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El PRESERVATIVO y TRADICION MORAL CATOLICA

Por Jon Fuller(Boston) [1]

Así como la amenaza planteada por las armas nucleares nos ha llevado a reconsiderar nuestra postura frente a la guerra, la creciente amenaza del SIDA exige que reevaluemos las posiciones frente a su prevención.

 

Hasta el lector más ocasional puede advertir el drásti­co cambio que, desde hace ya varios meses, ha ido acompañando el tono de las historias narradas en la prensa popular referidas al tema Vih/Sida. Por , ejemplo, la nota de tapa de THe New York Times, Magazine del 1º de noviembre del año pasado, titu­lada" When Plagues End”"("Cuando las plagas llegan a su fin"), fue repetida en la nota de tapa de Newsweek del 2 de diciembre, "The End of AIDS?" (¿Fin del SIDA?"). Éste y  muchos otros ensayos resal­tan la promesa de drogas nuevas y más poderosas. De hecho, ante un primer éxito de estos agentes, al­gunos investigadores se han animado a especular so­bre la posibilidad de erradicar por completo el VIH de las personas infectadas.

Afortunadamente, la mayoría de estos informes han tomado el recaudo de expresar numerosas e im­portantes advertencias en relación con las nuevas dro­gas: 1) dado que las pruebas más antiguas apenas exceden el año, la duración de sus beneficios no es algo cierto; 2) estos compuestos pueden resultar ex­tremadamente tóxicos, además de que no en todas las personas surten efecto; 3) dado su costo anual (cuando se los toma combinados) de más de $25.000, úni­camente un número limitado de personas infectadas en países industrializados puede acceder a ellos. No obstante, a pesar de estos descargos, temo que ante semejantes encabezados sensacionalistas muchos norteamericanos suspiren profundamente aliviados, más que felices al considerar "curada" una epidemia que ha causado desde su comienzo sentimientos pro­fundamente ambivalentes.

Es un hecho que más del 90% de los infectados en el mundo no tendrá acceso a estas drogas, puesto que en muchos países en desarrollo el presupuesto anual per capita para satisfacer las necesidades de cuidado de la salud no llega a los $5 o $10. Sabemos que con el tiempo virtualmente todas las personas infectadas con el VIH que no reciben tratamiento contraen SIDA. A falta de una vacuna preventiva efectiva (cuyo desa­rrollo no parece posible al menos en los próximos cin­co a diez años), la prevención primaria constituye la única respuesta para proteger a quienes enfrentan la mayor amenaza: los miembros más pobres y margi­nados de la sociedad.

Me atrevo a decir que como Iglesia hemos dedi­cado relativamente poca atención al complejo desa­fío que plantea la prevención del VIH, tal vez por­que no hemos apreciado todo el impacto de la epi­demia en aquellos de quienes somos especialmente responsables: las minorías, los pobres, las mujeres y los niños. Diría, además, que una cuidadosa evalua­ción de los hechos requiere un cambio de paradigma en nuestro análisis de las cuestiones de la preven­ción del VIH. A fin de desarrollar este argumento, resumiré primero el estado actual del Vih/Sida, luego analizaré la relativa falta de atención que se ha prestado a la epidemia en sí. Una vez revisadas las ¿objeciones a los programas de la prevención del VIH que algunos líderes de la Iglesia han planteado, ale­garé que así como la amenaza planteada por las ar­mas nucleares nos ha llevado a reconsiderar nuestra postura frente a la guerra, la creciente amenaza del SIDA exige que re evaluemos nuestra posición fren­te a la prevención de la infección del VIH.

El VIH /SIDA en los Estados Unidos

La epidemia fue reconocida por primera vez en 1981; y se estima que entre 900.000 y 1,2 millones de norteamericanos están infectados con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) , agente causante del SIDA. Hasta junio de 1996 se había diagnosticado SIDA a más de 540.000 norteamericanos y más de 330.000 habían muerto. El mayor impacto de la epi­demia ha recaída en los adultos jóvenes: el SIDA re­presenta la tercera causa de muerte en las mujeres jóvenes de 25 a 44 años, y la primera en las jóvenes negras. En los varones de 25 a 44, constituye la enfer­medad que ocasiona más muertes; y (debido a tan al­tas tasas en los varones) en este grupo etario, el SIDA es la enfermedad que más muertes causa a hombres y mujeres combinados.

Debido a que el mayor impacto de la epidemia se ha dado en los adultos jóvenes, el SIDA causa más víc­timas sociales que otras enfermedades mortales que surgen a edad más avanzada. Por ejemplo, aun cuan­do en 1991 el SIDA se ubicó noveno como causa de muerte para todos los grupos etarios combinados, re­sultó quinto en términos de cantidad de años de vida perdidos antes de los 65 de edad. Esta muerte tem­prana se traduce en costos sociales y económicos enormes, puesto que golpea a los adultos jóvenes en sus años más productivos y en un momento en el que están engendrando y criando hijos. Se prevé que para el año 2000, de 125.000 a 150.000 niños norteameri­canos habrán quedado huérfanos a causa del SIDA, y de ellos, entre 30.000 y 50.000 pertenecerán sólo a la ciudad de Nueva York.

Bajo estas estadísticas subyacen tendencias pro­fundamente perturbadoras en torno de la carga desproporcionada de enfermedad y muerte que so­portan comunidades ya marginadas y vulnerables. Aun cuando los afro-norteamericanos y los latinos constituyen en conjunto el 21 % de la población de los Estados Unidos, representan el 47% de los casos de SIDA informados en 1995 entre los varones, el 76% de los casos entre las mujeres y el 81 % entre los niños. De las mujeres norteamericanas con SIDA diagnosticado, solamente la mitad ha completado sus estudios secundarios y más de las tres cuartas partes cuentan con un ingreso anual por debajo de los $10.000.

La tendencia hacia una sobrerrepresentación de las minorías en casos de SIDA empeora con el tiem­po. Las muertes por SIDA reflejan el mismo patrón: en 1994, la tasa de mortandad era 4,5 veces mayor en los varones negros que en los blancos, y 8 veces ma­yor en las mujeres negras que en las blancas.

Con el correr de los años, los varones homo y bi­sexuales representan una proporción cada vez me­nor del total de los casos, disminuyendo del 66% en 1985, al 42% de los casos diagnosticados en 1995. El consumo de drogas inyectables se ha convertido en uno de los principales vehículos conductores de la epidemia en este país, representando el 26% del total de casos en 1995, contra el 16% en 1987. Si a esta mo­dalidad de transmisión de VIH atribuida de manera directa al consumo de drogas, agregamos aquella que resulta de mantener relaciones sexuales con un con­sumidor o el caso en que la madre consumidora o in­fectada por un consumidor transmite el virus a su hijo, el consumo de drogas inyectables representa el 35% del total de casos de SIDA y el 42% de los casos de niños informados en 1995.

La epidemia global

Se estima que 28 millones de personas están in­fectadas con el VIH, y que ya han muerto 6 millones a causa del SIDA. Se considera además que cada día se presentan entre 8.000 y 13.000 nuevos casos de in­fección -hasta 540 por hora-, el 96% de los cuales ocu­rren en países en desarrollo. Aproximadamente la mitad de todas las infecciones (más de la mitad en al­gunas áreas) se dan hoy entre mujeres. Estimaciones recientes permiten proyectar que para fines del 2000, entre 60 y 70 millones de adultos podrían estar infectados en todo el mundo, y más del 70% de ellos a causa de relaciones heterosexuales. Estos infecta­dos son en gran parte personas sin experiencia o que tienen bajo nivel social o ambos, y la mayoría cuenta con 25 años o menos.

Por muchas razones, las mujeres pueden resultar especialmente vulnerables a la epidemia. En particu­lar en las economías en desarrollo, su posición econó­mica inferior puede obligadas a explotar su actividad sexual como medio de supervivencia, lo cual las colo­ca en una situación de mayor riesgo de infección. Por una serie de razones sociales y biológicas, las mujeres jóvenes son especialmente vulnerables al VIH y la máxima incidencia se da entre los 15 y los 25 años, 10 antes que en los varones.

Durante muchos años África ha soportado la car­ga más pesada de la epidemia global. Aunque sus ha­bitantes representan menos del 10% de la población mundial, África ha exhibido más del 60% de las in­fecciones de VIH en el mundo. En algunos países del sub-Sahara, de un 20% a un 30% de los adultos sexualmente activos ha contraído el virus, con dra­máticas consecuencias en términos de duración de vida y desarrollo económico.

Sin embargo, el predominio africano tal vez de­saparezca en pocos años. La reciente expansión del VIH en Asia ya ha llevado a esta región densamente poblada a representar el 22% de los casos de infec­ción en el mundo. En Tailandia, Miamar (antigua Birmania) y Camboya, las tasas de infección de VIH alcanzan o superan el 2% (contra el 0,5% en los Esta­dos Unidos), y la incidencia del 0,3% que se observa en India representa 3 millones de infecciones sola­mente en ese país. Otra característica por la cual pre­ocupa especialmente la incursión del VIH en Asia es la ya importante preponderancia de la tuberculosis en la región. El VIH constituye el activador más potente de la tuberculosis latente identificado hasta el mo­mento, y el SIDA ha aumentado significativamente las muertes por tuberculosis a causa de la co-infección con el VIH.

Además de la transmisión perinatal, los niños de muchos países en desarrollo también corren riesgo de infección debido a que se los fuerza a prostituirse. La preponderancia del VIH entre los niños es 35 veces mayor en los países en desarrollo que en el mundo industrializado, sumando 1,3 millones los niños infec­tados con el VIH y 300.000 los muertos de SIDA -85% en el sub-Sahara africano-. Durante 1995 se infecta­ron otros 500.000 niños -más de 1.300 por día-, 97% en África y en el sudeste de Asia. Otros 9 millones de niños -90% en África- han quedado huérfanos a causa del VIH /SIDA.

En síntesis, desde su identificación en 1981 el SIDA ha crecido, pasando de proporción epidémica a pandémica. Responsable de más de 1,5 millones de muertes y 3 millones de infecciones nuevas por año, el SIDA ya ha causado tantas muertes como la malaria y puede considerarse una de las enfermeda­des infecciosas que más muertes ocasionan en el ni­vel mundial. Según el informe de diez tomos recien­temente publicado, Global Burden oi Disease Study (Análisis de la incidencia de enfermedades en el ni­vel mundial), para el año 2020 se prevé que el VIH pasará de su ubicación 28ª actual a la l0ª. En los Esta­dos Unidos, más del 95% de los casos de SIDA ocu­rren en las poblaciones marginadas: minorías, consu­midores de drogas inyectables y varones homo o bi­sexuales. En el resto del mundo, los niños y las muje­res de escasos recursos -incluso mujeres monogá­micas cuyos maridos frecuentan a prostitutas- son quienes tienen menos posibilidades de reducir su riesgo de infección.

Pérdidas por SIDA y guerras

Dado el enorme impacto del SIDA en este país y en el mundo, ¿qué lugar ocupa la epidemia en nuestra conciencia como comunidad? Es una pregunta impor­tante, en especial cuando reconocemos que el SIDA es una nueva causa de muerte, es una causa de muer­te evitable, y -puesto que los humanos constituyen el único huésped natural para el VIH- es una enferme­dad potencialmente erradicable, como la viruela.

A fin de contestar esta pregunta en el contexto norteamericano, me propuse comparar nuestra expe­riencia vinculada al SIDA con otros acontecimientos históricos que también han cobrado gran cantidad de vidas. Dado que en los últimos años nuestro país ha señalado el aniversario de numerosos acontecimien­tos de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra de Vietnam, me pregunté entonces de qué forma se comparan las guerras y la epidemia, tanto en térmi­nos de costo humano como de respuesta pública frente a ellas. Elegí especialmente comparar la epide­mia con la guerra de Vietnam, no sólo porque es una guerra relativamente reciente sino además por la re­acción pública que con el tiempo llevó al final de esa guerra y al cese de muertes.

Durante los años 70, Vietnam se introdujo literal­mente en nuestros hogares a través de los noticieros. Noche tras noche veíamos los desastres del día regis­trados en las pantallas de nuestros televisores, cuando desde los aviones norteamericanos se descargaban las bolsas con cadáveres. Gradualmente, al hacerse evi­dente que esa trágica pérdida de vidas no sólo era in­necesaria sino además infructuosa, la opinión pública se galvanizó contra la guerra. En mi opinión, las voces más poderosas del movimiento antibelicista no fue­ron las de los grupos militantes o radicales, sino las de ciudadanos comunes: familias y amigos que experi­mentaron en carne propia la pérdida de sus seres amados en Vietnam. No eran extremistas; eran los tes­tigos de una pérdida de vidas evitable que decían: "¡basta!"

Al comparar los números me quedé atónito. Des­de cualquier ángulo, la pérdida de 58.000 vidas du­rante la guerra de Vietnam fue un costo terrible y su impacto en la psiquis nacional y en las políticas públi­cas fue enorme. No obstante, la cantidad de vidas nor­teamericanas perdidas por causa del SIDA excede en mucho las pérdidas ocurridas en Vietnam (en cinco veces) y hasta supera las de la Segunda Guerra. De hecho, hoy se pierden anualmente por el SIDA casi tantas vidas como en todos los siete años que duró el cont1icto de Vietnam.

Más aún, la cantidad de norteamericanos ya infec­tados -estimados en hasta 1,2 millones-, casi duplica e! total de norteamericanos muertos durante todas las guerras importantes desde que se fundó esta nación.

