Domingo 18 de marzo 2007

CICLO C. CUARTO DOMINGO DE CUARESMA.

Evangelio: Lucas 15, 1-3, 11-32

Primera lectura: Josué 5, 9 a. 10-12.
Salmo responsorial: Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7.
Segunda lectura: 2 Corintios 5, 17-21



EVANGELIO:
Lucas 15, 1-3, 11-32

15  1 Todos los recaudadores y descreídos se le iban acer­cando para escucharlo; 2 por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo: -Éste acoge a los descreídos y come con ellos.

3 Entonces les propuso Jesús esta parábola: 11 Y añadió: -Un hombre tenía dos hijos; 12 El menor le dijo a su padre: -Padre, dame la parte de la fortuna que me toca.  El padre les repartió los bienes. 13A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un per­dido.  14Cuando se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó él a pasar necesidad. 15Fue entonces y buscó amparo en uno de los ciudadanos de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. 16Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le daba de comer. 17Recapacitando entonces se dijo: -Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. 18Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: "Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; 19ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

20Entonces se puso en camino para casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.  21El hijo empezó: -Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.  22 Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; 23 traed el ter­nero cebado, matadlo y celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado.  Y empezaron el banquete.

25El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y la danza; 26llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. 27Este le contestó: - Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el ternero cebado por haber recobrado a su hijo sano y salvo.  28 Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó persuadirlo, 29pero él replicó a su padre: -A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; 30en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado. 31 El padre le respondió: -Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! 32 Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, an­daba perdido y se le ha encontrado.


UNA PARABOLA INCONCLUSA.

Siempre existen textos marcadores en la vida de una persona y este es uno de ellos. Siendo un niño, en la Escuela Dominical me tocó representar al hijo prodigo. De hecho su discurso de arrepentimiento es uno de los muy pocos textos que puedo decir de memoria aún hoy en día. Durante muchos años he pensado en este personaje como en algo externo a mi vida hasta que desde la acción de acompañamiento a las personas que viven con vih o con sida comprendí que yo mismo era ese hijo pródigo. A la luz de la cruz de Cristo comprendí que todos y todas somos ese hijo prodigo que siempre tiene que retornar a la casa paterna con un único y repetido discurso: “Padre he pecado contra ti y contra el cielo y no merezco ser llamado hijo tuyo…(¡esta es la versión que quedó grabada en mi mente en aquel entonces y en mi corazón ahora!). Ahora he aprendido que todos y todas necesitamos hacer nuestras estas palabras porque nadie se merece ese amor incondicional del Padre. Solamente y gracias a Jesús crucificado hoy se nos restituye la condición de hijos e hijas. Siempre estamos necesitados de ese abrazo de comunión y reconciliación que siempre es una iniciativa del Padre.

Al comenzar mi trabajo en el contexto de la epidemia del vih y del sida, sin pensarlo y sin asociar con aquella lejana representación teatral, adopté este pasaje como paradigma de una acción pastoral. Considero que tiene todos los recursos y la metodología que necesitamos[1] Aún hoy sigo pensando lo mismo.

Me sorprende siempre la reserva de sentido y como me ayuda a explicar el trabajo de promoción social, defensa de dignidades y derechos que hemos emprendido. Me sorprende descubrir el contexto en que se hace este relato. Aquellos y aquellas que murmuraban en contra de las personas que compartían la mesa de Jesús de Nazaret son los destinatarios de este mensaje. Aquellos y aquellas que critican nuestro compromiso con las personas y los grupos vulnerables al vih y al sida son los destinatarios de esta parábola. El compartir el pan y la sal con los descalificados por sistemas políticos, económicos o teológicos son los que hoy comparten también nuestra mesa y también en el camino hacia Jerusalén, muchas voces no nos comprenden o nos critican abiertamente o en los muchos pasillos y corredores de la vida. Es por ello, por este paradigma que no me arrepiento ni me avergüenzo de tener comunión con todas y todos ellos. La nueva mesa eucarística que sueño con el sueño de Jesús de Nazaret me lleva, me compele y me impulsa a abrir corazón, mente y mesa a ellos y ellas porque soy yo tan hijo pródigo que necesita perdón y reconciliación como el que más.

Este texto siempre es inspiración para construir una nueva espiritualidad evangélica y asumir desafíos que pueden ser, en muchos casos, cruz asumida o impuesta.

Me sorprende siempre la iniciativa del Padre que sin escuchar palabras ni discursos de su hijo se lanza a los caminos al encuentro del hijo que regresa. Incondicionalmente, sin preguntas ni reproches. Solamente el colocarnos en el horizonte de Dios, simplemente dejarnos ver por él, que su mirada se pose en nuestra existencia, simplemente eso mueve a Dios a salir a nuestro encuentro, abrazarnos con infinito amor de reconciliación y devolvernos nuestra condición de hijos. El hijo vuelve para colocarse en situación de siervo en la casa de su Padre pero este le devuelve todos los derechos de hijo. ¡Que escándalo! El amor de Dios siempre es un escándalo para nuestros estrechos criterios de dueños de casa.

Seguramente este hijo pródigo cometió todo aquello que podía horrorizar a su Padre. Tierras extrañas de otros dioses, cuidar animales impuros, pensar en robar la comida de esos animales. Me llama la atención la delicadeza del evangelista al describir esta vida. En la versión que tenemos dice simplemente: “derrochó su fortuna viviendo como un per­dido” ¿Habrá querido decir como un promiscuo o que practico sexo irresponsable? Pero a pesar de todo esto su Padre toma la iniciativa de salir a su encuentro y organizar una fiesta.

