Domingo  2 de septiembre de 2012

Ciclo B. Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

(Leccionario Común Revisado. Propio 17)

Evangelio : Marcos 7, 1-8, 14-15, 21-23

Primera Lectura: Deuteronomio 4, 1-2, 6-9 o Cantar de los Cantares 2, 8-13

Salmo Responsorial:  Salmo 45, 1-2, 6-9

Segunda Lectura: Santiago 1, 7-27

 

EVANGELIO
Marcos 7, 1-8, 14-15, 21-23

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

 

En aquel tiempo, los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos y discípulas comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados;  y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.  Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?".  El les respondió: "¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.  En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.  Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los seres humanos". 

Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanlo bien.  Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del ser humano.

Porque es del interior, del corazón de los seres humanos, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,  los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.  Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan a las personas". Aclamemos el Evangelio del Señor.

 

 

MALDITA PUREZA

 

Con seguridad podemos afirmar que el debate de lo puro e impuro subyace en la mentalidad en muchas de las aproximaciones de los grupos religiosos al fenómeno de la epidemia del vih. Simplemente lo podemos constatar leyendo muchos de los documentos que sobre la epidemia han redactado diversas comunidades de fe. Tanto los documentos del Consejo Mundial de Iglesias como de la Federación Luterana Mundial una de las primeras tareas que le encargan a sus organizaciones miembro es estudiar el concepto de pecado, es decir, encarar justamente ese debate de qué y quienes son considerados puros o impuros. Los códigos de pureza se instalan con fuerza en la confusión de un diagnostico médico transformado en un diagnóstico moral y de pureza sobre los cuales se construyen los estigmas y las discriminaciones. Sin este debate de lo puro y de lo impuro que tan bien refleja y desafía este texto del Evangelio, lo primero que tendrían que haber estudiado esas comunidades es el concepto de inclusividad, la naturaleza de la gracia  de Dios y la misma naturaleza de aquel que hace llover sobre justos e injustos.

Los dos grupos fundamentalistas que vienen del centro de poder político y religioso se han unido para constituir esta especie de tribunal inquisitorial. Indudablemente les preocupa ese gesto de alimentar incondicionalmente a las multitudes pero más le preocupa la evidente y visible ruptura de los rituales de pureza sobre los cuales han construido sus relaciones con Dios.

Indudablemente los rituales son necesarios y útiles porque son un lenguaje que nos permiten actualizar significados y mensajes que trascienden los gestos y dinámica de los rituales. Los rituales de pureza promovido por las escrituras tienen como objetivo mostrar la sacralidad de toda la vida. Las manos purificadas consagran a la intencionalidad primera de la creación todo aquello que tocan. Las manos de las y los creyentes son medios visibles y dinámicos de ese permanente reconocimiento de la presencia del Creador en toda la creación. El problema es cuando el ritual demoníacamente pierde ese sentido primera de ser vehículo de un constante mensaje y anuncio y se transforma en si mismo en la finalidad, robando al ritual su primer significado.

No podemos limitar el sentido de lo puro e impuro solamente a los alimentos sino que en esa construcción entra toda la creación. Jesús de Nazaret en su estrategia para anunciar y hacer acción su mensaje transgrede las tradiciones humanas que ocultan la sacralidad primera de todo lo creado, que se mantiene incondicionalmente, en toda situación y circunstancia. Esa sacralidad es inherente a personas, alimentos y creación en su totalidad. Nada lo suspende ni interrumpe. Es por ello que estas tradiciones de códigos de santidad y de pureza desfigura la creación. Es por ello que es una tarea teológica en el contexto del vih de preguntarnos primero y en forma constante la forma en que la identidad de todos los grupos vulnerables al estigma y la discriminación asociados al vih desafian ese concepto de inclusividad. Las tradiciones humanas con sus diversos códigos han ocultado el mandato que las manos de todo creyente sean instrumentos constantes y memorial de lo sagrado que es toda vida.

