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EDUCACION POPULAR EN SALUD (EPES)

 

“LA LUCHA POR LA SALUD Y PARTICIPACIÓN EN EL SIGLO XXI: DESAFIOS Y ESTRATEGIAS”

Sábado 5 de enero de 2002

Santiago de Chile

EL ROL DE LA IGLESIA EN LA PROMOCIÓN DE LA SALUD


Ponencia del Pastor Lisandro Orlov

 

En el marco de este 20 Aniversario de Epes

 

Pastor Lisandro Orlov, de la Iglesia Evangélica Luterana Unida en Argentina y Uruguay, además es coordinador de la Pastoral Ecuménica de las personas que viven con VIH-Sida, él nos hablará del rol de las Iglesias en la promoción de la salud. Bienvenido Pastor.

Deseo que mis primeras palabras sean para agradecer el que me hayan considerado parte del Proyecto EPES, al invitarme a participar de este aniversario y de esta etapa tan importante para la institución y para el equipo de trabajo. Desde el año 1986 la Pastoral Ecuménica y EPES vienen caminando juntos en la construcción de un mundo más justo y solidario. Es para mi una alegría muy grande el estar aquí y sentirme como que mi casa se va agrandando. Gracias por la invitación y por la acogida fraterna. Pero estoy convencido que este encuentro es una importante oportunidad para reflexionar y preguntarnos: ¿qué estamos celebrando en estos 20 años?. Seguramente no es el simple pasar  de los años, sino que celebramos  la construcción de una identidad.

EPES tiene una identidad que no es exactamente igual que otra organización no gubernamental u organizaciones de la sociedad civil, y esa peculiaridad debe llevar a pensar:  ¿En qué consiste esa identidad? Ustedes escucharon en la presentación que soy Pastor, eso me ubica al hablar desde una determinada perspectiva. Estoy trabajando en el tema SIDA, estamos acompañando a  personas que viven con VIH-Sida y es desde esta realidad desde donde vamos hablar.  Indudablemente cuando las Iglesias y las personas que están en comunión con ella, se involucran en temas de salud lo hacen no para competir  con otras organizaciones, que reconocemos que realizan, en muchos casos, excelentes trabajos. Tanto al nivel de instancias gubernamentales como de la sociedad civil hay cantidad de emprendiemientos de los cuales las iglesias y sus miembros tenemos mucho que aprender. Entonces continuamos preguntándonos: ¿por qué la Iglesia se involucra en estas áreas?.

Aquello que hemos aprendido en este caminar junto con las personas que vive con VIH-Sida, es la convicción de que nuestro compromiso con la temática de la salud no tiene nada que ver con un virus, que no tiene ninguna relación con bacilos o con microbios. Estamos convencidos que tiene que ver con la dignidad de las personas. Esa dignidad es el eje de nuestro compromiso en las acciones de servicio. Hemos aprendido que las personas que vive con VIH-Sida están hartas y cansadas de nuestra compasión y de nuestra piedad. Las personas que viven con VIH-SIDA no buscan compasión porque aquello que quieren y necesitan es justicia. Ese es el eje de nuestro compromiso en los temas de salud como lo es también en cualquier  otro tema. Las iglesias y sus miembros tienen un profundo compromiso con la dignidad de toda persona y con el reclamo de justicia que expresan esas personas.

Ese es la identidad de las iglesias trabajando en la sociedad. Es el promover la dignidad de toda persona, promover la justicia para toda persona en todo lugar y en todo momento. El peligro que amenaza permanentemente esa identidad y ese compromiso es el transformarnos  en organizaciones asistencialistas. Las Iglesias cometerían el peor pecado al limitar sus acciones a acciones meramente asistencialistas. Aquello que debe ser el eje de esa acción es la promoción social y humana de las personas que necesitan de ayuda para mantener su lugar de dignidad en la sociedad. La promoción  social respeta profundamente la independencia y la autonomía  de las personas evitando crear lazos de dependencia de todo género. Ese es el objetivo de nuestro trabajo, y lo expresa claramente el lema de la Décima Asamblea de la Federación Luterana Mundial, organización que agrupa a todas la Iglesias de esa comunión del mundo,  y que se va ha celebrar del 21 al 31 de Julio del año 2003 en el Canadá. Ese lema es:  “Por la Sanidad (o curación) del Mundo”(“For the Healing of the World). Detrás de las palabras castellanas sanidad o curación subyace la expresión inglesa: “healing” que es realmente difícil traducir al castellano con una sola palabra porque no podrían comprender toda su riqueza y matices.  Si la traducimos directa y literalmente como curación o sanidad  se puede llegar a tener una pobre comprensión de una realidad limitado a lo físico o corporal. Sería como limitar la salud a un aspecto unidemensional que empobrece aquello que se pretende afirmar en el lema de la Federación en su expresión en inglés.  La palabra healing [1] que para nosotros tiene en el contexto Latinoamericano una comprensión mucho más abarcadora y marcadamente menos individual. Estamos pensando  que palabras como:  “restaurar”, “reparar” serían las palabra más adecuadas como para expresar aquello que intenta cumplir la Iglesia en su acción solidaria en salud. Su intervención se ubica en un plano diferente a lo estrictamente médico porque su objetivo primario es el de  reparar las situaciones de injusticia que afectan la calidad de vida de los pueblos. Siempre la preocupación esencial de las comunidades cristianas es el de ayudar a las personas a ocupar su lugar de dignidad que le corresponde en la sociedad. Al actuar en el área de la salud la iglesia busca reparar situaciones de exclusión, reparar situaciones de marginación. En este caminar junto a los que tiene herida su dignidad es los cristianos hemos aprendido una cruel realidad:  aquellos  que realmente están enfermos, aquellos que necesitan ser reparados y curados son las Iglesias y la sociedad mismas. Los verdaderos enfermos que este trabajo pone de manifiesto es que la Iglesia y la sociedad necesitan ser curados de sus exclusiones, marginaciones y estigmatizaciones. Aquello que estamos aprendiendo en esta  tarea que nos lleva a salir  al encuentro de nuestros hermanos y hermanas es un aprender a escuchar a los protagonistas para luego volver y hablar en la sociedad y en la iglesia y ser la voz que denuncia toda situación de exclusión, toda situación de marginación, y en eso tenemos un modelo muy especifico, la situación de Jesús con los leprosos.

Los leprosos además de ser enfermos, en la época de Jesús, eran impuros litúrgicamente porque no podían participar, por su condición en las celebraciones litúrgicas de la comunidad.  Tampoco  podían entrar en las Sinagogas ni participar de ninguna reunión social. El simple hecho de tocar a un leproso transformaba a esas personas en impuros litúrgica y socialmente, y tenían que seguir un largo proceso de purificación ritual para reinsertarse en la sociedad El gesto de Jesús cuando encuentra a los leprosos, es un gesto de desafío a su sociedad   y a sus Iglesias Es un gesto muy simple pero que al tocar a una persona enferma de lepra. el mismo se hace leproso.  En ese gesto asume el estigma social de esa persona o de ese grupo. Hace suya la marginación y la exclusión del otro o de la otra. Jesús se hace leproso, por solidaridad y comunión deviene en marginado y excluido.

El tema central que nos revela este modelo arquetípico de Jesús es saber sí las Iglesias y los cristianos están dispuestas ha imitar a Jesús y abrazar a cuanto persona es excluida y marginada en y por nuestra sociedad y nuestra iglesia . Ese es el desafío, ese es el aprendizaje que nuestras comunidades  vienen viviendo al participar en temas de salud.  Abrazar al excluido o excluida,  asumir su estigma, y hacerse  uno de ellos o de ellas, ese el aprendizaje y la realidad por que le da identidad a las Iglesias en el tema salud.

En este mundo globalizado, como se dijo recién, lo único que se ha globalizado es la explotación, pero siguen siendo  privadas todos los beneficios de esa misma  globalización. En ese contexto las Iglesias tienen que ser un signo de contradicción que ayude a construir una contracultura. Es una realidad muy peligrosa cuando las Iglesias y los pastores somos  muy bienvenidos y aceptados  en la sociedad. Ese es un mal presagio, un mal signo. Reflexionando con mis hermanos y hermanas, muchas veces les digo a los miembros de mi parroquia “si alguno de nosotros cumpliera al pie de la letra el Evangelio e intentáramos vivir en su plenitud el comportamiento modelo de Jesús, seguramente nuestra misma  iglesia ya no hubiera echado hace tiempo mucho tiempo porque justamente eso fue lo que ocurrió con Jesús y los honrados religiosos de su tiempo

El año pasado, participando en la Asamblea de las Naciones Unidas, la sesión especial sobre el tema SIDA, la sociedad civil comenzó a vivir un sorprendente cambio de lenguaje que sin lugar a dudas revela un cambio de mentalidad. La sociedad civil revela que ya esta capacitada  y que esta preparada  para pensar a los grupos vulnerables desde otra perspectiva mucho más respetuosa de la dignidad y los derechos humanos.

¿Cuáles son los grupos vulnerables?. Para las Iglesias en el tema Sida hay solamente se atreven a considera con facilidad dos grupos vulnerables: las mujeres y los niños. Porque en centrar todo su mensaje en esos grupos es esa es una  forma muy hábil de no hablar de todos los otros grupos vulnerables que son problemáticas para su aproximación notoriamente moralizante. Es una forma de disfrazar y evitar el problema. Se hace presente en la epidemia del VIH-SIDA sin pagar ninguno de sus costos.

La sociedad civil ya esta dispuesto a hablar  de trabajadores y trabajadoras del sexo para referirse a aquello que nosotros habitualmente llamamos por situación de prostitución. ¿Acaso esto es simplemente un cambio de rotulo? ¿Estamos simplemente cambiando de palabras, o es un cambio mental y de actitud en nuestra aproximación  a esa realidad?. Igualmente la sociedad política civil esta hablando de usuarios de drogas y de aproximación al tema desde una perspectiva de reducción de daño con todo lo que ello significa como respeto a estilos de vida diferentes. También la sociedad civil esta hablando de cómo ayudar en la prevención del VIH-SIDA a los hombres que tienen sexo con otros hombres que comprenden una aproximación totalmente nueva a todos estas situaciones de vida.

La sociedad esta cambiando, y nos preguntamos que pasará con las Iglesias. ¿ Cómo vamos ha acompañar ese cambio de mentalidad y aproximación.? Todos aquellos métodos y estructuras ideológicas empleadas en el pasado ya no son adecuados para entender estas realidades que una epidemia ha puesto de manifiesto y que nos obliga saludablemente a tratar.  Lamentablemente muchas veces las Iglesias somos especialistas en lo viejo y en pretender seguir respondiendo preguntas que ya nadie se hace.

La epidemia del VIH-SIDA nos ha obligado a hacernos con sinceridad la pregunta: , ¿Por qué estamos la comunidades cristianas actuando en él tema de salud?. La respuesta seguramente nos llevará a abrirnos  cambios que hacen necesario nuestra voluntad de acompañar. La dinámica de los acontecimientos nos aconsejan no repetir formulas antiguas que fueron adecuadas para otros momentos históricos. Hoy nos encontramos con nuevas realidades que muy pocos de nosotros podía pensar hasta hace muy poco. En nuestro trabajo en el equipo de la Pastoral Ecuménica VIH-SIDA en Buenos Aires, la realidad nos ha desafiado a ampliar nuestra mentes y nuestros corazones. Hasta hace poco podíamos  decir sin mayores consecuencias y sin problemas de conciencias que las personas transgéneros o  personas de identidad travestís eran enfermas. A partir de esa afirmación prejuiciosa el equipo limito su acompañamiento al hospital mientras estaban internados pero les excluíamos de ingresar a la casa de medio camino que tiene la Pastoral. De hecho ese Hostal Solidario era un espacio que no los contenía. Nuestra exclusión estaba en teoría fundada y nos daba una gran tranquilidad de conciencia. Esa tranquilidad se vio rápidamente cuestionada cuando entramos en diálogo con las historias de las primeras personas de identidad travestí  comenzamos a acompañar en el hospital. La escucha atenta de esas historias de vida resquebrajó nuestras murallas protectoras y nos expuso a la intemperie de repensar toda nuestra acción pastoral. Cuestionó profundamente nuestro concepto de inclusión y nos mostró la pobreza de nuestras afirmaciones nacidas de la pura ignorancia.  La realidad con toda su diversidad nos impuso la necesidad de rápidamente cambiar de actitud mental, de metodología pastoral abrir nuestra vida de fe y nuestro corazón para hacer del equipo testigos de la dignidad de toda persona más allá de todo límite.

Es nuestra esperanza que la Iglesia a través de su trabajo en la sociedad, pueda hacer un proceso de conversión que pueda renovarla en su teología (la naturaleza del Dios en el cual confiamos) y en su eclesiología (el concepto de inclusividad de la comunidad cristiana). Desde un escritorio cualquiera puedo condenar, marginar y excluir porque solo se manejan teorías.  Desde la vida, desde la realidad, cuando esa realidad tiene rostro, tiene nombre y tiene historia la exclusión se hace difícil.

 La sociedad civil esta hablando actualmente de usuarios de drogas, ya no utiliza terminología tales como drogadictos, y tampoco habla de adictos. Las palabras siempre revelan aquello que está lleno nuestro corazón. Es por ello que debemos escuchar este cambio de vocabulario como un intento de un  cambio mental que lleva a un cambio metodológico cuyo eje de acción sea un respeto real y profundo de los derechos humanos y civiles de todas las personas en cualquier situación y en toda circunstancia.

Esta nueva mentalidad en la comprensión de problemas sociales exige una renovación de las formas en que la iglesia se aproxima a esos temas. En general las comunidades cristianas tienen la tentación  toda metodología que proponga formas de abstinencia, tanto en el campo de la sexualidad como del uso de sustancia ilegales.  Hemos vivido inmersos en tradiciones teológicas que han sospechado cruelmente de los afectos, de la sexualidad y de toda conducta que no sea normativa.  Esta realidad se refleja claramente en la aproximación  al tema de las adicciones. La propuesta en general ha sido la abstinencia compulsiva, que se impone como condición previa a todo acompañamiento terapéutico o pastoral.  Actualmente hace su aparición  una nueva forma de abordar el tema, que es lo que se ha dado en llamar  “reducción de daños” Esta es una aproximación a la situación que se fundamenta en un profundo respeto  a la identidad, a las opciones, al pluralismo y al estilo de vida del otro o la otra. Es un abordaje desde la perspectiva del respeto por los derechos humanos y civiles, de considerar y reconocer las decisiones  de las otras personas y ayudarles en su estilo de vida  ha que se haga el menor daño posible.

En algunos países ya las Iglesias, han empezado a abordar esta nueva metodología de trabajo en este tema. Nos preguntamos con mucha curiosidad: Nosotros en América Latino y desde las Iglesias, ¿dónde estamos?. ¿Cómo vamos pastoralmente ha acompañar este proceso de reducción de daños?, ¿Cuál es la aproximación metodológica que expresa mejor el espíritu del Evangelio? El Evangelio siempre nos presenta una aproximación a la situación real del otro o de la otra que es incondicional, gratuita y libre. 

Sospecho que muchas veces detrás de ciertas propuestas asistencias o de acción social iniciadas por algunas comunidades cristianas subyace una intención de un proselitismo oportunista que bastardea las buenas intenciones de esa tarea. Es muy significativo en ese sentido la actitud asumida en varias ocasiones por el tesorero de mi Iglesia cuando me pagaba el sueldo cada fin de mes. Una pregunta reiterada revelaba aquello que había en su mente con relación al trabajo diacónico de la iglesia.  Me preguntaba una y otra vez:  ¿Cuántas personas se han convertido con mi trabajo de acompañamiento a las personas que viven con VIH-SIDA? Esa pregunta ponía de manifiesto claramente una actitud teológica e ideológica que acompaña a muchos emprendimientos sociales de las comunidades cristianas. Para su desesperación mi respuesta era una y otra vez la misma: Se convirtió una persona, yo mismo. La acción social de una comunidad cristiana tiene como objetivo primario traer al interior de la iglesia la problemática de aquel que es totalmente extraño a ella, aquel o aquella que es completamente diferente y que la llama a la conversión. La acción emprendida por las iglesias en el contexto de la epidemia del VIH-SIDA tiene como objetivo el abrirnos a realidades que hasta este momento nos han sido extraños. Aquellos que se convierten son los agentes de la acción pastoral porque el Evangelio los expone a realidades dinámicas y cambiante y extrañas. Esa es la esencia de la teología de la cruz que identifica tanto a los luteranos. La cruz en medio de la comunidad cristiana es el signo y símbolo que nos recuerda y hace presente a aquel que es totalmente extraño a la comunidad religiosa.

La acción en salud en el contexto de la epidemia del VIH-SIDA construida bajo la sombra de la cruz se transforma en una acción despojada de poder y escondida con Cristo en Dios. Es la voluntad de esa comunidad de fe de hacerse solidario hasta la locura con todo aquello que la sociedad excluye y margina. El fundamento de esa acción de servicio desde la cruz tiene como única y exclusiva fundamentación la marginación o estigmatización del otro o la otra. Es la acción emprendida por aquellos que se saben que son sanadores heridos, y que sanan desde sus propias heridas y exclusiones.

En este contexto hacemos nuestras las palabras de Martín Lutero tomadas de su Comentario a la Carta a los Gálatas que afirma: “ Si realmente hay algo de bueno en nosotros, no es nuestro sino es un don de Dios: y si es don de Dios, se lo debemos por entero al amor, es decir a la ley de Cristo. Y si de lo debemos al amor, debo usarlo no para servir a mis propios intereses, sino para servir a los demás. De esa manera, mi erudición no es propiedad mía, sino de los que no poseen erudición: es mi deuda que tengo para con ellos. Mi castidad no es mía, sino de aquellos que cometen pecados de la carne: a ellos les debo servir con mi castidad. Y esto lo hago presentándolo a Dios como ofrenda en lugar de ellos intercediendo por ellos, excusándolos, cubriendo así ante Dios y los demás seres humanos la deshonestidad de ellos con la honestidad mía... Del mismo modo, mi saber pertenece a los pobres, mi justicia a los pecadores. Pues el saber y todo esto son “formas de Dios” de los cuales debemos despojarnos para llevar en nosotros “formas de siervo”, porque con todas estas cualidades debemos estar de pie ante Dios e intervenir a favor de los que no las poseen, como si llevaremos el vestido de otros –al igual que un sacerdote que al presentar un sacrificio por quienes lo circundan, lo hace llevando una vestimenta ritual que no es su ropa habitual. Pero también los seres humanos debemos servir a tales personas con igual amor contra quienes los calumnian y los oprimen: porque esto mismo es lo que Jesús hizo en bien de nosotros”. La acción de las comunidades cristianas es salud es por lo tanto un intento de tomar “ forma de siervo”.

El Equipo de Acompañantes de la Pastoral Ecuménica cuando sintió la necesidad de encontrar una imagen que expresara su identidad, tomó como representación una escultura de August Rodin, que se llama “La Catedral” y que son dos manos enfrentadas creando entre ellas un espacio armónico. La fundamentación que nos llevó a esa elección es que en nuestro acompañamiento queremos crear justamente un espacio de encuentro y diálogo entre iguales. En ese sentido recuerdo la experiencia de una religiosa católica que en un encuentro de promotores de prevención compartió su experiencia de haber pasado toda la noche tratando de imitar con sus manos esa escultura hasta que se dio cuenta que son necesarias manos de personas diferentes. El encuentro, que es también un espacio sagrado como toda catedral, necesita de personas que dialogan en un plano de igualdad y comprensión.

