Domingo 26 de agosto 2007

Ciclo C. VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO. Propio 16

Evangelio : Lucas 13, 10-17

Primera lectura: Isaías 58, 9B-14
Salmo responsorial: 103, 1-8
Segunda lectura: Hebreos 12, 18-29
   



EVANGELIO
Lucas 13, 10-17

(Traducción: “El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Madrid. Bs.As.)

10 En sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. 11 Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. 12  Jesús, al verla, la llamó y le dijo: "Mujer, estás curada de tu enfermedad", 13 y le impuso las manos. Ella se enderezó enseguida y glorificaba a Dios. 14 Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: "Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado". 15 El Señor le respondió: "¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber? 16 Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?". 17  Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía. El Evangelio del Señor.


IMPONER LAS MANOS

La primera frase de esta escena ya nos coloca en un horizonte de controversia hermenéutica y de interpretación de las Escrituras. De hecho la naturaleza propia de toda predicación y de toda proclamación es distinguir sin separar pero sin confundir aquello que entendemos por ley y evangelio, letra y espíritu, justificación por la fe y justificación por las obras, Reino de Dios y Reino Secular. Predicar es justamente hacer esa distinción ya que la naturaleza humana siempre nos lleva a una confusión de esas realidades. Sábado y sinagoga son sinónimos de la comprensión fundamentalista del proyecto de Dios en cuyo contexto se desarrolla esta escena.

Tenemos delante de nosotros a una persona en diversas situaciones de estigma, marginación e impureza litúrgica y social. En primer lugar esta persona es una mujer y por lo tanto un uso irracional del concepto de ley natural la ubica en un grupo sumamente vulnerable a los estigmas patriarcales. Ese uso opresivo del concepto de ley natural, además de justificar las esclavitudes y otras exclusiones diversas, fundamenta desde una posición de poder y con muchos textos bíblicos de su parte, la necesaria inferioridad de personas, en este caso las mujeres. Ese concepto de ley natural justifico y justifica subordinaciones a sus propietarios diversos: padres, maridos, hijos, tutores múltiples, de un ser considerado siempre menor de edad, sin capacidad de decisión de su destino y de sus vidas,  y que necesita una permanente representación de un varón para defender sus débiles derechos de ciudadanía. Ese concepto continua presente hoy en día cada vez que discutimos el tema de salud reproductiva donde los varones nos consideramos con poder suficiente como para decidir sobre el cuerpo, las vidas y las dignidades de la mujeres.

Además del estigma de ser mujer lleva el estigma de la enfermedad que, por supuesto, se la relaciona rápidamente con la posesión demoníaca. Seguramente esta persona sufría una enfermedad que hoy la medicina puede catalogar fácilmente en una lista comprensible de dolencias y con algunas propuestas de terapia. En aquel entonces como en la actualidad todo aquello que desconocemos o no queremos conocer sus causas verdaderas, o nos da miedo el saberlo,  nos llevan a obrar de la misma manera. No ofrecemos una explicación racional sino que la atribuimos a una intervención de un hipotético demonio porque conocer la verdad implica cambios y transformaciones. Nos cuesta ver las estructuras opresivas que los seres humanos hemos construido en alternativa al proyecto que el Dios del Reino nos revela en Jesucristo, nuestro hermano y compañero.

En esta escena hay una confusión en el uso de la ley. En el uso teológico de la ley Dios pone como objetivo que todos y todas nos miremos en ese espejo de mandamientos y leyes, reconozcamos que nadie, nunca y en ningún momento ha podido cumplir la totalidad de la exigencia de Dios. Esa desesperación a la cual nos conduce la ley, es paradójicamente, la gran esperanza. El uso teológico de la ley tiene como objetivo promover y fortificar nuestra humildad delante de Dios, para que al reconocernos todos y todas vulnerables al pecado, levantemos nuestros ojos hacia la acción reconciliadora del Cristo de Dios, revelado en Jesús de Nazaret y con todas nuestras fuerzas y con plenitud de fe nos apropiemos de esa su mediación que nos renueva y nos permite ocupar nuevamente, sin condiciones y con profunda misericordia, nuestra condición de hijos e hijas. El uso teológico de la ley une, abre perspectivas de futuro en reconciliación y de renovación.

