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EL ENFERMO, EL OTRO Y LA OTRA.

.Marie-Jo Thiel  París

 

Si cada ser humano se caracteriza por su singulari­dad, si es único, el sufrimiento representa una impronta suplementaria en el sentido de la diferen­ciación; refuerza la alteridad; es ese extraño al que uno prefiere no acercarse por miedo a contagiarse ­y es bien conocida la cantidad de personas que, sal­vo necesidad extrema, no entran en los hospitales, o no visitan a los enfermos por temor, en el fondo, a verse contaminados por un mal misterioso, innom­brable, que nota en esos lugares de manera tan ago­biante... La enfermedad singulariza a aquel que se ve relegado, de manera más o ,menos súbita, al sec­tor de los cardíacos, de los cancerosos o de las personas infectadas por el VIH-SIDA -al sector de aquellos a los que uno va a vi­sitar (y no ya de los que visitan), al sector de los in­curables, de los no-iguales, de los a-normales... Pero ¿dónde se sitúa precisamente la norma?

El ser humano que sufre sólo permite un "acerca­miento". Y este acercamiento no puede ser más que un acto voluntario y responsable, una manera de hacerse cercano al otro: "Yo no siento lo que tú sientes, no puedo compartir fundamentalmente lo que tú vives, pero estoy aquí y mi presencia quisie­ra manifestarte una proximidad de amistad, de fe, de esperanza", y porque el enfermo consiente en esta actitud activa, la proximidad no define a un acompañante y un acompañado, sino a dos acom­pañantes que se encuentran presentes el uno fren­te al otro en un proceso de comunión [2] . Al acercarse al otro o la otra, un ser humano permite a otro ser humano existir en tanto persona humana, es decir, en tanto sujeto er­guido y libre, a pesar del mal que lo encadena y acaso lo clava en la cama.

Aproximarse al otro y a la otra, acoger su diferencia...

El enfermo está caracterizado por el mal que lo aqueja, y aquél que se encuentra con él o ella, lo quiera o no, refuerza esta disimilitud: yo soy blanco, él es negro; yo soy católico, él es musulmán; yo soy mu­jer, él es varón; yo soy joven, él es viejo; yo soy argentino, él es extranjero; yo estoy casado, él está divorciado; yo tengo trabajo, él está desocupado; yo tengo hijos, él perdió a su único hijo; yo estoy sano, él está enfermo, yo estoy de pie, él está acos­tado; y así sucesivamente. Muchos de estos rasgos existían, claro está, antes de la enfermedad de hoy. Pero todos cobran ahora una nueva intensidad. Aun cuando el enfermo haya asumido su divorcio, su viudez, la pérdida de un hijo, su condición de inmigrante, su dolor existencial crónico, ahora, en la enfermedad, estas heridas vuelven a sangrar.

El mismo aspecto corporal participa a menudo de esta alteridad: cuerpos arrugados de las personas ancianas, cuerpos demacrados de los enfermos, cuerpos enflaquecidos de los doloridos, cuerpos hin­chados por edemas o por los malos hábitos de nues­tras sociedades obesas, cuerpos amputados por las discapacidades, cuerpos lisiados por los accidentes, cuerpos mutilados por la violencia, cuerpos es­queléticos a causa del SIDA o del cáncer, cuerpos horadados día a día por las jeringas, cuerpos "tumefactos" por las "calci" [3] , cuerpos no iden­tificables por haber conocido tantos sufrimientos o tanta indiferencia. Ningún acompañamiento puede soslayar el acercamiento a esos cuerpos mutilados, cuerpos de hermanos y hermanas que interpelan en su pobreza. Es importante tomar conciencia de ello.

Pero la alteridad de la enfermedad también afecta la profundidad del ser. La inmovilidad, la postración, el enigma del mal, abren la brecha de los "¿por qué?". Un elemento desconocido se ha in­filtrado en ese yo personal que se creía tan sólido y ahora, una impronta indeleble, extraña, parece marcar el vivir cotidiano. En realidad, ya nadie pue­de comprender o compartir realmente la vivencia del enfermo o de la enferma. Este último atraviesa una crisis exis­tencial más o menos profunda, según la gravedad de la enfermedad, pero también según su propia experiencia de la afección. Se ve conmovido por la pérdida de su salud, de su seguridad, de sus certe­zas, por la pérdida de su autonomía, de su aparien­cia decorosa, la pérdida de su rol socio profesional, familiar... Se ve herido por esta soledad demasiado agobiante;. y por esta angustia a la que no consigue alejar con el trabajo o con la ocupación a la que se obliga. Lo atormentan numerosos interrogantes que tienen que ver, en última instancia, con el sentido de la existencia. La enfermedad hace tambalear la identi­dad de quien la padece. Impone diferencias a veces tan difíciles de asumir que se vuelven obsesivas.

Antes de poder aproximarse al otro o la otra, el acompa­ñante debe tomar conciencia de la alteridad que ha­bita en cada existencia humana: él es él, yo soy yo. No somos intercambiables, somos únicos y diferen­tes, extraños y ajenos el uno frente al otro. Una montaña nos separa. Pero esta montaña puede también acercamos, como si la ascensión disminuyera las distancias entre una y otra ladera. Al fin de cuentas, cuanto más sea yo mismo, en mi unicidad y en mi singularidad, tanto más permitiré al otro o la otra que exista en su propia unicidad y singularidad; la extrañeza, la rareza del otro o la otra autoriza la mía y vice­versa. La diferencia apunta hacia una realización.

Si el acompañante acepta la extrañeza del otro o la otra en su enfermedad, en su mal-estar, y si la acoge, este otro puede llegar a ser quien lo revele a sí mis­mo. La alteridad interpela al sí, provoca al sujeto, lo hiere, pero esta herida puede también descubrirle al ser humano una profundidad nueva, humanizante. La alteridad asumida da acceso a una cuota mayor de humanidad.

El "extraño" abre la perspectiva sobre uno mis­mo, pero también sobre todos los demás, sobre todo otro u otra. Permite situarse en la diferencia, elegir, al menos en parte, algunos puntos culminantes de la propia vida, hacer el duelo de ciertas pérdidas o de aspectos que se han vuelto insignificantes o ilu­sorios, para volver a investir la propia existencia se­gún una nueva longitud de onda más adecuada a la situación de hoy. Poco a poco, mediante la confir­mación de tal o cual punto de referencia o el recha­zo de tal o cual opción, el yo personal se va afirman­do. Sin duda no era de esa manera que uno se ima­ginaba su evolución; acoger al otro o la otra sigue siendo un esfuerzo que uno no elige necesariamente por pro­pia voluntad; su aceptación, sin embargo, se con­vierte en un camino de realización [4]

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Hervé, 35 años, casado desde hace diez,, se desploma una tarde de mayo, en plena labor: rup­tura de un aneurisma cerebral. Coma, hemiplejía, hipertensión endocraneana... La situación es des­esperante. Hervé nunca se curará; sobrevivirá, pero a costa de una parálisis y de una afasia irrever­sibles. Su esposa participa de la lucha. Pero dice: "es aterrador ver cuánto desfigura y aniquila la enfer­medad... Toda la vida puede dar un vuelco de un segundo a otro. Cinco minutos antes de la indisposición de Hervé, estábamos discutiendo por pro­yectos materiales relativos a la casa... Desde enton­ces, ya nada es igual... Ya no reconozco a mi espo­so, ese varón siempre tan dinámico y emprende­dor, valiente y buen mozo... Aquí está, ahora, pos­trado por el resto de sus días. Por otra parte, yo mis­ma no me reconozco. El cansancio y el estrés me han hecho polvo. Nunca creí que podría soportar una situación como ésta. Y sin embargo, no hay más remedio. Tengo la impresión de vivir una pesadi­lla... ". Pasa un año y luego otro. Poco a poco, Hervé y Josiane aprenden a estor juntos de otra manera, con sus diferencias. La aceptación de la alteridad es una prueba larga y difícil. Hacen falta meses para aceptar una relación nueva. Y aún así, esta acepta­ción casi siempre es dada a regañadientes [5] .

Aproximarse a un hermano o hermana que sufre, es entrar en krisis [6] , es exponerse a una confrontación en que el acompañante sigue siendo un extraño que tiene iniciativa y libertad, mientras que su hermano o hermana en­fermo vive lo extraño entre los barrotes de su cuer­po desnudado. A menudo, en un primer momento, la alteridad resulta muy incómoda. Pero la tensión que genera puede convertirse en fuente de vida. La alteridad aceptada estimula la humanización. Permite entrar en relación, es decir, crear un víncu­lo vivificante entre dos seres, en el que cada uno sigue siendo para el otro ese único que lo interroga, lo estimula e incita a la recepción, sin que sea viola­do el jardín secreto de la conciencia del otro. Feliz correspondencia, porque el mantenimiento de esta alteridad permite precisamente entrar en diálogo, acceder a ese movimiento de vaivén del otro o la otra hacia mí y viceversa, mediante la palabra hablada o solamente esbozada.

