Domingo 7 de octubre  2007

 Ciclo C. VIGÉSIMO SÈPTIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO - Propio 22

Evangelio : Lucas 17, 5-10

Primera lectura: Habacuc 1, 2-4; 2, 1-4
Salmo responsorial: 37, 1-10
Segunda lectura: 2º Timoteo 1, 1-14


EVANGELIO
Lucas 17, 5-10
(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento , Ediciones El Almendro, Córdoba)

 5 Los apóstoles le pidieron al Señor: -Auméntanos la fe. 6 El Señor contestó: -Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le di­ríais a esa morera: "quítate de ahí y tírate al mar", y os obedecería. 7 Pero suponed que un siervo vuestro trabaja de labra­dor o de pastor. Cuando vuelve del campo, ¿quién de vo­sotros le dice: "Pasa corriendo a la mesa"? 8No, le decís: "Prepárame de cenar, ponte el delantal y sírveme mientras yo como; luego comerás tú". 9¿Tenéis que estar agrade­cidos al siervo porque hace lo que se le manda? 10Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos he­cho lo que teníamos que hacer".


CREO EN LOS ÁRBOLES VOLADORES.

La clave para comprender este texto está fuera del texto. El párrafo inmediatamente siguiente comienza ubicándonos en el espacio de la geografía teológica desde la cual se debe comprender esta escena: “Mientras se dirigía a Jerusalén…”  Esa es la perspectiva en la cual podemos encontrar significados que se pueden aplicar a nuestra vida contemporánea.

El mismo pedido de los discípulos también nos ubica en el contexto de dos posiciones teológicas diferentes muy actuales. Los apóstoles quieren cantidad y la respuesta va en la dirección de la calidad. Muchas y muchos, tanto en aquel tiempo como ahora, han colocado la fe en el plano del espectáculo y los prodigios. Muchos milagros, muchos beneficios, mucha prosperidad. Prosperidad que se muestra descaradamente y que se la transforma en  sinónimo de un extraño apoyo fuerzas divinas. Todo un compendio de teología de la gloria o de la prosperidad. Esa teología que llama a las realidades en forma equivocada y que nos lleva por caminos equivocados.

La respuesta nos ubica en la calidad de la fe. El camino hacia Jerusalén y los textos paralelos nos pueden brindar pistas de comprensión de la respuesta y de la propuesta de Jesús de Nazaret. En el Evangelio de Mateo aquello que se puede hacer volar ya no es un árbol sino una montaña. En el centro de Jerusalén se encuentra el Monte Sión, sede de los poderes y de las ortodoxias hermenéuticas que están preparando la cruz. Si unimos ambas propuestas podríamos pensar que este árbol también representa aquellos sistemas de estigmas, prejuicios y exclusiones que nos han llevado a una despiadada comprensión de la epidemia del vih y sida. Sistemas ideológicos que asume que enfermedad y desgracia es falta de favor de Dios y muy débil fe en el proyecto que nos propone Jesús de Nazaret. Aquellos y aquellas que caminamos junto a las personas y grupos en situación de vulnerabilidad al vih y al sida conocemos muy bien esas formas de pensar y actuar.

Necesitamos que nuestra fe tenga mejor calidad. No es suficiente creer en expresiones abstractas de credos y libros confesionales. No es suficiente conocer de memoria todos y cada uno de los versículos bíblicos si no existe una clara comprensión de esas expresiones de fe como espacios de desafío de estructuras sociales y teológicas que oprimen y excluyen. La calidad de nuestra fe tiene que ver con el proyecto de Jesús de Nazaret que nos conduce por un camino que necesariamente nos lleva al choque de cruz con todos los sistemas ideológicos y pastorales que no logran descubrir la presencia del Dios que llega a la cruz por falta de solidaridad de aquellos que tendrían que haberse jugado la vida, la honra y el prestigio.

Frente a tanto legalismo, tanta prudencia, tanta sabiduría humana, Jesús de Nazaret nos lleva por el camino de cruz. Esa es nuestra teología. Esos legalismo y abstracciones que nos brindan tanta comodidad y tanta paz interior porque los teólogos de la gloria afirman que hay paz allí donde no existe y no puede haber paz. Nuestro compromiso es ver montes sagrados y árboles ideológicos volando por los aires para abrir caminos de solidaridad que cuesta, que duele y proyectos que nos permiten soñar que frente a tanta oposición y tantos argumentos que justifican opresiones, estigmas y exclusiones, nosotros y nosotras clamamos para una calidad de nuestra fe que nos permita contemplar la presencia del Dios del reino en aquellos y aquellas que ni el mundo y muchas veces ni la iglesia quieren mirar y amar.

A medida que me voy metiendo más y más profundamente en el mundo del vih y del sida comprendo mejor aquellas palabras que afirman que: “…el amor de Dios viviendo en los seres humanos, ama a los pecadores, a los miserables, a los necios y a los débiles a fin de hacerlos justos, buenos, sabios y fuertes; de este modo, el amor de Dios más bien derrama y confiere lo bueno. Por lo tanto, las y los pecadores son bellos por ser amados, no son amados por ser bellos” [1] Nosotros y nosotras somos esos pecadores, miserables, necios y débiles que somos transformados por la fe en Jesús de Nazaret, el Cristo del Dios del Reino, en justos, buenos, sabios y fuertes. ¿No ocurre lo mismo con las y los demás?  Esa transfiguración en el amor y por el amor no puede quedar limitada a un pequeño grupo de escogidos sino que esta abierta y al alcance de todos y todas y solamente es necesaria como requisito una fe suficiente que pueda hacer volar montañas y árboles que nos ocultan el bosque del amor de Dios.

Se muy bien que “el amor humano huye de los pecadores, de los miserables. En este sentido dice Cristo: “No he venido a llamar a justos, sino pecadores” (Mateo 9, 13). De esta índole es el amor de la cruz, nacido de la cruz, que no se dirige donde halla el bien para gozar de él, sino allí donde confiere el bien al miserable o indigente” [2] Es por ello que hoy en el contexto de la epidemia del vih y del sida clamo a Dios para que le conceda a mi fe un calidad de cruz, que esta acción pastoral pueda nacer de la cruz para conferir el bien a cuanta persona es considerada por los montes y árboles de la opresión como miserable o indigente. Es esa cruz la que me revela en mis miserias y en mi indigencia la presencia del Dios crucificado que se esconde justamente allí donde la teología de la gloria y de la prosperidad solo puede ver fracaso, castigo, debilidad.

Y cuando nos miramos a nosotras y nosotros mismos con los ojos del Dios que en soledad es crucificado comenzamos a escuchar y vivir que “por causa de Cristo somos reconciliados con Dios, aún cuando no podemos satisfacer a la ley. Cuando por medio de esta fe se aprehende a Cristo el mediador, el corazón se tranquiliza, y empieza a amar a dios y a cumplir la ley, y sabe que ya agrada a Dios a causa de Cristo el mediador, aun cuando este cumplimiento incipiente de la ley esté muy lejos de la perfección y sea todavía muy impuro” [3] Ese es mi corazón y esa es mi conciencia y es esta la buena noticia que quiero anunciar a las personas y a los grupos que viven o son afectados por la epidemia del vih y del sida. El único requisito para formar parte de esta comunidad que camina hacia Jerusalén para hacer volar por los aires montañas y árboles es la fe, una fe atrevida, valiente, propositiva, creadora. Esa es la calidad de fe que grito para que aumente, crezca e inunde nuestras vidas porque se muy bien que: “la voz auténtica y propia del evangelio dice que el perdón de los pecados lo conseguimos no en virtud de obras, sino por causa de Cristo, por la fe” [4]

Señor, ¡aumenta nuestra fe para que aprendamos a ser pobres, libres, sin seguridades, con nuestros delantales puestos para servirte en nuestros hermanos y hermanas que buscan justicia! Concédenos esa fe en busca de justicia que puede cambiar sistemas e instituciones, concédenos una fe que nos permita abandonar los dioses del miedo y de los prejuicios, concédenos una fe que pueda vencer nuestros miedos a montañas y árboles para que puedan volar por los aires y nos permitan construir tu Reino de equidad en la diversidad.

Pastor Lisandro Orlov

Pastoral Ecuménica VIH-SIDA

Buenos Aires. Argentina.

Para la revisión de vida

            -El justo vivirá por la fe... ¿Puedo decir yo lo mismo de mí mismo? ¿Es la fe el principio que realmente orienta mi vida? ¿Soy en verdad una persona "de fe"?

            -¿He hecho lo que tenía que hacer? ¿O creo que se me debe agradecer lo que he hecho? ¿Tengo simplicidad de corazón, o necesito continuamente estar recibiendo alabanzas o gratitud de los demás o de Dios?

Para la reunión de grupo

Si el justo vivirá por la fe... analicemos: qué porcentaje de nuestra propia vida estamos conduciéndola así por motivos de fe, de forma que si perdiéramos la fe inmediatamente nos conduciríamos de otro modo? Si ese porcentaje es pequeño, significa que no es muy cierto en mi vida que el justo vive por la fe.

En qué situaciones del mundo de hoy el cristiano consecuente debería ir a contracorriente, fiado en su fe y no en lo que es usual en la sociedad actual?

Para la oración de los fieles

Para que sea la fe el principio que organice, anime e impulse nuestra vida, roguemos al Señor.

Para que vivamos nuestro cristianismo como un seguimiento de Jesús: creer como él, afrontar la vida y la historia como él, ser en verdad discípulas y discípulos suyos...

Para que nos incorporemos al proyecto y a las propuestas del Reino de Dios con entusiasmo, con pasión de cruz y, a la vez, con simplicidad y humildad, conscientes de que ese trabajo es simplemente "lo que debemos hacer en amor que nace de la fe"...

Para que el Señor nos dé la humildad de los que "hacen lo que deben" sin sentirse importantes ni dignos de agradecimiento...

Para que sean muchas las personas que, con simplicidad y humildad, se sientan llamados a un servicio total y desinteresado...

Oración comunitaria

            Dios, Fuente de todo Amor y de toda Justicia, que en Jesús nos has mostrado el camino heroico del servicio y la entrega sin ostentación ni exigencias; haz que nosotros, con motivos mucho mayores, seamos humildes, sencillos y fraternales, sin reclamar nunca honores, reconocimientos ni agradecimientos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

(o también:)

Sorprendente Dios,

que te revelas como aquel que nos amas tal como somos,

que nos concedes una calidad de fe que nos permite amarte en la cruz,

para amar a nuestros hermanos y hermanas que viven ocultas en la cruz,

y que nos llamas a llevar nuestra cruz promoviendo equidad y justicia.

Concédenos la fe suficiente como para caminar junto a ti hacia Jerusalén,

y poder enfrentar los montes y árboles que nos ocultan

el bosque de tu amor incondicional.

Concédenos esa fe que se transforma en buenas noticias

y que se compromete con la dignidad y la vida de todos aquellos y aquellas que son juzgados sin amor.

Amén



[1] Obras de Martín Lutero. Tomo 1. Editorial La Aurora. Buenos Aires1967. La Disputación de Heidelberg. pág. 46

[2] Idem.

[3] Libro de Concordia. Las Confesiones de la Iglesia Evangélica Luterana. Concordia Publishing House. St. Louis.1989. La Apología de la Confesión de Augsburgo (1531). Pág.125.

[4] Idem. Pág. 126