Jesús de Nazaret enfrenta a esta escuela interpretativa de las Escrituras con su metodología propia. A la lectura centrada en la Ley opone la lectura centrada en la denuncia profética. Usando palabras del profeta Isaías denuncia la prostitución de los rituales que se han transformado en herramientas de exclusión y no de consagración a la intencionalidad de la creación. En esta nueva hermeneutica profética y en el contexto del diálogo abierto, honesta y franco con todos y cada uno de los grupos vulnerables al vih tenemos que liberarnos de los preceptos humanos y de las tradiciones que nos impiden ese diálogo y esa comunión. El nuevo mandamiento de Dios ahora es que nos amemos unos a otros tal como Jesús nos amó, es decir, hasta la cruz. El nuevo mandamiento de amor tienen evidentemente un sabor subversivo total de los diversos códigos de pureza que con sus diversas barreras y obstáculos fundamentan sentimientos de superioridad basados en un maldito concepto de pureza.  Esa es una religiosidad vana.

Nuestras manos y toda nuestra existencia están llamadas a entrar en comunión con toda la creación, tanto alimentos como personas y al tocarlas consagrarlas una y otra vez a la santidad de su fuente de origen. La revolución de la inclusividad está en nuestras manos, casi de forma literal. Imitando las manos de Jesús de Nazaret, tenemos que utilizar las nuestras como herramientas de provocación revolucionaria y poner en vigencia los nuevos códigos de pureza construidos en el anuncio hecho realidad de la buena noticia de la inclusividad radical e incondicional de la sola gracia por la sola fe en solo Cristo. No podemos negociar esta afirmación porque sin ella la misma naturaleza de la comunidad cristiana cae.  Debemos dejar de pensar en perspectiva de pecado o de lo puro o impuro para comenzar a pensar en la radical y escandalosa inclusividad del Evangelio y de toda la acción liberadora de Aquel que se hace blasfemia para liberarnos de todos los códigos de pureza construidos sobre tradiciones humanas.

Jesús de Nazaret propone un concepto radicalmente nuevo y explosivo de pureza y que anunciado a las personas que viven con vih o afectadas por el sida puede tener aún hoy una sorprendente realidad. Lo impuro no es externo. La contaminación no viene de afuera. El centro de nuestra preocupación como comunidades de fe no es el virus que viene de afuera sino aquello que realmente nos contamina y que viene desde lo más profundo de nuestro ser. Aquello que realmente contamina y nos hace impuros son nuestros sentimientos de sentir que tenemos derecho de estigmatizar y discriminar, de excluir y de invisibilizar. Aquello que nos hace impuros son esos sentimientos que nacen en nuestro corazón, invaden nuestra mente y ensucian nuestras manos y abrazos. Tenemos que gritar una y otra vez que aquello que contamina a las personas en la epidemia del vih no es el virus que viene de afuera sino el estigma y la discriminación que nace adentro de nosotras y nosotros mismos. ¡Este concepto de lo puro e impuro sigue siendo evangélicamente escandaloso! ¡Aleluya!

Para la oración de las y los fieles.

Con la alegría y con el desafío de ser tus discípulos y discípulas, nos unimos con toda tu iglesia en el compromiso de consagrar a tu santidad y a tu pureza de radical inclusividad la realidad que nos rodea.

Se hace un breve silencio.

Envía tu Espíritu para que podamos romper con todas las tradiciones humanas que nos impiden vivir en plenitud tu llamado y mandamiento de nuevo de amar hasta la cruz.  El cetro de tu realeza es un cetro justiciero.

Fuente de toda pureza, concédenos tu mirada sobre alimentos, personas y creación para que en todos y todas, aún en los más pequeños o más olvidados y oprimidos nuestras manos purificadas en tu bautismo, tengan la valentía de reconocerte presente.  Tú amas la justicia y odias la inequidad.

Mesa de toda comunión, renueva nuestra pureza de intenciones para que la tentación de manipular y manejar a los demás y explotar sin misericordia tu creación se aleje de nuestras planificaciones y acciones, para que en todo seamos santuarios de tu voluntad. El Señor nos consagró con el óleo de la alegría.

Aquí se pueden incluir otras intercesiones.

Rostro de toda justicia y equidad, implantan en nuestras mentes, corazones y acciones los códigos de tu inclusividad, la mirada cósmica donde nada ni nadie queda excluido y el amor que convocas una y otra vez a la unidad y celebra la comunión sin barreras ahora y aquí. Nos brota del corazón un hermoso poema, nuestra lengua es como la pluma de un hábil escribiente.

 

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina

Septiembre de 2012