Y acoger no es simplemente recoger en el sen­tido de levantar, como podríamos tentarnos a hacer con la mejor voluntad; vaya ver a tal enfermo pen­sando que debo hacerla hablar para liberarlo de su mal interior. La intención es loable, pero la nota fal­sa se localiza en esta resolución imperativa “debo”:  precisamente aquí, no hay ninguna obligación. Acoger 'es recoger un don que se ofrece libremen­te: no tomo lo que quiero, sino lo que el otro o la otra me ofrece compartir. El acompañante no ha de obligar, sino aceptar al otro o la otra como persona, es decir, ha de recoger junto a él o ella un tesoro que está allí para ser compartido en humanidad; es presencia que reco­ge un fruto infinitamente precioso, madurado a lo largo de una existencia singular, un fruto que, cier­tamente, es cosecha, pero que al mismo tiempo se revela susceptible de germinar nuevamente porque es portador de semillas de Vida. El trabajo del acompañante se manifiesta aquí exaltador: se des­cubre como ese otro capaz de recoger simientes y gérmenes para sembrarlos y plantarlos en tierra humana.

Finalmente, la cesta humana se va llenando des­ordenadamente de los resultados y de las primicias, del pasado, del presente y del porvenir, sea cual fuere este porvenir. Hacerse próximo a un enfer­mo es convertirse en huésped, es ser sucesivamen­te y a la vez el que recibe y el que es recibido, el acogiente y el acogido.

Es también, en la fe, ser huésped junto a ese Ser Humano que, hace dos mil años, inauguró una comunión sellada con su muerte-resurrección, una comunión de Alianza entre la persona humana y Dios, ese enteramente Otro. Precisamente, la cues­tión de Dios es la que preocupa al ser humano que se enfrenta con el padecimiento. ¿Existe Dios verda­deramente? ¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Quién es? De hecho, Dios aparece como el enteramente Otro, el Diferente, el Ausente. Dios permanece para siem­pre como el Extranjero por excelencia, Aquel so­bre quien el ser humano no puede poner la mano, aquel sobre quien el ser humano no tiene ningún aside­ro. Pero, al mismo tiempo, la Escritura lo ubica como un misterio de Amor y de Presencia, como Aquel al que sólo se puede acoger, pero cuya aco­gida humaniza o, si se prefiere, diviniza. Entonces, ¿no será el que pueda darme la Vida cuando mi cuerpo muera? ¿Aquel que es el Amor en perfección mientras que yo soy pecador? ¿Aquel que es Fuerte mientras que yo soy débil? ¿Aquel que es la Salvación mientras que yo estoy enfermo?

Algunos malos pasos que deben evitarse...

Una tentación del no enfermo es la de querer, en el fondo de sí mismo, consciente o inconscien­temente, que el otro o la otra sea un alter ego, más preci­samente, un ídem  ego: que el otro o la otra sea a imagen de su yo. El deseo natural de todo asistente-acompa­ñante, es que el enfermo responda -al menos mínimamente- a su ímpetu de generosidad, que comparta si no todos, al menos algunos de sus pun­tos de vista... En teoría sabe, pero en la práctica lo ha olvidado, que el otro o la otra está, al menos momentá­neamente, marcado con la impronta de la enferme­dad, y que sus estados de ánimo no siempre le per­miten reaccionar como quisiera, ni aun quizá como lo hubiera querido cuando estaba sano... Por ejem­plo, en este momento el señor X está constante­mente irritado. La señora A, voluntaria, lo visita re­gularmente dos veces por semana. Sin embargo, durante la reunión de síntesis mensual, cuando se discute el caso del señor X, la señora A afirma que no tiene nada que decir respecto de este hombre; desde su regreso de vacaciones no sucede nada y, por otra parte, ella misma está cansada. Entonces, otra voluntaria toma la palabra para dar otro punto de vista: actualmente el señor X está muy rebelde, ácido, en una fase regresiva. La intervención de la señora B permite poner las cosas en su lugar. De este modo se comprueba que la señora A se esfor­zó mucho por el señor X; "para nada", confiesa en definitiva. El señor X no responde a su propuesta de acompañamiento como ella lo hubiera deseado. Muy por el contrario. La señora A está decepciona­da. Pero no sabe hacer por sí misma la asociación con sus propias características "depresivas.., Nece­sita al equipo para tomar conciencia de su compor­tamiento y verse descargada de ese peso demasia­do agobiante.

