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"Celebrar la Vida"

El pensamiento de las Iglesias sobre el VIH-SIDA

 

1. Introducción.

Cuando en l98l el mundo toma conciencia de la existencia de una enfermedad que hasta ese momento había pasado desapercibida, las primeras voces que se escucharon procedentes desde las comunidades cristianas fueron de juicio y de condena. Los grupos m s fundamentalistas e integristas rápidamente alzaron el dedo acusador y pontificaron acerca de la ira de Dios. Esta actitud, en lugar de clarificar sobre la naturaleza de la epidemia o los modos de prevención, reveló las características de las creencias de esas personas o grupos y puso de manifiesto lo lejos que estaban del Dios de la infinita misericordia y solidaridad tal como se reveló y se revela cada día en Jesucristo. Con grandes piedras de intolerancia apedrearon con sus juicios a todos aquellos que por derecho evangélico pertenecen al pueblo de Dios.

Las así llamadas iglesias históricas, con exceso de prudencia, guardaron durante años un significativo silencio que ponía de manifiesto que la epidemia del SIDA las desafiaba tanto en su teología como en su propia autocomprensión. Esta enfermedad se transforma en un tema no solo eminentemente ético y moral, sino que abarca los aspectos teológicos, antropológicos y eclesiológicos, es decir,  se cuestionaba su propia comprensión de Dios, su visión de la dignidad del ser humano, y su conciencia de ser una comunidad inclusiva en verdad. Las iglesias cristianas comprendieron que serian juzgadas de acuerdo a su comportamiento y solidaridad con los afectados e infectados por el SIDA. Entendieron que ellas mismas necesitaban ser curadas del miedo, el prejuicio y la moralina fácil.

En general, la opinión pública tiene la sensación de que las Iglesias no han elaborado líneas de trabajo o reflexión sobre la epidemia del SIDA o que, en el mejor de los casos, su actitud es negativa. El objetivo de presentar un panorama general de los principales documentos elaborados a nivel internacional por las diferentes confesiones cristianas es poner en contacto tanto a los fieles como a todo hombre y mujer de buena voluntad con el pensamiento vivo y el compromiso real de las Iglesias con todas aquellas personas que necesitan ser ayudadas para mantener su lugar de dignidad en medio de la comunidad humana. Se intentar  a la vez mostrar los puntos en común entre las declaraciones y resaltar aquellos elementos particulares de cada declaración para que puedan servir de fundamento a toda acción solidaria y al anuncio de un mensaje comprometido con la vida.

 

2. La Iglesia como Comunidad de Sanidad.

La comunidad cristiana tardó en reaccionar positivamente frente a los desafíos presentados por el SIDA. Recién en junio de l986, el Consejo Mundial de Iglesias, convocó a líderes cristianos de los países mayormente afectados en ese momento por la epidemia. Este primer encuentro produjo uno de los documentos relacionado con esta crisis que, a pesar de su brevedad, continua siendo un punto de referencia y de imitación tanto en su espíritu como en su contenido. Se podría decir que en gran medida las declaraciones posteriores son una suerte de comentario y una profundización de las líneas trazadas por esta declaración pionera.

En primer lugar el objetivo anunciado por la declaración  es ayudar a que "las iglesias en todo el mundo pudiesen responder con una sola voz". El tema de la necesidad de unificar mensajes y actitudes ser  luego una constante en todos los documentos posteriores. En medio de esta crisis los cristianos no podemos aparecer divididos en aquello que anunciamos o en aquello que hacemos. La magnitud del desafío de la epidemia exige de todos  unificar esfuerzos y actitudes porque "sentimos la responsabilidad de pronunciar palabras de consuelo y de esperanza, de señalar los temas ‚ticos y de desafiar a las iglesias a que asuman un accionar común" para que el mundo crea.

Antes de comenzar a analizar la situación en que se encontraba el mundo en aquel momento, el espíritu del documento mueve a formular una autocrítica y "confesar que las iglesias como instituciones han sido lentas en hablar y en actuar; que muchos/as cristianos/as fueron rápidos en juzgar y en condenar a mucha gente que había contraído la enfermedad; que a través de su silencio, muchas iglesias comparten la responsabilidad del temor que se ha esparcido por el mundo m s rápidamente que el virus mismo". El primer gesto de las Iglesias es de pedir perdón por su pecado de omisión, por su rapidez en juzgar y por el silencio que significa muerte y marginación.

Luego de esta confesión el documento "afirma que Dios conduce en amor y misericordia" la historia de la humanidad. Ese es el aspecto de Dios a proclamar en esta crisis. Un amor y una misericordia que sobrepasa cualquier barrera que los seres humanos hayan levantado y que nos desafía siempre a ampliar los espacios de fraternidad y de inclusividad. Asimismo es el amor el que nos "libera de una simplista moralización acerca de las personas que son afectadas por el virus". La vida es siempre mucho m s rica que las afirmaciones ‚ticas o morales abstractas. Los conceptos deben ser contextualizados y evitar el absolutizar las afirmaciones ‚ticas.

Como fundamento teológico de toda acción solidaria con los afectados/infectados por el SIDA este documento afirma que en el mismo misterio de esta epidemia encontramos a Dios que nos llama a la esperanza, que nos saca del inmovilismo y la parálisis. Que nos llama a reconocer que aún cuando "no podemos curar, podemos apoyar y sostener en solidaridad: Tuve hambre... tuve sed... fui forastero... estuve desnudo... enfermo... en la cárcel, y me dieron de comer... me cubrieron... me recogieron... me visitaron"(Mt.25) 

La crisis del SIDA es un desafío para que las iglesias sean realmente iglesias, " que seamos Iglesia en obras y en verdad: que seamos iglesia como comunidad de sanación. El SIDA es desgarrador y desafía a las iglesias a desgarrar sus propios corazones, y a que se arrepientan de la inactividad y de rígidos moralismo. Desafía nuestros miedos y nuestras exclusiones". Este es el m s claro y fuerte llamado a la conversión de la comunidad cristiana. Muchas veces vemos a cristianos acercarse a los afectados/infectados con una actitud de superioridad, como aquellos que poseen la verdad y todas las respuestas. Este documento, por el contrario, es un llamado a la humilde conversión de los agentes de pastoral. No se puede establecer una acción de ayuda desde el juicio, la condena o la reserva mental. Es necesario una entrega total a través de la conversión personal y comunitaria. No se entra en esta acción pastoral como aquellos que van a convertir, sino con la actitud de aquellos que se dejan evangelizar. Es necesario que para llegar a ser realmente un espacio de salud, un espacio donde el desgarrado tejido social de la solidaridad se repara, la comunidad cristiana reconozca "que ella misma necesitar  ser curada por el perdón de Cristo".

Asimismo en su fundamentación teológica, este documento nos recuerda que en la Buena Noticia de Jesús "no hay extraños o marginados". Toda comunidad cristiana es católica en su esencia, es decir, abierta a todo ser humano, independiente de aquello que hace o que es. En Cristo todos los seres humanos, todos los bautizados "somos incondicionalmente uno". La Iglesia en la epidemia del SIDA es desafiada en su comprensión del concepto de  inclusividad. Nuestra respuesta en esta crisis determinara si se opta por ser iglesia o secta. En el Evangelio "la exclusión no es una opción". Aquí de debate la naturaleza misma de la Iglesia.

La Iglesia est  llamada "a ser la familia que abraza y sostiene...sin ninguna clase de barreras, exclusiones, hostilidades o rechazo". Solo esta visión inclusiva de la vida y de los seres humanos nos puede llevar a reconocer que las personas afectadas/infectadas "a su vez, nos ofrecen también su ministerio a medida que crecemos con ellas" en nuestra comprensión de la vida y de la muerte a la luz de Cristo.

La educación para la prevención debe establecerse sobre la "buena calidad de información" y el objetivo de la prevención debe ser el que todos "adoptemos formas responsables de comportamientos". No se busca imponer cambios tendenciosos sino que se busca el ejercicio pleno y consciente de la responsabilidad en las conductas.

 

3. Los muchos rostros del SIDA.

En el año l987, el Comité Ejecutivo del Episcopado Católico Romano de los EE.UU. emitió un documento profundo y valiente que provocó un gran debate tanto dentro como fuera de esa iglesia.

En primer lugar es necesario destacar la claridad con que resalta y defiende el pluralismo de valores y actitudes del contexto social y cultural en el cual la iglesia est  inserta. Recuerda a los católicos que la educación para la prevención debe incluir una auténtica comprensión de la intimidad humana, de la sexualidad y del pluralismo de valores y actitudes y que la discriminación o violencia contra las personas afectadas/infectadas por el SIDA "es injusta e inmoral".

El fundamento teológico del documento se apoya sobre los aspectos distintivos del ministerio de Jesús, quien nos presenta el significado o la potencialidad del amor humano como revelador del amor divino. Jesús nos revela un Dios compasivo y no vengativo   y para quien: "toda persona es de una dignidad inestimable. Toda vida humana es sagrada, y su dignidad debe ser respetada y protegida" La iglesia, en consecuencia, debe constituirse en ese espacio de respeto y defensa de la dignidad de todo ser humano.

Este comité de obispos reconoce a través del documento que, en el Evangelio, la enfermedad y el sufrimiento no est n restringidos a grupos o clases sociales. Igualmente afirma que las historias personales que revela el diagnóstico de SIDA no pueden dar lugar a "estereotipos, prejuicios, odios, recriminaciones, rechazo o condena".

Este documento es el único que llama la atención en forma directa sobre la alarma que causa entre los cristianos el incremento de "actitudes negativas" o de violencia fundamentadas en el miedo al SIDA, contra las personas de orientación homosexual. Además de llamar la atención sobre esa injusticia expresa su condena contra esta forma de violencia.

Se opone el documento al uso de los test de detección del virus del SIDA con propósitos discriminatorios y resalta la necesidad de un asesoramiento y acompañamiento previo y posterior a dicho análisis.

Los programas educativos deben tener como objetivo reducir el miedo, los prejuicios y la discriminación contra las personas afectadas/infectadas. La principal preocupación de la comunidad debe ser el bienestar moral y físico de las personas "y no su condena". "La mejor fuente de prevención para los individuos y la sociedad solo puede ser una auténtica y completa comprensión de la persona humana y la sexualidad".

En su primera redacción este documento se atrevió a tratar con claridad el tema del preservativo ubicándolo en un horizonte y "un contexto m s amplio que afirme la dignidad y destino de la persona humana" y trascender el nivel de la simple educación biológica o genital. "En tal situación, -afirman los obispos- el esfuerzo educativo, si est  fundamentado en la amplia visión moral, se puede incluir adecuada información acerca del profiláctico o de otras prácticas propuestas por algunos expertos médicos como potenciales medios de prevenir el SIDA. No estamos promoviendo el uso de profilácticos sino meramente proveyendo información que es parte del panorama actual". Lamentablemente este p rrafo no fue incluido en la redacción final del documento.

Termina esta declaración con un llamado a cuidar de las personas afectadas/infectadas desde la solidaridad, el consuelo y el apoyo. Insiste en la necesidad de un esfuerzo ecuménico para proveer un ministerio y llama a "proveer información en una sociedad pluralista" y a resaltar "la responsabilidad propia en el  rea de la prevención y del cuidado".

 

4. El Trabajo Pastoral con Relación al SIDA.

En el año l988 la Federación Luterana Mundial convocó a pastores, teólogos, médicos y fieles realmente comprometidos en el acompañamiento, servicio y defensa de las personas afectadas por el SIDA. Este grupo elaboró líneas de trabajo para ayudar a las iglesias "a abrir sus puertas a todos, en forma incondicional" y recordarles que la salvación es dada a todos "por gracia, a través de la fe, y no por causa de hechos o comportamientos".

La iglesia se define a si misma como el espacio en el cual se predica la Palabra y se celebran los Sacramentos, por lo tanto "al excluir a alguno de esta fuente de vida, la iglesia se hace culpable de la m s grave forma de discriminación que existe". En consecuencia, y teniendo en cuenta que la difusión de la enfermedad depende de realidades culturales, sociales y económicas, la Iglesia debe cuestionar seriamente su propio papel en la difusión de esta epidemia.

Asimismo el documento afirma que es necesario reconocer que la discriminación presenta variadas facetas y que se hace realidad a través de un inadecuado cuidado profesional, de estigma y aislamiento, violencia física y/o psicológica, presiones familiares y sociales. Reconoce que la epidemia afecta principalmente a personas o grupos que previamente estaban marginados y que el SIDA vino a aumentar ese discriminación. Igualmente reconoce que la pobreza hace vulnerable al SIDA y por ello es necesario contextualizar la comprensión de la enfermedad en su esfera socioeconómica. Hablar de prevención significa hablar al mismo tiempo de situaciones de injusticia, de pobreza, de analfabetismo, de prostitución, de desigualdades sociales, porque todos ellos son co-factores que favorecen la difusión del SIDA.

En esa perspectiva la Iglesia debe ayudar a redescubrir la dignidad de todo ser humano. Dignidad que muchas veces fue herida por la misma sociedad y/o la iglesia. La comunidad cristiana "debe poner de manifiesto la discriminación y debe transformarse en defensora ferviente de la confidencialidad del diagnóstico médico y desafiar a la comunidad" y a los gobiernos con actitudes pastorales y de solidaridad nuevas y creativas.

Este documento luterano recuerda que la Iglesia celebra la vida y por lo tanto no ayuda a bien morir sino a bien vivir, a darle sentido a la existencia. Desde ese compromiso con la vida debe implementarse una acción educativa que elimine los miedos y la red de mentiras que el temor a las reacciones negativas de los otros va construyendo alrededor de los afectados/infectados. Reconoce que es necesario analizar ese miedo y responder al "estigma social de impureza" porque este sentimiento puede "conducir a la destrucción de la identidad del individuo, de la plenitud de la Iglesia y del carácter inclusivo de la Eucaristía". Es por ello que se hace urgente aplicar sobre esta situación una acción educativa que "que incluye información que libere del miedo que nace de la ignorancia y de conceptos erróneos". 

Denuncia el documento la pesada carga de culpabilidad a la que se quiere someter a los afectados/infectados y es por ello que la comunidad cristiana debe afirmar, al igual que lo hizo Jesús, que la relación entre enfermedad y castigo ha sido "irrevocablemente destruida".

La Iglesia como una comunidad responsable y llamada a cuidar a todas las personas debe implementar una acción pastoral que nace de una fraternidad inclusiva, asistencia práctica que salga al encuentro de las necesidades, y alentar el voluntariado. Asimismo debe proveer espacios para la hospitalidad y "la defensa de los derechos de las personas amenazadas con la discriminación o la represión".

Sabemos que "el condenar no es una respuesta cristiana a la crisis del SIDA" y que por ello la Iglesia est  llamada a descubrir caminos nuevos para ser verdaderamente fiel a Cristo. El SIDA -dice el documento- nos desafía a "liberarnos de la esclavitud del prejuicio y del egocentrismo"; a ser una comunidad responsable y comprometida que est  "informada y educada"; que escucha y responde a los miedos de sus miembros; que esta abierta en todas sus actividades; que promueve la justa distribución de recursos asistenciales entre países y dentro de un mismo país,  y que explora "lo que significa celebrar la plenitud de nuestro ser, incluyendo la sexualidad".

 

5. Inmunodeficiencia en la solidaridad.

La Iglesia Católica Romana comprendió rápidamente la importancia de los temas teol¢gicos y ‚ticos suscitados por el SIDA. En noviembre de l989 convoca en el Vaticano a una consulta internacional a través del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios. En la apertura de ese encuentro el Papa Juan Pablo II pronunció el mensaje que se conoce como: "La Iglesia ante el SIDA".

El encuadre que el obispo de Roma da a su mensaje, resalta el compromiso de la Iglesia con la vida y con el sentido de la existencia. Reconoce las profundas repercusiones que el tema tiene en el  rea de la moral, de la sociedad y de la economía y que la difusión de la enfermedad est  condicionada por esos co-factores.

El SIDA presente un doble desafío: la prevención y la asistencia a los afectados. Ambas deben construirse desde una visión positiva de la dignidad de todo ser humano. Denuncia una preocupante crisis de valores, destacando en especial una "inmunodeficiencia" en la solidaridad y la justicia.

La Iglesia tiene en esta crisis dos objetivos: informar y educar. Toda prevención debe ser digna del ser humano y la información debe ser correcta, completa y científicamente fundada. "La dignidad personal del ser humano exige que se le ayude a crecer hasta la madurez afectiva mediante una especifica acci¢n educativa" afirma Juan Pablo II. Por lo tanto, la Iglesia como experta en humanidad, promover  una prevención que lleva a una "sed de vida digna de vivirse y de un amor constructivo". La prevención no ha de inspirarse en el miedo sino que debe fundamentarse "en la elección de un estilo de vida sano, libre y responsable". En esa elección estamos todos llamados a ser "protagonistas en la construcción de un orden social justo" ubicando la cuestión en un  ámbito que va más allá  de los individuos y lo proyecta sobre lo social.

Para llevar a cabo este objetivo, Juan Pablo II convoca a todos a "practicar siempre nuevas formas de solidaridad, rechazar toda forma de marginación, estar cerca de los menos afortunados, cultivar la amistad y la comprensión y rechazar toda violencia". Por ello la Iglesia convoca a implementar una acción pastoral desde la esperanza, tanto en la prevención como en la asistencia. Reconoce lo mucho que ella misma recibe de los que est n sufriendo y por ello se coloca junto a ellos para que no pierdan la esperanza y como un llamado a la solidaridad humana.

Este mensaje convoca a las familiar, "primera escuela de vida" a la formación de sus miembros en la responsabilidad personal en todos sus aspectos. "La primera y m s eficaz acción preventiva es una recta información y preparándolos para elegir con responsabilidad los justos comportamientos tanto en el  ámbito individual como en el social".

 

6. Mirar con los ojos de Dios.

Desde la realidad latinoamericana, la Sección de Pastoral Familiar del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), junto a otras organizaciones no-gubernamentales y representantes de otras confesiones cristianas realizó en l990 una "Consulta Internacional Ecuménica sobre las Iglesias y el SIDA".

En esta consulta las iglesias reconocen, al escuchar la voz del pueblo, los desafíos que le presenta la realidad, y los asume. Su objetivo es llevar una buena noticia y no una condena ni un juicio. Esa presencia cristiana debe traducirse en una acogida a todos los afectados/as y enfermos, promover el valor supremo de la vida y reconocer que su presencia y mensaje no puede ser oportunista y "que el constante desafío de las iglesias es no ser víctimas de sus propios temores morales y prejuicios, sino que es desafiada a mirar a los seres humanos con los ojos de Dios, a escuchar con los oídos de Dios"

Frente a la enfermedad, la consulta considera necesario "quitar toda vinculación entre enfermedad y pecado, evitar la discriminación defendiendo los derechos humanos, civiles, morales y religiosos. Denunciar toda injusticia en la comunidad que favorezca los factores que promueven la difusión de la enfermedad, y las causas de la marginación y de la prostitución". Es decir, la comunidad cristiana debe asumir el desafío profético de ser la voz de aquellos que necesitan de ayuda para mantener su lugar de dignidad en la sociedad.

Igualmente llama a las iglesias a colaborar con las campañas de prevención y de asistencia en estrecha cooperación con la comunidad en la cual se est  inserta. Evitar toda actitud negativa y la presentación de un Dios castigador. Acoger a los grupos y/o a las personas afectadas/infectadas, en forma evangélica.

El SIDA  puede llegar a ser la llave interpretativa que le permita al mundo enfrentar realmente las terribles diferencias entre pobres y ricos, entre el hemisferio norte y sur, entre los países irónicamente llamados en vías de desarrollo y los desarrollados. Quizás esta realidad de la epidemia pueda servir para curar las graves diferencias sociales y culturales. La extrema miseria crea actitudes desesperanzadas con relación a la enfermedad, un sentimiento trágico de algo inevitable entre los pobres. Esta actitud es frecuentemente alimentada por el fatalismo y la superficialidad de ciertas campañas de salud de carácter público y por la información suministrada por los medios masivos de comunicación.

El SIDA es una enfermedad simbólica que nos hace desconfiar de las fuentes mismas de la vida: semen, sangre, fluidos vaginales, leche materna. Los símbolos de la vida pueden ser presentados como símbolos de la muerte. En medio de esta crisis debe recordar que solo el amor perfecto hecha fuera nuestros miedos.

 

7. Líneas pastorales ecuménicas.

A la largo de estos documentos oficiales de las iglesias podemos encontrar ciertas líneas de acción común, propuestas creativas que responden a situaciones nuevas y desafíos asumidos con valentía:

-A las Iglesias: los documentos les proponen ser ellas mismas, con una voz y una acción, las abogadas de la dignidad de todo ser humano y trabajar por el reconocimiento de los derechos humanos de todos los afectados/infectados. No permitir la utilización del miedo al SIDA como un argumento para discriminar  y oprimir. Toda discriminación es injusta e inmoral pero es doblemente terrible cuando esa marginación es ejercida por las iglesias mismas.

Reconocen la necesidad de hablar con claridad y sin renunciar a la identidad confesional pero respetando el pluralismo cultural y social.

Las iglesias, al celebrar y servir a la vida, tienen en cuenta la fragilidad humana y de este reconocimiento real nace el renovado esfuerzo por reconciliar y reconstruir el tejido social y familiar roto por la enfermedad.

-A la sociedad: las declaraciones de las iglesias convocan la convocan a dar una respuesta que tenga en cuenta en verdad y profundidad el contexto social, económico y cultural que favorece la difusión de la enfermedad.

Defender la confidencialidad de la información médica para no dar lugar a la discriminación y para que las historias personales no den lugar a estereotipos, recriminación, rechazo o condena. Oponerse a cualquier medida legal que no tenga verdadera fundamentaci¢n científica.

-A la comunidad educativa: las iglesias la convocan a implementar un mensaje que reconozca y comprenda la auténtica dimensión del pluralismo de valores y actitudes. Todo programa educativo debe fundamentarse en un amor a la vida plena y libre, desterrando el miedo y los prejuicios.

Al educar para prevenir es necesario que toda la información sea digna del ser humano y con una auténtica comprensión de cada una de las personas y de sus circunstancias. La información brindada debe ser completa, creíble y correcta porque esta fundamentada en datos científicos objetivos. La información sobre la epidemia, sus formas de contagio y prevención no impiden a la comunidad cristiana acompañarla positivamente con la transmisión de los valores ‚ticos y morales propios de cada persona, familia y comunidad. Informar y educar no son términos que se contraponen.

-Propuesta de acción pastoral:  Las comunidades cristianas est n llamadas a estar presentes en medio de este epidemia con una acci¢n, un lenguaje y hechos visibles que expresen una acogida sin barreras ni exclusiones, sin hostilidad ni juicio, y que ponga de manifiesto la dignidad sagrada de todo ser humano y apoyar el esfuerzo de trabajar en unidad de todas las comunidades cristianas, que permita revelar un Dios de infinito amor. Es necesario que cada comunidad sea promotora de una mayor sensibilidad frente a los temas suscitados por la epidemia.

Son estas líneas de reflexión una llamado para que las iglesias sean creíbles y eficaces en su participación en la crisis presentada por el SIDA. Es también una invitación a que cada uno de nosotros permita el ser convertido y evangelizado por el testimonio de los afectados/infectados y poder crear juntos un mundo más justo y humano.

 

 

MENSAJE

"Que el mundo lo sepa: la Iglesia lo contempla con una profunda comprensión, con una admiración sincera, sinceramente dispuesta, no a someterlo, sino a servirlo; no a despreciarlo sino a valorarlo; no a condenarlo sino a sostenerlo y salvarlo.

Desde esta perspectiva, la Iglesia mira con un interés particular las diversas categorías de personas. Contempla a los pobres, los indigentes, los entristecidos, a aquellos que sufren hambre, los enfermos, los presos. En resumen, a toda la humanidad que sufre y que llora. Ellos pertenecen a la Iglesia por derecho evangélico, y la Iglesia se alegra de repetir a todos ellos que forman parte de ella: "Vengan a mi" (Mateo 11:28)".

(Pablo VI. Mensaje del 20 de septiembre de l963. Apertura de la Segunda Sesión del Concilio Vaticano II).

 

 

Pastor Lisandro Orlov

Iglesia Evangélica Luterana Unida.

Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.

Pastoral Ecuménica y Solidaria con los Afectados por el SIDA.

Primera Edición: Enero de l994.

Segunda Edición: Febrero de l996.

 

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