20 de marzo de 2008

Ciclo A.B.C

Jueves Santo

Evangelio: Juan 13, 1-17, 31b-35

(Leccionario Común Revisado)

Primera Lectura: Éxodo 12, 1-4 (5-10) 11-14

Salmo Responsorial : Salmo 116, 1-2, 12-19

Segunda Lectura: 1º Corintios 11, 23-26

   

 
EVANGELIO. Juan 13, 1-17, 31b-35

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

 En aquel tiempo, antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. 

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí? Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”. 

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les ha lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor,  ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practica.  

“Ahora el Hijo de la humanidad ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijas e hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: “A donde yo voy ustedes no pueden venir”. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes. Este es el Evangelio del Señor

UNA CUESTION DE GÉNERO

La escena nos ubica en un tiempo fuera del contexto de los ritos. Esta cena no es la cena ritual sino la comida cotidiana de amigos y amigas. La hora de la escena es la de la proximidad de la cruz y es en esa perspectiva que tenemos que reflexionar sobre cada uno de los elementos simbólicos si queremos que ellos mantengan su naturaleza sorprendente y de escándalo. Y esta escena está plenamente integrada en este  mundo y en esta realidad ya que todo paso hacia el Padre tiene como punto de partida esta realidad y es en esa realidad en que el pueblo de Dios queda y permanece. No es en la iglesia ni en los palacios del poder en el cual los discípulos quedan, sino que es en este mundo de complicidades y traiciones. Es allí el lugar teológico en el cual se ha de desarrollar esta escena, pero siempre en perspectiva del Reino hacia el cual se desea pasar, hacia esa tierra prometida por la cual se trabaja y promueve.

Es en el contexto de esa cena cotidiana y que es modelo de todas nuestras santas cenas, de todas las eucaristías que nos dan identidad. Son esas cenas alternativas que van a conducir a Jesús de Nazaret a la cruz. Así como tenemos en nuestra celebración dominical una liturgia de la Palabra y una liturgia del Sacramento, también tenemos el mandato de celebrar la liturgia del servicio, de la diaconía o de la promoción social. No hay cena completa sin esa perspectiva de servicio y en ese contexto también la diaconía adquiere una dimensión sacramental. Así como en la Palabra y los Sacramentos vivimos la presencia real de Cristo junto a su pueblo, en el servicio de promoción de dignidades y justicia social también hay un claro mandato y una expresa promesa de Jesús de Nazaret y no puede haber celebración comunitaria sin esta perspectiva de la vida sacramental.

Es en el contexto y en medio de esa cena y como parte integrante de la misma que Jesús de Nazaret se pone de pie y se despoja de su manto de maestro y profeta. Al igual que todo acompañamiento a redes y personas que viven con vih o sida demanda un despojarnos de todo signo de poder si queremos seguir este modelo que nos propone Jesús el Cristo del Dios del Reino. Y ese gesto tiene una significación aún más profunda que un simple despojarse porque se reviste de una toalla que atada a la cintura simboliza una conducta y una identidad totalmente diferente. Es un gesto que hace temblar los cimientos de toda estructura jerárquica. Este gesto tiene diversas posibilidades de consideración y que no necesariamente tienen que ver con la humildad sino con lo revolución. Podemos considerar el gesto de lavar los pies de un huésped como naciendo del afecto y respeto que siempre se realizaba en la intimidad de la vida familiar y en el cual la comunidad cristiana se asume como la familia alternativa que desafía a la familia patriarcal vigente. También permite la comprensión desde la vertiente de la transformación social que conduce a la cruz. Ese gesto de despojarse del manto de superioridad para asumir la toalla atada a la cintura es un gesto que trasciende fronteras de género y de rango social y económico, porque es un gesto que corresponde a las mujeres y a los esclavos no judíos. Jesús de Nazaret no tiene ninguna timidez de recomendar a sus discípulos varones en romper las barreras de género y establecer el mandamiento de hacer una tarea eminentemente femenina. También al ser una tarea limitada a esclavos no judíos, nos llama a romper con las barreras sociales, económicas y raciales. Este relato en que se introduce la escena es todo un escándalo y debe continuar siéndolo. No caigamos en la traición de espiritualizar o confinar el relato al mero aspecto estético sin consecuencias en nuestra comprensión de nuestra identidad como comunidad cristiana.

Este gesto de lavar los pies unos a otros y otras no es un rito porque por lógica tendría que haber sido realizado al inicio de la cena y no en medio de ella. No es un rito sino que es una proclamación de la realidad de la nueva familia de Dios. Indudablemente el diálogo con Simón Pedro nos muestra las ataduras de la mentalidad del antiguo régimen. Por un lado el escándalo de ver a aquel que consideramos Maestro realizar un acto de total despojo de poder y dignidad. Ese despojamiento continua siendo una dificultad para muchas y muchos cristianaos en su reracionamiento con las personas y los grupos en situación de vulnerabilidad al vih y sida. Es difícil comprender la dimensión de comunión y servicio al cual estamos llamados en este gesto y si no lo hacemos no podremos tener nada que ver con Jesús de Nazaret. Este despojarnos de prestigio y asumir una identidad desde los márgenes es una condición para compartir su suerte de cruz que es consecuencia directa de este escándalo.

El gesto de haber asumido el lugar más escondido y poco valorado en el esquema jerárquico tanto social como religioso, Jesús de Nazaret se vuelve a colocar el manto y se ubica en la mesa. Es difícil comprender ese proceso y esa exigencia. Asume una identidad que sobrepasa las cuestiones de género y de nivel social para ayudarnos a liberarnos unos a otros y poder retomar el manto de nuestras dignidades y sentarnos a la mesa de la humanidad libre. El proceso va de un nivel de total libertad en la gracia que asume un movimiento de despojarse para que así todos y todas podamos asumir el proceso de volver a la mesa de la comunión humana con nuestro manto de respeto y solidaridad. Despojarnos del poder, asumir posición en los márgenes de la sociedad y de la iglesia, para que todos y todas puedan tener acceso a la mesa de la ciudadanía plena en esa sociedad y en esa iglesia. Se pasa de los verbos en indicativa hacia los verbos en imperativo. Ese proceso es un nuevo mandamiento que forma parte de la presencia real de Cristo en nuestras celebraciones litúrgicas en este tiempo de todas las pasiones que promueven justicia. Seremos felices y bienaventurados si sabiendo estas cosas y estos procesos, las ponemos en práctica.

La glorificación del Hijo de la humanidad es asumir las consecuencias de ese despojarse para comulgar con los estigmatizados y marginados de nuestra sociedad para que puedan retornar a la mesa común de la humanidad. Aquellos y aquellas que no quieren despojarse de sus ropajes de opresores ni abandonar sus puestos de poder no van a perdonar ni entonces ni ahora esta propuesta. La lógica de las traiciones conduce entonces y ahora a las cruces que queremos eliminar.

Este proceso culmina con el nuevo mandamiento de amarnos unos a otros y otras ya no como a nosotras y nosotros mismos sino como Jesús nos ha amado, es decir hasta la culminación de todas la cruces para que todas las cruces desaparezcan. Amar hasta dar nuestra vida para cambiar situaciones de estigma y discriminación. Si no promovemos un mundo sin estigma y discriminación, aún al precio de tener que despojarnos de todo poder, prestigio y consideración social y religiosa no tendremos parte en la mesa que nos espera más allá de la cruz. Sin comunión en esa mesa no hay resurrección y nos quedaremos clavados en la cruz de una sociedad y una iglesia quebrada y cerrada. El amor con el que nos ha amado Jesús de Nazaret pasa por la cruz del total despojo. Ese es el mandamiento escandalosamente nuevo de amarnos unos a otros pasando por la cruz para suprimir la cruz. Esa es la última etapa de todos los éxodos y de todas las pascuas de resurrección.

Para la revisión de vida

  • ¿Cuáles son los rituales, las fronteras de género y de jerarquía social que estamos invitados a desafiar en este proceso de ser en verdad una promotores de inclusión y comunión?  

Para la reunión de grupo

  • Enumerar las áreas en las cuales nuestras comunidades necesitan revisar sus criterios para transformarse en ese espacio donde las personas son reconocidas como espacios sagrados y reconocidas como invitados e invitadas a la mesa de  la libertad. ¿Dónde encontramos en nuestra acción pastoral con las personas y grupos en situación de vulnerabilidad los signos de este proceso de amar como nos amó Jesús de Nazaret hasta la plenitud de la cruz que vence las cruces? 

Para la oración de los fieles

Invitados por nuestro Señor y Maestro, Jesús de Nazaret a servirnos en amor unos a otros y unas a otras, oremos por la iglesia para que pueda tomar como modelo este sacramento de igualdad y equidad, para que ilumine en las tinieblas de este sistema de opresión, y para que todas y todos escuchen la voz de quien se ubica a sus pies.  

(Se hace un breve silencio) 

  • Oremos por las comunidades de fe, para que estigmatizadas con la cruz de Cristo y alimentadas en su mesa de inclusión incondicional, podamos amarnos unos a otros y otras, despojados de todo privilegio y actuar en un servicio que busca la justicia y la inclusión. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras.
     
  • Por toda la creación, para que no destruyamos con nuestras acciones egoístas y mezquinas la pureza de las fuentes de vida y solidaridad. Envía tu Espíritu para que tu pueblo peregrino administre con justicia los dones que fluyen de tu amoroso cuidado por todas las personas creadas a tu imagen y semejanza. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     
  • Por este mundo, para que gobiernos y religiones diversas marcadas con el estigma de las terribles divisiones y enfrentamientos puedan descubrir en el servicio mutuo tú presencia real y misteriosa y respetar la dignidad de todos y todas. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     
  • Por todas y todos aquellos que tienen hambre en sus cuerpos y en sus espíritus, especialmente por las personas que viven con vih o con sida. Inclina tu oído al clamor de sus gritos por inclusión y justicia y responde a su clamor con nuestra comunión. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     
  • Para que todas y todos, afirmando nuestro compromiso de bautismo, podamos recuperar la libertad a la cual nos llama tu Evangelio, tu proyecto del Reino y que tengamos la voluntad y la fortaleza de ser instrumentos de liberación para los cautivos de sistemas políticos, culturales y religiosos. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     

(Se pueden incluir aquí otras peticiones) 

  • Por todas y todos los santos que han vivido hasta la cruz su bautismo, para que juntas y juntos podamos pasar de la muerte a la vida y celebrar la fiesta eterna de la inclusividad a la cual nos invita el Cordero de toda dignidad. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     
  • Fuente de toda misericordia, que como una madre nos congregas en la unidad de una sola familia humana para que seamos un solo cuerpo en Cristo, reúne también nuestras oraciones por amor a Jesucristo, nuestro maestro y servidor. Escúchanos Fuente de toda igualdad:
    Amamos al Señor porque inclina su oído hacia nosotros y nosotras
     

Oración comunitaria

Santo Servidor del Reino, fuente de todo amor, que en la noche en que fuiste traicionado, nos entregaste un nuevo mandamiento, el de amarnos unos a otros y otras tal como tu nos amas. Escribe este mandamiento en nuestros corazones, y concédenos la voluntad de servirnos unos a otros y otras tal como tu mismo nos sirves a todos y todas. Te lo imploramos por tu Hijo que junto al Espíritu de santidad, siempre un solo Dios, ahora y siempre, se hace presente en medio de su pueblo fiel. Amén