Domingo 24 de junio 2007

CICLO C. DÉCIMO SEGUNDO  DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (Propio 7)

  
Evangelio: Lucas 8, 26-39

Primera lectura:  Isaías 65, 1-9
Salmo responsorial: Salmo 27, 18-27
Segunda lectura: Gálatas 3, 23-29

 

EVANGELIO

LUCAS 8, 26-39

En aquel tiempo llegaron a la región de los gerasenos, que está situada frente a Galilea.  Jesús acababa de desembarcar, cuando salió a su encuentro un hombre de la ciudad, que estaba endemoniado. Desde hacía mucho tiempo no se vestía, y no vivía en una casa, sino en los sepulcros.  Al ver a Jesús, comenzó a gritar, cayó a sus pies y dijo con voz potente: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? Te ruego que no me atormentes".  Jesús, en efecto, estaba ordenando al espíritu impuro que saliera de aquel hombre. Muchas veces el espíritu se había apoderado de él, y aunque lo ataban con cadenas y grillos para sujetarlo, él rompía sus ligaduras y el demonio lo arrastraba a lugares desiertos.  Jesús le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?". "Legión", respondió, porque eran muchos los demonios que habían entrado en él.  Y le suplicaban que no les ordenara precipitarse al abismo.  Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. Los demonios suplicaron a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos. El se lo permitió.  Entonces salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, la piara se precipitó al mar y se ahogó.  Al ver lo que había pasado, los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados.  En seguida la gente fue a ver lo que había sucedido. Cuando llegaron adonde estaba Jesús, vieron sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, al hombre del que habían salido los demonios, y se llenaron de temor.  Los que habían presenciado el hecho les contaron cómo había sido curado el endemoniado.  Todos los gerasenos pidieron a Jesús que se alejará de allí, porque estaban atemorizados; y él, subiendo a la barca, regresó.  El hombre del que salieron los demonios le rogaba que lo llevara con él, pero Jesús lo despidió, diciéndole: "Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti". El se fue y proclamó en toda la ciudad lo que Jesús había hecho por él.

 

 

LOS DEMONIOS DEL VIH.


La escena nos ubica rápidamente en un territorio sospechoso a los ojos de los ortodoxos en religión y política. Es una zona ocupada por las legiones del imperio romano quienes imponían su poder por la fuerza y la violencia. El espacio en el cual ocurre este milagro y este relato tiene toda una carga teológica y pastoral sumamente importante para nuestro trabajo de promoción de derechos y de caminar junto a las personas que viven con vih y sida. Los espacios nunca son inocentes y siempre completan el significado de nuestras acciones y revelan nuestros propósitos.

 

Apenas llega a este territorio sometido por los demonios del imperio se aproxima una persona considerada por los demás y por él mismo como endemoniado. Es sumamente importante esta actitud de alguien que rompe con los condicionamientos y los tabúes de su tiempo y de su cultura. Se atreve a salir de su posición de exclusión. No depende de nadie ni necesita una invitación para romper barreras y ponerse en el camino de Jesús de Nazaret. Igualmente nuestras iglesias y nuestros encuentros y talleres viven la misma realidad. Las personas estigmatizadas y que viven en situaciones de vulnerabilidad no esperan nuestra invitación ni nos piden permiso para ocupar el espacio de dignidad que les corresponde en nuestras iglesias y en nuestra sociedad.

 

Muchas personas que viven con vih y sida se los ha relegados ideológicamente a los espacios de muerte civil, social y religiosa, al igual que este hombre poseído por los demonios sociales del temor al que es diferente. Los mecanismos de exclusión y de estigma siempre marchan juntos y forman legiones de argumentos para justificar el demonizar a aquellos y aquellas que no viven bajo nuestras pautas culturales o religiosas. El estar enfermo, por lo tanto bajo el poder de los demonios y del pecado, le ha quitado a este hombre sus derechos de ciudadanía y es obligado externa e internamente a vivir apartado de las estructuras sociales. A semejanza de esta escena, nuestra acción pastoral en el contexto de la crisis del vih y del sida consiste en promover el pleno ejercicio de los derechos de ciudadanía y de inclusión religiosa de todas las personas que viven en situación de vulnerabilidad. El milagro en esta escena es romper con esa mentalidad de demonizar al diferente, curar la exclusión y los conceptos de impureza fundamentado en erradas lecturas bíblicas y reconocer su lugar de dignidad en medio de todas y todos nosotros.

 

Las primeras palabras de esta persona colocada en las márgenes de la sociedad y de la vida religiosa representan el modelo tradicional que muchas personas que viven con vih o con sida o que viven en situaciones de vulnerabilidad a la epidemia tienen de las personas que tenemos compromisos de fe cristiana. Siempre nos visualizan como aquellos que venimos con un mensaje que les atormentan, que los descalifican, que los ubican en espacios de muerte civil y religiosa. Cargamos en nuestras espaldas siglos de discursos y actitudes de juicio y condena, de proclamar la ley y nunca acompañar nuestra presencia con el anuncio de la buena noticia de que todos y todas somos parte de una misma familia cuyo centro es aquel que nos mostró Jesús de Nazaret. Debemos abandonar esa imagen de atormentadores legales para dar lugar a los que obran el milagro de la inclusión.

 

Jesús de Nazaret antes de que esta persona tomara conciencia de lo que estaba sucediendo ya estaba ordenando al espíritu de exclusión, homofobia, estigmatización, juicio saliera de su vida. Ese espíritu de marginación se había apoderado de él y estaba profundamente internalizado y asumido. Las cadenas de una exclusión le ataban a los espacio de muerte. La imagen que veía en los ojos de los otros y otras se había hecho carne en su vida que era ahora de muerte. Ese es el proceso de transformación que Jesús de Nazaret desata y promueve.

 

Los demonios del estigma le habían arrastrado a los lugares desiertos de derechos y dignidad en los que le colocaba una ideología hegemónica e imperante, considerada por los demás como normal. Jesús le pregunta a esa situación su nombre. Es importante llamar a las cosas por su nombre como para poder transformarla. Basta de eufemismos cuando hablamos de situaciones de opresión. El vocabulario es sumamente importante porque revela aquello que hay en nuestro corazón. Las palabras y los nombres son instrumentos también de liberación o de opresión. Durante tiempo nos rompíamos la cabeza como reemplazar la palabra pacientes al referirnos a las personas enfermas que asisten a los hospitales. Hace pocos días alguien propuso hablar de usuarios que marca una ruptura conceptual: ya no son sujetos pasivos sino que tienen una descripción mucho más activa. Ya no se habla de personas vulnerables sino personas en situación de vulnerabilidad. Esos cambios en la forma de hablar van modificando nuestras ideologías y nuestro colocarnos en espacios de vida o de muerte.

 

Es sumamente ilustrativo lo que ocurre a continuación. Aquellos que se autodefinen como legión, es decir, cuyo poder se fundamente en el número, que pretenden ser mayoría, y que muchas veces en las estructuras eclesiásticas y sociales hacen sentir su voluntad de oprimir y estigmatizar, son ahora amenazados por la presencia y la acción de Jesús de Nazaret. Seguramente con nuestro compromiso junto a las personas que viven con vih y con sida también existen legiones que se sienten amenazados en sus posiciones de poder político, social o religioso.

 

Los cerdos son animales considerados impuros litúrgicamente por aquellos que vivieron esta escena en el tiempo de Jesús de Nazaret. Esos animales impuros también estaban excluidos de los espacios públicos y marginados a los espacios de muerte. El equivalente de abandonar a este hombre de Gerasa, considerado impuro por otro espacio de la misma condición, nos revela la mentalidad que subyace en este relato. No es casual que de esta persona considerada impura por la sociedad y la comunidad religiosa sus espíritus pasen a otro ser también considerado impuro. Ese es el tema del milagro y el tema de la curación.

 

Cuantas situaciones escuchamos y vivimos a diario junto a las personas que son consideradas impuras y que no tienen derecho a vivir con plenos derechos junto a nosotros y nosotras, que no tienen derecho a compartir nuestra mesa, nuestro pan ni beber de un mismo cáliz. Cuantas personas son consideradas impuras, endemoniadas y excluidas de comer de nuestro mismo plato. Allí debemos pedir que Jesús de Nazaret actúe y ordena a los espíritus de exclusión, que son legión, que salgan de nosotros y nosotras, de nuestras instituciones y de nuestras comunidades religiosas para que dejen de ser espacios de juicio, muerte y condena y puedan ser espacios de vida abundante en calidad y derechos.

 

Cuando muchas y muchos vean la nueva forma que toma nuestra mesa y nuestro compartir inclusivo de plato y cáliz, cuando vean a las personas hasta ayer consideradas endemoniadas por nuestro prejuicios ante la diversidad y revestidos con la dignidad de la fraternidad, tampoco entenderán mucho. Solo aquellos que puedan leer las Escrituras y la realidad con los ojos de Jesús de Nazaret comprenderán lo que ocurre en nuestras mesas eucarísticas. Muchos y muchas van a tener miedo porque se les caerán  las estanterías de los prejuicios y de las lecturas equivocadas de la tradición cristiana. Seguramente muchos y muchas nos pedirán que nos alejemos porque tienen miedo a las consecuencias de una mesa sin barreras ni excluidos y excluidas.

 

El ver parada, puesta de pie, a una persona hasta ayer considerada impura, endemoniada y compartiendo nuestra mesa, comiendo de un mismo plato y bebiendo de un mismo cáliz da miedo a muchos y muchas, pero ese es el milagro de Jesús de Nazaret está realizando hoy en nuestras vidas y comunidades. Es por ello que se le pide a esta persona, restituida en su dignidad, que permanezca en esas comunidades que necesitan ser convertidas. Lo más fácil hubiera sido abandonarlos y acompañar a Jesús a espacios más seguros y hospitalarios. La misión de esta persona de Gerasa y la nuestra es de permanecer en medio de aquellos y aquellas que tienen miedo a las transformaciones que produce en nuestras mesas de comunión la presencia de cada vez más personas que viven con vih y sida, ya no arrodilladas pidiéndonos permiso para vivir, sin puestas de pie y ocupando su espacio de dignidad. Es por ello que cada uno de nosotros y nosotras debe volver a su casa, a su espacio doméstico y contar todo aquello que Dios está haciendo en nuestras vidas a través de la presencia de las personas que viven con vih y sida y proclamar aquello que Jesús de Nazaret está haciendo en nosotros y nosotras.

Para la revisión de vida

  • ¿De que manera nuestra comunidad de fe se aproxima a aquellas personas colocadas en los desiertos de la exclusión? 

  • ¿Cómo encuentran las personas en situación de vulnerabilidad espacios de hospitalidad en nuestras iglesias? 

  • ¿Cómo trabajamos el tema de la diversidad y alentamos la inclusión? ¿Es la imagen de Dios expresión de la diversidad?

 

Para la reunión de grupo

  • ¿De que manera nuestra comunidad puede enfrentar los miedos a la apertura incondicional?

  •  ¿Cómo trabajamos la legión de demonios de exclusión, estigma, conceptos de pureza que aún persisten en nuestras vidas y en la vida comunitaria?

  •  ¿Qué entendemos por situación de vulnerabilidad?

 

Para la oración de los fieles

  • Por nuestra incapacidad de sentir el sufrimiento de aquellos colocados en los márgenes de la historia y de la vida y nuestra tendencia a tener miedo a todos aquellos y aquellas que son diferentes, Dios perdónanos…

  • Por nuestros falsos conceptos de pureza, nuestra poca disponibilidad a dialogar en la diversidad, a negar nuestros temores y responsabilidad por la vulnerabilidad de otros y otras, Dios no nos abandones

  • Por las imperfecciones de nuestra comunidad de fe y nuestra falta de compromiso con los endemoniados por nuestra sociedad, por los imperios ideológicos y teológicos, Dios nuestro, transfórmanos…

  • Por las veces que nos juzgamos mejores que otros y otras, por nuestras urgencias que no nos permiten tener tiempo para escuchar con atención el clamor de justicia y de inclusión de las personas en situación del vulnerabilidad al vih y al sida: Dios perdónanos

 

Oración comunitaria:

Nuestro defensor y promotor de dignidades: en torno a nosotros y nosotras se agitan los demonios de la intolerancia, de los modelos hegemónicos, de la exclusión y nos hacen temer. Rescata a tu pueblo de la falta de hospitalidad, de la tentación de demonizar a quienes son diferentes por religión, cultura, orientación sexual, diversidad étnica, para que libres de estos demonios, tus hijos e hijas puedan ser signos de tu imagen multicolor y pluralista, te lo pedimos por Jesucristo, tu hijo y nuestro modelo.

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA