Domingo 9 de noviembre de 2008.

Ciclo A. Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Marcos 25, 1-13

(Leccionario Común Revisado)

Primera Lectura: Amós 5, 18-24

Salmo Responsorial: Salmo 70

Segunda Lectura: 1º Tesalonisenses 4. 13-18



EVANGELIO Mateo 25, 1-13

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: 'Ya viene el esposo, salgan a su encuentro'. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: '¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?'. Pero estas les respondieron: 'No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado'. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos', pero él respondió: 'Les aseguro que no las conozco'. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. El Evangelio del Señor.


NECEDAD Y PRUDENCIA

No podemos aproximarnos a este texto con ingenuidad o simplicidad. En primer lugar debo manifestar mi dificultad en aceptar una perspectiva tan arraigada en el pensamiento religioso de cualquier color y de todos los tiempos que mira al mundo con el objetivo de clasificar y separar. En el contexto de la epidemia del vih y del sida me resulta sumamente escandaloso mirar a aquellas personas que tienen otros criterios, otras opciones y otras costumbres desde un extraño sentimiento de superioridad incompatible con el Evangelio. Esa forma de comprender el mundo como si solo existieran dos caminos, dos realidades, clasificando a los seres humanos en buenos y malos, puros e impuros, creyentes y ateos, ricos y pobres, del norte y del sur, blancos y negros, hombres y mujeres, heteros y homosexuales, fieles y promiscuos, usuarios y limpios. Este terrible dualismo ha sido la fuente de muchos estigmas y de todas las discriminaciones. Entonces tomemos la decisión de terminar en considerarnos a nosotros y nosotras como ciudadanos del cielo y todas y todos los demás, las y los diferentes, como perteneciendo a este mundo mientras nosotros nos ubicamos en una dimensión desconocida. Todos pertenecemos al mismo mundo amado por Aquel que todo ha creado a su imagen y semejanza. Todos y todas estamos convocados a ser parte del mismo espacio de liberación que llamamos Reino de Dios. Es necesario superar ahora y terminar aquí con esa perspectiva dualista en nuestra comprensión de nuestras relaciones humanas. La realidad y nuestras propias vidas tienen muchos más matices, colores y brillos.

Tengo una querida amiga que siempre me dice que las chicas buenas van a la iglesia y que las malas van a todas partes y cada vez que se despide de mi me dice que me porte bien y que si no lo hago que la invite. Este texto del evangelio nos muestra esa comunión de situación en la que nuestra existencia nos ha ubicado en una realidad compleja y diversa. Necias y prudentes, necios y prudentes compartimos la misma historia y el mismo proyecto, todos y todas formamos parte de un mismo y único espacio. Este texto nos muestra que ambos grupos se quedaron dormidos y nadie es condenado por haberlo hecho. Por lo tanto ese no puede ser el centro y núcleo del relato, pero nos muestra algo que la teología luterana viene afirmando desde hace varios siglos pero que aún parece que no ha tomado toda la dimensión que merece en nuestro pensamiento y en nuestra acción pastoral. Siempre hemos afirmado que los seres humanos somos “simul justus et peccatorpara decirlo en formula teológica, es decir, que siempre y aún en medio de nuestro bautismo y conversión vivimos un proceso permanente, dinámico y constante de tensión y lucha en nuestra condición ambigua de ser salvados y a la vez permanecer pecadores, puros e impuros al mismo tiempo, fieles e inconstantes en todo, buenos y malos, despiertos y dormidos, necios y prudentes. Este grupo de señoritas comparten esa básica realidad y la comparten no solo entre ellas sino que la comparten con nosotros y nosotras que a la vez las compartimos con todas las personas que viven con vih o sida y con todas y todos los estigmatizados y excluidos del mundo. Por lo tanto les invito a abandonar esas miradas sospechosamente dualistas que condicionan nuestras relaciones con los seres humanos y a tener una mirada un poco más positiva y un poco más realista.

Espero que el Reino de los Cielos no se parezca en nada a estas diez señoritas. Unas por ser poco previsoras pero las otras no fueron demasiado generosas en el momento de la crisis y en la irrupción del grito anunciando el comienzo y final de la boda no asumieron la cruz de la solidaridad. Las cinco señoritas prudentes se contentaron con entrar ellas solas en la fiesta sin el más mínimo rasgo de compasión ni compromiso con las otras cinco que quedaron afuera. Tengo claro que no quiero ser como esas señoritas prudentes porque considero que aún en el momento de crisis que las coloca el grito que proclama la proximidad del novio, no podemos abandonar la cruz que nos pide comunión con todas y todos aquellos que aún están en el afuera del Reino. Decididamente no quiero ser como estas señoritas prudentes porque aún en ese momento no debo separarme de la suerte y el destino de toda la humanidad que gime esperando la manifestación de la justicia y no quiero celebrar y divertirme cuando a otros y otras se les cierran las puertas. No quiero esa espiritualidad. Mientras una sola persona que viva con vih o con sida, por su situación o por su identidad diversa quede afuera y se le cierren las puertas de las bodas del Cordero inmolado por toda la humanidad, no estaré en condiciones de hacer ninguna celebración ni fiesta.

Jesús de Nazaret ha tomado un ejemplo de la vida real y concreta que no nos permite leerla en forma alegórica o ser muy cuidadoso con sus símbolos. Indudablemente tenemos datos dispersos en el tiempo y en el espacio sobre los relatos de la celebración de un matrimonio en el contexto cultural judío en que vive Jesús. Pero todos esos recursos y aportes nos muestras que la celebración del matrimonio en Israel era un asunto puramente de carácter civil que nunca terminaba en un acto religioso y que jamás se celebraba ni en el Templo ni en la sinagoga. Durante muchos siglos tampoco se celebró en las iglesias. Era una fiesta pero no tenía carácter religioso. Esta comprensión del matrimonio como un elemento puramente civil nos permite considerar sin dramatismo las variaciones del pasado y emprender las nuevas comprensiones de matrimonio y familia con las que nos desafía la historia y nuestra propia historia. Seguramente el retraso del novio constituía una parte de la discusión sobre el contrato que establecía los regalos y demás propiedades que se debían entregar a la familia propietaria de la novia. El retraso mostraba la importancia dada a esa joven porque cuanto más se discutía, más amor y apego mostraba la familia en desprenderse de una persona que consideraba de valor y era también todo un halago para el novio y su familia. Pero esta hermosa realidad no nos puede ocultar que el matrimonio no era otra cosa que un contrato civil.

Hasta ahora nos hemos ido despojando de los elementos que no debemos colocar en el centro de nuestra reflexión con relación a este Evangelio y por ello debemos preguntarnos, entonces ¿cuál es el núcleo y mensaje de esta parábola? Este mensaje y núcleo duro central es una invitación a estar preparados para la gran crisis que significa la irrupción del Reino y sus promesas en aquella realidad y en nuestra realidad. La epidemia del vih y del sida ha mostrado que nuestras comunidades no estaban preparadas en forma prudente para responder a esa crisis que apareció sin ningún indicio previo que nos permitiera interpretar los signos de los tiempos. Aún después de veinticinco años de presencia de la epidemia del vih en nuestro mundo no hemos encontrado las palabras ni los procesos para romper los silencios y abrirnos a nuevas realidades. No hemos estado preparados ni prevenidos para responder a las crisis de esta existencia que ponen a prueba nuestro compromiso con el Reino. Este relato es un relato de crisis y el centro del mismo esta en esa previsión que nos permita responder evangélicamente a los desafíos de la vida.

La crisis que significa la irrupción del Reino en nuestras vidas y en nuestros corazones no se produce en un futuro lejano, donde algunos y algunas serán parte de ese proyecto y de ese espacio sino que ese día y esa crisis es hoy. La escatología, es decir, la meta final de la historia y de nuestras vidas se producen en un futuro adelantado que hoy exige la prudencia de estar preparados para ponernos al servicio de ese espacio de liberación y libertad.

La prudencia de la cual se nos habla puede significar la conversión nuestra. El aceite puede ser un símbolo de la conversión en el sentido destallado por Jesús de Nazaret. Esa conversión es la vestimenta adecuadas de nuestra fe y aceptación a la invitación a ser parte de una boda que nos permite ser instrumentos de la alegría de la equidad y justicia para todos y todas. Esa conversión es el rostro ungido de aceite que oculta nuestros miedos y traiciones y nos permite mirarnos a nosotros y nosotras mismas con el humilde realismo de sabernos siempre necesitados, al igual que todos y todas, de la gracia de Aquel que todo lo conoce, como para poder mirarnos con dignidad.

Esa conversión nos convoca permanentemente a trabajar interiormente en nosotros y nosotras para superar los dualismos de nuestras propias vidas. Ese aceite es la alegría de hacernos niños que quieren entrar en el Reino porque al despojarnos de todo derecho y en situación de extrema vulnerabilidad, nos ponemos en las manos de Aquel que todo lo perdona. Ese aceite puede ser también el coraje del hijo o hija alejado que vuelve a la casa común y es la gran alegría por encontrar a la oveja extraviada, que muchas veces somos nosotras y nosotros mismos y que siempre es mayor que la alegría que nos pueden dar las noventa y nueve que consideramos y se consideran justas.

En la medianoche de nuestra historia tomamos conciencia de la dimensión del grito que vienes desde la epidemia del vih y sida, en ese contexto se nos da la misión de anunciar que el Reino ya está aquí y que estamos llamadas y llamados a salir a su encuentro. Debemos despertarnos todos y todas para responder a esta crisis mundial que exige una respuesta mundial. Para responder tenemos que haber sido lo suficientemente prudentes como para haber hecho las conversiones y ajustes necesarios en nuestras propias vidas, tanto a nivel comunitario como personal. El Reino siempre exige la prudente conversión a transfórmanos en agentes de un cambio que es posible y que la esperanza en ese cambio no se agota.

Para la revisión de vida

¿Cómo influye en mi forma de pensar esta imagen de personas necias y personas prudentes en mi reflexión bíblica y la práctica pastoral en el contexto del vih y del sida? ¿Es ese un argumento suficiente como para pensar en personas que están adentro y otras que están afuera, tanto de la comunidad de fe como del gozo de los derechos humanos y respeto de dignidades y diversidades?

Para la reunión de grupo

Este relato del evangelio nos llama a un prudente auto examen sobre nuestra preparación para responder a la crisis del Reino en medio de nosotros y nosotras. ¿Estamos en condiciones de superar las rígidas formas de clasificar a las personas en conceptos dualistas que han demostrado ser tan poco equitativos y justos? Las personas y grupos vulnerables al vih y al sida han sido los que más han sufrido nuestra adicción a esta forma simplista de una mirada dualista en la sexualidad, la moral y la pertenencia religiosa. ¿Es esa una prudente preparación para responder evangélicamente a la crisis del vih?

 

Para la oración de las y los fieles

  • Reunidos y reunidas junto a los santos y santas junto a los ríos de la vida y rodeados por la nube brillante de los testigos del Reino, oremos por la prudente preparación de nuestras comunidades de fe para que puedan ser instrumentos de justicia, inclusión y renovación.


Se hace un breve silencio.

  • Amigo de las y los sensatos, que nos conduces con mano firma para que renovemos nuestras esperanzas y sepamos ofrecerla con humildad a toda la humanidad, sin exclusiones y sin clasificaciones.
    Que se alegren y regocijen en ti todas y todos los que te buscan.
  • Compañero de las y los que gimen por la manifestación de los hijos e hijas de Dios, se nuestro refugio y nuestro camino en la construcción de un espacio de solidaridad y justicia, de libertad y comunión. No nos cierres nunca la puerta del Reino y no permita que cerremos a otros y otras las puertas de nuestras comunidades.
    Digan siempre las y los que desean tu victoria: “¡Qué grande es nuestro Dios!”
  • Llave de todas las puertas y puerta de todas las libertades, tú nos llamas a romper los silencios en toda situación de opresión y explotación. Concédenos ser con nuestras vidas un escudo protector de todas las dignidades y que nuestra voz se levante contra todos los abusos que destruyen dignidades y naturaleza.
    Tú eres nuestra ayuda y nuestro libertador, ¡no tardes, Señor!”
  • Camino de todos nuestros peregrinajes, aliéntanos siempre a salir a tu encuentro y al encuentro de todas y todos tus santos para que alimentados con sus ejemplos podamos ser portadores de fe, esperanza y amor en la construcción de comunión y comunidades en donde todas y todos encuentre su hogar.
    Tú eres nuestra ayuda y nuestro libertador, ¡no tardes, Señor!”

 

Oración comunitaria

Principio y fin, desde donde todos y todas comenzamos a peregrinar y meta de toda historia y vida, ayúdanos para que sepamos vivir con toda responsabilidad y esperanza, como nos enseñó Jesús de Nazaret al que confesamos como tu Cristo, de manera que se alejen de nosotras y nosotros el desánimo, la tristeza y la desesperanza y podamos trabajar libremente en la construcción de tu Reino. Por Jesucristo, ante quien todo se inclina y por quien todo se eleva y existe, ahora y siempre. Amén.

 

o tamién:

Memoria de todos los testimonios,

de los muchos martirios,

Tu no cierras las puertas de tu perdón a nadie,

tu no amenazas con fuegos diversos.

Aceite de todas las lámparas,

que ilumina nuestras prudencias,

que disimula nuestras necedades.

Lámpara en nuestro caminar,

hacia la puerta de tu acogida,

eternamente abierta. .

Grito en medio de todas las noches,

que anuncia la llegada esperada,

que nunca nos desconoce,

que siempre nos acoge.

Concédenos la prudencia de compartir tu aceite,

de alumbrar las lámparas apagadas,

de encender todas las esperanzas.

Te lo pedimos por Aquel cuya puerta está abierta

a todas y todos los que Le buscan en verdad.

Amén.


Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina

Noviembre 2008