Domingo 6 de mayo 2007

CICLO C. QUINTO DOMINGO DE PASCUA.

Evangelio: Juan 13, 31-33,34-35

Primera lectura: Hechos 14, 21b-27
Salmo responsorial: 144, 8-9, 10-11, 12-13ab
Segunda lectura: Apocalipsis 21, 1-5a

 



EVANGELIO
Juan 13, 31-33, 34-35
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones El Almendro, Córdoba )

31 Cuando salió, dijo Jesús: -Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y, por su medio, la de Dios; 32 y, por su medio, Dios va a mani­festar su gloria y va a manifestarla muy pronto.

33 Hijos míos, ya me queda poco que estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello que dije a los judíos: "Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir", os lo digo también a vosotros ahora.

34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois discí­pulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros.

 

  

IGUAL QUE YO

 En la comunidad cristiana el modelo de amor es el de Jesús y ese amor alcanza su mayor visibilidad en la cruz. En consecuencia todo amor que se vive en esa comunidad tan especial que llamamos cuerpo de Cristo pasa siempre y tiene como modelo el amor de Cristo. Este mandamiento nuevo que no tiene nada de mandamiento ya no es autoreferencial y no toma como paradigma al amor que yo tenga por mi mismo sino que su indicador es el amor de Jesús de Nazaret por aquellos que en el bautismo se han hecho parte de su cuerpo resucitado. El amor en la comunidad cristiana nace de los estigmas que la coherencia de vida y de sueños producen en aquel que ama hasta dar su vida por todos aquellos y aquellas que son profundamente diferentes a él.

El amor que nace de los estigmas de la cruz es el amor en la diversidad reconciliada, el amor al que es paradójicamente diferente a mí porque yo he dejado de ser el referente y modelo del amor. El mandamiento nuevo que no es mandamiento me pide que nos amemos unos a otros y otras tal como nos amo Jesús de Nazaret. Y ese es el amor más extraño y difícil porque la comunidad cristiana ya nunca más podrá ser un club de semejantes e iguales. Es el fin de las comunidades homogéneas unidas por intereses especiales, por color de piel, por idioma semejante, por nivel económico, por cultura parecida. Nunca más una sola voz en la comunidad cristiana, nunca más un solo color, nunca más una sola profesión, nunca más un idioma universal. La comunidad que nace de la cruz es la comunidad del arcoiris, es la comunidad de aquellos que se contemplan a través de la cruz y se aceptan en esa cruz.

Vivir bajo la Palabra es asumir ese desafío del amor que nace en la cruz y que reconoce que su lugar teológico ya no es junto a los iguales, parecidos y semejantes, sino que es en comunión con aquellos que son diferentes, y que a semejanza del amor expresado por Jesús de Nazaret en la cruz, es amor aún por aquellos que pueden ser enemigos y blasfemos.

 La tentación de juntarnos con los que piensan igual a nosotros o con aquellos que consideramos puros y santos es una tentación diabólica y real que destruye la verdadera naturaleza de la comunidad cristiana. Aquellos y aquellas que se paran en las puertas de nuestras iglesias y pontifican proclamando quienes son dignos de formar parte de esa comunidad y que anuncian aquellos que no cumplen los requisitos de pertenencia son verdaderos traidores al ideal de comunión de Jesús de Nazaret. Nuestra misión, y bien lo sabemos aquellos y aquellas que nos hemos comprometidos en la crisis desatada por la epidemia del vih y del sida, es junto a todos aquellos y aquellas que nuestras mismas comunidades consideran que no son dignos de pertenecer a ellas, ni de compartir la mesa de comunión, ni ser consagrados para ningún tipo de ministerio.

Para formar parte de la comunidad cristiana el único requisito es confesar que Jesús de Nazaret es el Señor de la vida y de esa misma comunidad. Las mesas y la cruz de Jesús de Nazaret son nuestros modelos de comunidad y por ese modelo estamos llamados a dar nuestras vidas. La comunidad cristiana se forma y se reconoce cuando amamos como Jesús de Nazaret amo a los distintos, es decir a nosotros mismos. Si queremos ser simientes del Reino y servir al Dios del Reino, es necesario reconocer que la comunidad es siempre una gracia que no nos pertenece. El amor en la comunidad cristiana es siempre un milagro porque no podemos explicar porqué amamos a nuestros hermanos y hermanas que son tan diferentes a nosotros. La única explicación y la única razón es porqué Jesús amó incondicionalmente de la misma manera. La comunidad cristiana es pura gracia. Quien se sienta dueño de decidir quién pertenece y quién no es, para decirlo en pocas palabras, un traidor.

El centro alrededor de la cual esa comunidad, cuerpo del Cristo resucitado, siempre es alrededor de la Palabra que produce siempre sacramentos: a los que escuchan por primera vez les conduce al bautismo de muerte y vida renovada. Los que ya han aceptado el compromiso bautismal de Cristo les lleva a la mesa de comunión para hacer visible esa unidad con Jesús de Nazaret que es el camino de unidad y comunión con el hermano y la hermana diferente que está visiblemente a mi lado.

Esa presencia, toda presencia en la comunidad cristiana, es fuente de alegría, agradecimiento y esperanza. Alegría por la presencia de la Palabra que anuncia “paz sea a todas y todos ustedes” mostrándonos sus estigmas para que podamos tomar conciencia de todos los estigmas y en especial lo nuestros propios. Es fuente de agradecimiento porque sabemos que ninguno de nosotros y nosotras es digno de participar de esa comunidad y de esperanza, porque como desterrados, esperamos que se ponga de manifiesto la razón de nuestra unidad.

 En la escucha comunitaria de la Palabra, en el compartir el mismo agua y el mismo pan, reconocemos al Cristo que se nos revela y revela a nuestro lado a un pecador reconciliado igual a nosotros y nosotras. Esa es nuestra fuente de alegría y de esperanza. Somos una comunidad de desterrados reconciliados, de diferentes unidos por aquel que nos hace iguales. “Comunión cristiana significa comunión a través de Jesucristo y en Jesucristo. No existe una comunión cristiana que sea más ni ninguna que sea menos que ésta. Desde el encuentro breve, único, hasta la larga convivencia de muchos años, la comunión cristiana es sólo esto: nos pertenecemos unos a otros únicamente por medio de Jesucristo y en El”[1]

 Para vivir esta comunión como gracia y nunca transformarnos en usurpadores de comunión, es necesario vivirla en esa perspectiva de gracia, de regalo y comprender nuestro amor fraterno como parte de nuestra comunión que nace en la cruz de Jesús de Nazaret. Somos personas justificadas, no por ser ni lindas o lindos, ni limpitos o limpitas, ni por simpáticos o simpáticas. La pura gracia nos ha llamado a ser miembros de este Cuerpo vivo y resucitado, sin derechos, sin títulos de propiedad.

 Doy siempre gracias por el hermano y hermana, que desterrado igual que yo y descalificado de toda gracia, es admitido incondicionalmente en la comunión del crucificado y que por nosotros y nosotras es resucitado. Necesito de ese pobre hermano y hermana para escuchar la Palabra viva de Dios y esa Palabra siempre viene desde afuera. La y el cristiano “siempre de nuevo ansía escuchar la Palabra salvadora porque a diario siente sed y hambre por la justicia”. Esta puede llegarle sólo desde afuera. En si mismo es pobre, está muerto. El socorro habrá de llegarle desde afuera; y ha llegado y sigue llegándole a diario en la palabra acerca de Jesucristo que nos trae redención, justicia, inocencia y bienaventuranza. Pero esta Palabra ha sido puesta por Dios en boca de seres humanos a fin de que sea transmitida entre personas. Allí donde hace impacto en alguno de ellos o ellas, éstos la transmiten a los demás. Dios ha querido que busquemos y hallemos Su Palabra viva en el testimonio del hermano y de la hermana, en labios de seres humanos”[2]

