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Declaración sobre la respuesta compasiva de las iglesias al VIH y al SIDA.

Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias, reunido en Ginebra, Suiza, del 30 de agosto al 6 de septiembre 2006

Antecedentes

1. La pandemia del SIDA plantea uno de los desafíos más importantes de nuestros tiempos. El SIDA causa 8000 muertes cada día, ha dejado huérfanos a 13 millones de niños y niñas y pone al descubierto la peligrosa situación de los sistemas de atención de salud de muchos países. El SIDA amenaza la existencia misma de las comunidades, malogra su capacidad de subsistir y ser productivas y desbarata las relaciones a causa del estigma y la discriminación que lleva consigo. La situación plantea un grave desafío para el liderazgo de las iglesias y su capacidad de responder a la crisis actual. Desde la primera aparición de la pandemia hace 25 años, se calcula que han resultado infectadas con el VIH 65 millones de personas, 25 millones de las cuales han fallecido. Sólo en 2005, se calcula que quedaron infectadas con el VIH 4,1 millones de personas y que fallecieron 2,8 millones como consecuencia de enfermedades relacionadas con el SIDA. Actualmente, son las mujeres y los jóvenes las personas más amenazadas y en las que se propaga más rápidamente la infección.

2. Cinco años después de la celebración en 2001 del período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA, los datos disponibles demuestran la gran diversidad entre los países y regiones en la aplicación de la respuesta prevista en la Declaración de Compromiso en la Lucha contra el VIH/SIDA. Aunque algunos países han conseguido alcanzar los objetivos e hitos fundamentales para 2005 establecidos en la Declaración, la mayoría no ha logrado cumplir sus promesas.  Es necesario seguir realizando grandes trabajos para cumplir las promesas realizadas, de las que dependen millones de vidas.

La Respuesta Ecuménica, 1986 - 1997

3. El movimiento Ecuménico ha sido rotundo en su compromiso para responder al VIH y al SIDA y ha promovido un enfoque holístico para afrontar la pandemia. Ya desde 1986, el Comité Ejecutivo del Consejo Mundial de las Iglesias (CMI) advirtió que: “… las iglesias, en cuanto instituciones, han tardado en hablar y actuar, muchos cristianos han juzgado y condenado rápidamente a las muchas personas que han sido presas de la enfermedad; y muchas iglesias, con su silencio, comparten la responsabilidad del miedo que ha invadido nuestro mundo más rápidamente que el mismo virus”, y pidió a las iglesias que dieran una respuesta apropiada a la necesidad de atención pastoral, educación para la prevención y ministerio social.

4. Continuando en esta misma línea, el Comité Central del CMI en su reunión de septiembre de 1996, instó a las iglesias: “a que promuevan, tanto en sus propias vidas como en el ámbito más amplio de la sociedad, un clima de estudio sensato, objetivo y abierto de las cuestiones éticas planteadas por la pandemia. … en consonancia con el hincapié que hacen en la responsabilidad personal y común, las iglesias pueden promover condiciones personales, culturales y socioeconómicas que ayuden a las personas a hacer elecciones responsables”.  Hablando sobre las condiciones de vida de los portadores del virus, el comité dijo: “Las personas que conviven con el VIH/SIDA tropiezan generalmente con temor, rechazo y discriminación,….Dado que tales reacciones contradicen los valores del evangelio, las iglesias están llamadas a formular y promover una política clara de no discriminación contra las personas que conviven con el VIH/SIDA.”

Cambio positivo

5. Desde entonces, las iglesias han continuado luchando contra el VIH y el SIDA en todas las regiones del mundo y se ha registrado una evolución muy positiva. En el año 2000 se produjo el lanzamiento de la “Alianza Ecuménica de Acción Mundial” (en la que el CMI participa activamente), que promueve una campaña activa en la que se incluyen la lucha contra el estigma y la discriminación, el fomento de la prevención, la movilización de recursos, la defensa del acceso universal al tratamiento y la exigencia de responsabilidad a los gobiernos y las iglesias. La Alianza equipa a las iglesias y asegura que dispongan de la capacidad que tanto necesitan para desempeñar esta función de promoción y defensa.

6. La “Iniciativa Ecuménica sobre el VIH/SIDA en África” emprendida en 2002 tiene por objeto acompañar a las iglesias para lleguen a ser “competentes en materia del VIH”.  Aporta una contribución crítica para conseguir una comprensión teológica inspirada y rigurosa del SIDA, que incluya la formación apropiada de clérigos y laicos, así como el fortalecimiento de la capacidad de las iglesias para empeñarse en una acción local encaminada a afrontar los desafíos que implican el VIH y el SIDA.  Las iglesias del Pacífico, Asia, América Latina, el Caribe y Europa Oriental han conseguido ya notables progresos en el establecimiento de iniciativas y en la prestación de apoyo práctico sobre el terreno durante este período.

7. El esfuerzo dirigido por el CMI, en colaboración con la Red Africana de Dirigentes Religiosos que conviven con el VIH/SIDA o están personalmente afectados (ANERELA+), la Red Mundial de Personas que conviven con el VIH y el SIDA (GNP+) y la Comunidad Internacional de Mujeres que conviven con el VIH/SIDA (ICW), promueve una participación más intensa y significativa de las personas que conviven con el VIH y el SIDA en la vida de la iglesia.  La campaña ha estimulado y orientado a las iglesias para que sean más incluyentes con respecto a las personas que conviven con el VIH y el SIDA.

8. Hay innumerables ejemplos de respuestas de las iglesias a la pandemia, en lo que respecta a la prevención, la atención, el tratamiento, la lucha contra el estigma y la reflexión teológica. Algunos dirigentes de iglesias hablan públicamente de iniciativas que han llevado a cabo con éxito, al tiempo que señalan y tratan de subsanar las insuficiencias de sus respuestas.

9. Por primera vez en la historia, el mundo posee los medios para invertir la tendencia de la epidemia mundial. Sin embargo, para que la empresa tenga éxito se necesita una voluntad decidida de parte de todos los sectores empeñados en la respuesta mundial, a fin de aprovechar todo el potencial y adoptar nuevas formas de trabajar en colaboración unos con otros y de comprometerse en mantener la respuesta durante un largo período.

El desafío

10. Después de casi tres decenios de padecer la pandemia del SIDA y pese a los progresos logrados en aumentar la sensibilización y el compromiso mundiales para superar el VIH, la pandemia sigue desbordando estos esfuerzos y continúa representando una grave amenaza para la humanidad.

11. Las iglesias tienen una función única y decisiva que desempeñar para detener esta avalancha y superar la pandemia. Los sistemas de salud y apoyo establecidos y administrados por las iglesias y las organizaciones cristianas ofrecen algunos de los medios de atención de base más importantes a las personas que conviven con el VIH o el SIDA o están afectadas por sus consecuencias. Pero, lo que es aún más importante, los esfuerzos para superar el estigma y la discriminación, que se fomentan con algunas actitudes de nuestras comunidades religiosas, son esenciales para compartir una información exacta sobre la prevención y el tratamiento.

12. La situación exige que las iglesias, en colaboración con otras organizaciones, y los Cristianos manifiesten un amor desbordante en todas sus respuestas al VIH y al SIDA.  Estas respuestas deben estar matizadas por la compasión y cualificadas por la competencia. El objetivo final es satisfacer las necesidades de las personas más vulnerables de la comunidad. La calidad y cantidad de la respuesta de la comunidad cristiana deberá reflejar los niveles de compromiso que se exigen de los cristianos como seguidores de Jesucristo.

13. Las iglesias tienen que proporcionar un liderazgo para prevenir y superar el VIH y el SIDA y reconocer a las personas que conviven con el virus como miembros valiosos de la comunidad. Se han aplicado políticas sólidas con medidas tangibles, que hacen fácilmente accesible el tratamiento, la atención y el apoyo a todos los afectados. Hay que prestar atención a las relaciones y a la vida en el seno de la familia, especialmente a la responsabilidad de todos de protegerse a sí mismos mediante la práctica de la abstinencia fuera del matrimonio, la fidelidad a la familia y un modo de vida saludable que incluya el rechazo al consumo de drogas.

14. Se deben apoyar los esfuerzos educativos que promueven la responsabilidad sexual y ayudan a proteger a las personas de relaciones sexuales que no sean de mutuo acuerdo y de la violencia sexual. Además, las mujeres y las muchachas deben tener garantizado el acceso a la atención de salud reproductiva. Las iglesias deben promover la vida proporcionando una información completa y basada en pruebas sobre la forma de prevenir la transmisión del virus, garantizando el acceso a servicios de análisis y asesoramiento voluntarios y confidenciales, y el acceso universal a los cuidados y el tratamiento.

Hacer oír la ‘Voz’ de los dirigentes

15. Conscientes del valor de la sensibilización, los dirigentes de las iglesias deben utilizarla para influir en la sociedad con el fin de introducir cambios de política.  Los dirigentes deben interpelarse a sí mismos, a los propias instituciones y a la sociedad para afrontar el problema directamente, rompiendo el silencio que alimenta todo tipo de temores, juicios, estigmas y discriminaciones. Los dirigentes deben apoyar las iniciativas que guíen a las personas a realizar opciones responsables para protegerse de la infección con el VIH, reducir la vulnerabilidad a la infección y fomentar comunidades de apoyo donde la gente pueda recibir una información y tratamiento apropiados.

16. Los dirigentes religiosos deben comenzar por examinar sus propios comportamientos, actitudes y acciones que han podido ser cómplices en la marginación y estigmatización de las personas que conviven con el VIH y el SIDA, en lugar de acoger plenamente a esas personas y a todas las que sufren las consecuencias.  La Biblia y el ejemplo de Jesús nos lleva siempre a colocarnos junto a aquellas personas a quienes preferiríamos evitar. Jesús dijo, “En ellos está presente Dios”.  Estamos obligados a estar junto a los que sufren, a tener compasión de ellos y no marginarlos, a habilitarlos y no estigmatizarlos.

Dar un ‘rostro’ al desafío

17. Las iglesias han promovido y deberán seguir promoviendo una intervención y participación más intensa y significativa de las personas que conviven con el VIH y el SIDA, adoptando a la vez políticas inclusivas en los lugares de trabajo y métodos adecuados de trabajo con redes de personas positivas.  Teniendo en cuenta que esta pandemia se propaga a causa de la pobreza y las cuestiones de género, es imperativo incluir a las mujeres y las muchachas en la planificación y aplicación de políticas y programas que las afectan directamente. Hay que esforzarse por garantizar que las personas positivas formen parte de un equipo de personas especializadas cuya tarea consista en capacitar a las iglesias para afrontar los problemas de forma más holística e incluyente.  Dadas las tasas crecientes de infección entre la juventud, es preciso hacer participar también a los jóvenes en la adaptación de mensajes y programas para las actividades de prevención y apoyo.

18. En un sentido muy real, todos estamos conviviendo con el VIH y el SIDA.  Nos separamos de Dios y del amor de Dios si hablamos de “ellos” y “nosotros” cuando nos referimos a las personas que conviven con el VIH y el SIDA o a las que son más vulnerables a la infección.

Aportar ‘manos’ para resolver el problema              

19. Las iglesias deben ser manos capaces y voluntariosas de Dios, que reflejen una iglesia compasiva, comprometida y competente. Las iglesias deben comprometerse también a incorporar en su estructura las respuestas al VIH y al SIDA, para asegurar que la sociedad llegue a ser menos vulnerable a la enfermedad y también se beneficie de los avances logrados en la lucha contra el VIH, en materia de prevención, tratamiento, atención y apoyo.  Se debe promover el acceso al tratamiento antirretroviral para todos quienes lo necesiten.  Los beneficios de la ciencia y la medicina deben ser accesibles y asequibles a todas las comunidades, especialmente a las marginadas y aisladas.

20. Como parte importante del proceso de aprendizaje, las Iglesias deben estimular debates abiertos e incluyentes sobre cuestiones relacionadas con la sexualidad, la violencia de género y la utilización de drogas intravenosas, a fin de que las personas y las comunidades tengan la capacidad para ser menos vulnerable al VIH. La necesidad de fomentar la comprensión del problema, en un contexto tanto biológico como ético, es importante y urgente, a fin de que la respuesta se base en una reflexión clara centrada en la prestación de servicios y apoyo a las personas infectadas por el VIH y el SIDA, así como para evitar que siga propagándose el virus.

21. En Romanos 8:35 se dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” ¿Podrá interponerse el VIH entre Cristo y nosotros? Si alguien trata de interponerse entre las personas positivas y Dios, ¿ese alguien proviene de Dios?;  ¿la congregación hace que las personas que conviven con el VIH se sientan acogidas, amadas y parte del mismo cuerpo? Si la congregación perpetúa la exclusión, el rechazo, la estigmatización o la persecución, ¿no está interponiendo una barrera entre Dios y los hijos de Dios?

22. La mayor parte de los 40 millones de personas que conviven con el VIH no tienen acceso a un tratamiento.  Las comunidades de fe tienen la responsabilidad de luchar por que los tratamientos antirretrovirales, así como el tratamiento de otras infecciones oportunistas, sean accesibles y asequibles a todos.

23. Hay en el mundo miles de millones de personas que, aunque no están infectadas con el VIH, siguen estando mal informadas y, por lo tanto, no están equipadas para evitar esta enfermedad evidentemente evitable.  Resulta por lo tanto imperativo comprometerse y trabajar por superar los virus de la ignorancia, disidencia y el miedo. El no hacerlo equivale a colocar barreras entre Dios y los hijos de Dios.

La necesidad de actuar

24. Si no se intensifica urgentemente la respuesta al SIDA, no se alcanzarán ni el objetivo de 2010 de la Declaración de Compromiso ni el sexto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.  Y si no se avanza mucho en la lucha contra el SIDA, resultarán también baldíos los esfuerzos por alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio relativos a la reducción de la pobreza, el hambre y la mortalidad infantil.  Los países de todas las regiones del mundo, cuyo desarrollo se ha reducido a causa del SIDA, continuarán debilitándose y enfrentándose con una amenaza potencial para su estabilidad social y seguridad nacional. Sin embargo, la trágica realidad es que millones de personas mueren cada año.

25. El Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias, reunido en Ginebra, Suiza, del 30 de agosto al 6 de septiembre:

a)      Reconoceque, aunque se ha progresado mucho en los 25 años transcurridos desde la primera aparición del SIDA en términos de toma de conciencia mundial y promesas para superar el VIH, la pandemia continúa desbordando estos esfuerzos y sigue representando una grave amenaza para la humanidad;

b)      Reconoce también que, si no se logran grandes progresos en la lucha contra el SIDA, los esfuerzos mundiales para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio en materia de reducción de la pobreza, el hambre y la mortalidad infantil continuarán siendo insuficientes, lo que constituye una amenaza potencial para la estabilidad social y la seguridad nacional;

c)      Reconoce además que, aunque las iglesias han estado en la vanguardia de la atención y el apoyo a las personas afectadas por la pandemia, muchos de nosotros hemos sido también cómplices de la estigmatización y marginación de las personas que conviven con el VIH y el SIDA a través de nuestro silencio, nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestras acciones;

d)      Aprecia el liderazgo de la Red Africana de Dirigentes Religiosos que conviven con el VIH/SIDA o están personalmente afectados (ANERELA+), la Red Mundial de Personas que conviven con el VIH/SIDA (GNP+) y la Comunidad Internacional de Mujeres que conviven con el VIH/SIDA (ICW) en la promoción de una mayor participación de las personas que viven con el VIH y el SIDA en la vida de la iglesia; y la convocación por el ONUSIDA de la XVI Conferencia Internacional sobre el AIDS, el 18 de agosto en Toronto, Canadá, la cual exigió una respuesta constante a largo plazo para afrontar el SIDA durante los próximos 25 años y más adelante;

e)      Estimula a las iglesias a que sigan desempeñando una función decisiva en la superación de la pandemia por medio de respuestas matizadas por la compasión y cualificadas por la competencia, entre ellas, aportar información completa y basada en pruebas sobre la prevención de la transmisión del VIH y atender a la relación entre la injusticia por razón de género, la pobreza y el VIH y el SIDA;

f)       Estimula también a los dirigentes de las iglesias a que desempeñen su función de defensores de políticas justas y hagan a los gobiernos responsables de sus promesas;

g)      Pide a los gobiernos del G8 que cumplan sus promesas de financiación y acción para conseguir el acceso universal al tratamiento, cuidado y apoyo para 2010; y al sector privado, especialmente a las empresas farmacéuticas, que inviertan en las investigaciones y desarrollo necesarios para responder al VIH (por ejemplo, dosificaciones y diagnósticos pediátricos) y para asegurar que sus medicamentos destinados al tratamiento del VIH estén a disposición a bajo precio en los países de ingresos bajos y medios;

h)      Renueva su llamamiento a las Iglesias y a los Cristianos para que fomenten una intervención y participación más intensas y significativas de las personas que conviven con el VIH y el SIDA y promuevan y adopten políticas incluyentes en los lugares de trabajo y métodos innovadores y sostenibles de trabajo con redes de personas positivas; y promuevan y compartan una reflexión teológica y ética más profunda sobre el VIH y el SIDA;

i)        Insta a las iglesias y a las organizaciones relacionadas a promover y compartir una reflexión teológica y ética más profunda sobre el VIH y el SIDA;

j)        Exhorta a las iglesias a que se comprometan a incorporar en su estructura la respuesta al VIH y al SIDA, asegurando que las personas lleguen a ser menos vulnerables y se beneficien de los nuevos avances en materia de prevención y tratamiento, y defiendan el acceso universal al tratamiento antirretroviral; y a que promuevan debates abiertos e incluyentes sobre cuestiones relacionadas con la sexualidad, la violencia de género y la utilización de drogas intravenosas, para que las personas y las comunidades tengan capacidad para ser menos vulnerables al VIH;

k)      Anima a las iglesias a incluir mujeres y jóvenes en el desarrollo e implementación de programas y políticas sobre el VIH y el SIDA;

l)        Reitera la necesidad de fortalecer la capacidad de las organizaciones y redes de las iglesias y la sociedad civil promoviendo la utilización de recursos humanos y materiales suficientes para el seguimiento de la ejecución y eficacia de los esfuerzos nacionales y locales encaminados a invertir la tendencia de esta pandemia mundial, sobre todo, el aumento del apoyo a iniciativas ecuménicas eficaces ya existentes como la Iniciativa Ecuménica VIH/SIDA en África (EHAIA);

m)    Considera la convocación de una cumbre de dirigentes eclesiásticos, no más tarde de 2008, acompañada de una cumbre de la juventud, para examinar nuestra respuesta colectiva a la pandemia, aprender de las prácticas mejores y elaborar el programa para la respuesta ecuménica a esta crisis;

n)      Apela a la reflexión ecuménica en curso sobre los aspectos de la respuesta de las iglesias al VIH y el SIDA en los que hay continuo desacuerdo. Esto incluiría la naturaleza de la respuesta de la iglesia a quienes, en contra de su testimonio, participan en actividades sexuales de alto riesgo o consumen drogas, especialmente los medios apropiados para la prevención.

 

Declaración del Comité Central del CMI, Septiembre 2006