Más alarmante que la comparación de esas cifras resulta el lugar que la epidemia del SIDA ocupa en nuestra conciencia colectiva hoy, en contraste con el que ocuparon Vietnam o la Segunda Guerra. Ten­go la impresión de que para la mayoría de los norte­americanos, el Vih/Sida ni siquiera se cuenta en­tre las cuestiones más apremiantes. ¿Acaso se inclu­yó el SIDA en algún debate durante este año elec­toral, o en la plataforma de algún candidato? La úni­ca mención que recuerdo fue la sugerencia de que los inmigrantes ilegales infectados con el VIH no deberían recibir asistencia médica. Esta falta de in­terés generalizada tal vez se vincule al hecho de que la opinión de los más afectados no tiene peso en la cultura dominante, y que nadie da un paso adelante para alertar de forma efectiva sobre esta trágica pérdida de vidas.

La respuesta de la Iglesia

¿Cómo hemos respondido? En varios lugares den­tro de! país y en e! mundo la Iglesia ha sido una fuente importante de cuidado clínico y pastoral, compasivo y no condenatorio, además de criticar abiertamente la discriminación y e! juicio a que son sometidas las per­sonas infectadas con VIH. Pero aparte de nuestra res­puesta a  las personas infectadas, existe una segunda área importante donde nuestra experiencia es más complicada: aquella que atañe a la prevención prima­ria de la transmisión de VIH.

La Iglesia, en concordancia con la posición adoptada por las autoridades de salud pública, sistemáticamente ha aconsejado que la forma más efectiva de protección con­tra b infección del VIH es evitar la actividad de alto riesgo. Más específ1camente, la Iglesia ha abogado por la absten­ción de drogas y aprueba las relaciones sexuales única­mente con el cónyuge en el marco de! matrimonio.

¿Pero qué ocurre si la actividad de alto riesgo se practica a pesar de las advertencias en contrario? En este caso, los funcionarios de salud pública han apo­yado programas que promueven el uso de preserva­tivos y el reemplazo de agujas como medios efecti­vos para reducir el riesgo de transmisión del VIH. Sin embargo, en general estas posiciones no han sido bien vistas por la Iglesia, por lo que algunos han con­siderado que ella contribuye así a la expansión de la epidemia en lugar de ayudar a contenerla.

Si bien no es mi intención exponer aquí un plan­teo ético a favor o en contra de los programas que pro­mueven e! uso de preservativos y el reemplazo de agujas, me gustaría explorar algunas de las objeciones formuladas, compartir alguna información relevante respecto de éstas, y luego presentar algunas preocu­paciones acerca de! ni ve! de recursos y atención que asignamos al análisis de estas cuestiones.

Preservativos para prevenir la transmisión sexual

En su carta de 1989 sobre la epidemia del SIDA, "Called to Compassion and Responsabilily" ("Llama­dos a la compasión y la responsabilidad") (Origins 19 [1989] 421-34), la Conferencia Nacional de Obispos Católicos expuso varias razones por las cuales objeta­ba los programas que promueven e! uso de preserva­tivos. Además de la preocupación por e! hecho de que este enfoque "significa en efecto la promoción de un comportamiento moralmente inaceptable", los obis­pos señalaban su preocupación respecto de la efica­cia. Observaban que la promoción de preservativos es "un consejo pobre e ineficaz dada la tasa de fracaso de los profilácticos y el alto riesgo de que alguien in­fectado que se sirve de ellos eventualmente trans­mita su infección por este medio."

En el momento en que escribieron esa carta, era ciertamente razonable consultar b literatura disponi­ble sobre anticoncepción para determinar cuán efec­tivos podían resultar los preservativos contra la trans­misión de! HIV. Desde entonces, sin embargo, se ha generado gran cantidad de información que estable­ce más específicamente la capacidad de los preserva­tivos para reducir la transmisión en las situaciones de. la vida real.

El primero es un estudio de parejas heterosexua­les en las que un miembro estaba infectado y el otro no (De Vincenzi,  New England Joumal o/ Medicine 331 [1994]: 341-46). Fue un estudio observacional que duró dos años y evaluó la cantidad de infecciones de VIH que ocurrían en función de la regularidad con que se usaban los preservativos. De 256 parejas que formaban el grupo de observación, se definieron re­trospectivamente tres grupos sobre la base de lo que informaban respecto de su uso de preservativos. Once parejas se negaron a brindar información acerca de su conducta sexual, y no hubo infecciones en este grupo. De 121 parejas que informaron un uso no sis­temático de preservativos, se dieron 12 infecciones, mientras que entre las 124 que informaron un uso sis­temático no hubo infecciones, a pesar de las 15.000 relaciones sexuales estimadas.

El segundo y tercer conjunto de datos proviene de las iniciativas de salud pública, las cuales han con­ducido a un progreso notable en la reducción de la tasa de nuevas infecciones en dos países en desarro­llo asolados por el VIH.

