Domingo 18 de mayo de 2008

Ciclo A.  Día de la SANTÍSIMA TRINIDAD
Evangelio: Mateo 28, 16-20

(Leccionario Común Revisado)

Primera Lectura: Génesis 1, 1-2:4a
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: 2º Corintios 13, 11-13  

 

EVANGELIO Mateo 28, 16-20

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo. El Evangelio del Señor

 

 

IDENTIDAD Y DIVERSIDAD

Es sorprendente como los comentarios y las predicaciones que encontramos sobre este texto, le prestan muy poca atención al lugar desde donde, Jesús de Nazaret, había citado a sus discípulos y discípulas. Todos dirigen su mirada hacia aquellos y aquellas a quienes se dirige la misión y el envío. Se discute mucho sobre la dificultad de llegar a concordar los datos que aparecen en los otros Evangelios sobre esta escena y esa discusión nos muestra que esta Galilea de los Gentiles no es un dato histórico ni un lugar geográfico sino que es un dato teológico.  Nos encontramos delante de la parábola que nos lleva en el final del camino al mismo lugar donde comenzó la aventura de Jesús de Nazaret, el Cristo de Dios.  Esta Galilea de los Gentiles, es el espacio que considerado desde Jerusalén, es de dudosa reputación y fama. Es el espacio considerado como habitado por los otros y las otras, las y los diferentes, las y los sospechosos.

Encontramos también en este pasaje un mandato y una cita con Jesús de Nazaret. Si queremos encontrarnos con el  resucitado y vivo tenemos que salir de las diversas Jerusalén que todos los esquema de poderes de nuestra realidad tienen como centro desde el cual se clasifica y califica a las personas. Estamos llamadas y llamados a buscarle siempre en los márgenes de los sistemas de poder,  junto a quienes esos sistemas oprimen o consideran impuros, sospechosos y sospechosas, aquellos y aquellas que viven bajo diversas descalificaciones. Tenemos un claro mandamiento de romper con sistemas teológicos y de poder que clasifican y jerarquizan personas y grupos en una forma muy diferente a la propuesta por las mesas de Jesús de Nazaret.

El trabajo que las comunidades cristianas han iniciado junto a las personas y grupos en situación de vulnerabilidad al vih y al sida es una de las respuestas a la cita que tenemos con Jesús de Nazaret. Sabemos desde siempre que no lo hemos de encontrar en los centros ni junto a los jerarcas de nuestros múltiples sistemas de exclusión sino que le encontraremos en los márgenes, en las muchas Galileas donde tendremos la posibilidad de encontrarnos con los otros y las otras, con aquellos que esperan recibir el bautismo que libera de opresión, rótulos, de miradas sospechosas, benévolas o compasivas.

Jesús de Nazaret nos cita en una montaña muy diferente a otras montañas centrales a sistemas de exclusión o de organización jerárquica. Esta montaña no es un nuevo Sinai ni un renovado monte de Sión. Es la montaña alternativa y paradójica desde donde se anuncia un nuevo y única mandamiento. Mandamiento también completamente diferente y alternativo a todos los otros mandamientos. Esta montaña sin nombre y sin prestigio, totalmente anónima entonces y ahora, se contrapone a todas las otras montañas que hemos sacralizado para mostrarnos donde y quién es el centro de nuestra adoración, compromiso y acción.

En ese encuentro, los once discípulos, se postran como signo de sumisión. Con el cuerpo hablan un lenguaje comprensible para todas y todos los que le observan. Reconocen el centro de su fe y  a la única puerta y el único camino para llegar al centro de la verdadera existencia, de la vida abundante. Siempre estamos tentados a construirnos ídolos y jerarquías, sistemas y espacios que sacralizamos personas y estructuras que nos facilitan escaparnos de las exigencias radicales del Evangelio. No nos gusta vivir a la intemperie a la cual nos llama y convoca la buena noticia de Jesús el Cristo de Dios. Hemos sido convocado a una nueva montaña para comenzar un nuevo caminar, totalmente diferente a otros caminares. Esta radicalidad muchas veces, tanto entonces como ahora, produce miedos y dudas.

Si pensamos esta escena en clave contemporánea, podemos pensar que hemos sido citados a este encuentro junto a las personas y grupos en situación de vulnerabilidad al vih o al SIDA. Muchos y muchas quiere leer en este pasaje como una justificación de jerarquías eclesiasticas que puedan sustentar diferencias, calidades y en definitiva, los ejercicios de poder que conocemos demasiado. Muchas de nuestros actuales debates dentro de las iglesias, ya sea por temas de orientación sexual o por temas de género, tienen como núcleo duro y rígido, las discusiones por el poder. Los once discípulos con sus cuerpos hablan de aquel que es el centro y no la cúspide de la comunidad. Estamos invitados a que abandonemos la imagen del cuerpo al hablar de la comunidad cristiana, y asumamos la imagen de la mesa redonda, del espacio de equidad e igualdad que la Trinidad nos llama a vivir. Igualdad sin subordinación, unidad sin uniformidad, amor en la acción, autoridad para servir y promocionar.

Nuestra comunidad no tiene cabeza pero sí tiene centro. Tiene un camino, una puerta, una verdad: esa es la persona viva del Cristo del Dios del Reino, la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Ese es nuestro centro y la única  jerarquía posible en una comunidad de hermanos y hermanas. Ya no somos más ni siervos ni siervas.

El poder que recibimos todos y todas en el bautismo es el mismo poder que ha recibido Jesús el Cristo del Dios trinitario. Es un poder para salir a servir incondicionalmente a todos los seres humanos. Frente a pensamientos de exclusividad y de propiedad de Dios, se nos llama a una universalidad en la diversidad. A tomar como modelo de acción y comunión en la diversidad,  la unidad de la misma Trinidad. Ninguna de las personas de la Trinidad pierde su identidad ni su diferencia. Esas identidades se potencian y se estimulan,  de la misma manera que nosotras y nosotros estamos llamados a empoderarnos a nosotras y nosotros mismos y unos a otros.

Hemos recibido un mandato que rompe todos los intentos de construir pensamientos jerárquicos o de exclusividad. En la Trinidad sabemos y contemplamos una sola raza humana de hermanos y hermanas en la diversidad reconciliada,  con muchas e infinitas étnias. Y esas étnias se reflejan en una sinfonía multicolor creada y recreada en la imagen y semejanza de la Trinidad.

Cada uno de nosotras y nosotros hemos recibido la misión de enseñar con palabras, con el cuerpo y con todo nuestro ser, a cumplir el único y gran mandamiento que nos enseño Jesús de Nazaret. Ya no estamos llamados a amar a nuestro prójimo como a nosotras y nosotros mismos. Esa sería un muy pobre modelo. Estamos llamadas y llamados a amar como Jesús nos ha amado, con radicalidad y sin exclusiones, con cruz y resurrección. Estamos llamados a bautizarnos en la diversidad de Dios, en la multiplicidad de identidades que la misma naturaleza de Dios nos revela en cada fragmento de la creación.

Estamos llamadas y llamados a bautizarnos en los márgenes de todas las construcciones sociales y culturales que quieren justificar y fundamentar jerarquías y poderes injustos. Estamos llamados a bautizarnos en la construcción de una propuesta alternativa que derriba aquellos ídolos que hemos construido a nuestra imagen y semejanza. Sabemos por experiencia que esa imagen y esa semejante siempre servirá para excluir y descalificar a quienes de una u otra forma son, piensan o viven diferente a nosotras y nosotros. Estamos llamados y llamadas a bautizar a todos los pueblos con este mensaje de unidad en la diversidad, de respeto en la diferencia, de amor en lo esencial.

Ese bautismo de amor en la diversidad que busca la unidad pero que evita la uniformidad, siempre provoca en nosotros y nosotras dudas. Aún cuando nos postramos en signo visible de nuestra sumisión al proyecto del Reino, la radicalidad de la inclusión del Reino siempre nos da miedo, nos hace dudar. Por esos salimos a los caminos, atravesamos las puertas que nos abre el proyecto del Reino, y por eso obedecemos este mandato de incluir a todas las personas y pueblos en esta invitación de construir en la diversidad la unidad de un proyecto de un nuevo cielo y una nueva tierra.

