CICLO A –DOMINGO TRIGÉSIMO DE TIEMPO ORDINARIO. PROPIO 25. Domingo entre octubre 23 y 29

Evangelio: Mateo 22, 34-40

Primera lectura: Exodo 22, 20-26 o Levítico 19: 1-2,15-18
Salmo responsorial: 1
Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 2: 1-8

 


EVANGELIO
Mateo 22, 34-40
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones El Almendro, Córdoba )

En aquel tiempo 34 Los fariseos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se congregaron 35 y uno de ellos, que era jurista, le preguntó para tentarlo:

36 -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley ?

37 Él le contestó:  -«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Dt 6,5). 38 Este es el mandamiento principal y el primero, 39 pero hay un segundo no menos importante: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). 40 De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas.

 

 

UN PROBLEMA DE INTERPRETACION


La epidemia del vih y del sida ha puesto de manifiesto las diversas corrientes que intentan comprender el sentido de las Escrituras bíblicas. Estamos enfrentando escuelas muy diversas y esa discusión academica tiene profundas repercusiones en la construcción de una acción pastoral con las personas que viven con vih y con sida y en el diálogo de las comunidades cristianas con los grupos vulnerables a la epidemia. No estamos muy lejos de la situación que enfrentaba Jesús de Nazaret y la que enfrentamos muchos cristianos en nuestras propias comunidades.

 

Dios se encuentra con su pueblo a través de su Palabra, pero esa Palabra no es un libro sino que es una persona. Los cristianos no creemos en un libro sino que creemos en Jesús de Nazaret que vivió, murió y resucitó. Toda búsqueda que hacemos en las Escrituras tiene como objetivo hacer presente realmente en nuestro hoy y en nuestra vida el misterio sacramental del Cristo que camino, vive, sufre y reconstruye esperanzas junto con los suyos y suyas, a los que nunca abandonó ni abandonará.

 

Las Escrituras, que son el registro históricos de la acción liberadora de Dios, sólo se pueden leer con los ojos de Jesús y permitiendo que el Espíritu Santo las llene de vida para que tengan una significación hoy y aquí, en nuestra especial situación creada por la epidemia del vih y del sida. En ese contexto la proclamación del evangelio es siempre apostólica, es siempre oral, es siempre dialogada tanto entre el que anuncia como aquel que la escucha, la proclamación siempre es diálogo apostólico vivo, encarnado porque es búsqueda renovada de sentido.

 

La proclamación que es diálogo siempre tiene como contenido, no la ley sino la gracia y el amor misericordioso de Dios en Cristo Jesús. La vida, muerte y resurrección de Cristo es puesta en diálogo vivo, actualizado, significativo con la existencia de todas las personas afectadas, infectadas, viviendo o con los grupos vulnerables a la epidemia. Nunca es dogma ni ley sino que es el rostro amorosamente escondido de Dios en lo débil, pobre, excluido de nuestra sociedad y en nuestras vidas.

 

Nunca predicamos un libro porque las escrituras, que son el memorial de la predicación apostólica acerca de la existencia y contenido del anuncio de la buena noticia que revela Jesús de Nazaret. Cristo es el núcleo de la proclamación. Todo en la proclamación, al igual que las Escrituras apuntan hacia Cristo, y solo a Cristo. Solo él es la Palabra encarnada de Dios. Las Escrituras, que son nuestras palabras registrando la forma en que históricamente y condicionada culturalmente la comunidad cristiana comprendió a la Palabra encarnada de Dios, no se confunde con esa Palabra encarnada.

 

Cristo es el único interprete válido de la Ley y esa ley no es más que una preparación para encontrarnos con Cristo y por el camino negativo preparar el camino hacia el encuentro con la proclamación de Jesús de Nazaret. Pero debemos reconocer que no todo en las Escrituras es evangelio. No son los predicadores ni la iglesia los que le otorgan validez a las Escrituras sino que son las Escrituras las que le conceden autoridad a la iglesia y a los predicadores siempre y cuando ellas también señalen exclusivamente hacia el evangelio, la buena nueva anunciada y vivida por Cristo.

 

Aún hoy y muy especialmente en medio de las preocupaciones y expectativas creadas por la epidemia del vih le preguntamos a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?. ¿Cuál es el contenido mas importante de las Escrituras donde no siempre nos es fácil encontrar caminos y respuestas y donde tantas voces nos quieren llevar para un lado o para el otro?.

 

Muchas veces nosotros, los cristianos y las cristianas, hemos transformado el mandamiento principal en una larga lista de obligaciones morales, de códigos de conductas y de estatutos y reglamentos que desfiguran la centralidad del Evangelio. La afirmación central de que el y la creyente se justifica solo por la fe en Cristo Jesús se ha lentamente, transformado en nuevos códigos de buen vecina o de excelente ciudadano. Pero el Evangelio continua siendo rebelde y escapa a ese intento de transformarlo en Ley y quiere seguir siendo vida.

 

Jesús como el único interprete válido de las Escrituras y de la Ley siempre rompe esquemas, moldes y estereotipos. Le preguntan por el mandamiento principal y les responde con dos: el primero que es un resumen del primer mandamiento, es el amor incondicional a Dios y en el mismo nivel e inseparable, el amor al prójimo. Esta es la primera novedad de Jesús.

 

Cuando proclamaos este evangelio y dialogamos con los grupos vulnerables a la epidemia tenemos que tener en mente que entendía Jesús de Nazaret por prójimo. Indudablemente nosotros y nosotras tendemos a colocarle límites y fronteras a nuestra comprensión de prójimo. Siempre queda alguien excluido o devaluado en su condición de prójimo de acuerdo a nuestros gustos o compromisos sociales, culturales o pseudo religiosos. Para Jesús de Nazaret el prójimo incluia en primer lugar a todos los estigmatizados y marginados por su sociedad y por sus hermanos y hermanas en la fe. Incluye a todos aquellos que son extranjeros, extraños y extrañas en medio de nuestro grupos, comunidades. Prójimo es el o la diferente que se planta en medio nuestro y nos desafia a la conversión. Son los explotados del mundo que claman por otro cielo y otra tierra en medio de nosotros. Son las viudas, la cuestión de género muy central en el pensamiento de Jesús, es decir todas y todos aquellos que por su género son debilitados y hechos vulnerables por la sociedad y por la iglesia. Son los huérfanos, es decir, todos aquellos y aquellas que añoran una comunidad acogedora y que le hagan sentir que forman parte de la familia alternativa que debe ser la comunidad cristiana verdadera. Son todos los abandonados e ignorados por nuestra mirada selectiva de la realidad, fundamentada en una lectura sesgada e incompleta de la voluntad de Dios.

 

Pero amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo no es una nueva ley sino que es la superación de todas las leyes. Ya nada se hace por imposición o por temor sino que todo se construye a partir del amor. El mensaje de Jesús siempre va más allá de la ley porque amamos no por un mandamiento sino porque tomamos como modelo el amor de Jesús con nosotros. Ese es el único y nuevo mandamiento al cual todos los demás se someten y dependen. El amor al prójimo tal como nos lo enseña Jesús significa amarle más que a nuestra propia vida, más que a uno mismo. ¿Qué sorprendente pueden sonar en nuestros oidos esta afirmación cuando nosotros y nosotras y la iglesia entera entra en diálogo con nuestros prójimos que forman parte de los grupos vulnerables al vih y al sida? ¡Qué revolucionario es escuchar que la comunidad cristiana ama como se ama a si misma a los grupos vulnerables, a todos y todas sin condición y sin exclusión?. ¿Quién de nosotros y nosotras está realmente dispuesto a amar en verdad y en acciones y no solo de palabras a las y los usuarios de drogas, a las y los trabajadores sexuales, a las personas de orientación homosexual, en resumen, a todos los estigmatizados y marginados de nuestra sociedad?.