El primer caso es el de Uganda, cuya elevada tasa de infección del 30% entre adultos lo convierte en uno de los países más afectados del mundo. Cada año, de 150.000 a 200.000 ugandeses mueren de SIDA -cerca del 1 % de la población del país- dejando a cien­tos de miles de niños huérfanos. Ante la desgarradora pobreza que sufre el país después de años de guerra civil y de actitud fatalista frente al SIDA, algunos pla­nificadores creían imposible que alguna iniciativa pu­diera modificar el comportamiento de los jóvenes con mayor riesgo.

Pero estudios recientes han evidenciado cambios drásticos en la conducta y en las tasas de infección, con tendencias a la disminución del número de rela­ciones inestables y un mayor uso de preservativos. Por ejemplo, en la Nsambya Prenatal Clinic, en un su­burbio de Kampala, la tasa de infección de VIH entre las madres primerizas cayó del 29,9% en 1993 al 16,8% en 1995. En el Mulago Hospital, en el centro de Kampala, entre 1989 y 1993 la tasa de infección entre embarazadas menores de 17 años cayó del 23% al 8% (J.C McKinley, The New York Times, 7 de abril de 1996, Pág. Al).

Varios investigadores han atribuido estos drásticos cambios de comportamiento a intensas campañas edu­cativas que promueven la abstinencia y la fidelidad, pero que además consideran el uso de preservativos. Este año he tenido la oportunidad de pasar un mes en Uganda y puedo dar fe de la dimensión del programa educativo de salud pública. En cuanto uno sale del ae­ropuerto, el énfasis puesto en la prevención del SIDA se hace evidente en carteles con el mensaje: "Pro­tégete: preservativos, abstinencia, fidelidad."

El segundo caso es Tailandia, donde la epidemia ha crecido de virtualmente ninguna infección en 1985 a la situación actual, donde el 2% de la población está infectada. La situación en este país ha planteado un particular desafío, puesto que el turismo sexual es una importante industria, además de que muchos varones tailandeses casados frecuentan a prostitutas.

No obstante, una campaña del gobierno conocida como la “Campaña 100% Preservativos”, ha reducido drásticamente la incidencia de enfermedades transmi­tidas por vía sexual y nuevas infecciones de VIH. En­tre 1989 Y 1993 el uso de preservativos por parte de las mujeres que explotan su actividad sexual aumentó de menos del 50% a más del 94% y estuvo acom­pañado por una reducción de las enfermedades trans­mitidas por vía sexual -considerado el indicador subs­tituto de nuevas infecciones de VIH- de 6,5 por mil a 1,64 por mil (W. Rojanapithayakorn, Décima Confe­rencia Internacional sobre SIDA, 1994, extracto 478C). En una campaña posterior para confirmar el impacto de este programa en la expansión del VIH en sí, un segundo estudio evaluó las tendencias de la preponderancia del VIH entre los reclutas de 21 años del ejército provenientes del norte de Tailandia en el período 1991-1995.

Las tasas de preponderancia del VIH se habían mantenido estables en un 10%-12% en las tropas de 1991 y 1993, pero cayeron a 6,7% en 1995: un cam­bio muy significativo. Lo importante es que la tasa de preponderancia del VIH descendió a sólo un 0,7% entre los varones que informaron que habían tenido contacto con prostitutas únicamente después de 1992 (K.E. Nelson, XI Conferencia Internacional so­bre SIDA, 1996, extracto We. c. 3521). Un tercer es­tudio donde se analizó información sobre  las tendencias nacionales vinculadas al uso de preservativos y la preponderancia del VIH determina que esta campa­ña ya ha salvado 2 millones de vidas tailandesas (N.J. Robinson, XI Conferencia Internacional sobre SIDA, 1996, extracto Mo C. 904).

Programas de reemplazo de agujas

El desarrollo de estrategias efectivas para preve­nir la transmisión de VIH entre consumidores de dro­gas ha constituido un desafío especialmente desalen­tador, ya que por definición la adicción implica una disminución en la libertad para abstenerse de consu­mir drogas. Por otro lado, aun cuando las personas es­tén dispuestas a iniciar un tratamiento por drogadic­ción, no siempre se cuenta con los recursos necesa­rios en ese momento. Obviamente, la recuperación del adicto constituye el resultado más deseable en el largo plazo. Pero hasta alcanzado, la falta de disponi­bilidad de material de inyección estéril coloca a quie­nes se inyectan, a sus parejas y, en el caso de las mu­jeres embarazadas, a sus fetos en desarrollo, en situa­ción de riesgo de infección. Es por ello que los funcio­narios de salud pública en muchos países han propi­ciado los programas de reemplazo de agujas como for­ma de prevenir la transmisión, al tiempo que se persi­gue la recuperación como objetivo de largo plazo.

Nuevamente, en la carta de 1989, los obispos es­tadounidenses plantearon numerosos e importantes cuestionamientos morales y prácticos respecto de semejantes programas. Por ejemplo, se preguntaban si no podrían llevar a un aumento del consumo de dro­gas y a una reducción del número de consumidores en busca de tratamiento, y si un control deficiente podría conducir a una mayor expansión del VIH por el uso de agujas contaminadas.

Después de esta carta, se han publicado varios estudios provenientes de nuestro país y del exterior sobre la seguridad y la eficacia de los programas de reemplazo de agujas. Además, recientemente un pa­nel del Consejo Nacional de Investigaciones y del Instituto de Medicina ha publicado un meta-análisis de los estudios de programas de reemplazo de agu­jas y distribución de agua lavandina, con el fin de res­ponder a la pregunta del Congreso: ¿Existe suficien­te evidencia en favor de los programas de reempla­zo de agujas que justifique levantar la prohibición actual de destinar dólares federales para apoyados? El panel resolvió lo siguiente: "Hasta ahora, no exis­te evidencia creíble acerca de que el consumo de drogas aumente entre los participantes como resul­tado de los programas que brindan acceso legal a material estéril. La literatura científica disponible aporta evidencia, sobre la base de informes persona­les, según la cual los programas de reemplazo de agujas no aumentan la frecuencia de inyección entre los participantes de dichos programas, como tampo­co aumentan el número de nuevos consumidores".

Su informe concluye: "Los programas de reemplazo de agujas deberían ser vistos como un componente efec­tivo de una estrategia integral para prevenir las enferme­dades infecciosas," y recomendó que "el Jefe de Sanidad [debería] tomar la determinación... necesaria para revo­car la prohibición actual de aplicar fondos federales para apoyar los programas de reemplazo de agujas" (National Research Council and Institute of Medicine: "Preventing HIV Transsmission: The  Role of Sterile Needles and Bleach", National Academy Press, 1995).

Ninguno de los estudios que he citado sugiere que los programas de uso de preservativos o reemplazo de agujas respondan por sí a la epidemia del SIDA. No obstante, demuestran que pueden ser parte de la so­lución, que en situaciones de la vida real han contri­buido significativamente a prevenir la transmisión del HIV, salvando así numerosas vidas humanas.

La prevención y la Iglesia

Tras revisar la situación de la epidemia y algunos estudios recientes sobre la eficacia de varios progra­mas de prevención, nos acercamos a la pregunta cen­tral: ¿Cómo influye esta información en nuestra res­puesta en términos de prevención? ¿Cuál ha sido su impacto en el tratamiento de estos temas dentro de la Iglesia?

Permítanme contestar con otra pregunta: ¿Cuándo ha sido la última vez que han leído ustedes un artículo en algún periódico católico, popular o profesional, que intentase abordar con seriedad las cuestiones morales que plantean los programas educativos sobre el reemplazo de agujas o el uso de preservativos? ¿Cuántos filósofos, teólogos, historiadores, personal­mente o a través de sus sociedades académicas, co­nocen ustedes que siquiera consideren estos tópicos como temas de interés e importancia?

Desafortunadamente, creo que las respuestas a ambas preguntas son, respectivamente, "casi nunca" y "casi ninguno". Unos pocos teólogos y moralistas (incluyendo a James Drane, James Keenan, S..I., y, John Tuohey en este país, Enda McDonough en Irlanda y Kevin Kelly en Inglaterra), han escrito sobre estas cuestiones, pero siguen siendo voces solitarias.

Por mi parte, he meditado sobre este silencio y fal­ta de atención frente a una calamidad global en ex­pansión, y me descubro preguntándome: "¿Qué es lo que no anda en esta situación? ¿Cómo es posible que una Iglesia tan comprometida con los problemas so­ciales, el cuidado de la salud, la protección y santidad de la vida y la defensa de los pobres, haya prestado tan escasa atención a la crisis de prevención en la cual nos encontramos?" ¿Logramos advertir plenamente que han cambiado las implicancias morales y sociales de las relaciones sexuales y del consumo de drogas? Estos comportamientos son hoy potencialmente mor­tales para las personas y la sociedad como nunca lo habían sido hasta ahora. Han cambiado los términos mismos de la discusión, y me pregunto si no estare­mos intentando responder a las cuestiones que se nos plantean segÚn un análisis pre-SIDA, donde los ries­gos y las presunciones subyacentes eran completa­mente diferentes.

Las lecciones de la historia

¿Existe alguna experiencia previa a la que poda­mos recurrir para que nos ilumine en esta crisis? ¿Hubo situaciones históricas análogas en las cuales la ense­ñanza impartida simplemente no era la adecuada, dando lugar a una nueva reflexión y desarrollo de la tradición? Sabemos, en efecto, que es así como nues­tra tradición ha crecido y se ha desarrollado desde sus primeros años, comenzando con la cuestión de la cir­cuncisión gentil y evidenciándose especialmente en las respuestas desarrolladas en virtud de las controver­sias cristológicas de la Iglesia de los primeros tiempos.

Si nos remitimos a la historia más reciente, pode­mos tomar como ejemplos acontecimientos tales como la Revolución Industrial, el advenimiento de los sindicatos, el surgimiento del socialismo, el desarrollo de técnicas de manipulación gen ética y detección de enfermedades hereditarias, y las posibilidades de fer­tilización in vitro. Sin embargo, creo que hay un he­cho en especial cuyos paralelos con la situación del SIDA son notables y que puede aportar conocimien­tos útiles en nuestra marcha hacia el futuro: la inven­ción de la bomba atómica y la carrera armamentista que desencadenó.

Hasta el advenimiento de la guerra fría, la prolon­gada y algo compleja tradición de la teoría de la gue­rra justa orientó a la Iglesia a través de siglos de reflexión acerca del uso moral de la fuerza agresiva. Con el desarrollo de arsenales nucleares, sin embargo, la tradición ética se enfrentó con un desafío inédito. Había cambiado por completo el contexto y el signi­ficado de librar guerras, haciendo imposible aplicar la teoría de la guerra justa en forma directa. De repente, elementos críticos de esa teoría ya no resultaban apli­cables; conceptos tales como "uso de medios propor­cionales" y "protección de no-combatientes" perdie­ron su significado. Semejante situación llamó a una re­evaluación de las máximas morales en el contexto de casos nuevos y problemáticos.

Encuentro especialmente revelador que en su co­nocida carta pastoral sobre la guerra y la paz, "El desa­fío de la paz: la promesa de Dios y nuestra respuesta" (1983), los obispos estadounidenses demuestren ple­na conciencia de la necesidad de abordar la tradición de un modo nuevo. Reiteraban la posición de la "Constitución sobre la Iglesia y el mundo contempo­ráneo" del Vaticano II, que afirmaba: "Es preciso em­prender una valoración completamente nueva de la guerra", y en sus propias palabras expresaron la nece­sidad de esta reevaluación: "Ninguna posición moral concebida hasta ahora escapa a la confrontación fun­damental que plantea la estrategia nuclear contem­poránea. .. La tarea que enfrentamos no pasa simple­mente por reiterar lo que ya hemos dicho, implica en primer lugar considerar si, y de qué forma, nuestra tra­dición religioso-moral puede evaluar, dirigir, abarcar y, esperamos, ayudar a eliminar la amenaza que los arsenales nucleares del mundo representan para la fa­milia humana".

Como sabemos, los obispos juzgaron que la pose­sión de armas nucleares como disuasión constituía una opción provisoriamente defendible. El principio que aparentemente invocaron fue el de la tolerancia al mal menor. En otras palabras, si bien consideraban el desa­rrollo de armas nucleares un hecho censurable en sí mismo, dado que ya había sucedido, podía apoyarse moralmente la posesión de armas nucleares como medida interina tendiente a minimizar la amenaza cla­ra y presente de un holocausto nuclear: "En las condi­ciones actuales, la 'disuasión' sobre la base del equili­brio, ciertamente no como un fin en sí mismo sino como un paso en el camino hacia un desarme progre­sivo, puede considerarse moralmente aceptable". En síntesis, la posesión de armas nucleares se considera­ba una medida preventiva.

Pero aquí no se trata del desarrollo de una política de disuasión, sino más específicamente de la refor­mulación del pensamiento moral en momentos en que casos inéditos y difíciles ponen a prueba la aplicabilidad de principios anteriormente estableci­dos. Pienso que con el surgimiento de la epidemia de SIDA, las implicancias morales de las relaciones sexuales y el consumo de drogas inyectables han cambiado tan substancialmente como sucedió con el armamento bélico en 1945. No obstante, no parece que hayamos dado el salto que dimos cuando la pers­pectiva de un holocausto nuclear llevó a una revalori­zación exhaustiva y a la ampliación de la tradición de la guerra justa. En el caso de la bomba, se observó la novedad y se reconoció la relativa inaplicabilidad de la reflexión anterior. Me atrevo a sostener que todavía no hemos advertido las implicancias análogas del SIDA, que no hemos comenzado a analizar realmente los difíciles planteos morales que el SIDA presenta, como tampoco hemos reconocido que en lento mo­vimiento se ha detonado una bomba atómica de SIDA, con 6 millones de muertes y otras 22 millones de personas esperando su muerte prematura.

¿Podría ser que nuestra responsabilidad de proteger la vida justifique hoy el uso de métodos preventivos de otro modo repudiables? Si la conducta -voluntaria o coercionada- sigue ejerciéndose a pesar de nuestras objeciones, ¿se aumenta o disminuye el mal moral de semejantes actos al intentar reducir al mínimo la posi­bilidad de que esa actividad pueda llevar a la pérdida de vidas humanas a través de la transmisión del VIH? A este respecto, tal vez ayude observar que el princi­pio ético judío de piquuach nephesh ("salvar una vida en peligro") establece que puede derogarse cual­quier prohibición -excepto aquellas contra la idolatría, el asesinato y el incesto- con el fin de preservar una vida humana.

Creo que debemos emprender la difícil tarea de identificar los casos concretos y explorar, por medio de una comprensión exhaustiva de cada situación, qué posibilidades puede ofrecer la tradición frente a las nuevas consecuencias mortales de ciertos com­portamientos generalizados.

¿Quiénes podrían ser las personas más capaces de identificar y caracterizar los casos para que esta re­flexión moral pueda llevarse a cabo con seriedad? Ob­viamente, este proceso requerirá el aporte de infor­mación especializada de quienes cuentan con cono­cimiento y experiencia vinculados a la epidemia, in­cluyendo su impacto en las personas y las comunida­des. He pensado que, ya que se trata de un diálogo con la tradición católica, esta es un área donde las universidades jesuitas con centros médicos podrían de­sempeñar un papel único, en especial si tenemos en cuenta que cuatro de las facultades de medicina cató­licas en este país forman parte de universidades jesui­tas. Los planteles de profesores de medicina, enfer­mería, salud pública y asistencia social conocen la epi­demia en términos científicos pero también conocen su rostro. Además, forman parte de instituciones ma­yores cuya visión se basa en una opción preferencial por los pobres y marginados -los más afectados por el Vih/Sida. Estas instituciones pueden recurrir ade­más a especialistas en historia, filosofía y teología que saben cómo interrogar la tradición y están familiariza­dos con las limitaciones de la casuística y demás mé­todos éticos.

Conclusión

Cuando se escribió la carta pastoral sobre la guerra y la paz en 1983, el mundo contaba con el beneficio de casi 40 años de reflexión desde comienzo de la era nuclear. Los obispos señalaron: "Hemos encontrado este terror en la mente y el corazón de nuestro pue­blo -y lo compartimos". Por el contrario, el mundo sabe del SIDA desde hace sólo 15 años, y no todos han experimentado la devastación que causa ni han llega­do a apreciar la dimensión del agobio que representa para los pobres -aquellos con menos capacidad de reducir su riesgo de infección-. Me parece que es nuestra obligación dar a conocer esta experiencia, ser la voz de quienes no tienen voz, someter estos casos inéditos y difíciles al escrutinio multidisciplinario.

No es mi intención presumir que sé adónde nos conducirá una adecuada revisión de estas cuestiones, pero parece que recién empezamos a aplicar nues­tros recursos y experiencias para analizar cuestiones y desafíos únicos que crecen a medida que el VIH se propaga en el mundo. Mi intención en este ensayo es hacer un llamado a todos, citando el Vaticano II, a leer los "signos de los tiempos" y responder a ellos a fin de ayudar a la Iglesia a discernir la forma en que podemos ser fieles a nuestra tradición y, por tanto, fieles a nues­tra responsabilidad de proteger la vida.

Algunos han criticado a la Iglesia por no haber ele­vado una protesta generalizada oportuna contra el Holocausto nazi, una protesta que hubiera podido prevenir una mayor pérdida de vidas. Tengo la espe­ranza de que cuando la historia revise el papel que nuestra generación de Iglesia ha desempeñado en la respuesta a la devastación del SIDA, no se lo compare con nuestro relativo silencio frente al Holocausto sino con la forma en que pudimos reconocer la necesidad de un cambio de paradigma para responder a la ame­naza de las armas nucleares. Esperemos que, cuando eventualmente se redacte la historia del SIDA, el jui­cio final sobre nuestra respuesta a los esfuerzos por reducir su propagación sea que hemos sido parte de la solución y no parte del problema.

Traducción: Silvina Fiaría

Texto publicado en la revista CRITERIO . Año LXX. Nº 2194 del 24 de abril de 1997

 

[1] El autor ,sacerdote jesuita y médico, es director asistente del progra­ma clínico de SIDA en el Boston Medícal Center y fue fundador y Presidente de la Red Católica Nacional de SIDA en Estados Unidos. El presente ensayo se basa en la charla que diera el22 de octubre de 1996 en el Centro de Cien­cias Médicas de la Universidad de Sto Louis.

 

 

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