El uso civil, que permanentemente confundimos dentro de las iglesias, tiene como finalidad, por supuesto no la reconciliación y la manifestación de la misericordia de Dios que sobrepasa todo lo que nuestra razón puede comprender, sino que quiere limitar, contener, castigar a aquellos que han atentado contra la dignidad, la vida y la propiedad de nuestro prójimo en este mundo caído y quebrado.  El uso civil de la ley tiene como finalidad imponer por las buenas o por las malas la paz y la justicia social. Su uso es en función de proteger el ejercicio del derecho de ciudadanía de todos y todas y que los poderosos, los opresores, los malvados no puedan lastimar las dignidades de las y los vulnerables a sistemas sociales y culturales de claro carácter demoníacos.

Jesús de Nazaret hace esa distinción y siempre hace esa distinción. El sábado es una ley teológica y la utiliza teológicamente frente a la ortodoxia y escándalo de las muchas sinagogas de la vida. Los sábados son momentos de renovar la creación en su intención primaria. Muchas veces hemos transformado y transformamos nuestras comunidades en nuevas sinagogas y aprobamos reglamentos y constituciones eclesiásticas que excluyen, estigmatizan y margina a quienes obran en los nuevos sábados del Reino. La epidemia del vih y del sida ocurre también en sábado, en ese tiempo sagrado que nos llama a renovar la creación. Aquellos que trabajamos en la crisis del vih y del sida conocemos muy bien esos reglamentos que impiden a grupos y personas el acceso pleno al ejercicio de sus derechos bautismales. Lo peor de todo es en las iglesias  aprobamos, sostenemos y mantenemos esos leyes de sábados de exclusión con alegría y satisfacción. Nuestro deber es hoy como en el sábado en que Jesús de Nazaret actúa predicar de tal manera que, impulsados por la misericordia de Dios, podamos transgredir esas leyes, reglamentos y resoluciones y todos los sábados que nos impiden incluir, vivir en comunión en el proyecto de la diversidad reconciliada de Dios, y podamos contemplar a las multitudes de personas encorvadas en nuestra comunidad y que necesitan de nuestra ayuda para enderezarse en su ejercicio pleno de sus derechos evangélicos y civiles.

La pastoral que las iglesias construyen en la crisis de la epidemia del vih y sida tienen que ser justamente ese llamado a todas las personas encorvadas por sistemas teológicos y políticos para anunciar que están curadas y curados de los estigmas que esos sistemas impusieron sobre sus vidas durante tantos años. Estamos llamados y llamadas a imponer nuestras manos sobre sus vidas y sus cuerpos para anunciar que la exclusión ha terminado y que con ese gesto de desafió y comunión nosotros y nosotras como comunidad cristiana hacemos suya tanto su enfermedad, su opresión que le impuso ese estar encorvada pero también que nuestras manos proclaman comunión y solidaridad. Al imponer nuestras manos sobre las personas consideradas en un estereotipo inferior, impuras y excluidas de falsos sistemas de pureza teológica, nuestras manos se transforman en signos de liberación. Y ese gesto de comunión y liberación nos permitirá a todos y todas enderezarnos y glorificar a Dios.

Podemos imponer nuestras manos porque Jesús de Nazaret impuso primero sus manos y las continúa imponiendo cada día sobre nuestras vidas para que también nosotros y nosotras nos podamos enderezar.

Esta proclamación de la gracia incondicional de Dios que libera y permite que todos y todas sean llamados a ponerse de pie en dignidad  no es gratuita. Los jefes de las sinagogas nos harán pagar un alto precio. Quieren seguir confundiendo el uso teológico de la ley con el uso civil. Confunden intenciones y espacios y esa confusión transforman nuestras comunidades en espacios de hipocresía.  Reglamentos y constituciones, resoluciones y cánones diversos no nos permiten reconocer a las hijas e hijos de Abraham y nuestras afirmaciones de liberación no son más que afirmaciones teóricas que no se traducen en realidades visibles que se reflejan en nuestras mesas eucarísticas.

Indudablemente las practicas de una pastoral en la crisis del vih y sida que quiera o pretenda ser integral, confesional, obediente al mandato de Jesús de Nazaret a mantener una perspectiva bifocal que nos ayude a separar y distinguir el espíritu de la letra en las escrituras es esencial. Si no logramos vivir esa distinción entonces la iglesia y la comunidad cristiana desaparece y muere.

La epidemia del vih y sida y nuestro diálogo con las personas y grupos que viven en situaciones vulnerables al vih y sida es un examen y una prueba sobre nuestra propia identidad. Sabemos que esa distinción entre ley y evangelio puede confundir a muchos y muchas pero que también es un mensaje que puede llevar alegría y a maravillarse que haya aún un grupo de bautizados que intentan escapar al peligro de confundir a Jesús con Moisés.

Para la revisión de vida

Las verdades eternas pueden requerir mucha relectura y actualización, pero en su sustancia siguen siendo verdaderas.

  • ¿Cómo voy caminando hacia el más allá de esta vida? Auscultar en mi corazón la presencia de la salvación.
  • ¿Existen situaciones en nuestras comunidades que se pueden considerar como nuevos espacios en los cuales los peregrinos de la estigmatización y de la marginación pueden encontrar su santuario? 

Para la reunión de grupo

De diversas formas y en muchos lugares las personas que viven con vih o sida han creado lugares y espacios de contención y defensa de sus derechos y dignidades. Las organizaciones de la sociedad civil son un ejemplo. Aún existen muchos sábados dentro de las comunidades cristianas que no nos permiten imponer las manos sobre aquellos y aquellas que están encorvados bajo el peso del estigma y la exclusión. ¿Qué propuestas de renovación tenemos?

Para la oración de los fieles

  • Para que el Señor nos dé una visión confiada y optimista en el triunfo de la salvación en el mundo, más allá de toda frontera religiosa o eclesiástica, roguemos al Señor.
  • Por todos los teólogos de las diferentes religiones, para que ayuden a las comunidades religiosas universales a dialogar y a acercarse, sabiendo que el "Dios de todos los nombres" nos amó primero y sin división...
  • Para que el ecumenismo se realice no sólo en las cúpulas teológicas o jerárquicas, sino en el "diálogo de vida" entre las comunidades religiosas...
  • Por todos y todas no tengamos miedo de proclamar la verdad y que no nos escandalice la misericordia ilimitada de Dios. Que nuestras vidas y testimonio sea un reflejo del amor por todas las personas descalificadas en su dignidad y consideradas teológicamente impuras para que en todo respetemos el llamado a vivir una vida en plenitud…
  • Para que nuestras comunidades sean ese espacio en que nuestras celebraciones litúrgicas son parte del retorno de dignidades y de oportunidades de inclusión, servicio a los que son vulnerables al vih y al sida y que nadie se sienta extraño, extranjero o sospechado…

Oración comunitaria

           Dios de toda la creación: tú extiendes tu mano para traer a tu Reino a las personas y ciudadanos de todas las naciones. Cuando congregues discípulos y discípulas de todo lugar, inclúyenos también a nosotros y nosotras entre las y los que valientemente confiesan a tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano y compañero.

o también:

Concédenos, Señor de todas las Inclusiones,
Que tu espíritu de vida y de dignidad
nos mueva para ampliar nuestra mente y corazón,
de forma tal que podamos superar barreras,
estereotipos y prejuicios que separan.
que todas las sospechas y dudas puedan caer.
Cura nuestras exclusiones y divisiones
para que seamos signos de tu Reino
en medio de espacios de opresión y hostilidad.
Concédenos no tener miedo de confesar
que has puesto tus manos sobre cada uno de nosotras
y nosotros y nos has hecho comunidad y santuario
de equidad de género y justicia para todos y todas.
Amén.

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires.