Domingo Vigésimo Sexto de Tiempo Ordinario - Ciclo C
Domingo entre septiembre 25 y octubre 1

Primera Lectura: Amos 6: 1a, 4-7
Salmo responsorial: 146
Segunda Lectura: 1º Timoteo 6: 6-19

EVANGELIO Lucas 16, 19-31
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

19Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y banqueteaba todos los días espléndidamente. 20Un pobre llamado Lázaro estaba echado en el portal, cubierto de llagas; 21habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico; por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas. 22Se murió el pobre y los ángeles lo reclinaron a la mesa al lado de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. 23Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán con Lázaro echado a su lado 24y lo llamó: -Padre Abrahán, ten piedad de mi; manda a Lázaro que moje en agua la punta de un dedo y me refresque la lengua, que padezco mucho en estas llamas. 25Pero Abrahán le contestó: -Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora éste encuentra consuelo y tú padeces. 26Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa, así que, aunque quiera, nadie puede cruzar de aquí hasta vosotros ni pasar de ahí hasta nosotros. 27El rico insistió: -Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a casa de mi padre, 28porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento. 29Abrahán le contestó: -Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen. 30El rico volvió a insistir: -No, no, padre Abrahán, pero si uno que ha muerto fuera a verlos, se enmendarían. 31Abrahán le replicó: -Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte.


DOS MESAS MUY DIFERENTES

Quizás el centro de este relato no sea ni Lázaro ni el rico sin nombre pero hecho muy visible en este relato. Es muy posible que nuestra atención en medio de la epidemia del VIH-SIDA esté centrada en las dos mesas y que significan estos dos proyectos tan diferentes de sociedad y de iglesia. Una es la mesa de la exclusión presidida por el rico sin nombre y la otra es la presidida por el Patriarca Abraham en la cual se sientan los excluidos y estigmatizados.

Si bien el nombre Lázaro es un derivado del hebreo 'el 'azar, que significa «Dios ayuda», pareciera toda una ironía en este relato porque si consideramos esta escena con pautas de la globalización, si hay alguien que pareciera no gozar de ese Dios que ayuda es el excluido de la mesa abundante del rico anónimo. Este rico es el prototipo de muchos de nuestros ejecutivos contemporáneos. Esos funcionarios exitosos y eficientes de las grandes empresas nacionales, internacionales y transnacionales. Parece salido de un aviso televisivo de venta de automóviles modernos: bien comido, bien rodeado, bien vestido. Todo un exponente de esta sociedad globalizada y de sus valores.

Lázaro o Dios-ayuda «habría querido llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico; más aún, hasta se le acercaban los perros a lamerle las llagas.» Se ve que los perros no tienen nuestros valores, que son más democráticos y no temen ser amigo de los estigmatizados y excluidos. Las llagas son marcas visibles de su condición de impureza religiosa y social. No es posible describir una mayor marginación. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, ni si estaba preparado para observar los mandamientos o pautas morales seguramente muy difíciles de sostener en su situación de calle. Seguramente las dudas de Lázaro sobre la naturaleza compasiva de Dios para con los pobres, excluidos y marginados tenían bastante fundamento.

En el más allá la situación se revierte, las mesas cambian y los mensajeros de Dios ubicaron al excluido en la mesa misma de Abrahán. Es interesante recordar que ángeles son los mensajeros de Dios y hoy en día tenemos muchos mensajeros del Evangelio que están también destinados a ubicar en la mesa de la inclusión a los excluidos. En la crisis del vih-sida nos encontramos con los grupos vulnerables que tienen tantas razonables dudas sobre la naturaleza de Dios. También nos encontramos con muchos mensajeros que con sus mensajes y actitudes ponen en duda esa naturaleza incluyente y justa de Dios tal como nos revela el modelo de mesa que nos ofrece el Reino.  Los mensajeros también están destinados a convocar a una nueva mesa, pero no en el más allá sino en el más acá que es reflejo y primicia ahora de ese más allá que se nos propone como modelo de acción, valores y comunión. El Reino es ahora y aquí el más allá de este modelo de exclusión.

Esta escena nunca puede ser alimento para la resignación. La gran tentación de la comunidad cristiana de transformarse en baluarte de conservadurismo e inmovilismo siempre fiel a tradiciones que ya no dicen absolutamente nada a nadie. Los mensajeros de Dios, del Evangelio, nunca pueden anunciar resignación ni paciencia frente a situaciones injustas tal como nos revela la epidemia del vih-sida.

Pero sigamos con la parábola: «Estando en el abismo en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos, vio de lejos a Abrahán, con Lázaro echado a su lado, y gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua; que me atormentan las llamas. Pero Abrahán le contestó: -Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora él encuentra consuelo y tú padeces. Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa; por más que quiera, nadie puede cruzar de aquí para allá ni de allí para acá.». Entre la globalización y las mesas inclusivas del Reino existe un abismo de valores. La parábola no puede terminar aquí con solo un anuncio. Es necesaria una acción que haga visible ese anuncio. Esa acción no puede ser un milagro sino una escucha renovada de la Palabra que en el acompañamiento a las personas que viven con VIH-SIDA nos ayude a renovar la iglesia y la sociedad.

Para un verdadero predicador del evangelio esta no es una invitación a la resignación y pensar en las estrategias del más allá donde todo cambiara y que mientras tanto debemos cargar nuestra cruz aquí. Dios no arregla las injusticias en el más allá. El Evangelio nos convoca a encontrar una respuesta aquí y ahora.  Al igual que la bienaventuranzas esta parábola no es una promesa a cumplirse en el futuro. Es un anuncio que tiene sentido para el presente. Esta dirigida a los hermanos del rico anónimo, es decir, a todos nosotros que vivimos muchas veces en el despilfarro y en la poca conciencia sobre situaciones de injusticia y opresión.

El anuncio de escuchar a los profetas continua siendo muy desagradable aún hoy para todos nosotros porque los profetas decían cosas como: «Os acostáis en lechos de marfil, arrellanados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos» (Amós 6,4-7).

Para cambiar este mundo de injusticia y exclusión no hace falta un milagro, hace falta conversión de los ángeles (los mensajeros de Dios), de una sincera conversión de la misma iglesia que pueda enfrentar la dinámica del dinero de las grandes empresas farmacéuticas internacionales que privilegian la defensa de sus derechos de patentes frente a tantos y tantas Lazaros que no pueden defender su derecho a la salud y a la vida. Nuestra palabra evangélica tiene que hacer visible la presencia de tantos Lazaros que están a las puertas de nuestra sociedad anunciando una palabra de compromiso con tanto dolor y sufrimiento de las personas que viven con VIH-SIDA y de exigencia de justicia para todos y todas.

Oración de la Semana:

Dios de amor: tú conoces nuestra flaqueza y nuestros fracasos. Concédenos tu gracia para sobreponernos a ellos; protégenos de aquellas cosas que nos hacen daño; y guíanos por el camino de la salvación; por tu Hijo, Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Pastor Lisandro Orlov