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CELEBRAR LA VIDA EN LA CRISIS DEL VIH-SIDA. Nosotros, hombres y mujeres de fe, libres, responsables y comprometidos con el mensaje de Jesucristo; reunidos en el Taller de formación en VIH-SIDA “Celebrar la Vida” que se llevó a cabo en la Congregación San Lucas de la Iglesia Evangélica Luterana de Colombia, en la Ciudad de Bogotá, los días 13-14 y 20-21 de septiembre de 2003, y que fuimos convocados por la pastoral Amar Si Da Vida (ASIVIDA), queremos unir nuestras voces para compartir con un solo corazón el siguiente mensaje: Desde el Evangelio sabemos que estamos llamados a compartir los sufrimientos de las personas que viven con el VIH-SIDA; abriendo nuestras mentes y nuestras comunidades para que ellas sean espacios de reconciliación y de diálogo. Nosotros mismos, experimentamos en ese caminar con Cristo nuestra propia vulnerabilidad y nuestra propia mortalidad. Como cristianos hemos aprendido que la iglesia debe vivir el amor incondicional de Dios, abrir sus corazones y sus puertas sin reprochar a las personas por aquello que han hecho. Las escrituras nos enseñan que nuestra tarea no es la de juzgar a nadie ya que esa es una acción propia de Dios. Nuestra teología afirma que la salvación es brindada a todos y todas por la sola gracia de Dios y por la sola fe. Cristo, al aceptarnos nos ha dado a todos aquellos que creen en él, acceso a su perdón y a una nueva vida y vida abundante. Nuestro modelo de acción es aquel Jesús que siempre sale al encuentro de todos los excluidos y que cena con ellos como gesto de comunión y reconciliación. Con humildad queremos reconocer que la iglesia misma debe ser curada de sus exclusiones y de sus miedos que han fundamentado muchos gestos de estigmatización. Reconocemos que muchas veces por temor hemos rechazado a quienes consideramos diferentes a nosotros; ignorando el pluralismo social y cultural de nuestra sociedad y rechazado a todos aquellos y aquellas que vivían opciones diferentes a las nuestras. La ignorancia y la falta de información nos ha conducido al miedo y la exclusión. Confesamos que nos que dejándonos llevar por estereotipos hemos encasillado a las personas de acuerdo con nuestros prejuicios. Equivocadamente hemos trocado un diagnóstico médico con un diagnóstico moral, alejándonos así del Evangelio. Esperamos que esta confesión nos conduzca a un cambio de actitud. Reconocemos que como iglesias cristianas, frente a esta realidad tan nueva y cambiante, debemos releer la Palabra de Dios para mirar a todos los seres humanos con una dignidad inestimable, para poder vivir y acompañar a los que sufren enfermedad, desplazamiento geográfico y afectivo, confusiones y debilidades. En la crisis del VIH-SIDA no queremos ser una iglesia que condena, excluye, estigmatiza y señala acusadoramente a aquellas personas que viven con el VIH-SIDA. Queremos vivir un Evangelio encarnado en las realidades cotidianas, para poder servir y estar cerca de todos aquellos que necesitan de una palabra de esperanza y consuelo, y para vivir en una relación de amor y comunión. El Evangelio nos llama a ser una iglesia que ama, acoge, consuela, acompaña, sana, libera y educa. Asumiendo su responsabilidad profética, denuncia la injusticia para hacer realidad el Reino de Dios aquí y ahora. Sabemos la importancia y la necesidad de educar a nuestras comunidades de fe, transformando el pensamiento y creencia que nos impiden ser parte de la solución de esta pandemia que estamos viviendo. Se cambia la actitud cuando realmente se conoce de VIH-SIDA. Estamos convencidos que la educación para la prevención debe ser un eje transversal que acompañe todos los proyectos de promoción social, educación y servicio de nuestras iglesias. Nos comprometemos a construir un mensaje educativo desde la solidaridad y la esperanza de vida y no desde el miedo. La asistencia como la prevención son aspectos de una misma realidad y se nutren y complementan para una acción eficaz e integral. Por ello es necesario que la prevención llegué a todos los espacios que se ocupan de la educación de jóvenes y adolescentes, así como en la escuela dominical. Es importante fundamentar desde temprana edad los valores cristianos que permitan una acción reparadora e integral dentro de nuestras iglesias. Este es nuestro ideal. El hablar de SIDA conlleva tratar muchos otros temas relacionados con la epidemia. Con los jóvenes es necesario construir un dialogo abierto y directo que permita eliminar prejuicios. En el proceso educativo para la prevención no queremos ni podemos olvidar nuestros sentimientos, afectos y pensamientos que hagan de nuestras relaciones humanas expresión visible de nuestras convicciones y valores. Queremos expresar nuestro agradecimiento y reconocimiento a todos aquellos y aquellas que hicieron posible este espacio de encuentro y diálogo sobre el VIH-SIDA. Agradecemos a todos ellos y ellas el haber permitido construir un diálogo fraterno entre miembros de diversas comunidades cristianas, con los responsables de las organizaciones de la sociedad civil, y con las personas que viven con VIH-SIDA que compartieron con nosotros su testimonio de vida, sus esperanzas y expectativas. En la Ciudad de Bogotá, a los 21 días del mes de septiembre de 2003
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