Domingo  de 25 noviembre 2004
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Ciclo C.

TRIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO.

CRISTO REY

Ultimo domingo después de Pentecostés.

 Propio 29 (Leccionario Común Revisado)

Evangelio : Lucas 23, 33-43

Primera lectura: Jeremías 23, 1-6
Salmo responsorial: Salmo 46
Segunda lectura: Colosenses 1, 11-20
   

 

EVANGELIO
Lucas 23, 35-43
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

35 El pueblo se había quedado observando. Los jefes, su vez, comentaban con sorna: -A otros ha salvado; que se salve él si es el Mesías de Dios, el Elegido. 36 También los soldados se burlaban de él; se acercaban y le ofrecían vinagre 37 diciendo: -Si tú eres el rey de los judíos, sálvate. 38 Además, tenía puesto un letrero: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS 39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba. ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros 40 Pero el otro se lo reprochó: - Y tú, sufriendo la misma pena, ¿no tienes siquiera temor de Dios? 41 Además, para nosotros es justa, nos dan nuestro merecido; éste, en cambio, no ha hecho nada malo. 42 Y añadió: - Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey. 43 Jesús le respondió: - Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

 

EL EJERCICIO DEL PODER DESDE LA CRUZ

Durante estos días me he preguntado cuál es la relación entre el texto escogido para celebrar la fiesta de Cristo Rey y su aplicación a la realidad de las personas que viven con vih o con sida o están afectados por la epidemia. Me he preguntado como podemos aplicar este mensaje evangélico a las estructuras de nuestras organizaciones de la sociedad civil y de la práctica del voluntariado y del acompañamiento pastoral.

Seguramente en nuestra tarea educativa o de promoción social también tenemos ideas equivocadas sobre nuestras responsabilidades, posibilidades y límites. Al igual que las y los contemporáneos de Jesús, nosotros y nosotras también tenemos concepciones equivocadas de nuestro propio sentimiento de mesianismo que pensamos es imitación del de Jesucristo.

Al colocarnos al pie de la cruz y tomar esa perspectiva de nuestra comprensión de la realidad de todas las cosas y la vida misma adquieren otra dimensión. La cruz es nuestra única forma de ver nuestra responsabilidad y comprender nuestra presencia y testimonio en el contexto de la crisis del vih y del sida. Cuando hablamos de educación o de acompañamiento integral no queremos decir otra cosa que asumimos un compromiso hasta las últimas consecuencias, aún la cruz de pérdida de prestigio, amigos o comunidad.

A las personas que viven con vih o con sida y aún a todos y todas las que estamos trabajando y acompañando en esta realidad de la epidemia, nos han colocado diversos carteles sobre nuestras cabezas y muchos de nuestros hermanos y hermanas más cercanos nos han mirado con una cierta sonrisa de sospecha, de juicio y aún de incomprensión o burla. También hemos sido colocados en la cruz de los impuros o subversivos al sistema de silencios y complicidades.

En situación semejante, Jesús no baja de la cruz ni asume actitudes de un ejercicio mágico o espléndido del poder. Tiene poder pero no pertenece al círculo de los que ejercen el poder de acuerdo a conceptos globalizados. Jesús se hace fuerte en la debilidad, pero no hace una apología de la debilidad sino que nos marca el camino de empoderarnos en situaciones límites y desde la debilidad desafiar las estructuras y las ideologías impuestas,  política y culturalmente. Ese desafío tiene siempre como consecuencia la cruz. Nuestra tentación siempre es la de bajarnos de la cruz, dejar de lado las consecuencias del salirnos del sistema y de las normas. Siempre es mucho más tranquilo y fácil ser asistencial y compasivo que asumir actitudes proféticas y de reclamos de justicia. Para aquellos y aquellas que no pertenecemos al círculo médico, nuestra motivación primaria para involucrarnos en el contexto de la epidemia del vih y del sida es nuestra vocación profética de denunciar todo estigma,  exclusión y marginación y anunciar que otro mundo y otra iglesia es posible, en la que la misericordia y la justicia se abrazan, pero siempre la justicia y la misericordia deben ir juntas.

Jesús en la cruz nos muestra su compromiso asumiendo la función principal de un rey y que era la de administrar justicia en defensa de los más indefenso de la sociedad. No es una casualidad que la primera persona que entra en el paraíso pertenezca a un grupo vulnerable y excluido. La cruz es el esfuerzo máximo y extremo de un compromiso con todos los grupos vulnerables de nuestra sociedad y de nuestras iglesias. Por ser fiel a este modelo de ejercer la realeza Cristo llega a la cruz y aún en la cruz continúa ejerciendo su tarea de promoción social asumiendo la causa de aquellos y aquellas tachados socialmente como pecadores o, en el mejor de los casos, como un poco más pecadores que nosotros y nosotras. Uno de estos excluidos cuyas expresiones en la cruz son simplemente de reconocimiento de la inocencia de Cristo, es decir de que está allí por su compromiso con pecadores, trabajadoras sexuales, excluidos e inmigrantes, escucha aquellas palabras que todos deseamos escuchar: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”

Es un extraño el que escucha esas palabras y como consecuencia solo mediante la entrega a lo extraño, a lo desconocido y a lo totalmente otro el cristiano podrá encontrar el paraíso [1] . En la medida que queramos defender exclusivamente nuestra identidad y nuestra herencia sin ponerla cotidianamente en juego y en riesgo seremos una comunidad alejada de la realidad. Asumir la cruz es asumir el riesgo del encuentro con el extraño y la extraña. Solo el reconocimiento profunda de la diversidad hace que nuestra solidaridad sea relevante. No acompañamos porque el otro o la otra es semejante a nosotros piensa de manera similar sino porque nos atrevemos a comer y celebrar con todos los extraños y extrañas que están a las puertas de nuestros paraísos artificiales. La cruz no saca del círculo de los iguales para colocarnos en el centro del círculo de los diferentes [2] .

El acompañamiento pastoral a las personas que viven con vih o con sida y toda acción educativa para la prevención es un despojarnos de nuestras tradiciones religiosas, culturales y sociales en una entrega generosa y creativa. Esa entrega no es hacernos igual al otro sino que celebramos la diversidad reconciliada pero diversidad tomada en serio y celebrada en serio.

Es allí en tierras extrañas, en tierra de los grupos vulnerables que podremos reconocer nuestra identidad. Nunca conoceremos nuestra identidad en el monologo de nuestros encierros. La identidad se hace visible en el diálogo y en el respeto de la diversidad. El diálogo con los grupos vulnerables que deseamos acompañar en la crisis del vih-sida, no tiene como objetivo hacerlos igual que nosotros y que actúen y piensen como nosotros y nosotras. Ese diálogo busca iluminar toda identidad con la luz del evangelio pero para que siga teniendo esa identidad. Eso se llama inculturar el Evangelio. Tomar en serio las diversas culturas urbanas afectadas por la epidemia del vih-sida para que sigan siendo esas culturas pero iluminadas cada uno de ellas en su particularidad por el Evangelio.

La teología cristiana encuentra su identidad de tal en la cruz de Cristo. La existencia cristiana encuentra su identidad cristiana en el doble suceso de identificación con el Crucificado. Su  cruz separa la fe de la incredulidad y, todavía más, de la superstición. La identificación con el Crucificado extraña al creyente de las religiones e ideologías de la alineación, de la “religión del miedo” y de las ideologías de la venganza. La teología cristiana encuentra su relevancia en la esperanza probada a fondo y practicada de cara al reino del Crucificado, padeciendo ella con el “sufrimiento de este tiempo” y apropiándose el grito de la criatura atormentada...Jesús fue locura de los sabios y escándalo para los piadosos” [3]

El paraíso prometido al ladrón comienza cuando los marginados, los desocupados, los estigmatizados, las personas que viven con vih-sida y todos los grupos vulnerables encuentran en el diálogo alguien que nos constituye como interlocutores válidos en abierto desafío a posiciones religiosas e ideológicas. No nos podemos sentar en otro trono que no sea la cruz y ubicarnos en medio de dos estigmatizados.