Esta es posiblemente la única parábola que no tiene un final y que se espera que nosotros y nosotras llenemos ese vacío y llevemos el relato a su conclusión. Esa conclusión depende hoy de nosotros y nosotras. Lamentablemente nos parecemos mucho más al hijo mayor, al que se siente dueño de la casa y propietario de los bienes del Padre. Somos aquel que pone condiciones al amor del Padre y no queremos entrar en comunión con el impuro. En sus labios aparece la afirmación fuerte y ofensiva de que gasto su dinero con “malas mujeres”. ¿Querrá decir con trabajadoras sexuales? ¿Querrá afirmar que no practicó sexo seguro y que no utilizó preservativo? ¿Querrá sugerir que es una persona que vive con vih o con sida? ¿Qué querrá decir…? ¿Por qué esa necesitad de poner en evidencia los defectos de los demás sin mirar los nuestros? ¿Por qué consideramos pródigos a los demás y nunca a nosotros mismos?

Este hermano permaneció junto al Padre y en su ortodoxia jamás comprendió a ese Padre. Le sirvió siempre como un siervo esperando una recompensa pero nunca como hijo. No comprendió la naturaleza del amor incondicional de este Padre amoroso.

Es significativa la actitud del Padre. También sale a su encuentro y trata de calmar el enojo del hijo mayor. Explica, argumenta, fundamenta el sentido de la fiesta. Los sirvientes siguen considerando hijo a uno y otro. El Padre considera hijos a ambos. Pero este ortodoxo, que nunca transgredió ni reglamentes, leyes o mandamientos y que nunca pudo pronunciar el discurso de arrepentimiento que nos hace a todas hijas e hijos pródigos se niega a participar de la fiesta de Dios. ¡Cuanta seguridad, cuanto orgullo, cuanta soberbia que produce este sentimiento en aquellos que se piensan dueños de la iglesia!

Hoy nos encontramos con la misma invitación y aún hoy muchas y muchos tienen enojo por el mucho amor incondicional de Dios. Creo que gran parte de nuestra tarea en la epidemia del vih y del sida es salir de la fiesta, acercarnos a las hermanas y hermanos que piensan que no son la hija o el hijo pródigo y convencerlos que superen sus enojos y que entren a participar de la fiesta.

Nunca sabremos como habrá terminado aquella parábola. Será siempre un misterio oculto en lo más profunda de la historia la reacción final del hijo mayor. Pero siempre sabremos si aceptamos o no la invitación que hoy ese mismo Padre nos hace para que entremos a celebrar la fiesta de la inclusividad que se celebra en el espacio donde se reúnen aquellos y aquellas que quieren ser fieles a Jesús de Nazaret. Celebremos porque Dios ha roto todos los apartheid de pureza, de ortodoxia, de orientaciones sexuales, de estigmas y opresiones diversas.

¿Qué haremos para que esta parábola tenga un final feliz? ¿Aceptaremos la invitación del Padre o continuaremos enojados hasta el final de los tiempos?  Ese es el misterio de nuestra respuesta personal y comunitaria.

Para la revisión de vida

            ¿Qué hay en mi corazón de hija o hijo pródigo... ¿Me coloco al alcance de la mirada misericordiosa de Dios? ¿Qué hay en mí de hijo mayor que se cree mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia los demás hermanos y hermanas? ¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y madura del Padre?

Para la reunión de grupo

  • Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor protagonismo.
  • Esta parábola se la conoce hoy como del padre amoroso. ¿Están de acuerdo con el cambio?
  • Calificar la conducta del hermano menor, del Padre, de los siervos, del hermano mayor. ¿Cuáles de estas conductas y cómo son asumidas hoy por las y los cristianos y por la iglesia misma?

Para la oración de los fieles

  • Por todos los que padecen estigmas, exclusión y opresión en este mundo sepan que esa no es la voluntad de Dios, roguemos al Señor.
  • Por las relaciones los seres humanos y en especial entre las y los cristianos estén presididas por la “sorprendente misericordia" que Dios tiene para con todos nosotros y nosotras...
  • Para que caigamos en la cuenta de que Dios tiene una mirada que nace de la misericordia; para que poco a poco vayamos comprendiendo la dimensión de inclusividad de la fiesta a la cual Dios nos invita hoy...
  • Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por la acogida incondicional de los demás y la nuestra propia. Para que siempre nos podamos considerar todas y todas como hijos e hijas que necesitan de la misma reconciliación contigo, como para que la alegría del encuentro presida nuestras vidas...
  • Para que "nos dejemos reconciliar todos y todas con Dios", que de tantas y tan suaves maneras nos llama a la conversión en este tiempo de la epidemia del vih y del sida…

Oración comunitaria

            Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente misericordioso, lleno de entrañas de amor incondicional, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar de nuestra ingratitud o infidelidad; danos el imitarte en ese tu amor, para que podamos llamarnos honradamente y ser en verdad "hijas e hijos tuyos" y "hermanos unos de otros". Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

  Pastor Lisandro Orlov Pastoral Ecuménica VIH-SIDA Buenos Aires www.pastoralsida.com.ar

[1] Ver en el sitio de Internet el Estudio Bíblico sobre este texto: http://pastoralsida.com.ar/estudiosbiblicos/lucas15.htm