists is a revealed dogma: all human beings are created in the image and likeness of God and that is the common foundation of our commitment to human rights and our complete defense of the dignity of each and every one of the people who live with HIV and AIDS.  That is our identity and that is the nature of our God.  That is our baptism and that is our Eucharist table.  The epidemic of HIV and of AIDS calls us to be a community in truth and action.

 

Pastor Lisandro Orlov

Ecumenical HIV-AIDS Ministry

Buenos Aires. Argentina.

 

[1] Revista “VIDA ABUNDANTE” La Revista de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata. Septiembre/Octubre. Año 112 Número 5. Pág. 7 y 8

     

 

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