Domingo 24 de diciembre de 2006

CICLO C. CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Evangelio : Lucas 1, 39-45

Primera lectura: Miqueas 5, 1-5a
Salmo responsorial: 79, 2ac y 3b, 15-16, 18-19
Segunda lectura: Hebreos 10, 5.1 

 

 

EVANGELIO
Lucas 1, 39-45
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones El Almendro, Córdoba )

 

39 Por aquellos días María se puso en camino y fue a toda prisa a la sierra, a un pueblo de Judá; 40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41Al oír Isabel el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo. 42 y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 43 y ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44 Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 ¿Y dichosa tú por haber creído que llegará a cumplirse lo que te han dicho de parte del Señor!

 

 

PARADIGMAS DE VISITACIÓN

Este texto del evangelio puede ser un excelente modelo para todos aquellos y aquellas que acompañamos a personas que viven con vih o con sida, o simplemente hacemos visitas en nombre de la comunidad cristiana. Cada elemento, todo el diálogo y las expresiones y asombros de la escena pueden ser fuente de reflexión que nos permitan mejorar nuestra acción y presencia.

La expresión “se pudo en camino” nos brinda ya toda una perspectiva espiritual. El camino siempre es para los hombres y mujeres de fe, Cristo mismo porque fue él quien afirmo que era el camino. Las y los cristianos siempre estamos en movimiento tanto en nuestras ideas, actitudes, lecturas de las escrituras, comprensión de nuestra identidad confesional como en nuestros cuerpos. Esos caminos siempre nos llevan a mejorar nuestro encuentro con los hermanos y hermanas que también son peregrinos en busca de un mundo posible con más justicia y fraternidad.

Inmediatamente se nos presenta un desplazamiento que a la vez es geográfico pero también un desplazamiento social. María, la campesina pobre de un pueblo ignoto y sin importancia se traslada a la zona de la ortodoxia religiosa y centro de poder. Es el encuentro entre la parienta pobre y la parienta rica, con la esposa del sacerdote Zacarías con todo lo que esa imagen significa de diferenciación. Son parientas por sangre, pero diferentes por ubicación social y económica. Es un encuentro entre diferentes. Siempre vivimos encuentros entre diferentes.

Ese encuentro como todo encuentro hecho en la perspectiva de la fe es un encuentro estremecedor. Cuando nos aproximamos a otros y otras o cuando permitimos que otros y otras se acerquen a nuestras vidas y proyectos se produce la presencia de aquel Otro que es el camino. No permitamos que nuestros encuentros sean despojados del asombro, del misterio, de la presencia real de aquel que conduce los caminos de la vida. Aquellos y aquellas que nos hemos comprometido en visitar a los enfermos, no porque están enfermos, sin porque son hermanos y hermanas, que esperan otras presencias, no podemos permitirnos perder esta dimensión de la presencia de lo invisible.

El Señor siempre se nos hace presente a través de lo cotidiano. Es importante recordar esta realidad cuando estamos preparando la celebración de la Navidad, con las discutidas listas de parientes que se incluyen o que se olvidan. No nos olvidemos de mirar a nuestro alrededor para descubrir aquellas visitas y presencias que anuncian otra presencia y otra visita. Simplemente tenemos que recobrar la virtud del asombro. Que siempre nuestros encuentros se construyan desde el Espíritu para que nuestra vida se sobresalte al reconocer las presencias de las dignidades de hermanos y hermanas que habíamos olvidado de mirar y de escuchar. Tenemos que lograr que nuestros oídos puedan escuchar el saludo de los pueblos y de las personas que claman en los caminos y que en este tiempo de Adviento se aproximan con simplicidad a nuestras mesas.

Que este tiempo de Adviento y Navidad se construya siempre desde la apertura al Espíritu que nos permitirá descubrir que todos y todas estamos embarazados de Dios. Todos y todas nos hemos transformados en portadores del Cristo y que esa es una gracia que nos sobresalta. Que el Espíritu nos ayude a no acostumbrarnos a esta realidad y que siempre nos siga sorprendiendo, porque solo en la sorpresa podremos parir esa nueva relación entre los seres humanos.

Las primeras palabras de Isabel a su parienta pobres es: ¡Bendita tu…! y ese debe ser nuestro saludo en el encuentro con toda persona, porque las bendiciones siempre van dirigidas a Dios. Toda bendición eleva nuestra mirada al Creador y no se limita a la criatura. Es ese el fundamento de toda bendición tanto de personas como de objetos. Reconocer al Señor de todas las cosas y agradecer su bondad. El encuentro, la visitación siempre es un regalo que nos hace Dios. El que una persona se interese por entrar en el espacio de nuestra existencia o nos invita a entrar en el espacio sagrado de su intimidad y su existencia siempre es una bendición de Dios totalmente gratuita.

