Domingo 10 de junio 2007
CICLO C. DÉCIMO  DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

(Propio 5) Evangelio: Lucas 7, 11-17

Primera lectura:  1º Reyes 17, 17-24
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda lectura: Galanas 1, 11-24

 

EVANGELIO

LUCAS 7, 11-17

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud.  Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba.  Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No llores".  Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate".  El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.  Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo".  El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.

 

UNA MUERTE MUY ANUNCIADA.

Jesús de Nazaret se enfrenta con dos muertes al entrar a esta ciudad de Naim. Por un lado, el entierro del hijo único varón que era la garantía de dignidad, seguridad y posición social de aquella mujer en el esquema de la organización patriarcal y esa misma mujer que su condición de viuda ya  era considerada una muerta civil y religiosa. Las mujeres en este contexto eran valoradas como propiedad. Cuando jóvenes como un elemento de comercio por su virginidad por la cual el padre u otro pariente varón directo podía solicitar un precio de mercado para entregarla a un nuevo propietario. Cuando casada tenían un valor importante como reproductoras del ADN de ese nuevo propietario.  Esta mujer ha pasado por una serie de pérdidas que atentan contra su lugar de dignidad en la sociedad: primero ha perdido a su propietario, su marido, que le aseguraba visibilidad y respeto. Ahora pierde al otro varón de la familia que daba continuidad a esa situación de seguridad pero de subordinación y para colmo es el único que le garantizaba esa visibilidad. Esta mujer llora tanto por la pérdida de su hijo como también por su propia destino de vulnerabilidad y de inequidad.

Jesús de Nazaret una nueva vez transgrede reglas, tabúes y expectativas. Esta mujer es parte de un grupo vulnerable al estigma y la discriminación que su situación de viuda viene a agravar. Es una situación semejante a la que muchas veces enfrentamos al comprometernos en el caminar junto con las personas y los grupos vulnerables al vih y sida. La sociedad y las iglesias en muchas formas ya les han descalificado, les han invisibilizados con criterios y prejuicios pre-existentes al mismo virus. Esta mujer ya estaba condicionada previamente a que ocurrieran las muertes de esposo e hijo. Igualmente as personas que viven con vih y sida también han sido ubicadas muchas veces en esta dinámica de exclusión aún antes de que el diagnóstico confirmara su condición. En esta mujer vemos una continuidad de clavos que van construyendo los ataúdes de los silencios y de las situaciones de injusticia y de inequidad sobre los que no queremos ver, ni hablar y tampoco modificar.

Como ejemplo de otro modelo posible de acción pastoral, Jesús de Nazaret, en primer lugar se conmueve por la suerte de esa mujer que en ese momento pierde el último refugio de sus derechos de ciudadanía y pasa a la categoría de vulnerabilidad extrema. A partir de ese sentimiento de solidaridad le habla y la contiene, la mira y la considera. Ninguna condición se impone en este dialogo, ningún requisito se solicita para acceder a un diálogo. Todo surge simplemente a partir de un profundo sentimiento de solidaridad.

Muchos acompañaban a esta mujer pero es un cortejo silencioso, paralizado en su movimiento, una comunidad que acompañaba el proceso de despojar a esa mujer de su lugar de dignidad en la comunidad religiosa y en la sociedad sin atreverse a desafiarlos. Un cortejo de aceptación de situaciones pre establecidas y obedecidas. Muchas veces algunas organizaciones de fe también acompañan esos procesos de entierro de dignidades sin comprender los gestos de renovación que se pueden hacer para no aceptar esos destinos de despojo y carencia. Siempre debemos pensar qué tipo de acompañamiento y procesión construimos al encontrar a hermanos y hermanas en situaciones de extrema vulnerabilidad: el dilema es aceptar o transformar

Esa muerte posiblemente natural del único hijo es contemplada por Jesús de Nazaret en todas sus consecuencias, tanto individuales como sociales. No estamos simplemente ante un portento o un milagro  maravilloso. La acción tiene todo un aspecto de protección de derechos humanos y de restitución de dignidades. Esta resurrección le devuelve la vida al joven pero esa resurrección es el instrumento por el que se produce la devolución de su condición de ciudadanía y de dignidad de esta mujer.

Jesús de Nazaret siempre está dispuesto a desafiar los tabúes. La Ley y las prácticas religiosas prohibía tener contacto con cadáveres y todo lo relacionado con la muerte por considerarla situación de impureza ritual. Nada que ver con consideraciones morales sino que era parte de códigos de pureza que frecuentemente obstaculizaban ver, juzgar y actuar de acuerdo con la voluntad primera de Dios.

Jesús asume todos los riesgos de ser considerado impuro, ateo, trasgresor y toca desafiante el féretro. Este es un gesto de una importancia que muchas veces pasamos por alto. Este es el verdadero milagro en esta escena. Ese tocar el féretro es un signo de traspasar todas las fronteras y los límites para servir y modificar una situación de exclusión.  Conmoverse y desafiar estructuras mentales y culturales. El gesto que realiza esa  mano que se extiende hasta tocar el féretro es de una profundidad que se nos escapa muchas veces en nuestra lectura contemporánea, siempre rápida y buscando la maravilloso o espectacular. Este tocar es un gesto simple, cotidiano, escondido pero que rompe cadenas para liberar mentalmente a los que están muertos por códigos y leyes que les impiden ver el corazón de las situaciones.

Sabemos que hacemos exactamente lo mismo al abrazar en nuestro compromiso pastoral con las personas que viven con vih y con sida. Ese abrazo habla mucho más claro que muchos sermones, homilías y predicaciones. El poner nuestro cuerpo en el desafío a prejuicios y estigma se fundamenta todo milagro. Ese abrazo muchas veces arranca a muchas personas de la procesión de la muerte civil o religiosa y les integra en las corrientes de vida compartida. Ese abrazo y esa presencia al lado de impuros y vulnerables nos devuelven a nosotros mismos a la vida de esperanza y comunión. Tocar a aquellos y aquellas que instituciones y personas consideran que su amistad y su cercanía nos pueden manchar es el núcleo del mensaje de Jesús de Nazaret. Ese es el milagro, esa es la resurrección, esa es la vida vivida bajo la luz del Evangelio.

Para la revisión de vida

  • ¿Cómo nos sentimos cada uno de nosotros en un mundo y una iglesia con tantos prejuicios y exclusiones que nuestro compromiso de comunión con las personas que viven con vih o sida también nos coloca a cada uno de nosotros y nosotras en los márgenes de la dignidad social o religiosa?

 

Para la reunión de grupo

  • ¿Podemos identificar en nuestra vida comunitaria un verdadero compromiso un tocar que pueda curar y sanar prejuicios y tabúes  expresado en un abrazo inclusivo en la acción pastoral con personas que viven o están afectadas por el vih o sida?
  • ¿Quiénes viven hoy en nuestra comunidad la vulnerabilidad de las viudas y los huérfanos de los tiempos de Jesús de Nazaret? ¿Cuáles son los actos y acciones de liberación y sanación que están aconteciendo dentro de nuestras iglesias y comunidades de fe?

 

Para la oración de los fieles

Espíritu de gracia y de inclusión,

  • Conduce nuestras vidas y nuestras comunidades,
    para que seamos espacios de paz y acogida.
  • Calma a quienes esperan contra toda esperanza,
    Extiende tus manos para que seamos liberados
    para poder liberar.
  • Guiamos en tus caminos que nos conducen  
    a mirar con tus ojos de compasión y comunión.

 

Misericordioso Dios,

  • siempre que tengamos miedo a los desafíos,
    ayúdanos a levantar nuestros ojos hacia la cruz de tu Hijo.
  • Siempre que tengamos tristeza
    porque nos sentimos débiles
  • frente a tantas fronteras, muros e intolerancia,
    ven a tocarnos con esas manos que devuelven vida y esperanza.

 

Dios de Esperanza y Alegría,

  • Que tu cercanía nos permita amar aún a los que no nos quieren,
    que nos fortaleza en la seguridad que otra forma de vida es posible,
  • que nos sostenga en el compromiso de servir
    sin usar a nuestros hermanos y hermanas
  • Dios que nos tocas y abrazas aún cuando somos impuros,
    que tu amor nos permita discernir la plenitud de tu imagen
  • en todos los hermanos y hermanas que caminan hacia tu Reino,
    Que tu voluntad sea hecha aquí en la tierra
    siguiendo el modelo de tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano y compañero

 

 

Oración comunitaria:

Creador de cielo y tierra, fortaleza de aquellos y aquellas que en ti esperan: sé con nosotros y nosotras en este peregrinar de cada día y escucha nuestras oraciones y el clamor de los pueblos; y, puesto que en la debilidad de nuestra naturaleza egoísta y pequeña no podemos hacer nada bueno sin ti, concédenos la ayuda de tu gracia, a fin de que, obedeciendo tu mandamiento de amar como tu lo haces, podamos abrazar en verdad y en obras a todos los que esperan la verdadera resurrección, tal como la prometió tu Hijo, Jesucristo, nuestro amigo y hermano.

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA