Jueves 5 de abril de 2007

CICLO C. JUEVES SANTO
Evangelio : Juan 13, 1-17, 31b-35

Primera lectura: Éxodo 12, 1-4 [5-10] 11-14
Salmo Responsorial: Salmo 116, 1, 10-17   
Segunda lectura: 1 Corintios 11, 23-26



EVANGELIO

Juan 13, 1-17, 31b-35

En aquel tiempo, antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí ? Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho : “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor ; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les ha lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor,  ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practica.

“Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: “A donde yo voy ustedes no pueden venir”. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes.     El Evangelio del Señor


LAS CAUTIVIDADES BABILÓNICAS.

Durante mucho tiempo he pensado que bastaba hablar de las diversas cautividades babilónicas de la iglesia para estar libre de ellas. Siempre había creído que las cautividades era algo que les pasaba a los demás, que eran situaciones bajo las que vivían otras comunidades cristianas. Era mi convicción que si en nuestra tradición confesional habíamos denunciado las cautividades babilónicas que la historia y la tradición de la iglesia había impuesto sobre el pueblo de Dios, eso era suficiente para estar libre de ellas.

Al comenzar a caminar junto a las personas y grupos vulnerables al vih y al sida, me di cuenta que la realidad no coincidía con mi punto de vista. En un rico, desafiante y doloroso proceso de conversión durante esta tarea pastoral me di cuenta que yo mismo, como persona, necesitaba ser liberado de diversas cautividades bíblicas, teológicas y pastorales en las que fui creciendo, educado y actuado. No solo me di cuenta del necesario proceso de liberación a nivel personal sino también institucional. Mi propia comunidad de fe necesitaba ser liberada de sus cautividades. Ese no es un proceso ocurrido en algún momento de siglos pasados sino que es un proceso dinámico, actual y contemporáneo. Todo ello se me fue revelando en la paradójica situación de abrirme al diálogo con las personas y grupos que viven con vih o con sida. Fuero ellos los agentes pastorales enviados por Dios a convocarme al proceso de conversión que conduce a la liberación.

Uno de los espacios personales que fue sometido a ese proceso de liberación de cautividades fue mi propia comprensión del evangelio. Nada quedó en pie a pesar de que los elementos interpretativos han estado allí, al alcance de mi vida, en todo momento. Pero estaba ciego y necesitaba liberar mi mente para poder captar verdades viejas y simples.

¿Qué es el evangelio? Mi primera respuesta es afirmar que no es un libro ni varios libros. Evangelio es siempre una buena noticia transmitida oralmente que nos habla del proceso de anonadamiento, del proceso de despojamiento de honores y gloria que vive el Cristo de Dios. Evangelio es el anuncio de ese proceso por el cual Dios se hace próximo, pero no solamente cercano y que habita con nosotros y nosotras, sin que habita escandalosamente con aquellos que han sido esclavizados por el sistema social, económico o religioso. Esa encarnación de Dios no es cualquier encarnación sino que es la encarnación en los espacios en los cuales los seres humanos nunca hemos de encontrar ni gloria ni prestigio. Todas las mesas de comunión que construye Jesús de Nazaret son un permanente reflejo de esa encarnación. Esas mesas de la inclusión de los estigmatizados, las y los impuros rituales o litúrgicos, las y los oprimidos por una falta total de equidad de género, extranjeros y despojados de derechos de ciudadanía, se constituyeron en una de los argumentos más importantes para llevar a Jesús de Nazaret a la cruz. La resurrección es la confirmación que proclama que esa mesa de la inclusión es parte del proyecto que quiere Dios, al menos el Dios de Jesús de Nazaret, para todos los seres humanos.

Esa buena noticia que es el núcleo del evangelio es la llave que nos permite leer todas las escrituras: “si uno no tiene esta concepción del evangelio, jamás podrá ser iluminado por la Escritura ni dispondrá de una base firme”[1] Pero inmediatamente se nos advierte de “no hacer de Cristo un Moisés, pensando que no hace otra cosa que impartir enseñanza y ejemplo”[2] Permanentemente tenemos allí una tentación sumamente peligrosa. Cristo es más que maestro de comportamientos y conductas y mucha más que un ejemplo a imitar. En el mundo hay muchos maestros y muchos modelos y ejemplos. Cristo es mucho más que eso. “Pero esto es lo menos importante en el evangelio, por lo cual aún no se lo puede llamar ‘evangelio’. Pues con esto Cristo no te sirve más que cualquier otro santo”[3]

Evangelio es cuando recibimos a Cristo “como un don y obsequio que te ha sido dado por Dios y que te pertenece”[4] El evangelio no es un libro, es una persona y esa persona es un regalo gratuito de nuestro Padre común. Es un regalo incondicional para todos y todas y no para algunos que se sienten mejores que otros y otras. La única condición para recibir ese regalo es hacerlo nuestro por medio de la fe. Ese Cristo deja de ser una realidad externa para transformarse en la realidad más profunda e intima de toda persona.

 La fe que nos permite hacer nuestro este evangelio que nos lleva a no dudar que el proceso de renunciación y de anonadamiento de Cristo lo hace nuestro. Se nos llama a “no dudar de que él mismo, Cristo, con esa obra y padecimiento sea tuyo; y que puedes confiar en esto no menos como si tú lo hubieras hecho, incluso como si tú fueras el mismo Cristo”[5] La fe, que siempre es apropiarnos de aquello que es invisible a los ojos de los que viven con los criterios de nuestra sociedad, nos permite integrarnos en el proceso de Jesús de hacerse cercano de aquellos que ocupan el último lugar en la sociedad y en las iglesias, para desde allí, comenzar a empoderar a aquellos y aquellas de los cuales se ha hecho cercano y transformarlos en esa comunión y en ese compartir en otros Cristos.

Este es el concepto de evangelio que nos libera de las cautividades, “este es el gran fuego del amor de Dios para con nosotros y nosotras, por el cual el corazón y la conciencia llegan a tener alegría, firmeza y serenidad[6] Este es el centro de nuestra acción pastoral junto a las personas y los grupos que viven con vih o con sida. No es otro y no debemos confundirnos: “el evangelio no es propiamente un código de leyes y preceptos que nos exija actuar, sino un libro de promesas divinas, en el cual nos promete, ofrece y da todos sus bienes y beneficios en Cristo[7] Esta es nuestra tarea y no otro en cualquier acción pastoral o de promoción social. Anunciar ese evangelio lleno de promesas en que se nos llama a compartir la liberación de Jesucristo. Pero la gran tentación es que: “nos apresuramos a hacer del evangelio un código de leyes, un manual de mandamientos, convirtiendo a Cristo en un Moisés, y al que vino a auxiliarnos lo convertimos en un simple maestro[8] ¿Qué promesas escuchan de los labios de los cristianos las personas que viven con vih o con sida? ¿Anunciamos a Moisés o proclamamos a Cristo? ¿Imponemos leyes y reglamentos o haces visible las promesas de auxilio y aceptación?

Es por ello que tenemos que separar muy claramente Ley y Evangelio como dos realidades totalmente diferentes. Las diferencias son de contenido y de forma: “Por eso vemos también que [Cristo] no insta atrozmente ni apremia, como lo hace Moisés en su libro y como es del mandamiento hacerlo[9] El anuncio del evangelio no es imponer por el miedo conductas deseadas sino que es anunciar promesas. Esa es la buena noticia. Ese es el Evangelio: promesas de liberación de cautividades. En esto tenemos modelo porque Jesús de Nazaret “no apremia ni coacciona a nadie. Incluso enseña tan afablemente que más bien anima que manda[10] El método pedagógico de Jesús de Nazaret es cautivar, enamorar, subyugar a quienes son objeto de su acción pastoral. No es Moisés y sus reglamentos, estatutos y mandamientos. Esta forma de proclamar no es solo de Jesús de Nazaret: ”Y también los apóstoles por regla general usan las palabras: exhorto, ruego, suplico, etc. Moisés empero dice: mando, prohíbo; y, además, amenaza y asusta con castigos y penas horribles[11] Me pregunto, ¿en qué quedarían muchas predicaciones si les quitamos las amenazas y el premio de infiernos y llamas eternas? ¿Es posible un anuncio del evangelio desde el amor y el servicio? ¿Dónde queda el mandamiento nuevo?

Que se haga realidad en nosotros y nosotras que “Cuando, pues, abres el libro del evangelio y lees o escuchas que Cristo se encamina de un lugar a otro o que le traen a alguien, debes captar en ello la predicación, o sea el evangelio, mediante el cual él se acerca a ti o tú eres llevado a su presencia, puesto que predicar el evangelio no significa sino que Cristo acude a nosotros y nosotras o que nosotras y nosotros somos llevados a su presencia”[12]

Para la oración de los fieles:

  • Confesamos ser cómplices de esta cultura de las multitudes donde apretamos, empujamos y oprimimos, cada quien en su carrera desenfrenada por el éxito y el triunfo, sin prestar atención a los pies cansados, las manos vacías, los cuerpos enfermos, le esperanza azotada y maltrecha, los ojos clementes, el corazón abandonado. Dios, en tu gracia, ten piedad de tu pueblo
  • Confesamos nuestros discursos globalizantes y acomodados, sin nombres y apellidos, sin compromisos concretos, redentores, libres de peligros y amenazas; el facilismo de comprender a todos y a todas de una misma manera; el pecado imperdonable de ignorar los rostros cargados de futuro, carisma y pasión salvífica. Dios, en tu gracia, ten piedad de tu pueblo
  • Confesamos nuestra falta de ternura, de comprensión, de amabilidad, de reciprocidad. Necesitamos renovar nuestra alma pastoral, humanizar nuestra mirada y dilatar los sentimientos, oxigenar los pulmones del mundo y ensanchar el horizonte de la vida. Dar rienda suelta al poder que restaura y purifica, acoge y resucita. Dios, en tu gracia, ten piedad de tu pueblo
  • Dios, en tu gracia, ten piedad de tu pueblo, perdona nuestros pecados y renueva nuestros sueños de un mundo transformado y habitado por la plenitud de tu gracia[13]

    Amén.

Oración comunitaria.

Dios de misteriosa presencia en un sacramento maravilloso. En él nos has dejado un recuerdo de tu pasión y muerte. Concede que este sacramento de tu cuerpo y sangre obre en nosotros y nosotras de tal modo que la manera en que vivimos pueda proclamar la redención que tú has traído incondicionalmente como regalo y como dan para todos y todas; porque tú vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina.



[1] Obras de Martín Lucero. Editorial La Aurora. Buenos aires. 1979, Volumen 6. “Lo que se debe buscar en los evangelios” Pág.40

[2] Idem. Pag. 40

[3] Idem. Pág. 41

[4] Idem. Pag. 41

[5] Idem. Pág. 41

[6] Idem.  Pág.41

[7] Idem. Pág. 41

[8] Idem. pág. 44

[9] Idem. Pág. 41

[10] Idem. Pág. 41

[11] Idem. Pág. 41

[12] Idem. Pág. 42