Domingo 20 de septiembre 2009

Ciclo B. Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Marcos 9, 30-37

(Leccionario Común Revisado. Propio 19)

Primera Lectura: Jeremías 11, 18-20 o Sabiduría 1, 16-2,1,12-22

Salmo Responsorial: Salmo 54

Segunda Lectura: Santiago 3, 13-4, 3, 7-8a

 

 

EVANGELIO Marcos 9, 30-37

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

En aquel tiempo, atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: "El Hijo de la Humanidad va a ser entregado en manos de los seres humanos; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará". Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?". Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado".

El Evangelio del Señor.

 

SERVIR LAS MESAS DE CRUZ

Debemos confesar que comprender el mensaje del Evangelio anunciado y vivido por Jesús de Nazaret es una cuestión difícil, escandalosa y desafiante, tanto para quienes eran sus discípulos y discípulas entonces como ahora. Esa dificultad es el gran secreto mesiánico. Jesús comprendió muy bien lo difícil que era captar el profundo significado de las buenas nuevas anunciada a los estigmatizados y excluidos en perspectiva de pasión y cruz. El sistema teológico del antiguo régimen era un obstáculo en esa comprensión al igual que las perspectivas políticas. Siempre ha existido la tentación de encontrar la presencia de Dios en los espacios de poder y de cualquier poder. Nos cuesta comprender esta anuncio de pasión y cruz que no es solamente un novedad teórica o doctrinal sino que es un modelo de estilo de vida. El Dios que nos revela Jesús de Nazaret se hace visible en la solidaridad de quienes son conmovidos por el sufrimiento del Creador en medio de esta creación o por el sufrimiento de este mundo en el corazón de Dios[1]

Este anuncio no se realiza en el espacio teológico central del poder teológico y político. Es una advertencia que se pronuncia en un largo peregrinar por los espacios marginales que son considerados sospechosos por esos centros de poder. Desde esos espacios marginales se anuncia una buena nueva de una universalidad radical que escandaliza a todos los poderes que siempre quieren construir y sostener fronteras, fragmentaciones y enfrentamientos. El Hijo de la Humanidad es justamente esa imagen en la cual se pueden ver reflejados, convocados y enviados todos los seres humanos y cada grupo o persona viviendo con vih o con sida, o sufriendo de cualquier estigma o discriminación.

El Hijo de la Humanidad conoce muy bien que esa radicalidad en su compartir mesa y camino conduce a un enfrentamiento de martirio con quienes esa radical inclusividad le resultaba absurda, blasfema y escandalosa. Las y los discípulos de entonces no comprendieron esa verdad y aún hoy muchas comunidades de fe tampoco la entienden o la quieren relativizar de diferentes y sutiles maneras. Cuando actuamos y reflexionamos desde los márgenes en los cuales nos ubica la epidemia del vih y del sida, cuando actuamos en escandalosa comunión con personas y grupos vulnerables a la epidemia, estamos poniendo en práctica el secreto mesiánico de una comunidad radicalmente inclusiva.

Es sorprendente seguir el itinerario de preguntas que hace Jesús de Nazaret a sus discípulos y discípulas. Cada pregunta nos abre a nuevas posibilidades y nuevos desafíos. También son reveladoras las preguntas y los silencios de quienes pretenden seguir ese camino de comunión y solidaridad que se construye desde los márgenes. Muchas veces tenemos miedo de hacerle preguntas a Dios porque tenemos mucho miedo de las respuestas. Tenemos miedo que esas respuestas destruyan nuestras fantasías y tire abajo nuestra la construcción que hemos hecho del concepto abstracto y lejano de un Dios juez que, en definitiva, sirve para garantizar nuestra propia pureza y sentimiento de superioridad.

En ese caminar por las márgenes de la sociedad y del poder Jesús de Nazaret les hace otra de sus preguntas: "¿De qué hablaban en el camino?" Tanto entonces como ahora nos avergonzamos de confesar que, en la comunidad de fe, seguimos hablando sobre la forma y condiciones en que queremos ejercer el poder. Dedicamos mucho tiempo a discutir si les hemos de reconocer a los demás el mismo derecho a ejercer sus derechos de ciudadanía tanto en la sociedad como en la misma iglesia. Queremos un poder que ponga límites y clasifique a la creación y a la humanidad en puros e impuros, de acuerdo a nuestros criterios fundamentados en una teología de la prosperidad y de la gloria que se contrapone abiertamente y que rechaza y se escandaliza de la teología de la cruz. Ese es el mayor conflicto aún hoy en nuestras comunidades y muchas de nuestras declaraciones y acciones se relacionan y tienen como punto focal la forma en que pretendemos ejercer el poder.

Desde esos márgenes de todo poder se nos convoca a ejercer un poder que se pone al servicio de todos y todas. Aquello que fue y es escandaloso es que detrás de la palabra “servidor” se nos está llamando a ser simplemente un mozo de un bar cualquiera, un garzón de un restaurante de barrio, un sommelier en algún negocio venido a menos. Queda en ustedes darle el nombre que corresponda a su cultura pero en realidad nuestra misión es la de ser esa persona que coloca los platos y trae las comidas, que sirve el agua y el pan, y que está atento a las necesidades de las y los invitados al banquete del Hijo de la Humanidad. Es esa persona muchas veces invisible e ignorada.

No estamos llamados ni llamadas a presidir la mesa, ni a sentarnos en los lugares de prestigio sino asumir una tarea que, generalmente le correspondía a las y los excluidos: mujeres o esclavos, que para la mentalidad de las y los poderosos de entonces y de muchos actualmente, eran prácticamente sinónimos.

Pero no solamente estamos llamados a servir como mozos, despojados de toda pretensión de prestigio, en las mesas que prepara y anuncia Jesús de Nazaret, sino que sabemos que esas mesas son las de la radical inclusividad, la mesa de comunión con prostitutas y publicanos, de todos quienes son estigmatizados por los sistemas de poder teológico o político. Sabemos que esas comuniones de mesa nos llevarán hasta la escandalosa pasión de cruz. Mesas de comunión en radical inclusividad necesariamente nos encaminan hacia la cruz

No son las mesas con los invitados políticamente correctos, que de alguna manera nos permitiría disfrutar de algo del prestigio que cae de esas mesas de poder, las que estamos llamados y llamadas a servir sino que son las mesas de las y los que han sido despojados de toda su dignidad por esos sistemas. Somos llamados y llamadas a ser los servidores de las escandalosas mesas de carácter radicalmente inclusivos convocas por el Hijo de toda la Humanidad. La forma y los destinatarios de nuestro servicio de las mesas de comunión son una acción revolucionaria, transformadora de jerarquías y estructuras que producen una acción liberadora a la cual nos convoca el mensaje de hoy.

Para que no quedara ninguna duda de las consecuencias de estas sucesivas revelaciones de pasión, de cruz y servicio, Jesús de Nazaret coloca a un niño o niña en medio de quienes pretenden ser sus discípulos y discípulas como símbolo de una persona totalmente desprovista de todo derecho. Ese niño o niña es el testimonio vivo de todas las vulnerabilidades. Son esas y esos vulnerables a quienes debemos abrazar e imitar. Ese es un servicio de riesgo y escándalo. Sobreponiéndonos a toda tentación de romanticismo en esta escena debemos considera la realidad de despojo de derechos que representa un niño o niña que no es más que una propiedad en el sistema patriarcal.

A la vista y oído de quienes presencia esta escena no hay más que desafíos a todos sus criterios de poder, prestigio y jerarquía. En las mesas del Reino del Hijo de la Humanidad todos nuestros valores y criterios son puestos patas para arriba. Este niño, ejemplo de todos los ejemplos de vulnerabilidad a todos los sistema de poder y clasificación nos llama a tomar muy en serio nuestra vocación de servicio. Ese estilo de servicio se transforma en nuestra llave de comprensión de la naturaleza de nuestras comunidades de fe.

En la medida que uno solo de los miembros de esas comunidades de estigmatizados y excluidos no se pueda sentar a la mesa que el Hijo de toda la Humanidad nos llama a servir, esas mesas serán un poco menos mesa y esas comuniones serán imperfectas y celebradas en situación de carencia.

Solamente cuando nos atrevamos, no solo a invitar a las y los política y teológicamente incorrectos a sentarse a las mesas de nuestras comunidades de fe, sino que asumamos con responsabilidad y celebración nuestra vocación de servirles podremos encontrar a Aquel bajo, con y en nombre de quien le invitamos. Solamente al ubicar en nuestras mesas a extraños y diferentes, a extrañas y diferentes, podremos descubrir que en realidad estamos recibiendo a Aquel que envía a Jesús de Nazaret. En la medida que por cualquier argumento o fundamentación una sola persona no pueda sentarse en la mesa que estamos llamados a servir, en esas mesas faltará el gran invitado: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado".

Para la oración de las y los fieles

Creador de toda la creación y de todas las criaturas, concede a quienes han asumido el compromiso de caminar a tu lado, la sabiduría de servir con alegría las mesas del Hijo de toda la Humanidad y que en esa mesa nos podamos unir en una misma celebración y una misma intercesión.

Se hace un breve silencio

Te rogamos por quienes celebran tus mesas de comunión en la palabra y en los sacramentos, para que se aleje la tentación de querer usurpar Tú presidencia, ocupar Tú lugar y olvidarnos de servir junto a Ti a extraños y diferentes, excluidos y olvidados. Dios nuestro, escucha nuestra súplica, presta atención a las palabras de nuestra boca.

Te rogamos por nosotros y nosotras, para que sostengas nuestra apertura a una conversión continua, dinámica y permanente, que esa sea nuestra mayor preocupación de sustentabilidad, despojada de toda tentación de imponer puntos de vista, jerarquías o signos de poder. Dios es nuestra ayuda, el Señor es nuestro verdadero sostén.

Hijo de toda la Humanidad, que te has revelado en la paradoja de garantizar tu presencia en la acogida y hospitalidad dada a vulnerables y excluidos, y en quienes son despojados de derechos políticos, económicos o teológicos. Concédenos escuchar su clamor, y para ello cura nuestras sordera que nos permita dialogar con los hermanos y hermanas que están en las puertas de nuestras comunidades y vidas. Dios nuestro, sálvanos por tu Nombre, defiéndenos con tu poder.

Aquí se pueden ofrecer otras intercesiones.

Concédenos el valor de vivir y proclamar tu gracia, tu misericordia y tu perdón en todo tiempo y en todo lugar, en especial en medio de quienes son considerados con menor respeto o dignidad por todos los sistemas. Envía tu Espíritu para que podamos asumir en plenitud la escandalosa opción de tu Evangelio. Daremos gracias a tu Nombre, porque es bueno.

Hijo de toda la Humanidad, entre tus manos de infinita gracia y comunión, encomendamos nuestra persona que para sea transformada en el templo de tu presencia, porque confiamos ahora y siempre en Jesús de Nazaret a quién confesamos como el Cristo del Dios del Reino. Dios nuestro, escucha nuestra súplica, presta atención a las palabras de nuestra boca.

Amen.

Oración comunitaria

Hijo de la Humanidad, Tú que ejerces el poder despojándote de todo poder, y que nos llamas a trabajar y servir las mesas de inclusión de forma tal que nadie quede fuera de tu banquete, sana nuestras cegueras, nuestros silencios y nuestra complicidades, de forma tal que tu voluntad se haga realidad y que en vulnerables y silenciados podamos descubrir tu presencia y tu invitación a seguir tus caminos que atraviesan todos los márgenes sociales y teológicos. Enséñanos a permanecer en ese camino de justicia y equidad. Te lo pedimos por Jesucristo, el Hijo de la Humanidad. Amén.

 

Pastor Lisandro Orlov
Pastoral Ecuménica VIH-SIDA
Buenos Aires. Argentina
Junio 2009