Aproximarse a un hermano o hermana que sufre, es entrar en crisis, es exponerse a una confrontación en que el acompañante sigue siendo un extraño que tiene iniciativa y libertad, mientras que su hermano enfermo vive lo extraño entre los barrotes de su cuerpo.

Una segunda tentación es la de querer actuar solo (el ejemplo anterior es significativo al respec­to). Todo acompañante quiere hacer las cosas bien; y no hay duda de que permite al otro vivir mejor su afección. Pero, actuando solo, la fatiga y el agota­miento lo vencen rápidamente. Entonces ¿quién lo reemplazará?, ¿quién asegurará la continuidad del diálogo? Finalmente, nadie resulta satisfecho. Se habrá hecho un acto de generosidad, pero sin ir has­ta el extremo de la solidaridad, por egocentrismo o por descuido, por inconsciencia o por cansancio... Nadie es inagotable.

Es menester promover la noción de trabajo en equipo. Como lo hemos señalado en otro escrito [7] "el equipo es -o debería ser- esa noble estructura que permite la colaboración y el apoyo mutuo en la amistad. Compromete a un verdadero compañeris­mo. A imagen del deporte, no hay equipo sino don­de hay ayuda mutua para vencer. Y la victoria será la de la humanización. La noción de equipo, aunque no debe ser idealizada, es un horizonte esencial..

Del lado de los enfermos, la situación es compa­rable. Ellos quisieran que el otro fuese un alter ego, con el acento, aquí también, puesto sobre e! ego antes que sobre el alter; es el imperativo del yo que se traduce en una panoplia de críticas respecto del entorno; el médico los ..olvida», la enfermera "pone mal las inyecciones», la asistente los lava -demasia­do temprano- o .-demasiado tarde-, el capellán vie­ne a horas .”indebidas”... De hecho, el enfermo en crisis se siente tan diferente de quienes lo rodean que toda alteridad le resulta, en principio, insupe­rable e intolerable en relación a su historia perso­nal. Sus propios puntos de referencia lo importu­nan. Necesita tiempo para asumir su diferencia, para hacer el duelo de las pérdidas que sufre y para abordar el futuro nuevamente.

Necesita al otro o la otra en su diferencia; pero una parte de sí mismo quisiera no necesitar a nadie, quisiera bastarse por sí solo. Éste es el segundo riesgo, “ac­tuar solo” en el sentido de encerrarse en sí mismo en su sufrimiento y/o en las gratificaciones que de él pueda obtener, para arreglárselas solo o... morir solo. Es honroso para el enfermo el querer echar mano de todas sus fuerzas para entrar en un proce­so de curación. Tal es, incluso, la condición sine qua non para curarse. Pero no por eso debe descono­cerse el terreno a menudo cenagoso de la enferme­dad. Moverse solo en él, sin poder aferrarse a algo o a alguien, es exponerse al peligro de hundirse pro­gresivamente e inclusive de ahogarse; concreta­mente, esto significa cavilar y verlo todo negro. Toda persona que pasa por una prueba necesita una mano tendida, es decir, un valor sólido como e! tronco de un árbol; requiere una simple presencia, pero una presencia segura, bien plantada, que sepa sostener y asumir -a imagen de un tutor- esta exis­tencia que se busca a sí misma.

Algunos puntos de referencia

La relación con el otro y la otra instaura un trabajo de so­lidaridad. El corazón ocupa aquí un lugar importan­te, pero no es suficiente, porque no todo puede ser improvisado. La experiencia y la capacitación siguen siendo esenciales. Es menester evitar la marginación del no rentable, la exclusión del pobre, la evasiva frente al moribundo o ciertas reacciones terminantes que son perjudiciales para la dignidad humana. El acompañamiento abre un espacio de li­bertad, de humanidad, que será más rico si no se olvidan algunos elementos de referencia.

En primer lugar, la persona enferma sigue sien­do un sujeto marcado por su propia historia. Verdad de perogrullo si no fuera tan a menudo "olvidada"... El otro y la otra no es ni un sujeto virgen de pasado, ni al­guien cuya experiencia es estrictamente similar a la del acompañante. El padecimiento que haya co­nocido este último puede revelarse comparable y presentar fuertes analogías. Sin embargo, no por eso se lo puede transferir tal cual al enfermo o la enferma, de manera que se pueda establecer: "basta con...", "hay que...". Esa historia y esa experiencia, pese a todo, no son inútiles: pueden representar un ver­dadero puente, una entrada en materia para esta acogida recíproca en la que cada uno debe poder seguir siendo un sujeto. La persona con la que me encuentro no es el Ser Humano Común, sino un ser que padece, que se encuentra en el umbral de una nue­va etapa de su vida y que, en nuestro mundo de indiferencia, necesita ser reconocido en su diversi­dad. Aproximarse a él es una acción que puede ha­cerla salir del anonimato y confirmado en su condi­ción de persona humana, infinitamente digna, res­petable y amable.

Por su actitud, el acompañante recordará tam­bién que el ser humano, por naturaleza, tiene ante todo una imperiosa necesidad de ser. Es el ser lo que va emergiendo, afirmándose y ocupando el primer lu­gar. La tecnología médica y científica sólo puede responder a la materialidad de un cuerpo, no a las necesidades profundas que subyacen en el ser humano, a sus deseos, a sus aspiraciones individuales, a su sed de amor. El ser humano medida de todas las co­sas, según la fórmula de Protágoras, apunta a una persona global, ser corpóreo y espiritual.

El lugar del sufrimiento constituye un segundo eje de referencia. Si bien el dolor físico puede y debe ser mitigado con antiálgicos, queda todo el espacio de sufrimiento de quien no se resigna a la fatalidad y que sólo acepta con dificultad hacer el duelo de sus capacidades de otrora. El sufrimiento en sí no tiene sentido, pero permite conferir senti­do. Representa una realidad difícil, ardua, a veces más mortificante que la muerte misma. Hiere y cortajea al ser humano, a veces profundamente. Pero de estos tajos parece manar igualmente una sangre humanizante que permite hacer surgir el sentido, una sustancia de vida que sitúa la prueba de otra manera, como una ocasión que debe ser aprovechada, capaz de revelar al yo sus insospe­chadas potencialidades latentes. Al recordar la precariedad humana, ella parece conferirle precio a la existencia, como si la muerte revalorizara la vida. El sufrimiento abre al ser humano a su ser. Cioran, ateo, tiene esta frase sorprendente: “No es por el genio, es por el sufrimiento, sólo por él, que uno deja de ser un títere” [8]

El sufrimiento permite discernir lo que es esen­cial y adherir  a valores comprobados en el corazón de la herida. Interroga el comportamiento ético del sujeto. Y el acompañante debe permitir esta autoexperimentación del ser humano que se enfrenta consigo mismo, incluso en su exteriorización vio­lenta bajo la forma de gritos y de llantos. Las lágri­mas del otro deben poder derramarse, la desespe­ración debe poder expresarse, sin vergüenza ni desprecio. “Contrólese, dice a veces el asistente cansado o el acompañante agotado, las lágrimas no cambiarán nada... ". Puede ser, pero ¿a quién si no confiar esta alteridad que tanto pesa? Sin duda, es difícil ser testigo del sufrimiento ajeno, puede su­mergimos en un abismo de aflicción. Pero el enfer­mo o enferma necesita encontrar frente a él y ella a un acompañan­te que sea capaz de asumir su alteridad y que esté ahí, en esta justa distancia de “humanitud”: ni dema­siado cerca, ni demasiado lejos, porque la fusión como Ia indiferencia aniquilarían al otro y a la otra.

La tercera pista es, como lo ha escrito Marcel Légaut, que “en la vida del ser humano, nada está definitivamente perdido así como nada está definitiva­mente adquirido” [9] . El encuentro con el otro y la otra sólo puede echar raíces en el humus de la humildad. Se trata de un camino de cresta en el cual es fácil caer a un lado o al otro. Ya sea por la vertiente de la insignificancia: el encuentro con el otro y la otra evacua toda singularidad, la palabra ya no tiene nada que decir, la relación cae en la banalidad y, finalmente, en la indiferencia. Ya sea por la vertiente del poder: el acompañante se arroga cierto poder, y en el fon­do de si mismo, es su voluntad personal la que se impone. Violencia.

Aproximarse a la persona -y esto constituye el cuarto eje referencial- es participar en su sufrimien­to sin dejar de situarse como un otro. Ningún acom­pañamiento está desprovisto de sufrimiento o de preguntas sobre el sentido de la existencia, sobre el porqué del mal y de la miseria... El sufrimiento de los asistentes es una realidad que no hay que des­conocer ni subestimar. Es mayor cuando no existe preparación individual previa, y mejor se asume cuando se trabaja en equipo.

Tomar parte no significa, sin embargo, desapa­recer o anularse. Encontrarse con el otro y la otra es verse convocado a ser uno mismo. Lo que fundamental­mente necesita el otro y la otra, no es que el asistente le prodigue cuidados hasta el punto de fusionarse con él o ella, sino que cada uno siga siendo él mismo, en su lugar, con su historia y con su fe, sus valores y su personalidad. El enfermo y la enferma espera precisamente esta diferencia, incluso la de la fe: si hablo sin arrogancia y con humildad, el Evangelio puede ser una Buena Nueva. Pero aproximarse no significa “fusionarse”; por el contrario, es la singularidad del acompañante lo que permite al otro y a la otra encontrar la suya propia. No se trata de imponer conversión o evangelización a ultranza, sino simplemente ser lo que soy para per­mitir al otro y la otra que sea lo que está llamado a ser. "La comunicación, para ser humana, escribe monseñor G. Defois en una homilía, nos invita a dar cuenta, en una sociedad indiferente, de lo que constituye nuestra diferencia, nuestra esperanza y nuestra pa­sión de vivir como creyentes" [10]

Finalmente, último punto de referencia: la alteridad necesita signos para conectar lo real y lo simbólico, para solidarizar el silencio y la palabra, el gesto y el sentido. Signo y símbolo desempeñan papeles considerables y pueden suplir la palabra que, a veces, resulta muy pobre cuando se trata de expresar una vida, una existencia, un sufrimiento o una muerte. Mientras que un gesto, una actitud, un casi nada pueden abrir al diálogo, al más allá e inclu­so a la trascendencia...

Artículo publicado por la Revista CRITERIO, Año LXIX Nª 2176 del 13 de junio de 1996. Pág.265 a 269 Traducción CE.T.I.- Bernardo Capdevielle.  Adaptación Pastor Lisandro Orlov. Pastoral Ecuménica VIH-SIDA


 

[1] La Dra. Thiel es consejera académica en la Universidad de Metz. Texto original de Etudes, julio-agosto 1995.

[2] Esta es la actitud del buen samaritano (Lucas 10.30-37). El prójimo es aquel del que quiero hacerme próximo; es aquel o aquella al que elija como próxi­mo porque, en definitiva. aunque esté en mi camino. postrado en este hospi­tal donde trabajo, en esta casa o en esta institución que visito, el otro o la otra sólo será mi prójimo si, deliberadamente, elijo aproximarme a él o ella, mirarlo. escu­charlo. vendar sus heridas. tanto físicas como espirituales. afectivas. mo­rales; si lo reconozco para que pueda acceder a un nuevo nacimiento en el momento en que enfrenta una crisis de su existencia.

[3] La calciparina es un anticoagulante inyectable subcutáneo que a menudo ocasiona pequeños hematomas en las zonas de inyección.

[4] Especialmente en el momento en que la enfermedad conduce a una conversión personal. a una revisión de la escala de valores. ¡Qué camino recorrido desde la primacía otorgada al haber material, al éxito profesio­nal, hasta la primacía del ser, de la relación amistosa con el otro, e incluso de la relación familiar!

[5] La crisis de identidad que el enfermo atraviesa no se aborda sino con dulzura y humildad. Sólo la paz interior hará desaparecer la rebelión. Sólo la serenidad apaciguará la angustia. Sólo la Palabra pondrá de pie a un suje­to de palabra. ¿Pero no es acaso la alteridad la que. de este modo. recobra el derecho de ciudadanía? Apacigua al confirmar al otro en su unicidad de ser humano erguido, es decir, de compañero o compañera en humanidad.

[6] Palabra griega que significa juicio. sentencia. decisión. En nuestro idioma ha dado origen a la palabra "crisis".

[7] Marie-Jo Thiel .Avancer en vie .Le troisième âge, DDB. 1993.pp. 162­

[8] Emile Cioran. citado por Nouvelle Cité. n. 353. febrero I 993.p.32. 8. Marcel Légaut. Vivre pour étre,Aubier-Montaigne. I 974.p.29.

[9] Marcel Légaut, Vivre pour éter, Aubier-Montaigne, 1974, p. 29

[10] La documentat;on catholique. 1993. pp.216-217.

 

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