“El símbolo de la cruz en la iglesia remite al Dios que fue crucificado no entre dos candelabros sobre un altar, sino entre dos ladrones en el Calvario de los perdidos, ante las puertas de la ciudad. No sólo invita a pensar, sino a convertirse, a cambiar de modo de pensar. Es un símbolo que, por lo mismo, lleva fuera de la iglesia y del anhelo religioso para adentrarse en la comunión de los oprimidos y perdidos. Y, al revés, es un símbolo que llama a adentrarse en la iglesia a lo que está oprimido y sin Dios y, mediante la Iglesia, lo está llamando a la comunión con el Dios crucificado. Dondequiera que se olvida esta contradicción de la cruz y de su trastrocamiento de los valores religiosos, de hace de la cruz como símbolo un ídolo, que ya no invita a la conversión, sino a acabar con todo pensamiento, autoafirmándose a si mismo [4]   

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires, Argentina

 

Para la revisión de vida

A la luz de la fiesta de “Cristo Rey” y del modelo de relaciones entre personas y con la Creación, reflexiones sobre nuestras actitudes en los diversos ámbitos en que nos movemos, y preguntémonos:

 

  • ¿Cómo son las relaciones de poder en nuestra organización? ¿Se basan en la dominación/dependencia o en la promoción de la mutua libertad responsable de todos y todas?
  • ¿Cómo son las relaciones de poder en la iglesia? ¿Nos valemos de nuestra autoridad como personas adultas para imponernos de manera autoritaria? ¿Justificamos en nombre de la “autoridad” nuestros abusos de poder, maltrato físico, verbal, psicológico? ¿Excusamos los abusos sexuales con algún argumento de poder?
  • Las relaciones entre los miembros de la Iglesia, siguen el modelo cristiano, o bien siguen el modelo autoritario, represivo, impositivo, excluyente, propio del “príncipe de este mundo?
  • En el seno de nuestra sociedad, ¿trabajamos por nuevas relaciones de poder, según el modelo de Jesucristo, el anti-rey, que nos presentan los evangelios? ¿O nos plegamos a los modelos autoritarios? ¿O nos declaramos impotentes o indiferentes y renunciamos a la transformación?

 

Para la reunión de grupo

  • En el Libro del Génesis cap. 3 se nos presenta las desigualdades de género y la ruptura con la naturaleza como producto del pecado. ¿De qué manera el “reinado” de Cristo nos libera y nos marca una nueva lógica en las relaciones de poder?
  • ¿De qué manera se presenta el pecado del poder en Gen. 4? ¿Qué hacer para revertir esta lógica diabólica?

 

  • Para la oración de los fieles
  • Por la Iglesia, para que seamos fieles al siempre nuevo modelo de relaciones entre las personas y con la creación que nos presente Jesús desde su reinado en la cruz redentora, sin autoritarismos ni exclusiones. Te rogamos, óyenos.
  • Para que en nuestras organizaciones vivamos también la liberación de todo autoritarismo, opresión o sometimiento. Te rogamos, óyenos.
  • Para que trabajemos por nuevas relaciones de género, basadas en el respeto, el aprecio recíprocos y la armonía. Te rogamos, óyenos.
  • Para que también en nuestras relaciones con todo grupo vulnerable seamos partícipes de modelo de respeto, reverencia y libertad responsable que nos enseña Jesús. Te rogamos, óyenos.
  • Para que construyamos “por Cristo, con él y en él” la nueva Jerusalén, en que ninguna rodilla se doble sino ante Dios y el Cordero. Te rogamos, óyenos.

 

Oración del Día:

Dios de toda la eternidad y de todos los poderes: cuya voluntad es restituirle todas las cosas a tu Hijo amado, a quien ungiste sacerdote eterno y rey de toda la creación: concede que todos los pueblos de la tierra, ahora divididos por el poder del pecado, sean reunidos bajo el reino glorioso y apacible de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.

 

 



[1] Jürgen Moltman. “El Dios Crucificado. La cruz de Cristo como base y crítica de toda teología cristiana”. Ediciones Sígueme. Salamanca. 1977. Pág. 30

[2] Idem. Pág. 31

[3] Idem. Pág. 42

[4] Idem. Pág. 63