Si queremos que el Cristo resucitado de Dios permanezca con nosotros y nosotras hasta el fin del mundo y de los tiempos, debemos cumplir ese radical y único mandamiento: amar sin condiciones y sin exclusiones, amar sin privilegios ni jerarquías, amar en la cruz el proyecto del Reino que camina hacia todas las resurrecciones de identidades y dignidades. Se nos convoca a amar en el servicio que transforma y cambia, en el servicio que subvierte esta realidad de inequidades. Cualquier otra cosa que queramos  agregar al mandato de Jesús de Nazaret será un peligroso añadido que se puede transformar en un ídolo, que tarde o temprano nos impedirá amar en todas las intemperies de la vida.

Para la revisión de vida

En este domingo de Santísima Trinidad tenemos que pensar sobre nuestras convicciones y nuestras acciones: ¿revelan nuestro uso de las Escrituras nuestra fe en la plenitud de Dios en la diversidad de la Trinidad? ¿Hemos asumido la tarea de establecer la reconciliación y la paz, no solamente con pueblos lejanos y distantes, sino con la diversidad de culturas urbanas y regionales en nuestra propia realidad?

Para la reunión de grupo

Estamos llamadas  y llamados a vivir en nuestra comunidad la naturaleza trinitaria de Dios: la acción creadora que se manifiesta en nuestra preocupación por un desarrollo sustentable y el compromiso del cuidado ecológica de nuestro mundo. La recuperación redentora del proyecto original de Dios y el propósito de su Reino que refleja su voluntad aquí en la tierra como en el cielo. La confianza que el Espíritu vivo cuya presencia se nos asegura hasta el fin de todos los tiempos no compele a defender todas las diversidades y todas las dignidades.

Para la oración de las y los fieles

  • En la comunión de todo el pueblo de Dios manifestado en su Cristo, Jesús de Nazaret, oremos por la iglesia como pueblo y como institución, por todas y todos los que se encuentran en situación de vulnerabilidad a la exclusión y al estigma, y por toda la creación de Dios.

Se observa un breve silencio.

  • Santa Trinidad Creadora, tu bondad se encuentra presente en toda tu creación, sin exclusión y sin privilegios. Conduce a tu iglesia para que sea y de un testimonio vivo de la bondad de toda la creación que tanto necesita ser sanada de sus quiebres y manchas. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
  • Santa Trinidad Transformadora, tu creatividad y tu imaginación es conocida en la diversidad de tus criaturas. Preserva esa diversidad, aumenta nuestra unidad y crea en nosotros y nosotras un corazón nuevo que nos permita alabarte en comunión. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
  • Santa Trinidad Redentora, la humanidad entera ha sido creada a tu imagen y semejanza para vivir unos con otros en una relación de servicio, promoción de derechos y respeto de la diversidad, imitando tu modelo. Enséñanos a vivir dependiendo de tu misericordia y de tu gracia para que esa gracia y esa misericordia sea el centro de la enseñanza de tu iglesia. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
  • Santa Trinidad Santificadora, tu has enviado el Espíritu que nos fortalece para defender a los que están estigmatizados, oprimidos y excluidos. Recordamos en estos momentos la multitud de los testigos que con sus vidas confesaron el proyecto del Reino. Aleja de nosotras y nosotros las dudas que nos obstaculizan en poner en práctica tus enseñanzas  y vivir siempre dependiendo solamente de tu gracia. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

 

Oración comunitaria

Santa Trinidad creadora, redentora y santificadora, te adoramos en tu diversidad y en tu unidad con toda nuestra mente, corazón y cuerpo. Concédenos el permanecer firmes en esta alabanza y en esta fe, defiéndenos de todas las dudas y prejuicios, y condúcenos finalmente a tu presencia, desde donde nos invitas a vivir en el gozo y el amor que busca la justicia en la diversidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

 

(o también:)

           

Unidad en Trinidad,

         comunión de diversidad,

         identidad de comunidad.

Creación, redención, santidad

         permanece con nosotros,

         quédate con nosotras,

Se nuestra meta de transformación

         de iglesia y sociedad.

Concédenos la buena noticia 

         de cielos y tierras nuevas,

Revélanos toda la verdad,

         y libéranos de todos los ídolos,

                          que rompen la unidad,

                           que destruyen las comunión

                           que nos hacen olvidar tu compromiso

Tu  solo eres Santo en la diversidad,

         Tu  solo eres Santo en la unidad,

         Tu solo eres Santo en la defensa

         de todas las dignidades

         y de todas las diversidades

Ahora y siempre. Amén

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina.