13 de enero 2008

Ciclo A. Primer Domingo después de Epifanía - Primer Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Mateo 3, 13-17

(Leccionario Común Revisado)

Primera Lectura: Isaías 42, 1-9
Salmo Responsorial : Salmo 29
Segunda Lectura: Hechos 10, 34-43


EVANGELIO. Mateo 3, 13-17

Traducción: El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid. Buenos Aires. 1990

En aquel tiempo Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole:”Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!” Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan se lo permitió.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.


PONERNOS EN LA FILA.

En este breve pasaje del Evangelio se destacan y se hacen visibles las diferencias entre la actitud de Juan el Bautista y la de  Jesús de Nazaret. A pesar de haber Juan el Bautista proclamado que Jesús es el Cordero de Dios y el Mesías esperado,  continúa pensando con los criterios antiguos. Hay toda una resistencia en aceptar las actitudes escandalosas y desafiantes de Jesús de Nazaret.

Tanto en aquel tiempo como ahora, esperamos un Mesías y una intervención de Dios a través de milagros y hechos portentosos. Toda intervención divina tienen que venir cargada de acciones espectaculares con mucho brillo y mucho ruido de fuegos artificiales. Ese es el concepto que no le permite a Juan descubrir la verdadera naturaleza de la acción de Jesús. Juan se resiste a aceptar esa forma de Jesús tan peculiar de hacer presente el compromiso de Dios y es evidente que nosotros y nosotras también nos resistimos a esta forma de actuar de Dios.

Esta escena nos introduce en aquel escándalo al cual Juan literalmente se resiste. Jesús se coloca en la fila y en medio de todas y todos aquellos que están buscando el bautismo de remisión de pecados. En silencio y con humildad, se coloca en el medio de esa multitud que quiere cambios, tanto en su vida personal como en el sistema político y religioso que les rodea. Si no vieran en Juan el mensaje alternativo y diferente al de los centros de poder que dominan el templo y Jerusalén, no hubieran tenido necesidad de salir al desierto para encontrarse con ese mensaje renovador. Este gesto de Jesús de colocarse en la misma fila y en medio de todos ellos es un paradigma y modelo de nuestra comunión con personas y grupos en situación de vulnerabilidad al vih y al sida. También nosotros y nosotras esperamos un cambio, pero no como lo esperan muchos y muchas, sino desde el humilde y silencioso compromiso y comunión con aquellos y aquellas que sienten que un cambio es necesario. Si rótulos, sin vestimentas ni títulos que nos hagan diferentes y que marquen una saludable diferenciación y separación, caminamos juntos.

Juan y muchos cristianos y cristianas aún hoy en día se resisten a un acompañamiento pastoral que no impone penitencias, confesiones y cambios obligatorios como condición de inclusividad. Esa silenciosa presencia de Jesús en medio de la multitud, sin aureola ni títulos que digan que está junto a ellos y ellas pero que en realidad no pertenece a esa realidad, es quebrada por el compromiso escondido y simple de Jesús de Nazaret. Dios se manifiesta siempre en las formas más sorprendentes. Su gracia inclusiva siempre produce en aquellos y aquellas que nos sentimos, superiores, más puros, mejores, más buenos, una terrible resistencia en el aceptar que Dios se coloque en forma tan decisiva en medio de los grupos y junto a las personas en situación de vulnerabilidad al vih.

En esta línea quiero compartir el contenido de una carta de Martín Lutero, escrita en 1516 pero que seguramente nos puede hablar hoy a nosotros y nosotras, y dice así: “Mi querido hermano y hermana, aprende acerca de Cristo y de él crucificado. Aprende a orar con él y, cuando desesperes de ti, di: Tú, Señor Jesús, eres mi justicia, pero yo soy tu pecado. Tú me has sacado lo que es mío y me has dado lo que es tuyo. Tú has cargado sobre ti lo que no eres y me has dado lo que no soy.” Cuídate de aspirar a tal pureza que no desees más ser considerado pecador o ser  visto como tal. Porque Cristo sólo habita entre los pecadores. Por esto descendió de los cielos donde vivía entre los justos, para vivir entre los pecadores. Medita en su amor y experimentarás su dulce consuelo. Pues, ¿para qué habría sido necesario que muriera si nosotros pudiéramos obtener una buena conciencia  por nuestras propias obras y aflicciones? En efecto, sólo en él hallarás paz y sólo cuando desesperes de ti  y de tus propias obras. Además, aprenderás de él que como justo te ha recibido y, así, ha tomado como suyos propios tus pecados y ha hecho justicia de los tuyos”[1]  Esta es la esencia de nuestro compromiso de bautismo.

Juan el Bautista no tuvo  ningún temor ni reparo en llamar a los líderes religiosos de su tiempo y de todos los tiempos: “generación de víboras” pero tiene una terrible resistencia en aceptar una presencia totalmente diferente de Dios junto con aquellos que la sociedad y esos líderes consideran que son las y los únicos que necesitan arrepentimiento. Quizás la gran diferencia entre un grupo y el otro es simplemente ese reconocimiento del necesario bautismo de arrepentimiento como comienzo de una nueva creación que nace en la fe de aquello que nos anuncia Jesús de Nazaret. Todo bautismo simboliza ese pasaje de un sistema de muerte  y un renacer a un nuevo sistema comprometido con la vida y la dignidad de todos y todas. Ese es el bautismo que anuncia libertad a todos los cautivos y a todos los prisioneros. Ese pasaje de un sistema  a otro, no se realiza en el temor y con visiones apocalípticas de terror y castigos como propone Juan el Bautista, sino a través del anuncio de una gracia inmerecida y gratuita tal como es la buena noticia que anuncia Jesús de Nazaret. El amor de Dios se pone al alcance de todos y todas. Aún hoy nos resistimos a este anuncio incondicional de la sorprendente gracia de Dios.

Las comuniones de Dios siempre contradicen nuestros conceptos propios de comunión. Todo nuestro drama gira alrededor de esa resistencia a las comuniones de Dios. Es por ello que somos nosotros y nosotras quienes tenemos que revisar nuestras vidas, tanto a nivel personal como comunitario, y reconocer la necesidad de arrepentirnos porque nuestras comuniones no siempre han sido ni justas y ni solidarias. Frecuentemente nos hemos colocados en otras filas extrañas y junto a multitudes que consideraban que no tenían nada de que arrepentirse.

El bautismo en nombre de Jesús de Nazaret es una nueva hoja de ruta para nuestra vida, nuestros juicios de valor y nuestros compromisos. Este bautismo nos coloca frente a dilemas de comprensión alternativa de las Escrituras y de la naturaleza del accionar de Dios. Juan piensa que aquello que es necesario y correcto hacer es lo opuesto a lo que está haciendo Jesús. Siempre tenemos delante nuestro el mismo dilema: hacemos aquello que consideramos necesario y correcto pero nos alejamos de la comuniones de Jesús, o le tomamos como modelo y el bautismo nos abre a aquello que conviene que se cumpla  pero que no podemos totalmente comprender.

Este bautismo, desde las filas de aquellos que la sociedad y la comunidad de fe han considerado como los otros y las otras que necesitan perdón, es el inicio del camino de la cruz. La primera estación de este vía crucis es este bautismo de comunión con las filas de aquellos y aquellas que nuestras posiciones de ortodoxia, pureza y superioridad han colocado en los desiertos de la vida. La cruz es y será siempre consecuencia de un pacto de bautismo tomado en serio y en humildad, rompiendo silencios cómplices.

En cuanto Juan deja de resistirse a ver a Jesús de Nazaret en medio de grupos y personas vulnerables al estigma y la marginación de los puros y santos, puede entonces comenzar a vivir el proyecto de  Jesús de Nazaret: entonces los cielos se abren.

En cuanto dejamos de resistirnos a la comunión de Jesús de Nazaret se produce la epifanía de Dios, la manifestación de la paternidad de los hijos e hijas del mismo Padre. El bautismo es justamente ese dejar de resistirnos a la comunión de Dios y contemplar como el Espíritu de Dios desciende sobre la cabeza de todos los seres humanos y el cielo comienza a hablarnos. El trabajo pastoral y de promoción de derechos en medio y junto a las filas de personas y grupos en situación de vulnerabilidad es nuestro intento de lograr que hoy se abran los cielos y escuchemos la voz que nos dice que todo ser humano es querido por Dios y en ellos y ellas tiene puesta toda su predilección.

Para la revisión de vida

  • ¿Es posible que el bautismo de Jesús pueda revelarnos nuevos significados a nuestro propio bautismo? ¿Estamos dispuestos y dispuestas a renovar ese compromiso y esa forma tan especial de ver a los demás?

Para la reunión de grupo

  • ¿Es el bautismo un simple rito? ¿Cuáles son los resultados de ese compromiso y de ese pacto? ¿Podemos pensar que somos desde ahora en adelante agentes del Espíritu de Dios que promueve misericordia y justicia en el mundo y en la iglesia? ¿Por qué un bautismo vivido en plenitud puede llevar a la cruz? ¿Seguimos pensando que el cielo no se ha abierto para algunos bautizados y que nunca se pronuncio sobre ellos y ellas la alegría de Dios?

Para la oración de los fieles

  • Guiados por la brillante luz de Cristo, oremos en paz por todo el pueblo de Dios y por todas aquellas personas que esperan la revelación del amor incondicional del creador.

Se hace un breve silencio:

  • Fuente de toda vida y de toda luz, envía tu Espíritu sobre todas y todos los bautizados para que con valentía puedan renovar su compromiso de permanecer junto y en medio de aquellos que son considerados ciudadanos y fieles de segunda categoría tanto en la sociedad como en la iglesia. Condúcenos a ellos y a nosotros, a ellas y a nosotras, por los caminos que llevan a tus comuniones. Señor, fortalece a tu pueblo, bendice a tu pueblo con la paz
  • Soplo de toda vida y de toda fidelidad, abre nuestros ojos y nuestros corazones para que renovemos nuestro compromiso de vivir de acuerdo al modelo de Jesús de Nazaret y acompañemos la vida, los sueños y los proyectos de todos los seres humanos para que seamos liberados de todas las prisiones y de todas las esclavitudes. Libéranos de todas nuestras tinieblas. Señor, fortalece a tu pueblo, bendice a tu pueblo con la paz
  • Fuente de todo perdón y reconciliación, cura nuestras divisiones y exclusiones, nuestros miedos y prejuicios. Concédenos a todos y todas, la renovada plenitud de dignidad y justicia y acéptanos como tus testigos y embajadores. Señor, fortalece a tu pueblo, bendice a tu pueblo con la paz
  • Santidad de todos tus santos y santas, de todos tus bautizados y bautizadas, de todo tu pueblo fiel, abré nuestros labios y nuestras vidas para que en ella encuentre refugio tu amor y para que no decaiga nuestra fe de encontrarnos con todos aquellos y aquellas que te han agradado con su fe y sus compromisos. Señor, fortalece a tu pueblo, bendice a tu pueblo con la paz
  • Entre tus manos de pura misericordia, nos encomendamos a nosotros y nosotras mismos y a todos aquellos y aquellas que se han encomendado a nuestras oraciones. Señor, fortalece a tu pueblo, bendice a tu pueblo con la paz

Oración comunitaria

            Dios que abres los cielos, que en el bautismo de Jesús lo has proclamado como tu "Hijo muy amado, el predilecto"; te suplicamos nos guardes bajo su nombre y nos concedas conformarnos cada día más cercanamente a su imagen, haciendo nuestra su Causa y prosiguiendo su misión de ser "luz de las naciones" y de "implantar el Derecho en la tierra". Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor...

(Se puede utilizar también esta oración:)

Hijo muy querido del Padre, en tu bautismo,

comienzas tu camino de cruz,
que es consecuencia de tu compromiso visible,
con aquellos y aquellas que esperan una buena noticia.

Hijo muy querido del Padre, en tu bautismo,

nos muestra tu predilección por excluidos y estigmatizados,
  y por esta comunión serás perseguido y despreciado,
y por esta elección te llamarán amigo de pecadores y pecadoras.

Hijo muy querido del Padre, en tu bautismo,

envías el mismo espíritu de dignidad y libertad,
para que no tengamos miedo de colocarnos en la misma fila,
de aquellos y aquellas que son mirados con sospecha,
y sobre quienes anuncias que tienes puesta tu predilección.

En el nombre de Aquel en el que fuimos bautizados y enviados,

a todas y todos los que han sido lastimados,
por las razas de víboras que provocan discriminación,
para anunciar a ellos y ellas, un tiempo de liberación.      Amén.


[1] Martín Lutero, 1483-1546, “Carta a Jorge Spenlein”, 8 de abril de 1516,  Luther: Letters of Spiritual Counsel (The Library of Christian Classics, XVIII), Philadelphia, Westminster Press, 1955, págs. 110 y 111