 Si quisiéramos sacar una conclusión que nos sirva de fundamento, explicación y revelación de aquellos que hemos descubierto al encontrarnos con los hermanos y hermanas vulnerables al vih y al sida, es que necesitamos de todos ellos y ellas. Desde la cruz y desde el amor con el que nos llama Jesús de Nazaret a amar, somos nosotros y nosotras los que necesitamos de sus labios, de su palabra para que la Palabra sea anunciada en nuestra vida cotidiana. El hermano y la hermana que viven con vih o con sida desde esta perspectiva se nos revelan como portadores de una buena noticia, del evangelio mismo, es “proclamador de la Palabra de salvación divina”[3]. El amor incondicional que el mandamiento nuevo nos llama a vivir pendiente de la palabra de reconciliación y de perdón que viene encarnada en los labios de estas y estos hermanos que por gracia se nos ha concedido.

 “El Cristo en su propio corazón es más débil que el Cristo en la palabra del hermano y de la hermana”[4]

 Es sorprendente que este mandamiento nuevo no ordena amar a Dios sino que se centra en el amor al hermano y hermana tal como Jesús de Nazaret lo hizo. Esa es realmente una novedad y en ese amor el cielo y la tierra son hechos nuevos. Esta es la liturgia verdadera y la alabanza que agrada a Dios.

Para la revisión de vida

  • ¿Es este realmente un mandamiento?: ¿He puesto en el centro de mi vida el Amor semejante al de Jesús de Nazaret? ¿Tengo conciencia de que ése es, realmente, «el mandamiento», la verdadera tarea del ser humano y del cristiano?
  • Como Yo les he amado: ¿Tengo a Jesús como modelo y medida a alcanzar en mi camino en el amor?

 

Para la reunión de grupo

Jesús de Nazaret nos ha abierto el camino para encontrar al otro y la otra, al diferente y extraño como hermano y hermana, como amigo y amiga, como vehículo del Evangelio. ¿Es este el cielo nuevo y la tierra nueva en el que queremos vivir?

Para la oración de los fieles

  • Para que el mandamiento del amor que se modela en Jesús de Nazaret y en su cruz, sea efectivamente una realidad en la iglesia universal, y que la coloquemos por encima de reglamentos, estatutos y leyes, y vivamos la comunidad cristiana como un regalo y nunca como sus dueños y administradores, roguemos al Señor... ¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!
  • Para que el amor fraterno, la acogida, la inclusividad, y las multifacéticos  formas del amor sean hoy "la señal por la que conocerán que somos discípulos" de Jesús, roguemos al Señor... ¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!
  •  Para que "el cielo nuevo y la tierra nueva" sigan siendo el ideal y la utopía de nuestro compromiso cristiano, roguemos al Señor... ¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!
  • Para que no deje de haber mística, modelos y utopía en nuestra sociedad, y para que las y los cristianos aporten lo mejor de su mística, de la utopía del Reino que anunció Jesús. Roguemos al Señor... ¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!
  • Para que se extienda en la Iglesia, cada vez más, una conciencia ecuménica y abierta a todos los pueblos, culturas, grupos vulnerables al estigma y la discriminación de forma tal que nuestras comunidades sean espacios construidos en la humildad y donde se encuentren y abracen todas las dignidades, para que el mundo se sorprenda de la forma en que nos amamos en la diversidad. Roguemos al Señor…¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!

 

Oración comunitaria

Dios de la Gracia sorprendente, por medio de Jesús de Nazaret, has dado por una ley diferente a todas las leyes y que llamas a tu pueblo santo a vivir el nuevo mandato de amar como Cristo nos amó a nosotros nosotras; haznos a todos los cristianos testimonios vivos de ese mismo amor inclusivo de cruz, para que lo difundamos a todo el universo. Por el mismo Jesucristo, tu hijo, nuestro hermano y amigo.

 

 Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina



[1] Dietrich Bonhoeffer: “Vida en Comunidad” Methopress. Buenos Aires. 1966. Pág.11

[2] Idem. Pág. 13.

[3] Idem.

[4] Idem.