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Martes 9 de diciembre de 2003

Tema del día: Estigmas relacionados con el VIH/SIDA: Aproximaciones teológicas posibles.

“El estigma y la teología cristiana”,

por el Rdo. Enda McDonagh

 

            Les pido disculpas por no tener un texto. Bob, en su heroica conducta, ya ha experimentado esto previamente, y conoce el curioso modo en que trabajo. Tengo que llegar a estar, de alguna manera, inmerso, dentro de la situación, antes que pueda empezar a pensar teológicamente. En el pasado, algunas veces, esto resultó exitoso; pero no siempre. Y no sé si lo resultará en esta ocasión. Tenía un buen amigo, un teólogo inglés, el Padre Herbert McKane. Nos conocimos en una reunión en Florencia. Me dijo: “He vivido presa de pavor de que un día, de alguna manera, pudiese ser desenmascarado”. Dijo que estaba contento de haberme encontrado en aquella reunión; de modo que pudiésemos ser “desenmascarados” juntos. Entonces, una vez más, hoy puedo ser “desenmascarado”.

            Buscando encontrar algunos puntos de partida teológicos para nuestra comprensión de la estigmatización del VIH y SIDA, podría ser provechoso dar una breve respuesta. Cada uno de nosotros, por igual, es creado a la imagen de Dios, amado igualmente y en forma incondicional, por ese Dios: no precisamente como individuos, sino en el proceso de formar una comunidad singular, la familia de Dios, una singular creación de Dios. Y esa igualdad de personas en una comunidad, ha sido confirmada, renovada y transformada en la Encarnación – en la vida, ministerio y muerte de Jesucristo. Y nosotros, como discípulos de Cristo, hemos sido llamados por el don del Espíritu, a tener la certeza de que las relaciones dentro de la familia de Dios, no son estigmatizantes, profanadoras. Esto es un breve resumen de por qué debemos afirmar que las relaciones entre nosotros no son estigmatizantes.

            A ese nivel de predicación y enseñanza, podría parecer, claramente, que la estigmatización no es cristiana y pudiera ser opuesta, si tomásemos seriamente nuestra fe cristiana. Pero la cosa no es tan simple: en parte, porque en la comprensión cristiana, no somos solamente una comunión de santos, sino también una comunión de pecadores. No estamos únicamente bajo la gracia de Dios, sino somos también pecadores, no solamente arrepentidos y perdonados, sino que continuamos cayendo en el pecado, de diversos modos.

            Ayer, se me ocurrió que, tal vez, una de las palabras que puede estar estigmatizada, fuera de uso, es la palabra “pecado”.

            Permítanme reflexionar sobre la creación del mundo, la creación de la humanidad, la celebración del mundo, y de la humanidad. Dios miró la creación y vio que era buena; Dios miró a la humanidad y, en el idioma de Génesis, vio que era “muy buena”. En cierto modo, eso llevó a ser un opuesto – apuntando a Dios – un grupo de personas que eran “otras” que Dios. En la Biblia hebrea, la palabra “santo” está relacionada con “lo otro”. En el concepto de “la calidad de ser otro” de Dios, está la idea de la “calidad de ser otro” un “estado de separación”, de la creación. Podemos ver que, sin diferenciación, no hay celebración del bien. Pero, con la diferenciación, está la posibilidad de la separación del bien. La creación es un constante proceso de diferenciación, el cual es al mismo tiempo celebratorio y también amenazante. Junto con el continuo proceso de diferenciación, está el constante problema de la separación y la constante necesidad de convertir esta separación en el progresivo proceso de la reconciliación.

            Así, en la Escritura, encontramos a Dios, el Creador, que también es el Dios Reconciliador. Nosotros, como seres humanos, somos a la vez que creadores, potenciales destructores; y así, llamados a ser reconciliadores. Esa diferenciación, con su potencialidad de ulterior creatividad y de destrucción, también causa la necesidad de ulterior reconciliación, en comunión. Podemos leer una buena parte de las Escrituras judías y cristianas, y encontrar dentro de ellas el tema de nuestro potencial creativo y nuestra ulterior destrucción de esa creación; y, así, la necesidad de la reconciliación. Nuestras relaciones entre personas y comunidades, pueden – fácilmente – transformarse en relaciones destructivas; y, a fin de protegernos a nosotros mismos, tenemos que circunscribir, fuera de nuestras vidas, a determinadas personas, que llegan a nosotros como “desconocidos” y, por lo tanto, como amenazantes. No es sorprendente encontrar en la crítica profética de Israel y de sus líderes, que – a los ojos del profeta -  es el abandono de ciertas personas estigmatizadas con las que no podemos tratar, el abandono de las viudas y de los huérfanos, lo que convierte en despreciable la adoración. Esto se aplica a nivel de las estructuras del poder y a nivel de las relaciones personales.

            En particular, esto se aplica al tratamiento de las mujeres, que están separadas. En el primer capítulo de Génesis, encontramos el canto lírico de Adán: “... hueso de mis huesos, carne de mi carne, deja a su padre y a su madre, y se hace mi esposa, de por vida”, lo que rápidamente cambia en el capítulo siguiente, cuando descubren que están desnudos y se esconden, y ven a Dios como “otro” y se esconden de él, y Adán acusa a su mujer “ella lo hizo” y le echa la culpa. Así, podemos ver, qué fácilmente el don se convierte en amenaza. Esto se relaciona tanto con el género de alienación que encontramos tan frecuentemente en las Escrituras, como en el libro de Números. Es sobre la extrañeza entre los hombres y las mujeres, lo que nos lleva a los puntos aquellos donde yace el poder, que es donde obra la estigmatización.

            Pero eso necesita ser equilibrado por tantos otros pasajes en las Escrituras. Sería difícil hallar otro fragmento literario tan erótico como el Cantar de los Cantares, donde los personajes – hombre y mujer – están totalmente en armonía el uno con el otro, y donde las palabras de la mujer son tan eróticas como las palabras del hombre.

            Una de las grandes fuentes de diferenciación, es la diferenciación sexual, y vemos el potencial que esto tiene para crear y para celebrar, pero también para la destrucción. Este es, justamente, uno de los puntos que regresan – me parece – al verdadero meollo de la creación: que la creación incluye este potencial. Pero vemos en las Escrituras, Génesis 3, que la creación está acompañada: requiere celebración e incluye la posibilidad de la separación y las fuentes para la reconciliación.

            Éste es un punto de partida útil.

            Hay otro punto de partida útil, en relación a esto. Es la diferenciación, no justamente entre Dios y la creación, sino la diferenciación que emerge cuando Dios entra en la creación, la diferenciación que asociamos dentro de la Encarnación, cuando Dios se hace uno de nosotros. Esto también es una fuente para ver alienación. Jesús dijo: “No vine a traer la paz, sino la espada”. Jesús también clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es un asunto de la separación (diferenciación de la Encarnación); pero también es un asunto de la iniciación de la reconciliación. Esa diferenciación de la Encarnación, no tuvo, a primera vista, una garantía histórica de éxito; y aún no tiene una garantía histórica de éxito.

            Pero hay muchos elementos en ese esquema. Uno está contenido en los relatos de la Natividad – la citación de ir a Belén, la situación de María, estando encinta, de no tener un techo. Esto nos ilustra sobre la análoga situación de Dios en su propio mundo. Ésta es una impresionante parte de la alienación. Y el costo de ella no es solamente para Dios, sino para las personas, aun las personas inocentes – “no paz, sino espada”-. Desde luego, el niño que estaba creciendo, se torna rebelde, tal como Miriam lo fue para nosotros en la Escritura que leíamos en esta mañana, y que abandona a sus padres, se escapa y suscita estas preguntas: “¿Por qué nos has hecho esto?”. “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”, nos lleva al proceso de la separación y al proceso de la necesidad de la reconciliación. Ese tipo de separación, aun de su familia terrenal, y tal vez de su familia celestial (“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”), lo lleva a buscar la compañía de los alienados y estigmatizados, y a ser él mismo, un alienado de los líderes políticos y religiosos de su tiempo.

            Aun en la parábola del Hijo Pródigo, no podemos dejar de preguntarnos si Jesús no es el Hijo Pródigo, que deja la abundancia y belleza del hogar de su Padre, y pasa y malgasta su tiempo con nosotros. Hay un relato irlandés sobre un hombre que “gastó su dinero en mujeres y bebida, y malgastó el resto de ella”. Se hace más claro con el arresto, el proceso, la Pasión, la ejecución fuera de las puertas de la ciudad, que estamos cerca de la separación de este extraño de Su Dios y de Su pueblo. Es la crucifixión entre dos malhechores, adonde lo llevan la alienación y la estigmatización. Y es en la historia de la crucifixión, donde debemos ser cuidadosos de no malinterpretarla. Una de las más grandes críticas de la historia cristiana, por uno de sus más poderosos críticos, Nietsche, era que ella era una religión para las “víctimas”. Tenemos que tener mucho cuidado en cómo consideramos la crucifixión: que no es un signo de debilidad, sino un signo de fortaleza. Es allí donde la separación (todos los discípulos lo abandonan, solamente unas pocas mujeres y Juan se quedan), el alejamiento de su gente, y, hasta cierto punto, de Dios, donde Jesús se encontró a sí mismo. Los teólogos interpretan esto en diversas direcciones: Moltmann, en el Viernes Santo; van Balthazar, en la experiencia del Sábado Santo. Esa es la alienación final: Dios de la humanidad, y Dios de Dios; lo que explica que Dios estaba reconciliando a la humanidad consigo mismo; y que estamos llamados a ser embajadores para llevar la reconciliación.

            Podemos estar tentados a decir a los “estigmatizados”, que tienen que soportarlo, que todo es para bien. Eso – me parece – es exactamente lo contrario de aquello para lo que Jesús estaba convocando a las personas. De esta manera, tengo algunas preguntas sobre la declaración de que “Dios permite que suceda la situación del VIH y SIDA”. Desde nuestros cómodos sillones, tenemos que evitar buscar una sutil complicidad con la estigmatización. Tenemos que empezar a pensar sobre una teología del sufrimiento: que aquellos de nosotros que aspiran a ser discípulos de Cristo, carguen el sufrimiento de los otros; mitiguen el sufrimiento de los otros; rompan el silencio de la estigmatización, cambiando las estructuras, siendo críticos a los poderes que permiten que ocurra la estigmatización.

            De esta manera, en el relato de la Creación y en la historia de Jesús – en ambos casos – vemos la creación, pero también el potencial de la destrucción, y la consecuente necesidad y la posibilidad de la reconciliación. La reconciliación que tiene lugar con la resurrección, debe ser difundida a través del mundo. Y esto llega con el envío del Espíritu Santo. Esta es otra forma de la diferenciación dentro de Dios y entre Dios y la Creación. Eso también tiene sus problemas. Simplemente, hemos ignorado, por tanto tiempo al Espíritu Santo. O nos precipitamos a invocar al Espíritu Santo, como si estuviera a nuestro lado. Esto también es parte del problema, dentro de nuestras iglesias. Por ejemplo, como las denominaciones principales miran a las iglesias pentecostales y vice-versa.

            En todas nuestras estructuras, la diferenciación es esencial para la vida, el crecimiento y la salud; pero, al mismo tiempo, es amenazante y destructiva. En los primeros tiempos de la Iglesia, vemos a Pedro y a Pablo, confrontándose sobre temas de la diferenciación. Toda la historia de las herejías en la iglesia primitiva, radica en la diferenciación de un grupo particular y la estigmatización de ellos por la “corriente principal”.

            Esto se relaciona con la necesidad humana de ordenar, y el temor humano a la anarquía. Esto entra en la fuerza y en la debilidad de muchas posiciones sobre la ética sexual: la estructura que preserva las relaciones dentro de la comunidad y protege contra la anarquía y el abuso. En los escritos de Pablo, vemos la descripción de la diferenciación dentro de la historia de Pentecostés. El Espíritu Santo descendió sobre personas diferenciadas. En la tradición católica, hemos visto la diferenciación en las diversas órdenes religiosas. Hablamos del carisma del fundador; pero esto también podría convertirse en una opresión de un régimen. Hay una dificultad en mantener la diferenciación en el Espíritu en la comunión con el Espíritu.

            La “otra” palabra es el vocablo griego “allos”; pero se refiere a la palabra hebrea “kadosh”, que habla de la santidad, de la “calidad de ser otro” de Dios. La palabra “reconciliación”, se usa dos veces en el Nuevo Testamento (en el relato de Mateo de reconciliarse uno mismo con su hermano); pero Pablo habla en Gálatas 5 de “hacerse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor.” Esto es a lo que estamos llamados a hacer: a ser servidores los unos de los otros, en comunión, de esta manera.

            Esto se refiere a otro punto: a la referencia de Mary Douglas a la relación entre “santidad” e “impureza”. A fin de preservar lo “santo”, interpretamos algunas cosas que eran “otras” al definidor, antes que a Dios; por ejemplo, la menstruación era una amenazante ajenidad a los hombres que servían en el santuario.

            Quisiera volver a mi lucha con esta idea: que siendo separados por las personas en el poder, ellos definen a las personas que son otras – lo que conduce a la estigmatización -, por ejemplo, a las personas con VIH y SIDA. Esto nos retrotrae a las narraciones de la Creación y de la Encarnación, que están cerca de superar la “amenazadora” calidad de ser otro, para retrotraerlos a ser la “enriquecedora” calidad de ser otro. Frecuentemente, son las personas que han manejado este tipo de diferenciación y discriminación, personas con poder, quienes necesitan superar la estigmatización. A fin de superar la separación, Dios tuvo que dejar proseguir al poder. Nos preguntamos: “¿Cómo pudo Dios permitir esto?”

            La historia de la Salvación, es la progresiva revelación del “despojarse” del poder, de Dios. En Filipenses 2, vemos el poderoso auto-anonadarse de Dios, que acontece: “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios;... al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo”.  Una forma de estigmatización, era marcar con hierro candente a los esclavos. Esto no era algo sobre lo que Pablo tuviera una experiencia mística; esto era la interpretación de Pablo, de las narraciones del Evangelio, tal como ellas revelaban a Jesús en este estilo: como esclavo o servidor. “Entonces, ¿tú eres rey?” “Mi reino no es de este mundo”.

            Así, tenemos al Creador de Dios, revelándose a sí mismo en Jesucristo, que echa de sí el poder, a fin de estar debidamente con los estigmatizados. Esto es algo que las iglesias deben tomar seriamente, para superar la estigmatización.

            Cabe añadir un punto más en la dispersión de la reconciliación de Dios. Ayer hablábamos de los conflictos religiosos en Irlanda del Norte, como un ejemplo de estigmatización. Pero, también, podemos ver cómo las iglesias se estigmatizan mutuamente. Sólo hace poco, con el movimiento ecuménico, empezamos a ver la diferenciación como una fuente de enriquecimiento. No podemos buscar la unidad solamente en razón de un orden: esto podría hacerse opresivo. La unidad debe buscarse como fruto de un acompañamiento mutuo, una comprensión mutua, deseando así la unidad.

            Dios puede estar desafiándonos a abordar el estigma para que nos despojemos de nuestra opresión sobre los otros, y, por tanto, busquemos la reconciliación de nosotros mismos con los estigmatizados: “Todos deben ser todo en Dios”, Es, en ese sentido, cómo el sectarismo desafía a los irlandeses; esa estigmatización desafía a todo el mundo, que nos llama para afrontar el desafío y para permitir los medios que nos lleven a una nueva etapa de dignidad humana y comunidad, y a una nueva etapa de unión cristiana. La lucha por la humanidad es el celebrar la diferenciación, posibilitándola a que sea igualmente enriquecedora en la comunidad. A menos que los líderes eclesiásticos estén dispuestos a estar pública y consistentemente con los estigmatizados, entonces nuestras acciones no serán creíbles o efectivas.

 

 

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