A esta realidad aparece la afirmación central de este pasaje: ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?  Toda visitación, toda amistad, todo acompañamiento siempre es hecho en nombre y como portadores del Señor de la vida y de la historia. Ninguno de nosotros o nosotras merece esa visita porque es totalmente gratuita y no tiene nada que ver con dignidades, méritos o títulos. La visitación, tanto del que va como del que recibe, es un regalo gratuito, inmerecido. ¡Y cómo nos cuesta aceptar o recibir aquello que es gratuito e inmerecido! Tenemos sospechas de aquello que se nos ofrece gratuitamente porque siempre pensamos que puede haber una trampa en el medio. Es por ello que frente a la visita gratuita e inmerecida de nuestro Dios queremos hacer méritos o pensar en dignidades propias que arruinan la belleza y la sorprendente misericordia del Dios que se hace prójimo de cada uno de nosotros y nosotras.

A pesar de los muchos himnos y cánticos que nos recuerdan la alegría de esa visita gratuita e inmerecido de Dios en realidad nos cuesta mucho aceptarla y creerla tal como lo hacen estas dos parientas tan diferentes. Solo el colocarnos a la sombra del Espíritu de ese Dios que se encarna y habita entre nosotros y nosotras podrá sacarnos de nuestra sorpresa y aceptar que ese mismo Dios mire con tanto amor la humildad, pobreza, limitaciones y errores de sus servidores y servidoras. A la pregunta de la parienta rica: ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? se equilibra la respuesta de la parienta pobre: “El Señor ha mirado la humildad de su servidora…”  Permitamos en este tiempo de Adviento y Navidad que el Señor nos mire y podamos aceptar esa mirada en el amor totalmente gratuita e inmerecida para que nosotros y nosotras podamos comenzar a mirar a los demás con el mismo amor transformador. Solamente si aceptamos dejarnos mirar en nuestra real dimensión por el amor de Dios que toma la iniciativa eterno de mirarnos con compasión, con comprensión, con amor podremos nosotros ser los visitadores de la nueva creación, de la sociedad justa y solidaria que soñamos y de la iglesia inclusiva que nuestro bautismo proclama.

Esta es una escena de fe, de fe en lo que no se puede ver pero que se siente presente en el centro de esta visitación. Entre estas dos parientas de sangre existe la presencia de Aquel que nos hace parientes de un mismo proyecto, de una misma utopía, de un único Reino. Solamente por fe podemos ver esta presencia que nos visita y nos mira de una forma que transfigura nuestra existencia y nuestra persona.

Que en este tiempo de Adviento y Navidad tengamos la virtud de reconocer a aquel que nos visita inmerecidamente a través de aquellos y aquellas que están junto a nosotros y nosotras en el camino.

 

Para la revisión de vida

  • ¿Cómo voy a acoger el misterio de aquellos que me visitan en el nombre del Señor?
  • ¿Cómo vivir y expresar con todos todas los que me rodean la mirada amorosa de Dios que se hace vulnerable para que nosotros podamos aceptar su ternura incondicional? (Renovar nuestro compromiso bautismal de hacer visible la mirada de Dios, que lejos de querer ser juez, se nos manifiesta como padre que sale a nuestro encuentro y nos acepta tal como somos. ¿si nos acepta de esta forma, cómo debemos nosotros aceptar a los demás?) 

 

Para la reunión de grupo

Navidad:

  • ¿Estamos preparados para aceptar que Jesús nos visite? ¿Qué es lo que aún nos asombra de esta Navidad?
  • ¿Qué sería lo esencial cristiano en esta visita de Navidad?
  • ¿Qué significa en nuestros labios la afirmación de Isabel: ¿quién soy yo para que me visite mi Señor?

Para la oración de los y las fieles

  • Por todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente aquellos y aquellas que acompañan personas que viven con vih o con sida para que sean signos viviendo del Emmanel y que puedan entender que al visitar se están dejando mirar por aquel Dios que quiere caminar con todos nosotros y nosotras, sin condiciones, sin premios, sin castigos, gratuitamente, por puro amor, roguemos al Señor
  • Para que nuestra vida sea testimonio de la eficacia de la venida en forma incondicional de Dios en Jesús pequeño, vulnerable, pobre, marginado...
  • -Para que el ambiente social navideño vaya acompañado en nuestras vidas por una vivencia intensa del misterio de aquel que nos visita gratuitamente...
  • Por todas y  todos los que están lejos de sus hogares, o no tienen familia, o están en soledad obligada o voluntaria; para que experimenten la comunión y el amor por encima del cerco soledad, estigmas, prejuicios y exclusiones que les rodea...
  • Para que el ambiente de la navidad propicie en nuestras comunidades, en nuestras vidas y en nuestro país el necesario clima de amor y ternura que durante la vida diaria tenemos olvidado con frecuencia...

 

Oración comunitaria

            Dios, Señor Nuestro, que en Jesús nos has dado tu Palabra, hecha carne y sangre, fuerza y ternura, muerte y resurrección; te pedimos nos inspires para seguir sus pasos por el camino que él nos trazó, abrazando en nuestro caminar hacia ti a todos los hermanos y hermanas. Por Jesucristo Nuestro Señor.