La acción de las iglesias en la promoción de la salud es siempre un trabaja que ubica a las personas en un plano de igualdad. Es un compartir heridas y salud. No existen esos roles predeterminado de uno que brinda y el otro que recibe. Uno ubicado en una posición de poder y otro en un plano de carencia. Es un espacio construido en un caminar de iguales. Es siempre una situación  de reciprocidad, por eso cuando hablamos de salud nuestra comprensión del tema tiene que ser sumamente amplia. Las comunidades cristianas tienen, en el contexto del Consejo Mundial de Iglesias [2] ,documentos fundamentales que brindan un excelente panorama de la comprensión integral de salud que va más allá de una explicación centrada en los virus o microbios. Cuando las iglesias hablan de salud lo hacen desde una perspectiva y un horizonte realmente abarcador de todos los co-factores que influyen sobre la salud y el enfermar.

¿ Qué es lo hace a las personas vulnerables a las enfermedades y a las epidemias?. Una de las primeras afirmaciones es ubicar el tema salud en el plano de la justicia.   Las situaciones de injusticia hacen que las personas sean colocadas en situación de vulnerabilidad.  No podemos hablar de salud si no hablamos al mismo tiempo de pobreza y de injusticia social, cultural y económica. Una persona en situación de pobreza es más vulnerable no por su naturaleza sino por el contexto en que ha sido ubicado. Al hablar de salud se nos impone tener en consideración en un primer planto la situación social integral. El hablar de injusticia o de pobreza también significa hablar de los cambios y ajustes que necesita nuestra sociedad para reparar esas realidades. La salud y el enfermar forman parte de estructuras sociales que necesitan ser reformadas.

Desde esa perspectiva podemos afirma que la función de EPES, como fundación con estrechos lazos con las comunidades cristianas es la de formar soñadores de nuevas estructuras sociales justas. Formar  buscadores de la  nueva estrella de Jerusalén que nos conducen y revelan nuevas realidades de solidaridad y dignidad. El formar Monitoras y Monitores en Salud es preparar mental y emocionalmente personas que puedan soñar nuevas utopías integradoras. Promotoras de una nueva sociedad donde las relaciones de equidad y justicia se hacen presente aquí y ahora. Esa es una urgencia expresada claramente en las preocupaciones pastorales de Jesucristo que llamó a sus discípulos a ser especialistas en el “más acá” y no escaparnos a un “más allá” que evita el comprometernos con la encarnación. Jesucristo nos prometió a sus discípulos y discípulas que hemos de heredar esta tierra y este cielo.

Cuando hablamos de salud tenemos que hablar de la Paz. La violencia, todo tipo de violencia, hace que las personas sean más vulnerables Nuestro concepto de salud tiene que tener en claro que estamos hablando de la paz social, de la paz internacional,  la paz comunitaria. Las guerras y las luchas entre hermanos y hermanas matan y enferman en mayor proporción que muchas enfermedades. Nos hemos acostumbrados a las guerras mediáticas donde todo parece un espectáculo de fuegos artificiales con total ausencia de la realidad del sufrimiento de los heridos y de la presencia de la muerte. Se esconden estadísticas y se oculta el rostro de la muerte. Para esta situaciones los medicamentos convencionales tienen poco efecto. Las comunidades cristianas tienen un gran aporte que hacer en estas situaciones de violencia estructural: un profundo compromiso con la justicia que fundamenta la paz.

Cuando hablamos de salud tenemos que hablar de la integridad de la creación.  La amenaza atómica, las guerras bacteriológicas continúan siendo amenazas reales en el horizonte del mundo globalizado. La capacidad de destruirnos unos a otros no solo es una posibilidad teórica sino una realidad que condiciona las relaciones entre países. La contaminación de la naturaleza acompaña a la amenaza atómica y pone de relieve que los logros inmediatos comprometen el futuro. El desarrollo sustentable continua siendo una abstracción y el poder de los países más desarrollados, que son los que más contaminan la naturaleza y que exportan contaminación, obstaculizan toda posibilidad de un acuerdo internacional que proteja el entorno para que podemos legar a las generaciones futuras un mundo posible de habitar. El género humano es hoy una especie amenazada de extinción. Sabemos que la protección del género humana pasa por escuchar los gemidos de la creación que espera su liberación.

El compromiso de las Iglesia en la promoción de la salud es parte del llamado que han recibido las iglesias para salir al encuentro de todas estas realidades y romper el sentimiento de autosuficiencia y de ghetto. El compromiso de las Iglesias en la promoción de la salud es parte de una voluntad de cooperación con todas las organizaciones de la sociedad civil y gubernamentales en la construcción de un mundo más humano. La identidad de esas misma comunidades se pone en juego en su compromiso con la salud.

La identidad de la iglesia es siempre una identidad en diálogo y en construcción. Si el grano de trigo no muere no puede dar frutos. El rol de la iglesia en salud es una relación que se construye y adquiere en la cooperación con la sociedad en la cual está encarnada la comunidad.

En el Evangelio la Iglesia tiene modelos de acción en salud. En el relato de la curación que Jesús realiza con la mujer que tenía hemorragias o flujos de sangre durante más de 20 años y que se produce en un contexto bastante extraño. La mujer no se siente digna por consideraciones de género y de nacionalidad solicitar directamente ser curada. Su condición de mujer, por su condición de tener las hemorragias que hacia según las costumbres judías del momento a una persona impura litúrgica y socialmente, y además era extranjera la hacia depositaria de toda una cantidad de condiciones que la transformaban en una excluida del sistema de salud (mujer, impura y extranjera). Transgrediendo costumbres y normas la mujer se atreve a tocar a Jesús. En medio de una multitud que le rodea, Jesús hace una pregunta que debe haber sonado muy extraña a todos sus discípulos: ¿Quién me ha tocado?. La mujer entra en pánico porque sabe que con el objetivo de obtener salud había transgredido todas las normas. Con temor confiesa ante la multitud y delante de Jesús que ha sido ella quien le toca.  Frente a esa confesión Jesús, para sorpresa de todos y todas alaba la transgresión a leyes rituales, de costumbres y religiosas. No es la primera vez que eso ocurre. En otro relato de curación de diez leprosos que envía delante del Sumo Sacerdote para atestiguar la curación de acuerdo con la Ley de Moisés, uno solo regresa desobedeciendo el mandato de Jesús y lo estipulado por la legislación ritual o de salud. Este que regresa también era extranjero y Jesús alaba nuevamente su transgresión.

Estos relatos nos propone modelos arquetípicos para la acción de las iglesias en salud: ir más allá de los conceptos sociales de inclusión y exclusión. Transgredir las normas y transformarnos en una herramienta contestataria de sistemas de injusticia y marginación para crear espacios de integración en acciones promotoras de la dignidad de todos y todas. Entonces escucharemos las mismas palabras de Jesús: “Tu fe te ha salvado”. La acción en salud que nace de la fe y que desafia y transgrede conceptos de inclusión, de extranjería, de pureza y de propiedad, es la identidad misma de esa acción.

Jesús es el gran trasgresor  y la Iglesia tiene que ser la gran trasgresora de las leyes, de los prejuicios, de los estigmas. Sabemos que Jesucristo cuando vuelva se ha sentar junto a todas las personas que nosotros echamos de nuestras Iglesias y de nuestra sociedad. La acción en salud nos lleva a  estar sentados en ese mismo banco.

Santiago de Chile, Enero del 2002


 


[1] Heal: curar, sanar; cicatrizar, remediar (un daño), vn. curar, sanar cicatrizarse; remediarse. Edwin B. Williams Dictionario Inglés y Español. New York. 1955

[2] Comisión Médica Cristiana. “La Salud Integral. La Función de las Iglesias en la Salud” Consejo Mundial de Iglesias. Ginebra 1990.

 

 

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