 

Jesús siempre nos sorprende y nos desafía. Siempre nos sorprende en su forma de interpretar los textos escritos por el pueblo de Dios a lo largo de la historia. Siempre nos recordar que el fundamento de toda la ley y los profetas es la liberación que Dios realizó con su pueblo en el Éxodo, por lo tanto toda lectura de los mandamientos, de la ley y de los profetas tienen como objetivo repetir esa acción liberadora y nunca excluyente de Dios.

 

Nosotros y nosotras hoy también corremos el peligro de pensar que el mandamiento principal entre las miles y miles de disposiciones y reglamentos es cumplir nuevamente con el sábado. Existe una lectura judaizante del mismo Evangelio que lo transforma en normas y reglas, olvidando la libertad y la promoción de la dignidad de los explotados y excluidos. El evangelio vivo y revolucionario se ha transformado y limitado a cumplir ritos de purificación, asistencia a misas y novenas, escuchar sin vivir largos sermones.¡Basta de obligaciones religiosas y dejemos fluir nuevamente la vida.

 

Nuevamente tenemos que preguntarnos ¿cuál es el mandamiento más importante cuando estamos trabajando junto a personas que viven con vih y sida y cuando dialogamos con los grupos vulnerables a la epidemia?.

 

Para la revisión de vida

La pregunta por lo esencial demanda de nosotros la vuelta a las actitudes esenciales: ¿cómo estoy ante los dos valores esenciales que Jesús proclama, los dos amores, a Dios y al prójimo? ¿Encierro ahí «toda la Ley y los Profetas», o tengo una moral complicada de muchos preceptos no debidamente jerarquizados?

 

Para la reunión de grupo

Dios y el prójimo (los dos principales mandamientos) han sido ejemplificados como las dimensiones vertical y horizontal. ¿Es correcta esa “geometría espiritual”? ¿Son realmente “dos” dimensiones, y son dimensiones tan distintas (perpendiculares, la posición más contraria que pueden tomar dos rectas que se relacionan)? ¿No es peligroso adjudicar plásticamente a Dios la dimensión vertical? ¿Qué tiene que ver Dios con el “arriba”?

«El primero es el más importante, y el segundo es semejante al primero». Si es semejante, ¿es menos importante o es de semejante importancia? Comparemos esta proposición con aquella: «si alguien dice que ama a su prójimo y no ama a su hermano, miente»: ahí parece que el segundo es condición de validez del primero, o sea, más importante en algún sentido… Dialogar sobre esta relación en que Jesús pone a los dos mandamientos.

Esta moral de Jesús parece no tener más que un capítulo, el del amor. Todos los demás capítulos son subcapítulos y están subsumidos en el capítulo del amor. Pregunta: ¿cuántas normas, mandatos o preceptos dio Jesús sobre la sexualidad? ¿Es que hay mucho más que decir –moralmente- sobre la sexualidad que lo que podamos decir sobre el Amor o sobre la Justicia ?

 

Para la oración de los fieles

Por toda la Iglesia , para que su principal testimonio ante el mundo sea por medio del amor liberador a todas las personas. Roguemos al Señor.

Por todos aquellos que en su vida saben vivir amando al prójimo, para que sepan superar los reveses que las personas egoístas puedan causarles. Roguemos...

Por todos los que trabajan por la justicia, para que el ejemplo de su vida convierta a los opresores. Roguemos...

Por todos y todas los que trabajan por la promoción y la liberación de las personas y los pueblos, para que nunca sean presa del desánimo. Roguemos...

Por todos y todas los que nos confesamos creyentes, para que nunca olvidemos que lo que verdaderamente agrada a Dios es que no explotemos a los débiles y necesitados. Roguemos...

Por todos y cada uno de nosotros y nosotras, para que nunca olvidemos que el mandamiento principal y primero es el del amor. Roguemos...

 

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro: aumenta nuestra fe, nuestra esperanza y, sobre todo, aumenta nuestro amor y nuestro sentido de la justicia, de modo que vivamos siempre próximos a nuestros hermanos y hermanas que viven con vih y con sida y todas las personas afectadas por la epidemia, especialmente a los más necesitados. Por Jesucristo.

 

 

 

Pastor Lisandro Orlov

Domingo 23 de Octubre de 2005