Domingo 31 de Agosto 2008

Ciclo A. Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Mateo 16, 21-28

(Leccionario Común Revisado)

Primera Lectura: Jeremías 15, 15-21

Salmo Responsorial: Salmo 26, 1-8

Segunda Lectura: Romanos 12, 9-21

 

 

EVANGELIO

Mateo 16, 21-28

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los seres humanos".

 

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.  ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el ser humano a cambio de su vida?  Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino". El Evangelio del Señor.

 

DEBATE TEOLÓGICO

 

Esta escena del Evangelio nos coloca desde el comienzo en el contexto de un enfrentamiento entre dos modos de hacer teología, de comprender el accionar de Dios y la naturaleza de nuestra relación con el Reino de Dios.  Es una escena que se hace en el horizonte de Jerusalén, centro de todos los poderes que, tratando de ser fieles a la letra de las Escrituras, se han de oponer en definitiva al proyecto del Dios del Reino. Este primer anuncio de la cruz revela que nos es suficiente confesar que Jesús de Nazaret es el Cristo de Dios sino que ese Cristo es diferente a los conceptos de una teología de la gloria. Jesús de Nazaret nos enseña a leer las Escrituras desde el enfrentamiento todas las teologías de la gloria y de la prosperidad.

 

No podemos comprender esta escena como un enfrentamiento personal entre el Maestro y sus discípulos, ya que Pedro habla en nombre de todos ellos y ellas. Es un enfrentamiento entre dos escuelas teológicas que aún hoy persiste. Aún hoy encontramos cristianos y cristianas que tienen miedo de enfrentarse a los centros de poder político y religioso y que quieren domesticar el quehacer teológico para ser funcionales a los sistemas de opresión políticos y religiosos.

 

Jesús de Nazaret, al igual que aquellos y aquellas que acompañamos y nos comprometemos con las personas que viven con vih o sida, no tiene problemas con samaritanos, recaudadores de impuestos, trabajadoras sexuales, traidores e impuros. Su forma de hacer teología y su acción pastoral lo enfrenta a los líderes de su propia comunidad, tanto políticos como religiosos. Esos sumos sacerdotes y todos esos escribas son los que sintiéndose dueños de la verdad y del depósito de la fe, son los que pondrán la cruz sobre las espaldas de Jesús de Nazaret y sobre todos aquellos y aquellas que se atrevan a vivir esa buena noticia hasta el extremo.

 

Ese sufrimiento no es impuesto por quien le envió y el encargo la misión de anunciar y vivir el Reino sino por los que teológicamente no comprenden ese Reino de la inclusividad incondicional de Dios. La inclusividad evangélica siempre tiene precio de cruz. La inclusividad y la incondicionalidad con los márgenes teológicos y políticos siempre son un escándalo para los que se creen dueños de los centros de poder. La cruz se constituye como el signo que quiere terminar con todas la cruces que desde perspectivas demasiado humanas, hemos colocado sobre los hombros de multitudes.

 

La cruz es consecuencia de comuniones, del escándalo de abrazos y diálogos, de mesas compartidas y casas visitadas catalogadas por la casuística de la teología de los Cristos gloriosos y hacedores de muchos milagros como de segunda clase. Es consecuencia del reconocer y promover los derechos de ciudadanía de cuanta persona enferma encontró en su camino. Reconociendo que una manera extraña de hacer teología asociaba las enfermedades con castigos divinos o intervenciones demoníacas y esta fundamentaba el clasificar a las personas como ciudadanos de cuarta categoría, condenados a vivir a los costados de los caminos mendigando o en lugares de muerte civil, en los cementerios ideológicos o teológicos.

 

Persiste ell escándalo de Jesús de Nazaret de transgredir los muchos sábados que aún hoy celebramos con el objetivo  también  de clasificar y de excluir. La cruz es consecuencia impuesta sobre Jesús de Nazaret y sobre quienes se atreven a ser sus discípulos y discípulas por las comuniones asumidas y celebradas. Es consecuencia y no requisito. Es escándalo y nunca apología del sufrimiento causado por los muchos estigmas y marginaciones, explotación y desconocimiento de derechos. Esa teología que niega la cruz es demoníaca y debemos con nuestra trabajo pastoral y nuestra relectura bíblica,  junto a estigmatizados y estigmatizadas, lograr exorcizar a la sociedad y a las iglesias. Nuestras comunidades y su acción de prevención, de educación y de acompañamiento a las personas y a los grupos en situación de vulnerabilidad al vih o al sida ya no pueden ser un obstáculo ni una piedra de tropiezo en el contexto de la epidemia del vih.

 

Esta estrecha relación entre confesión de la condición de Jesús de Nazaret como el Cristo del Dios del Reino y la pasión y cruz no se relaciona con una determinación heroica personal ya que veremos como es difícil aceptar esa cruz. Tampoco se debe a una fatalidad misteriosa e impenetrable de un designio de Dios sino que visiblemente es consecuencia de la encarnación del proyecto del Reino en un contexto hostil a esa voluntad de inclusión, comunión y de amor escandalosamente incondicional que sobrepasa todo lo que podemos pensar. La cruz es parte de un proceso histórico desatado y hecho visible en las mesas construidas desde las márgenes de los sistemas teológicos y políticos. Esas mesas son la expresión de la voluntad de Dios y se viven a la sombra de la cruz. Allí está nuestro compromiso y ese compromiso de comunión es el motivo de muchas cruces sobre aquellosw y aquellas que, en el contexto de la epidemia del vih y sida, están dispuestos a tener comuniones no siempre consideradas políticamente correctas por aquellos y aquellas que están en los centros de poder tanto teológico como político.

 

Jesús no es Moisés. No tiene más que un solo mandamiento, el amarnos unos a otros como el nos amo en perspectiva de cruz. No manda, sugiere, recomienda, aconseja. Su voz no es la del amo sino la del servidor. Esa actitud es la que nos confunde y nos lleva a tener falsas expectativas que debemos permanentemente revisar. No es fácil ser teólogo o seguidor de la cruz porque las tentaciones de gloria y prosperidad rugen a nuestro alrededor como un león dispuesto siempre a tragarnos en diversas complicidades.

 

En nuestro diálogo con las personas y los grupos en situación de vulnerabilidad no estamos siempre dispuestos a perder nuestra vida de prestigio y reconocimiento. Tenemos miedo de llevar nuestras comuniones hasta la cruz. Siempre nos paramos unos metros antes de llegar a Jerusalén. Tenemos miedo de enfrentar a los sumos sacerdotes políticos y teológicos. Tenemos miedo de escandalizar a nuestras instituciones. Nos podemos inclinar a lavar los pies de algunos y algunas pero no nos atrevemos a inclinarnos a lavar los pies de todos y todas para escándalos de sumos sacerdotes.  Muchas veces nuestro compromiso de proteger a escribas y funcionarios con poder es mayor que nuestro compromiso de comunión con todos y cada uno de los grupos y comunidades de personas que viven en situación de vulnerabilidad al vih y sida. Nuestro concepto de vulnerabilidad tiene límites y tiene también negaciones que hacen invisibles a personas con identidades diversas y nos hace obstáculos a la llegada del Reino.

 

Seguir a Jesús de Nazaret, el Cristo que confesamos del Dios del Reino siempre es escándalo de comunión que lleva la los Jerusalén de la pasión y de la cruz. No nos promete ni milagros ni gloria, ni prestigio ni pompa ni circunstancia. Si alguien quiere seguir el camino de Jesús de Nazaret tiene que cargar con la cruz y estar dispuesto a correr los riesgos de las comuniones de cruz. Estamos llamados y llamadas a perder nuestra vida en la vida abundante de comunión y escándalo de Dios. Este llamado a llevar la cruz y más específicamente a cargarla, es un llamado a vivir con valentía el sufrimiento de todos los sufrimientos por estigmas diversos y marginaciones múltiples. Es un llamado a renunciar a toda seguridad personal e institucional. ¡Es un maravilloso llamado a vivir en la intemperie del Evangelio, despojados de todo poder para que brille el único poder que une sin dividir!

 

Para la revisión de vida

Nos cuesta aceptar la teología de la cruz y la figura de un Mesías que vence los sistemas desde la más completa vulnerabilidad. Aún hoy con argumentos teológicos negamos ese camino. Es necesario que nos preguntemos si estamos dispuestos como comunidades y como personas seguir ese modelo.

 

Para la reunión de grupo

Las promesas de recompense tenemos que comprenderlas en la perspectiva del Reino. Ese Reino es ahora nuestra identidad y compromiso y seremos recompensados y juzgados de acuerdo a nuestra promoción de las pautas de esa propuesta de buenas noticias de equidad, justicia y comunión. La única gloria que podemos promover es la gloria de ver descender al Hijo de la Humanidad junto con todos sus promotores que se revela en cada acción emprendida en su nombre.

Para la oración de las y  los fieles

En comunión con todo el pueblo de Dios que promueve con su identidad y sus vidas la llegada del Reino que se revela cada día en las palabras y hechos de Jesús de Nazaret, el Cristo del Dios del Reino, ponemos todas nuestras identidades en tus manos creadoras, redentoras y santificadoras.

 

Se hace un breve silencio:

 

Divino creador, tu nos has llamado a llevar la cruz que es consecuencia de la inclusividad, de la equidad de género, y de nuestro discipulado fiel, concédenos la valentía de compartir las buenas noticias de Jesús de Nazaret, nuestro Cristo. Guíanos para que nuestra proclamación gozosa se haga vida en nuestras acciones de promoción de derechos, incidencia en las políticas públicas y en nuestras comuniones. Examínanos, Señor, y pruébanos, sondea hasta lo más íntimo de nuestro ser

 

Redentor en toda misericordia, conduce nuestro universo para que pueda superar la anarquía y el caos para que podamos gozar de la belleza de tu rostro que nos ilumina en cada acción que reconoce la dignidad de todas tus criaturas y toda tu creación. Ayúdanos a escuchar el clamor de esa creación que gime esperando la manifestación visible de tu Reino. Examínanos, Señor, y pruébanos, sondea hasta lo más íntimo de nuestro ser.

 

Santificador de toda unidad, tú deseo y voluntad para toda la creación es que podamos vivir en la diversidad reconciliada, en el mutuo reconocimiento de las dignidades que se abrazan en la misericordia y en la paz. Concédenos asumir un liderazgo creíble y honesto que sea precursor de tu Reino. Examínanos, Señor, y pruébanos, sondea hasta lo más íntimo de nuestro ser

 

Oración comunitaria

Voz de todas las llamadas, te damos gracias porque tu Hijo, nuestro Cristo, nos convoca para seguir la ruta de las comuniones, de las inclusiones  que llevan a la cruz del amor incondicional por las personas estigmatizadas y excluidas. Haznos humildes y valientes tal cual es su ejemplo, indícanos la senda de la obediencia al Reino, y danos la fortaleza necesaria para seguir sus consejos; te lo pedimos por tu Hijo, Jesús de Nazaret, nuestro Cristo y hermano.

 

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina

Septiembre 2008