Domingo 17 de diciembre 2006

CICLO C. TERCER DOMINGO DE ADVIENTO  

Primera lectura: Sofonías 3, 14-20.

Salmo responsorial: Isaías 12, 2-6

Segunda lectura: Filipenses 4, 4-7



EVANGELIO

Lucas 3, 7-18

Juan decía a la multitud que venía a hacerse bautizar por él: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan los frutos de una sincera conversión, y no piensen: 'Tenemos por padre a Abraham'. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham.  El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego".

La gente le preguntaba: "¿Qué debemos hacer entonces?". El les respondía: "El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto".  Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: "Maestro, ¿qué debemos hacer?". El les respondió: "No exijan más de lo estipulado".  A su vez, unos soldados le preguntaron: "Y nosotros, ¿qué debemos hacer?". Juan les respondió: "No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo".

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: "Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.  Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible". Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia. El Evangelio del Señor.


¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Al leer este texto del Evangelio se han prendido todas las luces rojas, las señales de peligro se han activado porque tenemos que transitar por un pasaje plagado de situaciones de riesgo. Una interpretación parcial, una sobre actuación o un tono más fuerte de lo esperado y habremos caído en el una exasperante glorificación de la salvación por las obras.

La apertura de este texto no podemos considerar un anuncio de una buena noticia. Las multitudes escuchan nuevamente ecos del Antiguo Testamento en sus aspectos legales. Realmente como palabras de bienvenidas y de anuncio de una nueva etapa suenan extrañas. Mas bien parece el cierre discreto de un sistema de valores religiosos y una leve insinuación de la apertura de una nueva espiritualidad. Solo en las últimas frases de este pasaje se asoma el anuncio de una buena noticia para esta multitud: un nuevo bautismo totalmente diferente al antiguo y la llegada de alguien que es el signo de un tiempo nuevo, de un cambio total, de una apertura sin temores hacia un futuro que promete ser desde el presente totalmente nuevo.

El diálogo que se entabla se estructura en la tradición antigua. Preguntas y respuestas que ya hoy ningún cristiano se puede formular de la misma manera. -¿Qué tenemos que hacer? es una pregunta fragmentada, sin terminar. Hoy, desde la fe cristiana esta pregunta sería: ¿Qué tenemos que hacer ahora que Jesús de Nazaret ha cumplido por nosotros en la cruz  todo lo que había que hacer? Este texto solamente se lo puede comprender si colocamos la mediación de Jesucristo en su centro. En caso contrario habremos hecho nuevamente del cumplimiento de obligaciones y mandatos el camino para satisfacer las exigencias de un Dios exigente y enojado con nosotros. Habremos retornado a una espiritualidad completamente extraña a la tradición de Jesús de Nazaret.

Aquellos y aquellas que estamos comprometidos desde el Evangelio, desde el anuncio y el testimonio de una buena noticias, para con los personas que viven o están afectadas por el vih y el sida, sabemos que esta tarea no nace desde el miedo. Sabemos que nuestro programa de acción, de solidaridad, de justicia y de promoción de dignidades no busca recompensas ni premios. La construcción del Reino de Dios que el Dios del Reino nos pide construir no surge porque veamos el hacha colocada al pie de los árboles que no dan frutos. Nuestra acción pastoral, nuestro compromiso con las personas estigmatizadas y la comunión con los oprimidos no surgen porque esperamos recompensas o reconocimientos sino que nacen de un compromiso interno.

Hoy más que nunca hacemos nuestro el soneto del siglo XVI, popularmente atribuido a Santa Teresa de Jesús, que es de una riqueza evangélica sorprendente:

A CRISTO CRUCIFICADO
Anónimo del siglo XVI


No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

¡Tú me mueves, Señor!, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiese infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
porque, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Ya no invocamos la externa pertenencia al linaje de Abraham sino que nos asociamos interiormente al testimonio de fe de este patriarca, siempre sorprendente, que cree en un Dios paradójico que desde un principio desafía todos los criterios de razonabilidad y de lo políticamente correcto. Esa fe que por su propia naturaleza de optar por lo teológicamente y pastoralmente incorrecto porque comparte interiormente los valores del Reino, es que trabajamos por la construcción de un mundo más fraterno, habitable y solidario.

Amamos porque hemos enloquecido de Jesús, nos mueven hoy las afrentas que vemos en el cuerpo herido de su iglesia y de sus pueblos. No es el cielo ni el infierno que nos mueven sino las llagas y los estigmas que Cristo nos revela en lo paradójico a los valores de las iglesias que se nos revela en los grupos vulnerables al vih y al sida. No es el hacer por el hacer como actos nuestros meritorios que actuamos. Nuestra confianza no está en nuestras mediaciones sino en la única mediación posible que nos puede llevar a todos y a todas a la liberación comunitaria.

No es nuestra habilidad en la construcción del Reino que nos mueve porque sabemos que el único fruto de arrepentimiento y de transformación que podemos producir es nuestra adhesión al proyecto que la mediación de Jesús de Nazaret nos muestra. Es por ello que la construcción del Reino es siempre transcendente a nuestras personas y a nuestros tiempos. El Reino viene de Dios y va hacia Dios. El Reino le pertenece y es vida y acción del Dios del Reino. Nosotros y nosotras somos simplemente testigos y herramientas de ese proyecto.

En la construcción del Reino no nos mueve un mandamiento ni una ley. No amamos a Dios porque esperamos el cielo prometido, sino porque interiormente estamos convencidos que la identidad de ese Reino es parte de nuestras vidas y es la vida que queremos vivir. No nos mueve el miedo al infierno tan temido para trabajar junto y en plena comunión con las personas y los grupos afectados por el vih o el sida. Sabemos que en ese compromiso y en esa comunión podemos ofender a muchos poderosos, pero que jamás hemos de ofender al Dios del Reino.

Nos mueve el temor para compartir la tunica, el pan y la sal con el que no lo tiene. Nos mueve el amor que tenemos por el proyecto que encarna Jesús de Nazaret. Allí está la fuente de nuestro compromiso y nada ni nadie nos podrá apartar de este amor por todos aquellos y aquellas amados por ese Dios revelado en forma tan sorprendente por Jesús, el Cristo de Dios.

Nos mueve a actuar y comulgar con todas las personas crucificadas por la exclusión, el estigma y la explotación el contemplar la cruz y verle a El, tan escarnecido en los cuerpos de nuestros hermanos y hermanas que sin techo esta Navidad no tendrán un lugar en la fiesta de la vida y todo a su alrededor será ausencia. Nos mueve ver el cuerpo de Cristo en las afrentas de aquellas personas que aún en este tiempo de la encarnación de las buenas noticias se les niega el acceso a los medicamentos que pueden salvar vida. Nos mueven esas cruces que claman para que nosotros y nosotras rompamos los silencios complices y hablemos claramente anunciando a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que otro Reino es posible.

Nos mueve su amor, el amor de Jesús de Nazaret que nos permite actuar con, a hablar junto  y acompañar en equidad a las personas que viven con vih y sida. Todo lo hacemos a la sombra y desde la perspectiva de esa cruz que nos lleva a afirmar que si no hubiera cielo tan deseado ni infierno tan temido, no por eso nosotros y nosotras dejaremos de acoger, acompañar, defender y amar a nuestros hermanos y hermanas que viven con vih o que forman parte claramente de los grupos en riesgo de ser afectados por la epidemia del sida.

Ya no le preguntamos nunca más Maestro, ¿qué tenemos que hacer? porque sabemos que El ya lo ha hecho todo. Estamos libres de las imposiciones externas, ya no vivimos en el mundo del tener que hacer por obligaciones, recompensas o miedos. Actuamos porque el encuentro y pacto que en el Espíritu que recibimos en el bautismo nuevo hemos sido hechos miembros de ese cuerpo tan lastimado y que miramos y vivimos en perspectiva de resurrección. No es un deber hacer por obligación sino un hacer por convicción profunda. Es un actuar porque vivimos en la dimensión de un pacto nuevo donde sabemos que todos y todas por el misteriosos derecho evangélico pertenecemos al único plano de comunión de la única raza humana que existe en sus múltiples manifestación de la diversidad.

La buena noticia que tenemos para compartir y que impregna todo este tiempo de preparación para la Encarnación de Dios en el niño de Belén nace del saber ya ahora y aquí que aquello que nos prometió se mantiene y se cumple. Porque Dios cumple sus promesas nosotros cumplimos en Jesús nuestras promesas. Nuestra presencia es un anuncio y un signo de que Dios está cerca y que lo hemos de ver y contemplar cada vez que la justicia y la misericordia se encuentran y se abrazan. Esta es nuestra coherencia y nuestra esencia de puro evangelio.

Para la revisión de vida

            Buen tiempo, éste de adviento, para hacerse la pregunta que se hacía la gente al escuchar a Juan: "y nosotros, ¿qué debemos hacer en Cristo, con él y a través de él?". Pregunta de conversión en la fe que también yo debo hacerme. A la luz de este evangelio, ¿qué respuesta creo que me daría el radical profeta Juan?, ¿qué debo hacer en Cristo?

Para la reunión de grupo

En la próxima Navidad volvemos a recibir la alegría y el alborozo del nacimiento de Cristo. Pero, preguntémonos: ¿se ven por algún sitio, en nuestro mundo, en nuestra patria, en nuestra sociedad los signos de la llegada del Reinado de Dios? ¿Es Navidad en el mundo? ¿Dónde nace Jesús? ¿Qué significa realmente ser navidad? ¿Les llega a las personas que viven con vih o a los grupos vulnerables al sida  las Buenas Noticias? ¿Qué podemos hacer para que esta navidad nazca efectivamente Jesús a nuestro alrededor?

¿Es la Navidad una celebración muy cerrada a las personas que vienen del los cuatro puntos cardinales de nuestra cultura urbana? ¿La celebra también en nuestra ciudad  algún grupo diferente del nuestro? ¿Sería coherente con el sentid cristiano de la Navidad el acercarnos y establecer contacto, diálogo, conocimiento mutuo, posible colaboración?

Para la oración de los fieles

  • Para que en este tiempo de adviento sigamos alimentando nuestra esperanza, cotejándola con el modelo del niño de Belén,  profundizándola y compartiéndola, ¿Qué debemos hacer  Señor?
  • Por todos los que en estos días cercanos a la navidad se sienten tristes o nostálgicos, lejos de sus familias, en soledad... para que la potencia de su amor supere todas esas distancias y les haga sentirse en comunión universal... ¿Qué debemos hacer  Señor?
  • Para que nos preparemos a la celebración de la navidad con realismo tratando de hacer que "efectivamente nazca Jesús" a nuestro alrededor... ¿Qué debemos hacer  Señor?
  • Para que la lejanía en que hoy día se ubica la utopía que todas y todos los soñadores buscamos, no nos conduzca a la resignación o al fatalismo, sino que quede superada en la constancia, en la fe sin claudicaciones, en la resistencia y el esfuerzo por acercar una y otra vez la utopía del Reino... ¿Qué debemos hacer  Señor?
  • Para que en estas vísperas de navidad la austeridad de Juan Bautista, el precursor, nos recuerde que la sobriedad en el gasto motivada por el deseo de compartir con los más necesitados, es para los pobres una buena noticia que anuncia la efectividad del nacimiento de Jesús... ¿Qué debemos hacer  Señor?

Oración comunitaria

            Oh Dios  de todos los seres humanos: al acercarse las entrañables fiestas de la encarnación,  te pedimos que hagas aflorar en nuestras vidas lo mejor de nuestro propio corazón, para que podamos compartir con las hermanas y los hermanos que nos rodean tu ternura, tu mismo amor, del que nos has hecho partícipes. Nosotros y nosotras te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. A Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.